MasukCapítulo 3: Una noche inesperada
Llegué al restaurante unos minutos antes de la hora acordada y elegí una mesa junto a los ventanales. Necesitaba despejarme. Desde que había salido de la empresa, no había dejado de pensar en Diego y en su extraño comportamiento. Así que tomé el menú y pedí algo de comer mientras esperaba a mi amiga. Sin embargo, no tuve que esperar demasiado.
Unos minutos después, la vi entrar y sonreí.
— ¡Ámbar! — me levanto al verla y acercarse a mí.
— Clara — nos abrazamos como siempre y después tomamos asiento una frente a la otra.
— ¿Qué está pasando? — preguntó mientras dejaba su bolso a un lado — Por teléfono sonabas bastante extraña.
— Eso es porque estoy extraña. Más bien confundida — Clara me miró con atención.
— Eso no me dice absolutamente nada — solté una pequeña risa.
— Esta mañana pasó algo con Diego — su expresión cambió inmediatamente.
— ¡Qué novedad! Sabía que ese hombre tenía algo que ver cuando me llamaste. Ya te tengo dicho que él no te conviene.
— No empieces, no te llamé para que me andes juzgando
— Yo solo te digo la verdad ¿Qué te hizo ahora? — bajé la mirada hacia la mesa.
— Esta mañana tuvimos sexo en la oficina y después de lo que pasó entre nosotros, volvió a comportarse como si nada hubiera ocurrido. Me trató indiferente y siento que ya no es el mismo.
— ¿Y qué esperabas, Ámbar? — preguntó Clara — Llevas casi tres años haciendo esto y siempre ha sido así.
— Ya lo sé, pero ahora es diferente por alguna razón.
— Te lo he dicho cientos de veces y nunca has querido escucharme. Esa relación clandestina no va a llevarte a nada bueno. Eres solo la amante, esa que busca para satisfacerse.
— No es tan así como lo dices.
— Para mí sí lo es. Diego es tu jefe y él nunca ha hecho pública vuestra relación. Cuando termina de estar contigo, vuelve a ponerse esa máscara de hombre serio y distante, dejándote a ti de lado.
— Él es así, pero jamás me ha tratado mal — Clara soltó una risa incrédula.
— No, Ámbar. Es así contigo porque sabe que puede tenerte cuando quiere y tú no te niegas — sentí un nudo en el estómago — No te trata mal porque no le conviene perder a su sumisa.
— No creo que sea así.
— ¿Entonces, cómo es? ¿Me lo explicas? — no supe qué responder.
Clara tomó su copa de agua y me observó mientras tomaba de ella.
— Dime una cosa, Ámbar ¿Alguna vez Diego te ha dicho que quiere una relación seria contigo? — negué lentamente.
— No — dije.
— ¿Te ha llevado a conocer a su familia lejos de la oficina?
— volví a negar.
— No.
— ¿Te ha presentado como su pareja ante cualquiera incluso sus amigos?
— Clara...
— Si no lo ha hecho entonces deja de justificarlo y de soñar con un cuento de hadas — respiré profundamente.
No quería escuchar aquello, pero en el fondo sabía que mi amiga no hablaba para hacerme daño. Ella solo intentaba que yo abriera los ojos y viera lo que me negaba a aceptar.
— Él no solamente me busca para acostarse conmigo —dije finalmente — Hemos pasado muchas cosas juntos y ahora no sé que le pasa.
— ¿Y qué cosas son esas? ¿Me las puedes decir? — me quedé callada porque incluso yo sabía que la mayoría de nuestros momentos importantes habían ocurrido detrás de una puerta cerrada.
Clara suspiró.
— Ámbar, yo te quiero y por eso te lo digo. Ese hombre puede desearte, puede sentirse cómodo contigo y puede incluso tenerte cariño, pero eso no significa que quiera darte el lugar que tú deseas tener.
Mis ojos bajaron hacia la mesa y veía única el plato frente a mí.
— Yo lo amo, Clara.
