Compartir

5

Autor: HET
last update Fecha de publicación: 2025-06-11 02:50:17

LEO

No soy de los que se despiertan pensando en la tía con la que me he acostado la noche anterior. Normalmente, me levanto, echo un vistazo al desastre de sábanas, y si hay alguien todavía en mi cama, Koda se encarga de que no se queden mucho. Anastasia se ha ido antes de que me despertara, y no sé si eso me jode o me alivia.

Me froto la cara con las manos, intentando despejar la neblina de la noche. Koda gruñe desde el umbral de mi puerta, como si me estuviera juzgando por pensar demasiado. Le lanzo una mirada.

—No empieces, capullo.

Me arrastro hasta la cocina a por un café, aunque ya es mediodía. La encimera está igual que anoche, con el vaso de agua que le di a Anastasia todavía ahí, como una prueba de que no lo soñé. Lo miro un segundo de más antes de tirarlo al fregadero. No necesito recuerdos de una noche que no debería significar nada. Fue sexo, punto. Sexo cojonudo, sí, pero no cambia quién soy. Ni quién es ella. Una madre soltera, con un crío que no para y una vida que no encaja con la mía.

El día se arrastra. Es un domingo como tantos otros. Lo uso para limpiar, arreglar el desastre de anoche y abrir las ventanas para airear el olor a sexo. Koda ya me espera con la correa en la boca cuando no me he puesto ni calzoncillos nuevos. Estoy cambiándome cuando el silencio del edificio se rompe. La chatarra del ascensor hace retumbar el suelo. Voces en el rellano. No soy un cotilla, pero este edificio es tan silencioso que cualquier cosa fuera de lo normal suena como un megáfono.

—¡Hemos ido al zoo! ¿Te gusta? Los abuelos me lo han regalado. —Ese crío es una bola de energía.

Me acerco, no porque sea un fisgón, sino porque Koda ya está pegado a la puerta, con las orejas tiesas y a punto de ponerse a ladrar. El cabrón está más atento que yo.

—Me gusta mucho, cariño, ¿por qué no se lo enseñas a tu colección de peluches?

Le quito la correa de la boca a Koda, que ni me gruñe, me sigue hasta el baño para esperar a que termine y podamos largarnos. Vuelvo a la puerta y le pongo el collar.

Luego, otra voz. Masculina, calmada.

—...puedes volver, Stas. A mis padres...

—Con todo el respeto, me importa una m****a lo que tus padres quieran decir —le suelta. Joder, qué carácter.

Koda suelta un gruñido bajo, porque estoy tardando. Le doy una palmada en el lomo.

—Vamos.

Casi sale disparado por la puerta cuando la abro. La parejita del rellano se queda en silencio. << Coño >> Debería haber mirado por la mirilla antes de salir para no empalmarme. Lleva un pijama —si es que a eso se le puede llamar así— diminuto. El pantalón corto y ajustado le redondea el culo y tiene los pezones duros que casi le atraviesan la camiseta.

Se cruza de brazos, no sé si lo mejora. Me obligo a dejar de mirarle las tetas y atravieso el corto pasillo hasta la puerta de las escaleras.

—¡Es el perrito! —El niño sale corriendo por la puerta del 4A y se abalanza sobre Koda, que, el muy traidor, se deja acariciar como si fuera un peluche—. ¡Hola!

—Oliver quítate de ahí —empieza el tío que hay plantado aquí. ¿Este tío es su ex, el padre del niño? Alto, con pinta de oficinista, camisa bien planchada y me ojea con recelo.

Anastasia lo coge del brazo y parece que discuten en voz baja.

—...que no me molesten más —consigo escuchar que le dice ella.

Sólo estoy esperando a que Oliver termine de apretujar a mi perro para irme. Admito que el crío es simpático.

No puedo evitar agacharme un segundo para rascarle la cabeza a Koda, a ver si recuerda que íbamos a bajar a la calle.

—Le caes bien —le digo, y me devuelve una sonrisa inocente—. Te dejaré jugar con él otro día, ¿por qué no vuelves con tu madre?

Y entonces ella me mira. Con el pelo rubio atado en un moño vago, sus ojos azules, y un ligero rubor en las mejillas.

En cuanto suelta a Koda, empujo la puerta y le dejo correr por las escaleras mientras le sigo. Llego al portal justo cuando el oficinista sale del ascensor. Parece aterrorizado por Koda. Me agacho a por la correa y abro la puerta.

—Cuidado que muerde —le digo.

El tío casi sale saltando del portal.

