Mag-log inELLIOT
El pub estaba instalado en un polígono industrial algo abandonado, y la metí entre algunos callejones mientras las sirenas de policía seguían sonando bien alto, como si nos siguieran. Por suerte encontré un buen sitio para los dos algo escondido tras un muro de cemento lleno de grafitis. Me recargué contra él cogiendo buenas bocanadas de aire y admiré a Amelia por no estar ni la mitad de agitada de lo que yo lo estaba. Fumar era una m****a adictiva.
—Debería asesinarte, que lo sepas —me dijo, y pateó una piedra algo enfadada.
Yo tuve que elegir entre si respirar o hablar, y me arrastré por el muro hasta sentarme en el suelo intentando tranquilizarme.
—¿Elliot? —su voz sonó bastante preocupada y se arrodilló delante de mí—. Hey... —me apoyó las manos en el pecho con suavidad y sus largos y finos dedos me subieron la barbilla—. Levanta la cabeza, te ayudará a coger mejor el aire.
Lo hice y ella sonrió. Me peguntó con la mirada si estaba bien, y asentí. Pude respirar mejor pero el labio me dolía a rabiar y estaba seguro de que el corte en la mejilla me dolería dentro de poco.
—Mike es un gilipollas —aseguré.
—No quiero hablar de eso, ha sido... asqueroso —su cuerpo tembló en un escalofrío y me dio pena. Ella no pertenecía a ese ambiente y por mi culpa un capullo la había toqueteado—. ¿Te duele mucho? —me preguntó con una voz suave y tranquila que no pegaba con los gritos que se escuchaban de fondo.
Torcí el gesto y solté un quejido cuando las heridas me tiraron.
—Estoy bien —. Lo único bueno es que se me había bajado la mezcla de alcohol y maría que tenía en el cuerpo.
—Deberías quitarte el piercing, se te va a infectar.
La hice caso como un puto robot. Hablaba con un tono tan suave que todo lo que decía se me metía directamente en esa parte de mi cerebro que obedecía órdenes.
—Joder —bramé cuando intenté quitármelo.
Amelia se rebuscó en el pequeño bolso y sacó un paquete de pañuelos de papel. Tenía los dedos finos y suaves, como toda su piel, y me hizo temblar cuando me tocó por primera vez.
—Espera... —susurró, y gateó hasta estar entre mis piernas—. ¿Puedo...? —asentí como un completo idiota y se me erizó el pelo de todo el cuerpo cuando sus dedos tiraron de mi labio con una suavidad que ninguna chica solía tener conmigo—. Y gracias por lo de antes, yo nunca habría podido quitarme a Mike de encima.
Asentí sin poder decir nada, sólo me quedé allí, sentado en un polígono asqueroso con la mirada clavada en Amelia. Esa fue la primera noche en la que admití (aunque fuera para mí mismo) que Amelia me provocaba más cosas de las que me hubiera gustado.
Consiguió abrirme el piercing y dejó de abrazarme el labio, lo guardó cuidadosamente envuelto en un pañuelo.
—He montado una gorda —comenté cuando pude.
Ella se rio y unos mechones rubios algo ondulados le cayeron delante de la cara. Se los apartó antes de que yo lo hiciera.
—Lo has hecho —afirmó con una pequeña sonrisa que intentaba camuflar. Sacó otro pañuelo y lo apoyó sobre mi labio, consiguió hacerme quejar como a un crío—. Shhh...
Entonces apoyó una mano en mi mejilla contraria al otro golpe que tenía y me sujetó mientras me limpiaba la sangre. Su pulgar acarició mis labios y los abrí; para ser sinceros esperaba algo más a que sólo me curara. Poco después pasó a mi mejilla y para eso tuvo que usar un par de pañuelos más. Igual ella no se dio cuenta hasta unos minutos más tarde, pero se había inclinado sobre mi cuerpo, tanto, que olí su perfume de fresas. Sabía que se lo compraba en una tienda especial de la ciudad porque sólo lo vendían ahí, llevaba años usando el mismo y por Navidad le regalé uno. Me volvió loco poco a poco. De repente sentí el frío cuando dejó de tocarme y me encontré con sus ojos brillando muy cerca de mi; demasiado cerca.
Esa noche fue un punto de no retorno en lo que fuera que fuese nuestra relación, y creo que fue por ese momento. El momento de varios largos segundos en los que no pudimos alejarnos.
Odié cuando un grupo de moteros pasó a toda velocidad causando un estruendo por la carretera cercana a nosotros. Amelia saltó hacia atrás y se puso de pie sacudiéndose la ropa y las rodillas. Cuando se me pasó el aturdimiento, yo también me levanté del suelo y estiré la mano.
—Venga, vámonos antes de que tu padre me mate.
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AMELIA
No era tarde, pero era más tarde de la hora prometida para volver a casa. Por suerte mis padres eran bastante flexibles conmigo, pero aun así no quería llegar mucho más tarde.
