FAZER LOGINHace cinco años, Zoe Harrington huyó de la facultad de medicina con el corazón hecho pedazos y una maleta llena de secretos. Una cruel apuesta universitaria le enseñó de la peor manera que, para el arrogante millonario Ian Blackwood, ella solo había sido un juego de una noche. O, al menos, eso fue lo que él le hizo creer. Ahora, Zoe está de regreso en el hospital como residente, pero el destino le tiene preparada una emboscada: su nuevo superior, el brillante y despiadado Jefe de Cirugía, no es otro que el hombre que juró olvidar. Ian Blackwood ya no es el chico del pasado; ahora es un hombre frío, poderoso y consumido por un rencor abrasador. Al verla volver, decide que la humillación que sintió cuando ella desapareció sin dejar rastro no quedará impune. Sin embargo, el resentimiento se tambalea tras una noche de debilidad donde los viejos fuegos se reavivan, desencadenando un embarazo inesperado que cambia todas las reglas del juego. "Firmarás este contrato, Zoe. Vivirás bajo mi techo, llevarás mi apellido y me darás a ese hijo. Pero no te equivoques... no hay amor en este anillo, solo una deuda que empezarás a pagar hoy mismo". Para proteger lo que más ama, Zoe acepta las cadenas de un matrimonio forzado, mientras oculta una verdad latente que podría destruir el mismísimo imperio de los Blackwood. Entre tensas guardias de hospital, emergencias médicas y la sombra de una suegra dispuesta a todo por destruirla, ella deberá decidir si el amor puede renacer de las cenizas de una traición, o si ese contrato terminará por romperla para siempre.
Ver maisEl aire acondicionado del Hospital Metropolitano golpeaba mi rostro, pero no lograba enfriar el ardor de mis nervios. Cuatro años. Habían pasado exactamente cuatro años desde la última vez que pisé una facultad de medicina, desde la última vez que permití que alguien viera mi vulnerabilidad.
—Dra. Harrington, ¿está conmigo o sigue en el taxi? —Thiago Sterling, mi compañero de residencia, me dio un pequeño empujón con el hombro. Él rebosaba la energía típica de quien no ha dormido, pero está cumpliendo un sueño—. Vamos, Zoe, hoy dejamos de ser estudiantes para ser dioses con bata.
—Solo intenta no matar a nadie en tu primer día, Thiago —respondí con una sonrisa forzada, apretando la correa de mi bolso.
El vestíbulo era un caos de camillas y uniformes azules. De repente, el tiempo se detuvo. Al fondo del pasillo, rodeado de enfermeras que anotaban cada una de sus palabras, estaba él. La misma espalda ancha, el porte arrogante y esa forma de caminar que gritaba autoridad. Mi corazón se saltó un latido. No. Él no puede estar aquí.
—Ese es el Dr. Blackwood —susurró Thiago con admiración—. El Jefe de Residentes más joven en la historia de este hospital. Dicen que es un genio, pero que tiene un bloque de hielo donde debería estar el corazón.
Ian se giró. Sus ojos azules, antes cálidos como el mar en verano, ahora eran dos témpanos gélidos. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante. No hubo sorpresa en su rostro, solo un desprecio profundo que me revolvió el estómago.
—Llegan tarde —su voz, ahora más grave y autoritaria, cortó el aire—. Sterling, al área de urgencias. Ahora.
Thiago asintió y salió corriendo. Me quedé sola frente a él. Ian dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a retroceder hasta chocar con la pared.
—Harrington… —su aliento rozó mi oído, pero no había rastro de la ternura que una vez creí encontrar en él—. Me preguntaba cuánto tardarías en volver a arrastrarte por aquí. ¿Te quedaste sin dinero o simplemente te cansaste de huir con cualquiera?
—Vine a terminar mi carrera, Dr. Blackwood —dije, tratando de que mi voz no temblara.
—Aquí no vienes a terminar nada. Vienes a servirme. Y créeme, voy a hacer que cada minuto de tu residencia sea un infierno.
Se alejó sin esperar respuesta, dejándome con el sabor amargo de la humillación. Al verlo caminar con esa suficiencia, el presente se desvaneció y me vi transportada a aquella tarde lluviosa, cuatro años atrás…
Flashback: 4 años atrás…
Estaba a punto de entrar al vestidor de la facultad para darle una sorpresa a Ian. Habíamos pasado nuestra primera noche juntos hacía apenas una semana y yo sentía que tocaba el cielo. Traía su café favorito, pero me detuve en seco al escuchar las risas desde el otro lado de la puerta.
—¡Paga, Mark! Te dije que la "ratoncita de biblioteca" caería antes de los exámenes —la voz de Ian era clara, triunfante.
Asomé la mirada por la rendija. Vi a Mark extendiendo un fajo de billetes e Ian guardándolos en el bolsillo de su bata con una sonrisa de suficiencia.
—Cien dólares por la virtud de la santa Zoe Harrington. Barato te salió, Ian —se burló otro de sus amigos—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir con el teatro?
