LOGINCelia, para saldar una deuda familiar abrumadora, se coloca voluntariamente bajo la dominación de Kassian, un hombre rico y despiadado conocido por su gusto por el control absoluto en sus relaciones íntimas. Su acuerdo, sellado por un contrato, está estrictamente limitado en el tiempo y define reglas claras. La historia explora su iniciación brutal a este mundo, la pérdida de su autonomía y la relación compleja y turbia que se desarrolla entre ella y Kassian. Una tensión adicional aparece con Lysander, el brazo derecho de Kassian, que observa a Celia con una mezcla de lástima y deseo, creando un triángulo peligroso donde las lealtades son puestas a prueba.
View MoreLa Academia de las Sombras
Elara, una joven inteligente pero con una total falta de control en su vida profesional y personal, se siente secretamente atraída por la sumisión. Tras una misteriosa invitación, ingresa en «La Academia de las Sombras», una institución discreta donde los deseos más secretos se exploran bajo la guía del Maestro Kael, un Dominante tan temido como deseado. —De rodillas —ordena él. Resisto un segundo, por orgullo, por desesperación, antes de desplomarme, las rodillas golpeando el suelo duro. —Buena chica —murmura Isadora, pero su voz parece lejana, ahogada por el zumbido de mi propia sangre en mis oídos. —Ahora —dice él—, vas a mostrarme cuánto lo deseas. Y sé, con una certeza aterradora, que ya no tengo elección. Elara El papel se desliza entre mis dedos, grueso como el terciopelo, impregnado de un perfume que se me sube a la cabeza, una mezcla de rosa negra y algo más oscuro, casi animal. Las letras doradas brillan bajo la luz temblorosa de mi vela, como si me hipnotizaran. La Academia te espera. Atrévete a cruzar el umbral. Sin firma. Sin sello. Solo esas palabras, trazadas con una tinta tan negra que parece absorber la luz a su alrededor. Me siento en el borde de mi cama, los muslos apretados uno contra el otro, sintiendo ya el calor húmedo acumulándose entre ellos. ¿Qué clase de lugar es este? Mi mano libre sube por mi pierna, rozando la seda de mi bata, demasiado ligera, demasiado transparente. Ni siquiera soy consciente de haber abierto los muslos, pero mis dedos ya se deslizan bajo la tela, buscando el alivio de un contacto, cualquier contacto, contra esa pulsación sorda entre mis piernas. —Estás perdiendo la cabeza, Elara —murmuro con voz ronca. Pero no puedo apartar los ojos de esa carta. Huele a peligro. El tipo de peligro que te hace apretar los muslos en público, que te da ganas de que te tomen contra una pared, sin importar quién mire. El tipo de peligro que te promete que, si te atreves a tocarlo, nunca volverás a ser la misma. Me levanto de golpe, la carta aferrada en mi mano, y empiezo a caminar de un lado a otro por mi habitación. El suelo cruje bajo mis pies descalzos, cada paso resonando como una cuenta atrás. Ir allí sería una locura. Y sin embargo, la idea de no ir me da ganas de gritar. Ya imagino los muros de esa Academia, oscuros y brillantes de cera, los murmullos ahogados tras puertas cerradas, los cuerpos entrelazados en la sombra... Mis pezones se endurecen bajo la tela fina de mi camisón, dos puntas dolorosas que suplican que las pellizquen, que las muerdan hasta que gima. —Joder. Caigo de rodillas frente a mi tocador, los dedos temblorosos mientras abro el cajón de abajo. Allí, bajo los frascos de perfume y las cajas de joyas polvorientas, está lo que busco: un pequeño vibrador con forma de lengua, flexible y frío. Lo enciendo con un clic, el sonido sordo de las vibraciones llenando la habitación. Sin dudarlo, me levanto la bata y separo mis labios con dos dedos, ya hinchados, ya empapados. El plástico liso se desliza contra mi clítoris y un gemido bruto, desesperado, se me escapa. —Oh, joder... Me arqueo, una mano aferrada al borde del tocador mientras la otra hace girar el juguete en círculos cerrados, presionando fuerte, demasiado fuerte, como si pudiera castigarme por esa debilidad. Pero cuanto más me hago daño, más reacciona mi cuerpo, retorciéndose, suplicando. Mis caderas se elevan del suelo, buscando algo más grande, más grueso que ese trozo de plástico. Imagino