---

El lunes llega. Me levanto tarde, como siempre, y me arrastro hasta el estudio de tatuajes donde echo unas horas entre semana. Es mi trabajo fijo, aunque gano más dinero los fines de semana con las carreras de coches. Pero esto me gusta. El zumbido de la máquina, el olor a tinta y desinfectante, la gente que entra con una idea y sale con algo que llevará en la piel para siempre. Es lo más cerca que estoy de dejar una marca en el mundo, supongo.

El estudio está en una callejuela del centro, con un letrero de neón que parpadea y un escaparate lleno de diseños.

Entro, y Joe, el dueño, está limpiando las agujas mientras escucha heavy metal.

—Tu novia te está esperando dentro —me dice sin levantar la vista.

Recojo la agenda del mostrador y me encamino a mi zona. Mi "novia" está sentada en la camilla, balanceando las piernas y sin camiseta.

—Qué bien verte así por la mañana —me burlo.

—Me lo dicen mucho —responde Alex, pasándose una mano por el pelo revuelto. Está aquí para que le termine el tatuaje de un cuervo que le empecé hace un par de semanas en la espalda—. Venga, a lo tuyo que tengo un cliente en media hora.

Alex es un crío —dentro de lo que cabe—, tiene veintitrés años y a veces parezco su niñero, pero es un buen tío.

Pongo a funcionar la máquina y me encorvo sobre su espalda. Al rato, la puerta del cubículo se abre.

—¿Queréis café? Voy a bajar unas calles.

Alejo la aguja unos segundos para pensar. Me vendría bien un litro entero de café. Marko me conoce, así que no se lo tengo que decir cuando asiento. De todos los tíos con los que he coincido en mi vida, él es un real, diría que es mi mejor amigo desde el instituto.

Marko vuelve con el café, y el olor me saca de mis pensamientos. Me pasa un vaso de cartón y se apoya en la pared, mirando cómo trabajo.

—¿Qué tal la movida del sábado? —pregunta.

—No fue nada —respondo, sin levantar la vista del tatuaje—. Lo de siempre.

—Ya no nos lleva a su piso de soltero —refunfuña Alex—. Le he dicho que se le va a caer la polla ni la usa.

Clavo un poco de más la aguja. Él lloriquea.

—Cuando te independices podrás hacer todas tus guarrerías. Mi casa no es un picadero.

Podría contarles lo de Anastasia y como me la follé por todas partes, pero no me apetece ir contándolo.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • El vecino del 4B   FIN

    ANASTASIAEl jardín trasero de la casa de Lou y Marko está transformado en un caos de colores, globos y risas infantiles. Hay una mesa larga cubierta con un mantel de unicornios, llena de dulces con glaseado rosa, bandejas de sándwiches con formas de estrellitas y un castillo hinchable que rebota con una docena de niños gritando. Margot cumple cinco años hoy, un año menos que Lily, pero cualquiera diría que son gemelas por cómo se entienden. Las dos se llaman “primas” aunque no compartan sangre, y se quieren como si fueran hermanas.—¿Cuántos putos niños hay aquí? —suelta Alex, ajustándose un gorrito de fiesta ridículo que Lou le ha obligado a ponerse.Lou, que está colocando una bandeja de limonada, lo apunta con otro gorrito como si fuera un arma.—Sin insultos. Margot ha querido invitar a toda su clase, y aquí están. —Se gira hacia mí, atusándome el pelo como si fuera una cría, y me coge de la mano—. Ven, Stas, ayúdame con los canapés.Me dejo arrastrar a la cocina, donde el caos e

  • El vecino del 4B   35

    ANASTASIAEl aire de noviembre es frío, y el cielo está cubierto de nubes grises que amenazan con lluvia. Estoy en el coche, con las manos apretando el volante mientras espero en el tráfico, de vuelta de recoger a Lily del colegio. Ella está en el asiento trasero, cantando una canción de la radio, y su voz chillona me saca una sonrisa a pesar de que estoy agotada. El trabajo en la cafetería hoy ha sido un caos, Marta y yo todavía parece que estamos aprendiendo a llevar las riendas del negocio a solas. Entre pedidos equivocados, un proveedor que se retrasó y un cliente que casi arma un escándalo por un café frío, lo único que quiero ahora es meterme en casa, ponerme una sudadera de Leo y dejar que el mundo se detenga por un rato.Mi teléfono vibra en el salpicadero cuando aparco en casa y Lily sale dando brincos del coche. El teléfono no me da un respiro ni cuando casi me pillo la mano con la puerta. Es Trevor.—Hola...—Stas, hola —su voz suena tensa, como si estuviera midiendo cada p

