INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 10: Me gustaría saber quién eres
Isabella Los dias habían pasado volando desde que papá recuperó su compañía. Le iba increíblemente bien; siempre decía que su socio europeo estaba más que complacido con el rumbo que tenía, lo cual nos llenaba de un orgullo inmenso. Todavía recordaba con extrañeza el mismísimo día en que papá reasumió el mando. Yo estaba saliendo del instituto cuando un coche de un lujo obsceno estacionado a lo lejos capturó mi atención. No sé por qué, pero sentí una vibración extraña, como si la mirada de quien estuviera detrás de esos cristales blindados estuviera fija exclusivamente en mí. El coche se marchó perdiéndose en el tráfico de Nueva York, y Laurent y yo simplemente regresamos a nuestro eterno y estresante ritmo de estudio. Hasta que, por fin, llegó el tan esperado día de mi cumpleaños. Estaba genuinamente feliz. El plan era perfecto: pasaría la tarde quejándome del sistema educativo con mi mejor amiga y, por la noche, mi familia me arrastraría a una cena elegante. Para la ocasión, me había comprado un vestido hermoso que contrastaba a la perfección con mi piel blanca, hacía resaltar la extraña combinación de mis ojos —uno azul y el otro verde— y caía delicadamente sobre mis 1,65 metros de estatura, mientras mi cabello negro caía en ondas por mi espalda. Sin embargo, desde que subimos al coche camino al restaurante, una ansiedad inexplicable me carcomía el estómago. Al llegar, ver a las personas que realmente me importaban reunidas me alivió. Pero la verdadera función comenzó al terminar la cena. Las puertas del restaurante se abrieron y un hombre elegantísimo entró portando un ramo de lirios tan absurdamente gigantesco que parecía una maldita selva portátil. Todo el lugar se quedó en silencio, mirándolo. El hombre avanzó con paso firme hacia nuestra mesa, se detuvo frente a mí y me lo entregó con una reverencia, limitándose a decir que era un «pedido especial de alta prioridad». Al apartar un poco las flores, descubrí una pequeña caja de joyería. En cuanto la abrí, solté un jadeo ahogado que casi me hace tragar saliva de la impresión. Era una obra de arte: un ángel esculpido en oro blanco que custodiaba un diamante central tan brillante que parecía irradiar luz propia. Venía con unos pendientes a juego. Oculta entre los pétalos había una nota, pero mi instinto me dio un codazo y decidí deslizarla rápidamente en mi bolso antes de que el comité de inspección familiar la confiscara. Por supuesto, el drama familiar no tardó en estallar. —Deberías tirar esa cursilería a la basura, Isabella —refunfuñó mi hermano Danilo, cruzándose de brazos con una sobreprotección que ya rozaba el ridículo—. No sabes qué clase de loco psicópata lo está enviando. —Por favor, Danilo, no seas un amargado —le respondí, rodando los ojos mientras me abrochaba el collar con cuidado—. Está mágicamente hermoso y tiene demasiado buen gusto como para ser un psicópata común. Mis padres intercambiaban miradas intrigadas, tratando de descifrar el misterio, mientras Laurent —que me sacaba unos tres centímetros con sus 1,68 de estatura, agitando con diversión su hermosa melena de cabello castaño y rizado— me miraba con una sonrisa cómplice de oreja a oreja. Sabía que esa misma noche me caería un interrogatorio militar de su parte. Nos dirigimos a la salida del restaurante y, al dar el primer paso hacia la acera, el cielo nocturno se iluminó de golpe. Un enorme cohete estalló dibujando mi nombre en letras de fuego artificial y mis ojos casi se salen de sus órbitas. A ese le siguieron decenas de destellos más, iluminando la ciudad de una forma tan espectacular que parecía que el alcalde me había organizado un desfile. Me enamoré perdidamente de las sorpresas. No tenía la más remota idea de quién era el autor de semejante despliegue digno de la realeza, pero decidí disfrutarlo egoístamente. Al fin y al cabo, eran para mí. Ya de madrugada, encerrada en la seguridad de mi habitación, saqué la nota con dedos temblorosos y leí la caligrafía elegante: «Para il mio angelo di luce (mi ángel de luz). Felicidades. Lamento no estar allí, aunque siempre estaré presente para ti». Mi boca formó una enorme y perfecta «O». —Definitivamente es italiano —murmuré para mí misma, frunciendo el ceño—. Pero, ¿quién? No conozco a ningún italiano... que yo recuerde. