LOGINCAPÍTULO 2: Presentando a Nicolás
Estoy en mi despacho revisando documentos y correos importantes que varían desde asuntos de la mafia hasta contratos corporativos. Porque sí, pertenezco a la mafia. Soy El Don, el Capo de la 'Ndrangheta, la organización más poderosa y peligrosa del mundo. Controlamos gran parte del tráfico mundial de armas y otros mercados, pero tenemos una regla inquebrantable: nunca nos metemos con mujeres ni niños. Es nuestro código de honor. Soy Nicolás Russo. Tengo veintiocho años y disfruto de los placeres que me da la vida. Nunca he considerado casarme, y mucho menos enamorarme, aunque mi madre insiste en que algún día conoceré a la persona correcta y cambiaré de opinión. Mi padre, por su parte, repite que debo seguir el linaje y asegurar un heredero. Ambos quieren nietos, pero eso no es para mí. Para eso están mis hermanos. Tengo un hermano cinco años menor y, por supuesto, a la flor más preciada de la casa junto a mi madre: nuestra hermana menor de dieciocho años, la principessa. Ella es la alegría de nuestras vidas. Ellos pueden encargarse de darles nietos y continuar con el apellido Russo. Yo no creo que exista alguien capaz de darle luz a mi vida de esa manera, ni nadie que me haga cambiar de parecer. —Nicolás —dice Lorenzo Vitalis, entrando a mi despacho sin tocar la puerta. Es un hábito suyo que me molesta, pero es mi Sottocapo, mi segundo al mando y mi mejor amigo; una de las pocas personas a las que confiaría mi vida—. Tenemos problemas serios. Dirijo mi mirada hacia él, instándolo a continuar. —En la sede del conglomerado de Nueva York se han recibido muchas quejas, y nos llegó información de que ha desaparecido un capital importante. Lo notaron durante la auditoría trimestral. Aparte, en dos días es la fecha fijada para la negociación con la empresa tecnológica en la que estás interesado. —Primero podrías tocar la puerta antes de entrar —le reclamo con fastidio—. Segundo confirma el jet, salimos hoy mismo. Quiero un informe detallado en una hora sobre quién nos está desfalcando. Y sí, veamos qué nos ofrece esa compañía. Hace tres años era una potencia, pero ahora está en declive. ¿Tienes su expediente? Me gusta saberlo todo; no tolero las sorpresas. Lorenzo sonríe de medio lado. —Sí, lo tengo. Pero te vas a sorprender con lo que descubrí. Quizás a eso se deba la caída de la empresa. —Veamos de qué trata. Al revisar los documentos, arqueo una ceja con sorpresa. El fundador original de la empresa fue estafado por quien decía ser su mejor amigo, un hombre que le robó la compañía de la manera más ruin. Ahora un tal Carlos Lombardi firma como dueño, pero no tiene la más mínima idea de cómo dirigirla; por eso va en picada. —Esto es increíble, Lorenzo —le digo a mi amigo—. El verdadero dueño, el señor Marco Mancini, no pudo probar la e****a. Es interesante... Debes ubicar al señor Mancini. Tendremos una reunión con él después de encargarnos de su supuesto amigo, Lombardi. —Listo, Boss. Recuerda también quiénes están en Nueva York en este momento. Debemos llevar máxima seguridad. Los turcos quedaron muy molestos después de que les frenaras los pies y no los dejaras hacer lo que querían con aquellas mujeres. —Organiza todo —le ordeno con seriedad—. Debemos estar muy pendientes de cada movimiento apenas toquemos suelo americano. Termino de organizar mis pendientes sin saber que ese viaje cambiaría por completo mi manera de pensar y pondría mi mundo de cabeza. Durante el vuelo hacia Estados Unidos, siento una presión extraña en el pecho, una corazonada que no logro descifrar. Me digo a mí mismo que es solo el estrés y la presión de los últimos días. —Lorenzo —le digo a mi amigo mientras cruzamos