— Lo sé y él se está aprovechando de eso — su voz se suavizó — Es precisamente por eso que me preocupas. Abre los ojos de una vez antes de que sea demasiado tarde.
Mientras terminamos de cenar seguíamos hablando de mis problemas y cuando pagamos la cuenta, miré la hora.
— Creo que ya me voy a casa — Clara negó inmediatamente al escucharme.
— Ni hablar. Nada de eso.
— ¿Qué?
— Digo que es demasiado temprano para encerrarte en ese apartamento a pensar en Diego.
— Pero no quiero ir a ningún otro lado.
— Pues te aguantas. En este momento yo decidiré por las dos he iremos a dar una vuelta — la miré con desconfianza por esa supuesta idea.
— Clara...
— No, clara nada. Vamos a beber, bailar y olvidarnos de los hombres por unas horas.
— No estoy vestida para salir — Clara miró mi ropa y sonrió.
— Estás perfecta. Cualquier hombre que te vea se volverá loco por ti y tal vez consigas a alguien que te haga olvidarte de Diego. Es obvio que te hace falta probar otro hombre para ver si despiertas.
— No digas esas cosas o de lo contrario no voy.
— Está bien, está bien. Nada de hombres. Solo seremos tú y yo.
Antes de que pudiera protestar, tomó mi brazo.
— Confía en mí. Verás como la pasamos bien.
...
Una hora después estábamos entrando a uno de los clubes más exclusivos de la ciudad.
Era un lugar al que no cualquiera podía entrar. Había hombres con trajes costosos, mujeres perfectamente vestidas y seguridad en cada acceso, pero Clara conocía el lugar y consiguió que nos dejaran pasar sin problemas.
La música llenaba el ambiente y las luces hacían que apenas se vieran los rostros de las personas que bailaban.
— Esta noche no existe Diego — me dijo mientras tomaba mi mano y me guiaba por la pista.
Sonreí.
— Voy a intentarlo, pero no prometo nada.
— No. Vas a hacerlo y vamos a empezar desde ahora — dijo mientras nos acercamos a la barra.
Pedimos nuestras bebidas y, poco después, Clara me llevó de vuelta la pista. Por primera vez en todo el día dejé de pensar. Reí, bailé, bebí y durante unos minutos conseguí sentirme como antes. Como si no existieran las dudas, como si mi corazón no estuviera intentando descubrir qué demonios estaba pasando con Diego. Hasta que levanté la mirada y mi sonrisa desapareció.
Al otro lado del salón había un hombre sentado en uno de los reservados privados.
Tenía un traje oscuro, expresión seria y una copa de whisky en la mano. Era Diego.
Mi corazón se detuvo, no estaba solo y tampoco parecía haberme visto todavía. En ese momento Clara siguió bailando sin darse cuenta de nada. Yo, en cambio, no podía apartar los ojos de él. Había pasado toda la tarde intentando olvidarlo y ahora estaba allí. Justo frente a mí.
Capítulo 4: La mujer en sus piernasNo podía apartar los ojos de Diego. Él estaba al otro lado del club, sentado en uno de los reservados como si fuera un rey junto a varios hombres que reconocí de la empresa. Eran sus amigos más cercanos. Los había visto en algunas ocasiones cuando iban a visitarlo, pero nunca me había presentado ante ellos como algo más que su secretaria.Entonces la vi.Una mujer alta, de cabello negro, cuerpo de modelo y vestido ajustado, estaba sentada sobre sus piernas como si aquel fuera su lugar. También tenía un brazo alrededor de su cuello y acariciaba su rostro con una confianza que me hizo sentir un vacío en el pecho. Diego sonreía, sonreía de verdad.Era una sonrisa que pocas veces había visto durante aquellos casi tres años y la mujer parecía conocer perfectamente a todos los hombres que estaban con él. Hablaba con ellos, reía y se movía con una naturalidad que me dejó claro que no era la primera vez que compartían una noche así.Sentí que los ojos comen
Capítulo 3: Una noche inesperadaLlegué al restaurante unos minutos antes de la hora acordada y elegí una mesa junto a los ventanales. Necesitaba despejarme. Desde que había salido de la empresa, no había dejado de pensar en Diego y en su extraño comportamiento. Así que tomé el menú y pedí algo de comer mientras esperaba a mi amiga. Sin embargo, no tuve que esperar demasiado.Unos minutos después, la vi entrar y sonreí.— ¡Ámbar! — me levanto al verla y acercarse a mí.— Clara — nos abrazamos como siempre y después tomamos asiento una frente a la otra.— ¿Qué está pasando? — preguntó mientras dejaba su bolso a un lado — Por teléfono sonabas bastante extraña.— Eso es porque estoy extraña. Más bien confundida — Clara me miró con atención.— Eso no me dice absolutamente nada — solté una pequeña risa.— Esta mañana pasó algo con Diego — su expresión cambió inmediatamente.— ¡Qué novedad! Sabía que ese hombre tenía algo que ver cuando me llamaste. Ya te tengo dicho que él no te conviene.