Agarré la mano de Elliot, estaba dura y rasposa, pero se sentía de maravilla, más de lo que me hubiera gustado porque de esa forma no quería soltarla. Le seguí por algunos callejones más hasta el coche de su padre aparcado solitario en una esquina del polígono. Le vi alardear con las llaves entre los dedos y las arranqué antes de que lo evitara.
—Voy a conducir yo, no puedes hacerlo como vas.
—Siempre lo hago —replicó, y me pareció discutir con un niño pequeño.
—Pues deberías no hacerlo.
Resopló como un crío y cuando me pasó por un lado para rodear el coche, me tiró del pelo y yo le tiré el paquete de pañuelos que atrapó en el aire.
—Demasiado previsible.
Puse los ojos en blanco con gracia y me hundí en el coche. Podía ser de su padre, pero olía a Elliot y olía de maravilla. Se pasó el viaje de camino a casa mirándose en el espejo retrovisor intentando quitarse con los pañuelos algo de sangre que se le había secado en el cuello. Dejé el coche aparcado en su entrada, y estaba dispuesta a tener una caminata de vuelta a casa para tranquilizar los latidos de mi corazón que bombeaba con fuerza desde el momento de miraditas detrás del muro. <<¿Qué ha sido eso?>> Me repetí el resto de la noche.
—Te acompaño —dijo él, y avanzó unos pasos por la calle.
—Son sólo un par de calles, Elliot, y tu deberías descansar.
—¿Vas a caminar o tengo que arrastrarte, rubia teñida?
—Podrías usar tu magia, Harry Potter —me burlé.
Él frenó a mitad de la calle y me miró con la boca abierta con gracia.
—Tienes que dejar de llamarme eso —me dijo, y dio un paso cerca de mi a lo que yo me alejé otro—. No te voy a hacer nada.
—No te lo crees ni tú.
Entonces dio otro paso cerca, y yo di otro más lejos, y así hasta que empezamos a correr como cuando éramos pequeños, le quitaba el balón de futbol y me perseguía por toda la calle para recuperarlo. La única diferencia es que cuando éramos pequeños él tenía más resistencia que yo y siempre me atrapaba.
—¡Elliot! —chillé entre risas, y me frené la carrera llevándome las manos a las caderas—. ¡Venga ya! Aguantas cada vez menos.
Llegó a mi lado andando y respirando como si viniera de una maratón. Le apoyé una mano en la barbilla como solía hacer la entrenadora de atletismo del instituto.
—No fumes nunca, es una m****a —me dijo.
—¿Y lo acabas de descubrir?
Soltó una pequeña risa y para cuando llegamos a mi casa ya estaba como el Elliot normal al que conocía. La luz tenue del salón estaba encendida y se veía por un lateral de casa, a pesar de que supuse que estaban despiertos no llamé al timbre.
—Puedo llevarte a casa en coche si quieres —le dije.
—Entra en casa que se te hace tarde.
Quería hacerle caso porque estaba cansada y para mí, todo aquello, fue demasiado que soportar.
—Elliot...
—Amelia...
Los dos nos reímos y me balanceé en mis pies sin saber cómo despedirme. Parecía que estaba en mi primera cita con cualquiera que no fuera Elliot. Pero lo era, era Elliot.
—Gracias, otra vez, como por... décima vez esta noche —dije, y Elliot sonrió—. Buenas noches, Elliot.
—Buenas noches, Amelia.
ELLIOT—Así que... ¿Amelia? Connor le dio un trago a su cerveza y yo asentí. Estaba celoso y jodidamente enfadado por algo que no sabía controlar. Pude ser un capullo pero mi hermano siempre sería mi hermano y en el fondo no sopesé bien las cosas por estar con Amelia. Era un dilema que me comía la cabeza. Y Amelia, ¿es que ella estaba bien con ello? Si no le gustaba mi hermano y nunca lo haría, pensé que debió dejarle las cosas muy claras desde que empezó siendo más que obvio que Erick babeaba por ella. Me pidió tiempo para ver si lo nuestro salía bien, lo estaba a pesar de las peleas y ya iba siendo hora de dejar las cosas estables. —Es más por mi hermano.Sí, por él, porque yo podía decir todas las mierdas que quisiera pero en el fondo ni ella ni yo queríamos joderle realmente. —Ve y déjale las cosas claras a ese capullo. Te va a alejar de tu chica. El sólo pensarlo me hizo apretar los puños. Yo no había estado detrás de Amelia sintiendo demasiado para que nadie fuera a joder a
