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Capítulo 6

Penulis: Siyi Café
Sebastián apenas dejaba ver sus emociones en aquellos ojos profundos, pero Lucía podía sentir su desprecio y su furia.

La persona a su lado movió la cintura con intención.

Lucía se fijó entonces.

La mano de Sebastián seguía rodeando la cintura de Camila, casi sosteniéndola entre sus brazos.

Parecía que no podía esperar para declarar que ellos dos eran la verdadera pareja.

Renata también los vio.

Le dio un asco tan profundo que, para fastidiar a Sebastián, soltó:

—¿Qué? ¿Acaso se cree un tesoro?

—¿Que Lucía no puede vivir sin él?

—Esa herramienta que cualquiera puede usar, ¡ella la encuentra repugnante!

Las palabras de Renata fueron brutales, y habló tan alto que al instante atrajo las miradas de todos los presentes.

Todos parecieron entender algo.

Sebastián se consideraba un caballero educado, así que no iba a rebajarse a insultar a Renata.

Pero Lucía lo vio abrazar más fuerte a Camila hacia atrás, protegiéndola de las miradas curiosas desde abajo.

Incluso mientras él mismo era humillado, lo único que importaba era que Camila estuviera bien.

Qué enamorado estaba de ella.

—Lucía, ¡haz callar a tu amiga!

Diego sentía vergüenza.

Con tantos ojos encima, la situación le resultaba incómoda.

Pero no se atrevía a enfrentarse a Renata, así que eligió a Lucía, a quien consideraba más fácil de intimidar.

—Si la dejas seguir diciendo tonterías, cuando Sebastián se enoje, ¡te vas a meter en problemas!

—¿Por qué no puedo insultar a un hombre infiel y descarado que tuvo una bastarda con su amante?

Renata estaba alterada y no pensaba callarse.

—Ahora le da vergüenza el escándalo, pero cuando se bajaba los pantalones, ¿no le daba vergüenza?

—Renata —Lucía la jaló del brazo.

Al mirar a Diego, vio en su rostro una mueca desagradable que decía "ya lo sabía".

Lucía siempre había sido débil.

Con tal de complacer a Sebastián, era capaz de cualquier cosa.

¡Incluso arrodillarse y pedir perdón si él se lo pidiera!

Lucía sabía perfectamente lo que Diego estaba pensando.

Antes buscaba agradar a Sebastián porque le agradecía haberle dado un hogar.

Pero ahora, un hombre que había cambiado de corazón valió menos que la basura.

Lucía dijo con tono indiferente:

—Con la gente se habla en humano, con los animales no se razona.

—¡Tienes toda la razón!

Exclamó Renata en voz alta, y tomando a Lucía del brazo, pasaron frente a Diego, cuyo rostro era un poema de pésimo humor.

La cena de celebración que debía ser hermosa quedó arruinada por culpa de Sebastián y los suyos, pero Lucía no se sintió derrotada.

Llevó a Renata a comprar ropa nueva para Valentina.

Aunque toda la ropa de Valentina la había comprado ella, la niña había crecido mucho últimamente y Lucía no estaba segura de las tallas.

Discutieron un buen rato sobre las medidas.

Si el tío de Renata no estuviera siempre ocupado en cosas importantes, a ella le encantaría molestarlo con este pequeño asunto.

Renata ciertamente tenía agallas para insultar a Sebastián.

Pero frente a su tío, le tenía un respeto enorme.

Porque sabía que, si ofendía a Sebastián, su tío la protegería.

Pero si ofendía a su tío, su propia madre la desconocería.

Sin opción, al final fue Lucía, la madre de Valentina, quien tuvo el valor de enviarle un mensaje a ese hombre.

Él respondió rápido, con una respuesta concisa y precisa, estaba muy acorde a su personalidad.

"Altura 135, peso 45, complexión delgada, compra una talla menos."

Mientras miraban el celular, al levantar la vista vieron entrar a Sebastián y Camila.

—¡Qué linda está esta ropa! Sebastián, ayúdame a escoger.

Los dos juntos parecían una auténtica pareja casada.

De vez en cuando llegaba la voz de Camila, fingiendo duda:

—No estoy segura de la talla de Sofía.

—140, peso 55, talla normal —respondió Sebastián.

El tío de Renata sabía las medidas de Valentina porque llevaba años dedicándose por completo al estudio de su enfermedad.

Vivían juntos, comían juntos; Valentina casi nunca se separaba de él.

¿Pero Sebastián?

Camila vio a Lucía, pero giró el rostro como si no la hubiera visto.

Con voz dulce, le dijo a Sebastián:

—Eres mucho más atento con Sofía que yo.

—No me extraña que le encante estar pegada a ti.

—Desde pequeña solo se dormía si la tenías en brazos, y cuando creció un poco, tenías que contarle un cuento cada noche antes de dormir.

Lucía podía imaginar el amor que Sebastián sentía por esa niña.

Pero al oírlo, sintió pena por Valentina.

Eran igualmente hijas de Sebastián, pero él ni siquiera había querido ver la ecografía de Valentina.

Para Sebastián, la hija que Lucía había dado a luz parecía indigna de amor desde el momento en que nació.

Mientras que Camila, aunque hubiera enviudado, seguía siendo la mujer más pura y perfecta.

Y la hija que ella había parido era el tesoro más importante.

La voz de Camila continuó:

—La verdad es que cuando nació Sofía, yo estaba muy asustada.

—Menos mal que estuviste conmigo todo el tiempo.

—Tú te encargaste de todo.

—Recuerdo que apenas sentí un poco de dolor en el vientre, contrataste un equipo de sesenta personas disponibles las veinticuatro horas.

—Temías que no aguantara, y me pusiste la anestesia epidural muy temprano.

—Me pusieron varias dosis de esa anestesia de miles, hasta que por fin pude dar a luz sin sufrimientos.

Lucía sintió una punzada insoportable al escuchar eso.

Sebastián podía pagar miles por una anestesia para Camila, pero a ella le negaba hasta una de cien.

Camila parió sin dolor.

Y ella había sufrido tres días y tres noches de parto, golpeándose la cabeza contra la pared para soportar el dolor, ¡hasta dejar la cabecera manchada de sangre!

Él contrató a sesenta personas para cuidar a Camila y a su hija, pero a ella, desangrándose, la dejó sola con una asistente fría e implacable.

Todo aquello lo hizo para cumplir estrictamente con el acuerdo de repartir los gastos al cincuenta por ciento.

Renata también lo había oído.

Apretó los puños.

Estaba furiosa, y estaba lista para lanzarse a pegar de nuevo.

Lucía la sujetó con fuerza:

—¡No!

Sus experiencias pasadas no harían que Sebastián se arrepintiera; solo la convertirían a ella en un ridículo.

Ya había hecho suficiente el ridículo por él durante todos estos años.

Renata sí temía involucrar a Valentina, así que contuvo su rabia.

El movimiento que hicieron no pasó desapercibido.

Sebastián volvió la mirada.

Camila fingió verla recién entonces.

—¿Srta. Herrera, vienes de compras?

Sebastián aún sostenía una prenda infantil en la mano.

Camila se aseguró de tomarle un extremo, para que parecieran una verdadera pareja.

Su mirada recorrió el rostro de Lucía hasta posarse detrás de ella.

—¿Estás planeando un embarazo?

Detrás de Lucía estaba la sección de artículos para embarazadas.

Camila sonrió levemente, con una mirada cargada de lástima.

Qué vulgar era Lucía, pretendiendo atar con un bebé a un esposo que ya había dejado de amarla hacía tiempo.

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