  • El vecino del 4B   34

    ANASTASIAAyer, después de que Leo me contara su charla con Oliver, no pude dormir. Me pasé la noche dando vueltas, pensando en cómo abordar esto, en cómo explicarle a mi hijo de trece años por qué su familia es un rompecabezas con piezas que no encajan. No quiero llenarle la cabeza de rencor, pero Leo tiene razón: Oliver ya no es un niño pequeño. Está empezando a hacer preguntas, a atar cabos, y si no le doy respuestas, alguien más lo hará, y no de la manera que quiero.Toda la casa está despierta a estas horas, menos Oliver. Sé que estuvo jugando con la consola hasta tarde.Cuando oigo sus pasos bajando las escaleras, mi estómago se tensa. Lleva el pijama arrugado y el pelo revuelto, y aunque intenta parecer despreocupado, hay algo en su postura. Se acerca, arrastrándose descalzo, y me besa la mejilla.—Buenos días, mamá —dice, con esa voz que ya no es la de un niño, pero que todavía tiene un eco de suavidad.Ha pegado tanto el estirón que ya no me pide ayuda para bajarle la caja de

  • El vecino del 4B   33

    LEONunca pensé que me emocionaría por un color pastel. Ni por una pared. Ni por una cuna. Y, sin embargo, aquí estoy, con una brocha en la mano, mirando cómo Anastasia me da órdenes desde la puerta como si llevara toda la vida dirigiendo reformas.—Más a la derecha, que te ha quedado un hueco —me señala, con una mano apoyada en la curva de su barriga de siete meses y la otra sosteniendo un vaso de agua que probablemente no ha tocado en media hora.—A la derecha está la esquina, jefa —respondo, intentando no reírme.Me mira con ese gesto que mezcla paciencia y amenaza.—Tú pinta.Obedezco, porque con las hormonas que se gasta, hoy no es día para provocarla. Además, verla ahí, con esa camiseta vieja que me robó y que apenas cubre su barriga, hace que cualquier cosa que me pida suene razonable.Hoy es un día tranquilo, sin carreras, sin amigos dando por culo. Oliver está con su padre el oficinista estirado, así que tenemos la casa para nosotros. Anastasia dice que está cansada, que el e

  • El vecino del 4B   32

    ANASTASIANunca pensé que el sonido de una furgoneta vieja y un grupo de amigos quejándose mientras cargan muebles pudiera hacerme tan feliz. Pero aquí estoy, con las llaves en la mano, de pie frente a la puerta blanca de la casa que a partir de hoy va a ser nuestra casa.No un piso pequeño.No un alquiler temporal.Una casa con jardín, espacio para que Oliver corra, para que Koda se revuelque en la hierba, y para que Leo y yo construyamos algo mucho más grande.—¡Anastasia! —Lou se asoma con el ceño fruncido dese la barandilla de las escaleras—. ¿Dónde diablos quieres que ponga otra de tus cajas "frágiles"? Son frascos de velas.—Déjala en la habitación pequeña, ya las organizaré otro día.Alex está gritando algo sobre cómo el sofá “no va a caber por la maldita puerta”, y Marko le contesta que “deje de lloriquear y empuje más fuerte”. Yo sólo me río. Leo pasa por delante de mí, cargando con una caja enorme que pone juguetes, y me guiña un ojo. El pelo se le pega a la frente de lo sud

  • El vecino del 4B   31

    LEOMis navidades llevan demasiados años siendo tranquilas. Nunca he sido de grandes regalos, ni de decorar el apartamento, y menos de escuchar villancicos. Para mí, la Navidad perdió la magia cuando cuando mi padre murió y a mi madre y a mi nos empezó a dar más igual el siquiera molestarnos a poner un árbol torcido en el salón. Era como si las luces, los adornos y toda esa mierda festiva fueran un recordatorio de lo que faltaba, así que simplemente dejábamos pasar las fechas con una cena sencilla y poco más.Este año es diferente. El espíritu navideño ha vuelto.Anastasia se ha gastado cuatro sueldos para que su piso parezca una taller de enanos del Polo Norte. He descubierto que es una flipada de la Navidad. Al principio, pensé que estaba loca, pero luego me contó por qué: sus últimas navidades han sido una mierda. Entre los padres de Trevor, que la trataban como si fuera invisible y arrebatándole momentos con Oliver, y los suyos propios, no ha podido disfrutar de su época favorita

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status