AMELIA —¡Me voy con Erick y Jess! —grité. Recibí una despedida breve y cariñosa de mis padres. Yo me aferré a mi bolsa de tela playera y corrí hasta el coche de la madre de Erick. Ninguno tenía coche propio, Erick conducía sobretodo el de su madre y yo el de la mía; Jess ni siquiera tenía carnet de conducir. Salté al asiento de copiloto y Erick me saludó con una gran sonrisa. —Primer día de playa —canturreó—. ¿Lo llevas todo? ¿La crema? Luego te quemas y me echas la culpa. —Fue tu culpa lo del año pasado —aseguré—. Me quitaste la sombrilla. —¡Fue mi hermano! —se rio con gracia y aceleró hacia casa de Jess—. ¿Ves? Todo es su culpa, díselo a él. Yo intenté que te la dejara pero tu cooperación estando dormida tampoco ayudó. Aquello era, sin duda, algo más de Elliot. Me pasé semanas con la espalda roja y adolorida. Recogimos a Jess en la puerta de su casa y su madre nos despidió desde la entrada con una sonrisa amplia y meneando un trapo. Jess saltó a los asientos traseros y dejó
ELLIOT—¿Sigues teniendo ganas de pelea? ¿Te has visto la cara? Le di otro golpe al saco de boxeo y esa vez se movió hasta el soporte metálico. Lo guardábamos en la caseta del jardín y esa mañana tenía que sacar un montón de cosas contra él. Me levanté demasiado temprano para ser yo, estaba revuelto y lo primero que hice fue mandarle un mensaje a Amelia. Necesitábamos hablar y ella lo sabia. Entendí que estaba celosa demasiado tarde, pero eso me confirmó más que le gustaba. Ella me gustaba, yo le gustaba, y aunque no fuera el sentimiento más fuerte del mundo, valía la pena. Era sencillo. —Tenemos espejos, me he visto —aseguré. Torció el gesto al verme. Ya sabía que tenía una cara de mierda; el labio hinchado y la mejilla morada. Me vieron llegar la noche de la fiesta poco después de Erick y mi madre se echó las manos a la cabeza llenándome la cara de hielos para evitar un mal mayor. —No hacía falta que pegaras a nadie —me dijo—. Lo tenia controlado. Di un golpe seco al saco. —
AMELIA —Elliot le ha contado a Greg que es por su hermano. Igual se siente culpable por salir contigo o igual sólo está celoso —me dijo Jess mientras nos arreglábamos en mi habitación. Había pasado casi una semana y no había hablado con Elliot ni una sola vez. Cogí el teléfono un par de veces para empezar una conversación y entender el porqué de su inmadurez, pero nunca me atreví porque sabía que Elliot estaba con sus amigos y salía por las noches, y yo no estaba lista para ser una molestia. Las cosas habían cambiado de forma drástica y me encontré estando pendiente de Elliot aunque no habláramos, y eso era algo que yo nunca había hecho; antes, la vida de Elliot y la mía eran incompatibles, pero entonces me había ilusionado un poco con que tal vez podíamos gustarnos mutuamente más allá de algo físico. Tenía la esperanza de que como nos conocíamos de tanto tiempo, Elliot me conocía lo suficiente como para no ver sólo mi físico al salir. —Ya, bueno, se ha enfadado como un crío y no m
AMELIALas manos de Elliot no dejaron de tocarme, y parecía que sus labios tampoco aunque yo no me quejaba porque disfrutaba de ese contacto. Nunca antes me había sentido tan a gusto con un chico en esos temas, ni siquiera con nuestros otros besos, pero me pareció especial y se me revolvió el estómago. Fueron largos minutos, tantos que se nos fue un poco la hora para llegar a casa, pero por primera vez me dio igual. Elliot se suspiró contra mis labios y cuando abrí los ojos él ya me miraba entre respiraciones jadeosas. Me sentía los labios hinchados, cosquilleándome, y muy húmedos. Él sonrió y yo me sonrojé como la adolescente hormonada que empezaba a ser cerca suya. Se sentó a mi lado en la roca y me pasó el brazo por los hombros estrechándome contra su pecho en un gesto que me mantuvo las mariposas en el estómago el resto de la noche. Nunca hablamos de los besos, sólo pasaban. En cambio, esa noche hablamos de cualquier tontería y me parecía interesante. Se había encendido un ciga
AMELIADecir que pasé mala noche se quedaba corto. Había estado rodando de un lado a otro, imaginándome escenarios dramáticos y caóticos con Elliot, y me había encontrado a mi misma gritando silenciosamente con la cara hundida en la almohada. Con suerte dormí cuatro horas y lo sorprendente fue que no tenía sueño cuando se hizo de día. Tenía el estómago cerrado por los nervios y no dejaba de mirar el reloj esperando que las agujas giraran más rápido. Estaba emocionada y me tuve que dar un baño relajante para descansar un rato. El teléfono me vibró durante mi baño relajante. Eran las cinco de la tarde y había puesto el ordenador en un taburete para ver una película desde la bañera. Era un mensaje de Elliot y era raro porque nuestro chat estaba casi vacío; nunca nos hablábamos si no era en persona. Paso por ti en diez minutos. Casi tiré el móvil al agua cuando lo leí. Yo no hacía magia. Tecleé con rapidez: Media hora.Quise creer que lo entendió, pero por si acaso, corrí a secarme y ag