Capítulo 2: Una distancia inesperadaMe quedé unos segundos apoyada contra el escritorio, intentando recuperar la respiración que me había quitado y ordenar mis pensamientos. Diego estaba acomodándose la camisa y él traje frente al espejo de su oficina sin decir una palabra. Mientras tanto, yo lo observé en silencio.Hacía apenas unos minutos sus manos habían estado sobre mi cuerpo y ahora parecía que nada había ocurrido entre nosotros. Esa transformación siempre me sorprendía, pero ya lo había hecho antes.Él se abrochó los últimos botones de la camisa, acomodó sus mangas y volvió a ponerse el reloj que antes se había quitado. Su expresión cambió por completo. El hombre que había estado conmigo desapareció y frente a mí volvió a estar el señor Lancaster. Serio, impecable y distante.— Cuando salgas, redacta el informe de la reunión — dijo mientras revisaba unos documentos sobre su escritorio al pasar por mi lado — Quiero tenerlo todo listo antes de terminar el día.Parpadeé.— Claro,
Capítulo 1: La oficina El sonido de mis tacones contra el mármol de la entrada fue lo primero que escuché al entrar en la empresa aquella mañana.Tac, tac, tac.Caminaba con la espalda recta, una carpeta contra el pecho y una sonrisa que intentaba esconder lo que realmente estaba pensando o mejor dicho en quien; Diego.Desde que había abierto los ojos esa mañana, no había podido dejar de pensar en él ni un solo segundo. La noche anterior no nos habíamos visto. Tal vez para cualquiera podía parecer una tontería el hecho de no verse, pero para mí no lo era. Ya estaba acostumbrada a tenerlo cerca en mi cama, a escuchar su voz en mi oído, a sentir su presencia en la alcoba aunque solo fuera durante pocas horas. Y aquella noche lo había extrañado más de lo que quería admitir. Por eso, desde que llegué a la empresa, no veía la hora de que apareciera por las puertas del elevador.Llevaba una falda negra de corte elegante, una blusa clara con escote y unos tacones que había elegido con cuida
Prólogo: La última nocheLa ciudad brillaba al otro lado de los grandes ventanales de cristal, pero apenas podía verlas realmente, ya que toda mi atención estaba puesta en Diego Lancaster.Me había llevado hasta mi apartamento después de una cena que ninguno de los dos terminó y apenas cruzamos la puerta, dejó las llaves sobre la consola y se acercó a mí sin decir una palabra.Conocía perfectamente esa mirada. La había visto cientos de veces durante aquellos casi tres años. Era la misma mirada que conseguía hacerme olvidar que, al día siguiente, volveríamos a ser solo jefe y secretaria.Sin embargo, cuando Diego me tomó por la cintura y me besó con ferocidad. Respondí de inmediato, rodeando su cuello con los brazos. El beso se volvió más intenso mientras me hacía retroceder lentamente hasta el sofá más cercano.— Te deseo — murmuró contra mis labios casi inaudibles.Aquellas dos palabras fueron suficientes para hacer que mi corazón palpitara con fuerza dentro de mi pecho. Siempre era