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, y el misterio seguía sin resolverse. Laurent, por supuesto, se enteró de cada detalle a la mañana siguiente y no tardó en teorizar con su habitual sarcasmo. —A ver, amiga, recapitulemos —me dijo un día en la cafetería, robándome una patata frita—. Tienes un admirador secreto que te rescata de tiroteos en el parque, te manda diamantes, te organiza un show pirotécnico que probablemente costó más que la matrícula de nuestra universidad y te escribe en italiano. Al menos sabemos que no es un acosador de los que dan miedo; es más bien como un sugar daddy místico que decidió que siempre estará para ti. Lo único malo es que nos está dejando el estándar de citas demasiado alto. ¿Cómo se supone que acepte una hamburguesa de un chico común después de esto? Me eché a reír por sus ocurrencias, pero en el fondo de mi mente la duda persistía. Quería saber quién era. Quería ponerle un rostro al hombre que me hacía sentir tan jodidamente especial desde el anonimato. Prácticamente pasó un año entero en esa misma tónica. Mi admirador no volvió a aparecer en persona, pero de vez en cuando me topaba con pequeños detalles: un lirio fresco sobre mi pupitre, un dulce italiano que milagrosamente aparecía en mi casillero... tonterías que no llamaban la atención de nadie más, pero que a mí me alegraban el día por completo. Hasta que llegó el momento de tomar una decisión crucial para nuestro futuro: solicitar la beca universitaria de Bellas Artes para Italia. Laurent y yo nos obsesionamos con la idea. Mis padres, comprensiblemente, no estaban muy entusiasmados con que su pequeña se mudara al otro lado del océano, pero entendían que el arte era mi vida y terminaron por darme su bendición. —Oye, cerebrito, ¿tú crees que de verdad nos aprueben esa maldita beca? —me preguntó Laurent una tarde, tirada de cabeza en mi cama mientras revisaba su teléfono por milésima vez—. Porque si nos rechazan, tendré que trabajar en una tienda de mascotas y tengo alergia a los hámsters. —Ten fe, mujer, sé un poco positiva —le respondí, lanzándole una almohada a la cara—. Nos hemos matado estudiando y pintando este año. Nos la merecemos. Además, pronto cumpliremos los dieciocho; nuestra vida tiene que cambiar obligatoriamente. Una semana después, el milagro llegó en forma de un correo electrónico institucional. Nos habían aprobado la beca a ambas. El grito que pegamos fue tan ensordecedor que Danilo casi derriba mi puerta pensando que nos estaban asaltando. La felicidad era absoluta: nuestros padres lloraban de orgullo, nuestros hermanos hacían bromas pesadas y nosotras no parábamos de saltar. Iríamos a Italia, específicamente a la región de Calabria. Lo más increíble del paquete era que nos habían otorgado un departamento completamente financiado por la fundación de la beca, con una vista supuestamente espectacular hacia el mar Tirreno. La notificación aclaraba que, «por motivos de seguridad, comodidad y privacidad de las estudiantes», el complejo era privado, pero que si en el futuro no nos sentíamos a gusto, podíamos solicitar un cambio de residencia. —¿Comodidad y seguridad? —se burló Laurent, leyendo el documento por encima de mi hombro—. Vaya, parece que el gobierno italiano se toma muy en serio que dos universitarias americanas no se metan en problemas. Apuesto a que el lugar estará lleno de ancianos jubilados y reglas de silencio a las ocho de la noche. Pero qué más da, ¡nos vamos a Italia! Pensamos que estaríamos perfectamente bien allí. Ahora solo quedaba organizar el caos de nuestras maletas y sobrevivir a la ceremonia de graduación antes de abordar el avión que nos llevaría directo al país de mi misterioso admirador.CAPÍTULO 60: El santuario en las alturas Isabella El amanecer trajo consigo el olor fresco de la lluvia reciente y la presencia silenciosa, pero ineludible, del equipo médico. Nicolás permaneció de pie junto a la gran ventana del dormitorio, con las manos sepultadas en los bolsillos del pantalón y la mirada fija, actuando como una sombra omnipresente y vigilante mientras el doctor inspeccionaba las vendas de mis costillas, verificaba el avance de mis hematomas y examinaba la herida en mi pierna. —La inflamación ha cedido significativamente y la herida en la pierna está cicatrizando con perfecta evolución, por lo que le aconsejo mantener un reposo moderado, Signorina Mancini —concluyó el médico, ajustando la compresa de gasa antes de dirigirse a Nicolás con extrema cautela—. No hay fisuras desplazadas y la recuperación va por excelente camino, pero respecto al viaje, debe ser sumamente suave. Le he prescripto analgésicos de acción prolongada. Si llega a presentar un dolor agudo o di
