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Capítulo 7

Autor: Siyi Café
Al oír la pregunta de Camila, la mirada de Sebastián cambió ligeramente.

Echó un vistazo detrás de Lucía.

Luego frunció el ceño, como si estuviera pensando en algo.

Y entonces la llamó:

—Lucía.

Camila, con gesto considerado, le tocó el brazo a Sebastián y se retiró a otro lado por iniciativa propia.

Renata, temiendo que si se quedaba terminaría arañándole la cara a Sebastián, dijo con dificultad:

—Voy a buscar el auto.

Las miradas de ambos se cruzaron, pero Lucía no tenía ganas de explicar nada.

Mientras no involucrara a Valentina, que él malinterpretara o no le daba igual.

Lucía le devolvió una mirada indiferente y se dirigió hacia la salida.

—Hablemos —dijo Sebastián por iniciativa propia.

Lucía frenó el paso unos segundos.

Pensó en que, efectivamente, necesitaban fijar una fecha para el divorcio, así que asintió:

—Bien.

—Vayamos a la casa donde vivimos después de casarnos.

Lucía dijo una hora y se marchó, cruzándose de frente con Diego.

Pero actuó como si no lo hubiera visto.

Diego, en cambio, se detuvo y soltó una risa fría viendo su espalda.

Lucía se hacía la digna, pero en cuanto Sebastián le dirigía solo una palabra, ¡ella corría a buscarlo!

¿Ir a la casa donde vivieron después de casarse?

Seguro que lo que quería era llevárselo a la cama y embarazarse.

Qué asco.

Lucía llegó al pie del edificio y se mesó el cabello con fastidio.

La cena de celebración se había arruinado, y la ida a comprar ropa para su hija terminó siendo una humillación.

Hoy había tenido muy mala suerte.

—¿Adónde vas ahora? —preguntó Renata, acercando el auto.

Lucía miró sus manos vacías.

El cumpleaños de Valentina estaba a punto de llegar, y aún no había comprado el regalo.

Justo entonces, Valentina llamó por teléfono.

Su voz era baja, como si estuviera en secreto:

—Mamá, mañana van a hacer una fiesta de cumpleaños.

—Ese señor me va a llevar, ¿puedo llamarlo papá?

Cada mes, el jardín de infantes organizaba una fiesta colectiva para los niños que cumplían años ese mes.

El cumpleaños de Valentina era este mes, la semana que vino.

Al oír esa pregunta, el corazón de Lucía sintió un pinchazo de dolor.

Valentina estaba creciendo, empezando a tener ideas propias.

Todos los niños a su alrededor tenían papá, menos ella.

Y ni siquiera su mamá estaba a su lado todo el tiempo.

Lucía casi podía imaginarse la incomodidad y los rumores que provocaría que Valentina solo tuviera a un hombre desconocido acompañándola.

Sabía que aquello no estaba bien, pero no podía impedírselo.

Solo preguntó:

—¿Él está de acuerdo?

—Dice que no hay problema.

Lucía se quedó atónita un momento.

Ese hombre siempre era frío y distante, pero con Valentina accedía a todo.

Sentía que le debía cada vez más.

***

Al día siguiente, Lucía fue a la Iglesia Selva.

La iglesia estaba oculta en la cima de la montaña.

Desde lejos solo se alcanzaba a ver un pequeño campanario asomando entre los árboles.

Se escuchaban campanadas a lo lejos.

Incluso desde el pie de la montaña se percibía la solemnidad y misericordia de esa antigua iglesia en la cima.

El guardia ya conocía a Lucía y la saludó con calidez:

—Has vuelto.

Lucía devolvió el saludo, se acercó a las escaleras y se arrodilló.

Era la forma más devota de rezar en la Iglesia Selva:

Subir de rodillas, escalón por escalón.

Del pie a la cima, había novecientos noventa y nueve escalones.

Quienes acudían a esta iglesia creían que, tras subir de rodillas todos esos peldaños, el collar bendecido que se obtenía podía proteger a una persona de por vida.

Antes, Lucía no lo creía.

Pero cuando Valentina nació gravemente enferma, sin importarle que acababa de dar a luz, arrastró su cuerpo débil y subió de rodillas.

Desde entonces, cada año antes del cumpleaños de Valentina, iba a pedir un collar bendecido para ella.