manos sobre mí, sus manos, quizá. De ellos. Dedos que me abren sin piedad, una lengua que me lame hasta que grite, una polla que me embista hasta que ya no sepa mi propio nombre. —Elara... Sobresalto, los dedos congelados. No es mi voz. No es nadie. Solo el viento contra los cristales, quizá. O... O ya he cruzado la línea. Retiro el vibrador de golpe, arrojándolo sobre la cama como si me quemara. Mi coño palpita, vacío, hambriento, y aprieto los muslos gimiendo, los dedos temblorosos de frustración. No. Así no. No sola. La carta sigue allí, sobre el tocador, provocándome.Kassian Léon No espero más. La levanto, sus piernas se enroscan alrededor de mi cintura, su espalda contra el muro de mármol. Está fresco contra su piel caliente, la siento estremecerse. Luego la penetro, de un solo golpe, profundo, perfecto. Ella grita. Un grito breve, ahogado por mi boca sobre la suya. La beso a plena boca, mientras me muevo en ella, mientras el agua nos golpea, chorrea entre nuestros cuerpos, nos une aún más. Es diferente de hace un rato. Más animal, más urgente. El muro está frío, el agua está caliente, ella está hirviente. Me aprieta, me estrecha, me vacía. Sus uñas en mis hombros, sus gemidos en mi boca, sus piernas que tiemblan alrededor de mí. —Te quiero —murmura. Las palabras atraviesan el ruido del agua, atraviesan el ruido de nuestros cuerpos, atraviesan todo. Las oigo. Las recibo. Las guardo. No respondo. No puedo. Todavía no. Pero me muevo más fuert
Kassian LéonRalentizo. Justo lo suficiente para hacerla gemir de frustración, para hacerla moverse bajo mí, buscar más, buscar mejor.—No —digo—. Espérame.—No puedo...—Sí. Espérame. Vamos juntos.Pongo mi frente contra la suya. Mis ojos en los suyos. Mi aliento mezclado con el suyo. Me muevo, lento, profundo, perfecto. Siento la tensión subir en ella, sentirla subir en mí, las dos que trepan, que se acercan al borde.—Ahora —digo—. Ahora.La explosión es simultánea. Ella grita mi nombre, un grito ahogado, roto. Yo gimo el suyo, la voz ronca, estrangulada. Nuestros cuerpos se tensan, se retuercen, se vacían el uno en el otro. Y no cierro los ojos. No quiero perder ni un segundo de este rostro, de este instante, de esta perfección.Mucho tiempo después. Demasiado tiempo. Una eternidad minúscula.Ella está tumbada sobre mí, su peso me mantiene en el suelo, su aliento caótico contra mi cuello.
Kassian LéonEl alba es una hoja de luz gris que corta la oscuridad, deslizándose entre las cortinas para romperse sobre su hombro desnudo. La miro. Solo hago eso. ¿Desde cuándo? ¿Una hora? ¿Dos? El sueño me ha huido como un cobarde, dejándome solo con el sonido de sus respiraciones, el peso de su cabeza sobre mi pecho, el calor de su piel contra la mía.Ella duerme. Profundamente. Sus labios están entreabiertos, sus pestañas forman dos medias lunas perfectas sobre sus mejillas, su cabello es un desorden oscuro sobre la almohada blanca. Es bella. De una belleza que duele, que aprieta la garganta, que quema detrás de los ojos.Todo.La palabra resuena aún en mi cabeza. La he dicho. La he dejado salir. No había previsto, no había calculado, no había controlado. Vino, simplemente, como una verdad que ya no soportaba ser callada.Ella dijo lo mismo para mí.Cierro los ojos. Respiro. Su perfume me invade, mezclado con el de
Kassian Léon Con mi camisa blanca, la que cuesta una fortuna, la que está cortada para mis hombros. Sobre ella, le cae, flota, descubre un hombro. Su cabello está recogido en un moño desordenado. Sostiene una taza de café. Sonríe al objetivo. Debajo, un mensaje: Tenías razón. El jardín es magnífico. Te espero. Casi escupo mi agua. —Alles in Ordnung, Herr Kassian? —Perfectamente. Guardo el teléfono. Termino el almuerzo. Solo pienso en ella. Diecisiete horas. Última reunión. Aguanto. Aguanto porque estoy hecho para esto, porque me he construido para esto, porque nada ni nadie me ha hecho nunca desviarme de mi camino. Aguanto, pero es un esfuerzo. Cada minuto es una hora. Cada hora es un día. Quiero volver. Quiero abrir la puerta. Quiero verla con mi camisa, en mi jardín, en mi vida. La incertidumbre es una






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