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El Ángel de El Mafioso
El Ángel de El Mafioso
Author: J_Foz

Capitulo 1. Presentando a Isabella.

Author: J_Foz
last update publish date: 2026-07-17 04:04:22

—¿Nos conocemos, señor? —susurró, con una mezcla de desconcierto — Debería recordarlo con claridad si fuera así, aunque... siento que sí. Siento que lo conozco desde hace mucho tiempo.

Su confesión casi me hace perder los estribos y acortar la distancia para devorarla allí mismo.

Quise gritarle que sí, que nos conocíamos en lo más profundo de nuestras almas, porque yo lo sé absolutamente todo de ella. La he visto crecer, madurar; desde que la encontré hace unos años en Nueva York ha cambiado, convirtiéndose en una mujer de una belleza letal, pero en el fondo sigue siendo mi pequeño ángel de luz. Una artista pura que, sin saberlo, le da color a mi fría y sangrienta existencia. Quisiera confesarle en este mismo instante que ella es mi mundo entero, que he limpiado Calabria de enemigos solo para mantenerla a salvo y pedirle que me elija, pero en mi mundo la fuerza no sirve para el corazón: solo ella tiene la última palabra, mia Luce.

CAPÍTULO 1: Presentando a Isabella

Camino por las calles de Nueva York, disfrutando de la naturaleza de Central Park. Me encanta caminar y respirar el aire fresco antes de sumergirme en la rutina. Me dirijo a una cafetería cercana para encontrarme con Laurent, mi única y mejor amiga. No confío mucho en la gente, por eso nuestro círculo es tan cerrado; solo nosotras, aunque suelo ser amable con todos, Laurent es un poco más complicada, de carácter fuerte y protector.

Al llegar al café, la busco con la vista y la encuentro sentada junto a la ventana. Al verme, me hace señas y me acerco a su mesa.

—Laurent, ¿cómo estás? —le pregunto mientras me siento—. Disculpa la demora, me retrasé revisando unas materias. ¿Terminaste tu trabajo?

Laurent Wilson tiene mi misma edad, dieciséis años. Su familia goza de un excelente estatus económico, pero son personas increíblemente humildes, unidas y amorosas, muy parecidas a los míos.

—Tranquila, Isabella, igual tenemos tiempo de sobra —me responde con una sonrisa, aunque se nota tan agotada como yo.

Pedimos el desayuno y, mientras comemos, noto las miradas de siempre. Algunos chicos del instituto, siempre nos topamos con muchos de ellos ya que el instituto está de camino y casi todos paran en esta cafeteria, ellos me observan con intriga, mientras que las chicas me miran como si fuera un bicho raro. Todo se debe a mis ojos: tengo heterocromía, uno es de color azul y el otro verde. A algunas personas les parece algo increíble, a otras les incomoda, pero he aprendido a no prestarles atención.

—¿Qué has decidido respecto a tu cumpleaños? —pregunta Laurent de repente—. Ya solo faltan quince días. A mí aún me falta un mes, pero ya casi cumplimos los diecisiete. ¡Es increíble lo rápido que pasa el tiempo

—La verdad, no lo sé, Laurent —admito, sintiendo un peso en el pecho—. Quizás una salida a cenar. Sabes que no quiero que mis padres derrochen dinero, y menos después de lo que pasó...

La nostalgia me invade. Me duele recordar cómo el esfuerzo de toda la vida de mi padre para construir su empresa se desmoronó cuando una persona en la que confiaba ciegamente lo estafó y se la quitó de la manera más ruin.

—Gracias a tu papá que estuvo ahí —le digo, apretando sus manos—. Si no fuera por su amistad verdadera y honesta, el mío no habría salido adelante. Sé que todavía no nos hemos levantado económicamente, pero su apoyo lo ha sido todo.

Laurent me observa en silencio y sujeta mi mano con calidez, transmitiéndome un aliento mudo pero reconfortante.

—Debemos irnos, Isabella, o llegaremos tarde a clases —dice, rompiendo el momento melancólico mientras recogemos nuestras cosas.

Pedimos un auto por aplicación para llegar más rápido. Una vez en el instituto, nos enfocamos por completo en las materias. Justo hoy tenemos nuestra clase favorita: Arte. A mí me apasiona la pintura y a ella la escultura. Nuestro gran sueño es solicitar una beca dentro de un año para irnos a estudiar arte a Italia, y la sola idea nos llena de ansias.

Al salir del instituto, decido hacer unas compras pendientes. Me despido de Laurent, quien debe irse a casa tras recibir una llamada de sus padres. Con el cielo de la tarde empezando a caer, decido desviar mi camino hacia un parque cercano para distraerme y dibujar un rato antes de volver a casa. No tenía idea de que ese pequeño paseo cambiaría mi vida para siempre.

Me siento en una banca solitaria, saco mi libreta y me concentro en trazar las líneas del paisaje. El ambiente es pacífico, hasta que un grito lejano rompe la tranquilidad.

De repente, el crujido de varias ramas y pasos pesados me obligan a levantar la vista. Tres hombres vestidos de negro irrumpen en el sendero y corren en mi dirección. El corazón se me paraliza cuando noto que llevan armas de alto calibre en las manos. Están buscando a alguien, gritando órdenes en un idioma que no logro comprender, con los rostros desencajados por la furia.

En pánico, intento levantarme de la banca, pero mis piernas no responden. Giro la cabeza hacia el bosque y, entre las sombras de los árboles, me topo directamente con unos ojos fijos en mí. Quedo completamente aturdida, hipnotizada por la intensidad de esa mirada en medio del caos.

El estallido ensordecedor de los disparos retumba en el aire. Las balas impactan contra el metal de la banca y la madera de los árboles, salpicando astillas por todas partes. El terror me bloquea, pero antes de que un proyectil pueda alcanzarme, una sombra enorme se abalanza sobre mí.

Siento un jalón brusco y violento que me arrastra hacia el suelo, mientras un cuerpo increíblemente grande y musculoso se interpone entre las balas y yo, cubriéndome por completo. Un aroma embriagador, masculino —una mezcla de madera, tabaco y un perfume inconfundible—, inunda mis sentidos a pesar del olor a pólvora.

—¡Quédate abajo! —me ordena una voz ronca, gruesa y dolorosamente varonil.

El estruendo de la balacera va cesando a nuestro alrededor, pero él ni siquiera parpadea. Una mano enorme y cálida se posa en mi mejilla, obligándome a mirarlo.

—¿Estás bien? —me pregunta, y yo solo miro los mismos ojos de hace un momento: unos ojos color miel, profundos, felinos y hermosos.

Intento enfocar el resto de sus facciones, pero el pánico, la adrenalina y el impacto de la situación hacen que el parque empiece a dar vueltas.

—Oye, mírame. No te atrevas a desmayarte, quédate conmigo —me exige con brusquedad, mientras sus brazos me sujetan con una fuerza asombrosa, protegiéndome como un escudo impenetrable.

Pero el esfuerzo es inútil. Mis párpados pesan demasiado y la oscuridad me arrastra por completo, perdiendo el conocimiento en el pecho de aquel misterioso hombre.

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