el Atlántico—, organiza una salida para esta noche. Llegaremos por la tarde y quiero distraerme. Quizás unos tragos, buena música y mujeres hermosas a mi alrededor me dejen como nuevo para el día de mañana. Pero todo cambiaría esa misma tarde. Al bajar del jet en Nueva York, nuestro jefe de seguridad nos informa de un altercado en una de las bodegas del puerto, así que decidimos ir a solucionarlo de inmediato. Tras dejar el asunto saldado y dar un par de escarmientos, decidimos caminar un poco. Pasamos cerca de un parque, un lugar con una vista increíble y no estaba muy concurrido. Como la tarde está agradable, decido estirar las piernas un momento mientras termino mi café, custodiado a una distancia prudente por mis hombres. No avanzamos mucho cuando el radiocomunicador de Lorenzo se activa. La voz de nuestro jefe de seguridad suena tensa: —Don Nicolás, tenemos movimiento. Los turcos nos siguieron. Están armados y avanzan por el flanco oeste del parque. Maldigo entre dientes. Justo en ese instante, mientras nos preparamos para responder, algo llama mi atención. A unos metros, sentada en una banca solitaria, hay una pequeña personita concentrada en una libreta. Está dibujando. Se ve tan ajena al peligro, envuelta en una paz tan absoluta, que por un milisegundo envidio su tranquilidad. —¡Vienen hacia aquí! —advierte Lorenzo, desenfundando su arma. El caos se desata en un parpadeo. Los hombres del turco irrumpen en el sendero vestidos de negro, gritando órdenes furiosas en su idioma nativo y empuñando armas de alto calibre. La chica de la banca levanta la vista, paralizada por el terror. Al girar el rostro, sus ojos se topan directamente con los míos. El impacto me golpea directo en el pecho. Es una mirada única, limpia... y tiene heterocromía, un ojo azul y el otro verde. Quedo hipnotizado por un segundo, pero el estallido ensordecedor de los primeros disparos me devuelve a la realidad. Las balas de los turcos impactan contra el metal de su banca, haciendo saltar astillas de madera. Ella está atrapada en la línea de fuego. No lo pienses. No midas las consecuencias. Corro hacia ella con todas mis fuerzas, impulsado por un instinto feroz de protección que jamás había sentido por una desconocida. Me abalanzo sobre su cuerpo justo a tiempo, arrastrándola al suelo. Su figura se siente pequeña, frágil y delicada cuando la envuelvo por completo con la mía, sirviéndole de escudo humano. A pesar del olor a pólvora y la adrenalina, un aroma embriagador y puramente dulce emana de ella, colándose en mis sentidos. Siento cómo tiembla violentamente bajo mi peso. —¡Quédate abajo! —le ordeno con mi voz más ronca y autoritaria, tratando de mantenerla a salvo mientras mis hombres responden al fuego con precisión milimétrica. La balacera cesa en cuestión de minutos; mis hombres limpian el lugar de inmediato, asegurando el perímetro. Los turcos sobrevivientes huyen. Sin embargo, yo no puedo moverme. Tomo su rostro con una de mis manos, obligándola a mirarme. Sus ojos heterocromáticos están desenfocados, llenos de pánico. —¿Estás bien? —le pregunto, buscando alguna herida en su cuerpo. Ella solo me mira, completamente impresionada, con el rostro pegado a mi pecho. Intenta decir algo, pero la situación la supera. Noto cómo sus párpados empiezan a pesar. —Oye, mírame. No te atrevas a desmayarte, quédate conmigo —le exijo con brusquedad, apretándola más contra mí. Es inútil. Sus ojos se cierran y se desploma en mis brazos, perdiendo el conocimiento. La levanto en vilo sin dudarlo un segundo. Su peso no es nada para mí. —¡Lorenzo, trae el auto ya! Nos vamos de aquí —bramo, caminando a paso rápido hacia la salida del parque—. Busquen qué lleva