CAPÍTULO 59: Un refugio antes de la tormenta Lorenzo En la parte oeste de la mansión, el ambiente dentro de nuestro salón privado era sofocante. Frente a mí se encontraban mi madre, Janet, mi padre, Vittorio, y mi hermano menor, Lucca. Estaba hirviendo por dentro; la frialdad y el desprecio con los que mi madre se había comportado durante las últimas horas habían rebasado todos los límites tolerables. —¡Madre, de verdad no entiendo tu maldita actitud! —estallé, encarándola con los puños apretados mientras mi padre y Lucca asentían a mi lado—. Primero, la forma tan ruin en la que tratas a la mujer de mi vida, ¡a Laurent! Y segundo, esas muecas de asco que hiciste cuando Nicolás salvó a Chiara... Es una chica dulce, maltratada y humillada. ¡¿Qué diablos te ocurre?! —¡Es tu culpa! —rugió Janet, poniéndose de pie con los ojos inyectados en ira—. ¡Tú debías casarte con la mujer que yo elegí para ti, una mujer de nuestro estatus! Esa niña con la que te obsesionaste en Nueva York no
CAPÍTULO 58: Alianzas de sangre y cuentas pendientes Lorenzo Todo se había transformado en un verdadero caos de revelaciones. Mi principessa atravesaba una crisis emocional, Nicolás parecía dispuesto a desatar una guerra continental con tal de no perder a Isabella, y la colisión entre los Mancini, los Romano y los Russo amenazaba con hacer estallar la mansión en cualquier instante. Laurent se aferró a mí como si fuera su único refugio en medio del océano. La rodeé con los brazos, pegándola a mi pecho para tratar de apaciguar el temblor de su cuerpo mientras le murmuraba palabras de contención al oído. En un hilo de voz quebrado, me suplicó que no la soltara. ¡Joder! ¿Cómo demonios podía siquiera cruzar por su mente la idea de que la dejaría ir? —Hey... mi principessa, jamás te soltaré. Te tengo, todo va a estar bien —le prometí, acariciando su cabello con devoción—. Sé que es una sorpresa abrumadora, pero escuchaste a Marco: tu padre no está metido en la mafia. Solo fueron conexio
CAPÍTULO 57: Sombras del pasado y el eco de los Blackwood Isabella El aire en el jardín se sentía denso, saturado de una electricidad que presagiaba más tormenta. Tenía el cuerpo molido; el dolor en las costillas era un latido constante que los analgésicos apenas lograban apaciguar, y el agotamiento mental amenazaba con hacerme colapsar en cualquier momento. Intenté mantener la postura, disimulando la debilidad, pero era absurdo pretender engañar al hombre que me observaba como si fuera el centro de su universo. Los ojos dorados de Nicolás no se apartaron de mí ni un solo segundo. En cuanto mi voz decayó ligeramente, su instinto de protección se disparó. Cortó la distancia entre nosotros con pasos rapidos, agachándose frente a mi para quedar a mi altura. Sus manos grandes y cálidas comenzaron a trazar círculos pausados sobre mis muslos, un gesto que pretendía calmar a la bestia que llevaba dentro tanto como a mí. —Necesito que estés bien, ángel... y noto perfectamente que te estás
CAPÍTULO 56: El pasado está de vuelta (Parte 4) Nicolás Cuando vi a Lorenzo avanzar por el sendero del jardín escoltando ambas familias; los Romano y los Russo, supe que el volcán finalmente haría erupción. Era un evento inevitable. Me deslicé con absoluta tranquilidad pero con una velocidad calculada para interponerme entre la familia Mancini y la marea que se les venía encima. Marco quedó al frente, hombro a hombro conmigo, mirando de forma alterna a los recién llegados y a mi rostro. —Mantén la fuerza y la mente abierta —le susurré, sin mover un solo músculo facial. Él volvió la vista hacia el frente. En el instante en que mi abuela Luciana emergió de la sombra de mi abuelo Lucio, la tez de Marco perdió todo vestigio de color. —No... no, no, no... No pueden ser ellos —escuché que siseaba Marco en un hilo de voz ahogada—. Loretta... Giro bruscamente hacia su esposa, quien mantenía los ojos clavados en Isabella. No se había percatado quiénes se acercaban a ella. Mis ab
CAPÍTULO 55: El pasado está de vuelta (Parte 3)IsabellaTener a mis padres y a mi hermano conmigo me devolvía una paz que creía perdida, pero el pánico latente amenazaba con ahogarme en cada respiración. Me aterraba la simple idea de que me prohibieran estar junto a Nicolás, provocando un conflicto bélico aún mayor del que ya se avecinaba respecto al verdadero origen de mi madre.Mi padre era despiadadamente protector; ella era su centro de gravedad. Sabía perfectamente que, en cuanto saliera a la luz la verdad sobre su linaje y la dinastía Romano, la bomba de tiempo explotaría sin remedio.—Papá, de verdad quiero estar con Nicolás —comencé, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban para sostenerle la mirada—. Lo amo. Quiero tu bendición, la de mi madre... y la tuya, Danilo.Danilo me miró como si me hubieran crecido diez cabezas, con la mandíbula apretada y la furia contenida a punto de desbordarse. Mi madre, en cambio, evaluó detenidamente la postura rígida de Nicolás, luego