—Por supuesto que no —respondió Ian, guardando su estetoscopio—. Mi madre tiene razón, Zoe es solo una distracción. Leticia es la mujer que mi familia espera, ella tiene el estatus que necesito. Zoe fue solo… un reto entretenido. Un trámite que ya completé.
El café cayó de mis manos, empapando mis zapatos. Mi mundo se hizo pedazos mientras los escuchaba reírse de mi entrega, de mi amor, de mi primera vez. En ese momento entendí que para él yo no era una mujer, era una apuesta ganada.
—¡Harrington! ¿Se quedó dormida de pie? —el grito de Ian desde la puerta de su oficina me trajo de vuelta.
Él estaba allí, de pie, esperándome con una carpeta en la mano y esa mirada de odio que no lograba comprender del todo. Si él era quien me había usado, ¿por qué me miraba como si yo fuera la traidora?
Entré en su oficina, sintiendo que el peso de mis secretos me aplastaba. Tenía que sobrevivir a él. Tenía que terminar esta residencia. Por mí, y por la razón que me esperaba cada tarde en casa y de la que él nunca debía enterarse.
—Cierre la puerta —ordenó Ian, sentándose tras su escritorio—. Tenemos mucho de qué hablar sobre su nuevo... contrato de trabajo.
La casa, que normalmente resonaba con los gritos de júbilo de Ethan, las risas contagiosas de Isabella, los balbuceos constantes de Leo y la energía desbordante de Camila, se sentía extrañamente vasta. Había un silencio atronador que, para un hombre que había pasado los últimos años viviendo en un estado de alerta constante, resultaba sospechoso.Noah y Emma, en un acto de piedad divina que deberíamos premiar con una estatua de oro, se habían llevado a los cuatro niños a una casa de playa para un mes de vacaciones. Se fueron ayer por la mañana en un convoy digno de una mudanza militar, dejando atrás una calma absoluta. Y allí estaba yo, Ian Blackwood, el hombre que una vez pensó que su vida giraba en torno a quirófanos y apellidos, disfrutando de la mayor bendición de mi existencia: la ausencia total de responsabilidades parentales durante las próximas veinticuatro horas.Eran las diez de la mañana. El sol se filtraba por las persianas de nuestra habitación, dibujando franjas de luz s
La casa, que normalmente resonaba con los gritos de júbilo de Ethan, las risas contagiosas de Isabella, los balbuceos constantes de Leo y la energía desbordante de Camila, se sentía extrañamente vasta. Había un silencio atronador que, para un hombre que había pasado los últimos años viviendo en un estado de alerta constante, resultaba sospechoso.Noah y Emma, en un acto de piedad divina que deberíamos premiar con una estatua de oro, se habían llevado a los cuatro niños a una casa de playa para un mes de vacaciones. Se fueron ayer por la mañana en un convoy digno de una mudanza militar, dejando atrás una calma absoluta. Y allí estaba yo, Ian Blackwood, el hombre que una vez pensó que su vida giraba en torno a quirófanos y apellidos, disfrutando de la mayor bendición de mi existencia: la ausencia total de responsabilidades parentales durante las próximas veinticuatro horas.Eran las diez de la mañana. El sol se filtraba por las persianas de nuestra habitación, dibujando franjas de luz so
El sol de la mañana entraba por los grandes ventanales del hospital, inundando los pasillos con una luz dorada que, al menos para mí, parecía mucho más brillante que la de hace un año. Caminar por la sección de traumatología ya no me provocaba ese nudo de ansiedad en el estómago; ahora, cada paso que daba resonaba con la seguridad de quien sabe exactamente quién es y qué lugar ocupa. Mi placa de identificación ya no decía "Residente" ni "Especialista en entrenamiento". Por fin, tras meses de evaluaciones implacables, noches de guardia interminables y la reestructuración completa del departamento tras el escándalo que había sacudido los cimientos de la institución, mi nombre lucía orgulloso bajo el título de: Dra. Zoe Harrington-Blackwell, Titular de Cirugía de Trauma.Había sido un camino largo, sembrado de cicatrices, pero también de una claridad que no cambiaría por nada del mundo. La tormenta que una vez amenazó con reducir a cenizas nuestra vida se había disipado, dejando tras de s
El día del juicio, el cielo sobre la ciudad era de un gris plomizo, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento ante el despliegue de drama que estaba a punto de ocurrir en los tribunales. No era solo un juicio penal por intento de homicidio contra Victoria Blackwood; era el final de una era, el desmantelamiento de una estructura de poder que había operado desde las sombras durante décadas. Ian conducía con una mano firme sobre el volante, su mano vendada ya casi curada, mientras yo, a su lado, sentía que cada fibra de mi ser estaba vibrando por una mezcla de adrenalina y una paz que todavía me parecía irreal. Los niños se habían quedado con Noah y Emma, seguros, ajenos a que la mujer que intentó empujarme por esas escaleras estaba a punto de enfrentarse a su destino.Al entrar en la sala de audiencias, la atmósfera era eléctrica. Los fotógrafos, retenidos por las vallas de seguridad, gritaban nuestros nombres, buscando capturar cualquier indicio de vulnerabilidad en n


















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