en los bolsillos, necesito saber quién es. Subimos a la camioneta blindada a toda prisa rumbo al hospital más cercano. Durante el trayecto, mantengo a la chica protegida contra mi pecho. Lorenzo revisa con cuidado el bolso que logramos rescatar de la banca y saca una identificación estudiantil. —Se llama Isabella —dice Lorenzo, mirando la tarjeta con asombro antes de levantar la vista hacia mí—. Isabella Mancini. El apellido me golpea como un balde de agua fría. Mancini. Es la hija del hombre del informe, el verdadero dueño de la empresa tecnológica que vengo a comprar. Qué pequeña coincidencia. —Isabella... —susurro, saboreando el nombre. Es hermoso, perfecto para ella. Al llegar al hospital, ingreso con ella en brazos exigiendo atención inmediata. Los médicos se la llevan en una camilla para evaluar el choque nervioso y asegurarse de que no tenga heridas internas. Sé que no puedo quedarme aquí; mi presencia levantaría demasiadas preguntas con la policía y arruinaría mis planes de negocios. —Lorenzo, deja a dos de nuestros mejores hombres encubiertos en este piso —ordeno, mirando por última vez a través del cristal de la sala de emergencias—. Que vigilen desde las sombras y me avisen apenas lleguen sus padres. Nadie la toca. Nos retiramos del hospital a toda prisa. Subo al auto con la mente hecha un caos, mirando mis manos, que aún conservan el recuerdo de su piel y su calidez. Definitivamente, este viaje ya había puesto mi mundo de cabeza.CAPÍTULO 97: Dobles latidos. Nicolás Russo Había pasado todo el día atrincherado en nuestra habitación junto a mi pequeña, mi luz. Mientras ella cabeceaba agotada por la anemia y la tensión acumulada, aproveché para agendar una cita privada con la jefa de obstetricia de nuestra clínica familiar. Le exigí al Dr. Giordani que le transfiriera el expediente completo de Isabella; porque, aunque respetaba al viejo Giordani como el profesional y amigo de la familia que era, ya me parecía un abuso que siguiera mirando partes de mi mujer que solo me pertenecían a mí. Sí, soy un bastardo celoso, posesivo y territorial. ¿Pero qué le vamos a hacer? Así estoy hecho. Isa necesitaba chequeos rigurosos y, entre el accidente de la avioneta, el ataque a Roma y las ratas de la mansión, no habíamos tenido un minuto para hacer las cosas como la gente decente. Mi prioridad absoluta era ella y la vida que florecía en su vientre. El chequeo estaba pactado para la mañana siguiente, así que dediqué
CAPÍTULO 96: Una devoción. Lorenzo Vitalis Un solo disparo seco, metálico y ensordecedor retumbó en la estancia, silenciando para siempre al despreciable Turco. Muchos en la escuadra querían llevárselo a los calabozos subterráneos, arrastrarlo para desollarlo vivo y cobrar cada gota de sangre derramada durante meses; pero Nicolás no estaba dispuesto a darle tiempo ni margen de maniobra a la suerte. Lo torturo en el mismo salón donde lo capturo. La Bestia de Italia apretó el gatillo sin pestañear, erradicando a la serpiente de una vez por todas. El líder disidente del norte, aterrorizado en el suelo con el rostro aplastado contra el mármol, comenzó a suplicar con la voz entrecortada por el pánico: —¡Yo les di las coordenadas! ¡Fui yo quien filtró la posición a los Blackwood! ¡Queremos la paz con los Russo, con la 'Ndrangheta! ¡Queremos un nuevo tratado! Nicolás lo observó con un desprecio absoluto desde su altura. La pintura negra de camuflaje en sus pómulos y la pólvora