Todos los años sin falta.

Cuando Lucía llegó arrodillada a la cima, ya era mediodía.

Se secó el sudor, recibió el collar bendecido y lo sostuvo con cuidado entre las manos.

Al darse la vuelta, vio dos figuras no muy lejos.

—Sebastián, te dije que esto solo es un rumor, no necesariamente funciona.

—¿Por qué insististe en subir de rodillas para pedir un collar bendecido para Sofía?

—¿Y si realmente sirve de algo?

En ese momento, la espalda de Sebastián estaba empapada en sudor, como si lo hubieran sacado del agua.

El cabello suelto se le pegaba húmedo a la frente.

Las palmas de sus manos estaban lastimadas por la gravilla de los escalones, manchadas de sangre.

La tela de sus rodillas estaba desgastada y áspera, también con manchas de sangre.

Aquel hombre siempre tan sereno y controlado, ahora parecía desaliñado y maltrecho por haber estado tanto tiempo arrodillado.

Lo había hecho por la hija de Camila.

El corazón de Lucía se encogió de dolor de repente, casi haciéndola tambalearse.

Hacía tiempo que sabía que Sebastián no sentía nada por ella, pero aun así no podía soportar que él diera todo por la hija de su amante, ¡mientras ignoraba por completo a Valentina!

Cuando ella se recuperó y volvió del hospital a casa, Sebastián acababa de regresar del extranjero.

No vio a Valentina, pero ni siquiera preguntó por ella.

Los Duarte decían que Valentina había muerto al nacer, y él jamás le preguntó cómo había dispuesto del cuerpo.

Para que los Duarte no sospecharan, ella fingió haber enterrado a la niña y mandó hacer una pequeña lápida.

Sebastián nunca fue a visitarla ni una sola vez.

Qué frío era.

—¿Y si realmente sirve de algo?

Lucía repitió en voz baja las palabras de Sebastián, y sonrió con ironía.

Sebastián creía en esto incluso menos que ella, ¡y sin embargo había llegado a decir algo así!

Había hecho algo que antes consideraba una estupidez imperdonable.

Camila la vio entonces.

Por un instante, sus ojos reflejaron una rápida chispa de triunfo, mostrando su superioridad.

Subió deliberadamente la voz:

—Sebastián, gracias.

—Cuando Sofía sepa que este collar bendecido lo conseguiste subiendo de rodillas novecientos noventa y nueve escalones, seguro que le encantará.

—No importa si le gusta o no.

—Lo importante es que esté protegida toda la vida.

Sebastián puso el collar con suma solemnidad en la palma de Camila:

—Asegúrate de que lo lleve puesto siempre, que no se lo quite por nada.

—Entendido —respondió Camila con una sonrisa dulce.

—El martes que viene es su cumpleaños.

—Con lo ocupado que estás, viniste a pedir el collar justo en la misma hora en que ella nació.

—Sin duda eres el mejor padre del mundo.

Resultaba que la hija de Camila y Valentina habían nacido el mismo día.

Incluso la hora exacta era cercana.

Cuando ella estuvo de parto, Sebastián se fue al extranjero.

No fue por una crisis laboral grave.

Fue para acompañar a Camila en el parto.

La verdad estaba revelada de golpe, volvió a sumergir a Lucía en recuerdos dolorosos y humillantes.

Mientras ella suplicaba a Verónica por una anestesia de cien dólares y no obtenía respuesta, Sebastián le colgó el celular.

El esposo que debería haber estado a su lado para salvarla, estaba cuidando a otra mujer.

Y cada inyección de anestesia que esa mujer recibía costaba decenas de veces más que la que ella había suplicado en vano.

Ella no dejaba de sangrar, y casi murió junto con su hija.

Él, en el mismo momento, en otro país, atendía a Camila y a su hija con esmero absoluto.

Lucía sabía que Camila decía todo eso a propósito.

Camila sabía exactamente cómo hacerle más daño.

Anoche, cuando Valentina dijo que quería llamar papá a otro hombre, Lucía había pensado en darle una oportunidad a Sebastián, en hacerle saber que tenía una hija.

Ahora veía claro que no lo merecía.

No merecía ser el padre de Valentina.

¡No merecía saber que existía ella!

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