CAPÍTULO 95: La despedida antes del fuego Nicolás Russo (Horas antes del despegue hacia Roma) A las dos de la mañana, la sala de mando se congeló cuando Fabricio y los hackers de la red Blackwood confirmaron la presencia del Turco en la villa de las colinas de Roma. No había dudas; estaba ahí, acorralado y confiado en que su red de protección le ganaría tiempo para escapar del país y reorganizarse. Me levanté de la mesa, cargué mi arma y miré a Lorenzo. —Salimos en treinta minutos. Preparen los helicópteros ya —ordené. Antes de subir al helipuerto, mis pasos me llevaron de vuelta a la habitación lo más rápido que podía. Entré en silencio, procurando que mis botas no resonaran en el piso de madera, pero en cuanto me acerqué a la cama, vi los ojos de mi ángel abiertos en la oscuridad. —¿Nico? —murmuró con la voz adormilada, intentando incorporarse. Me despojé del chaleco táctico para no asustarla y me hincé al borde de la cama. Le tomé la mano suavemente, ahu
CAPÍTULO 94: La sombra sobre Roma Lorenzo Vitalis El rugido de los motores del helicóptero ahogaba cualquier otro sonido mientras sobrevolábamos la silueta fragmentada de la cordillera que rodeaba la periferia de Roma. El aire dentro de la cabina olía a queroseno, metal frío y la adrenalina pura que precede al derramamiento de sangre. Me ajusté el chaleco táctico sobre el torso, verificando dos veces las trabas del arnés y el cargador extendido de mi subfusil MP5. A mi lado, Nicolás permanecía inmóvil como una estatua tallada en granito. Llevaba la pintura de camuflaje negro cruzándole los pómulos, acentuando la mirada de bestia sedienta que solo se le formaba en los ojos cuando la guerra era la única opción. —Trozos de cristal —dijo Nicolás de pronto, alzando la voz por encima del estruendo de las hélices, sin mirarme—. Eso era lo que quedaba del piso de la villa del norte cuando entramos hace dos semanas. No quiero que de esta guarida en Roma quede ni el polvo, Lorenzo.
CAPÍTULO 93: La marcha de los imperios. Isabella ManciniHabía despertado ahogada por una pesadilla. Cuando tanteé el costado de la cama y sentí el vacío helado de las sábanas, sumado a la imposibilidad de comunicarme, de llamarlo a él, tras la destrucción de mi teléfono, entré en un pánico ciego. Las lágrimas me brotaron sin control, sofocándome. Por eso, cuando Nicolás me envolvió en sus brazos, sentí que los pulmones volvían a llenárseme de aire.Escuchar la confesión de sus miedos fue una conmoción profunda. Me desarmó entender que la despiadada Bestia de Italia, el Capo absoluto de la 'Ndrangheta, albergaba un terror voraz a perderme a mí, una mujer tan común como yo. En el fondo comprendía su angustia, porque esos mismos pensamientos me torturaban a menudo: él era un hombre poderoso, influyente, empresario, sumido en un mundo implacable, capaz de elegir a cualquier mujer del planeta. ¿Cómo podía yo competir contra eso?Pero allí estaba él, rendido y vulnerable contra mi pec
CAPÍTULO 92: Celos. Nicolás Russo —Don Nicolás, la señora Janet está ingresando al perímetro de la residencia bajo custodia. La voz de Adams sonó seca a través de la puerta de la habitación. Suspiré profundamente, manteniendo mis manos descansando en la cintura de Isabella, quien dormitaba bajo el efecto de los analgésicos. Le había contado a mi ángel parte de lo sucedido con la filtración de datos, ahorrándome los detalles más crudos sobre el estado de la madre de Lorenzo para no alterarla en su delicada condición. Cuando descendí al área de detención, me reuní con mi padre y con Enzo en el pasillo adyacente a la sala blindada. Al observar el interrogatorio a través del cristal, la descompresión mental de Janet nos dejó a todos en shock. No era solo la traición; era la forma descarada y delirante en que justificaba haber vendido a la familia, a la organización, culpando a todos menos a sí misma. Mi padre mantuvo un rostro impenetrable, de piedra, exactamente igual que







