LOGINElla estaba destinada a ser una Luna. Por eso juró que se convertiría en una Alfa en su lugar. Nacida en una poderosa línea de sangre Alfa, Seraphina "Sera" Nightbane pasó su vida preparándose para liderar. Pero en un mundo donde solo los Alfas varones gobiernan, su destino estaba sellado: un matrimonio arreglado con el despiadado Rey Alfa. En vez de vivir su vida en una jaula, Sera desapareció la víspera de su boda, disfrazándose de chico para ingresar a la Academia Lupina, un brutal campo de entrenamiento para futuros Alfas. Está decidida a demostrarse a sí misma. Es entonces cuando Ronan Volkstane entra en escena. Frío, dominante y peligrosamente perceptivo, Ronan es un depredador nato. Ve a Seth Darven como un desafío, como un rival… aunque algo en él le parece extraño. Está decidido a descubrir la verdad, sin importar el costo. A medida que las tensiones se encienden y los secretos se desvelan, Sera debe luchar por su lugar, por su libertad… contra el único Alfa que podría destruir todo lo que ha construido o reclamarla por completo.
View More**SERAPHINA**
—Una mujer no puede liderar una manada —declaró con frialdad mi padre, el Alfa Darious Nightbane, de pie frente al Consejo reunido y a los guerreros durante la prueba final de la Ceremonia de Selección del Heredero.
Yo estaba de pie, sin aliento y cubierta de sangre, después de haber derrotado al último de los contendientes frente a una multitud que esperaba la ascensión de un nuevo líder. Había ganado. Con honestidad. De forma decisiva.
Pero no importaba. No para él.
En mi forma de loba, había dominado y derrotado al último candidato. Con mis garras firmemente presionadas contra su garganta lo suficiente para hacerlo someterse, pero no para matarlo. La multitud había quedado en silencio, todas las miradas fijas en mí.
Me encontraba en el centro de la arena, todavía en mi forma de loba, alta y delgada estaba manchada de sangre, con mi pelaje blanco rayado de polvo y teñido color carmesí. Mi respiración era estable y controlada, y el silencio a mi alrededor estaba cargado de juicio. Al otro lado, los ojos negros fríos y autoritarios de mi padre encontraron los míos. Pero no parpadee.
—¿Por qué? —mi voz resonó, afilada e inquebrantable—. Derroté a todos los candidatos. Me gané esto.
Yo era Seraphina Nightbane, la única hija del Alfa del Norte. Nadie lo cuestionaba. Nadie se atrevía. Aunque yo siempre lo había hecho.
La mandíbula de mi padre se tensó y su expresión se endureció, pero hubo un destello en sus ojos. ¿Arrepentimiento, tal vez? ¿O algo peligrosamente parecido?
—Porque es la tradición —respondió él, primero más bajo y luego más fuerte, como si necesitara convencerse a sí mismo—. Solo los hombres pueden liderar una manada. Esa es la ley. Las mujeres… nacieron para seguir. Para obedecer. No para gobernar.
Apartó la mirada por un brevísimo segundo y luego volvió a clavarla en la mía.
—Esta ley ha guiado a nuestra especie durante generaciones y así seguirá siendo. La tradición no está en discusión.
Yo había nacido de su sangre, sangre Alfa, y aun así nunca era suficiente. Sabía que no lo sería. Podía aplastar a cualquier oponente, demostrarme a mí misma cien veces, y seguiría sin importar. Todo porque era una mujer.
Esa única verdad siempre había bastado para encerrarme.
A nuestro alrededor, los Ancianos de la manada asentían con expresiones formales pasivos y complacidos con su respuesta.
Un gruñido bajo retumbó en mi pecho, profundo y primal. Mis garras rasparon el suelo de piedra mientras mis músculos se tensaban bajo mi pelaje blanco y la furia me invadía.
Con un rugido, me lancé hacia adelante, con los dientes al descubierto, mientras todo mi autocontrol casi se desvanecía.
—¿Entonces cuál era el punto de la Ceremonia de Selección de la Heredera? —exigí, con la voz quebrada pero lo suficientemente fuerte para hacer eco—. ¿Por qué hacerme competir si nunca pensabas elegirme?
Él ni siquiera parpadeó.
—Nunca se trató de nombrarte heredera —dijo con frialdad—. Fue una formalidad. Sirvió para recordar a nuestra gente que las tradiciones todavía importan.
Mi corazón latía con fuerza.
—¿Entonces toda esta sangre derramada, toda esta batalla, que yo ganara… no significó nada?
—La fuerza no significa nada en una mujer que olvida su lugar —espetó—. Naciste para apoyar, no para liderar.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo.
—¿Entonces debería haber perdido para que te sintieras cómodo? —escupí con amargura—. Me criaste como una guerrera solo para encerrarme como una pieza de ajedrez.
Un silencio atónito cayó sobre la multitud. Su mandíbula se apretó. La furia brilló en sus ojos como fuego avivado por el viento.
—¿Te atreves a cuestionarme? —su voz retumbó y sus fríos ojos se volvieron asesinos.
Apenas tuve tiempo de prepararme cuando, con un crujido aterrador de huesos y tendones, mi padre se transformó. Su lobo negro, furioso, se cernió sobre mí, irradiando dominancia y exigiendo sumisión.
El poder explotó de él, espeso y opresivo, golpeándome como una ola gigante. Mis pulmones se paralizaron. Mis rodillas chocaron contra el suelo de piedra con un crujido.
Su enorme lobo negro gruñó, su aura como una tormenta presionando mi columna. No podía moverme. No podía respirar. Mi loba soltó un gemido profundo, sometiéndose instintivamente bajo el peso de su dominancia.
—He tomado mi decisión —declaró su voz, resonando por toda la arena contra la piedra y el silencio.
—Como ningún candidato demostró ser digno hoy, el título de Alfa pasará a mi sobrino.
Mi aliento se quedó atrapado como si me atravesaran con una daga en la garganta.
¿Mi primo?
Una ola de jadeos atónitos recorrió la multitud, pero mis oídos apenas los registraron. El dolor en mi pecho ahogaba todo lo demás.
Aunque él no había terminado.
—En cuanto a Seraphina —continuó, con la voz cortándome como acero—, se casará con el Rey Alfa.
El mundo se detuvo. Simplemente… se detuvo.
—¿Qué? —susurré. Mi voz ni siquiera sonaba como la mía. Venía de algún lugar pequeño y roto—. Tú… no… no lo harías…
—El Rey Alfa llega mañana —anunció mi padre, con un tono definitivo—. Te convertirás en su Luna. Él te sacará de esta manada, como lo ordena la tradición.
Me gruñó y mi loba se sometió a él por completo.
Me derrumbé del todo, con las palmas extendidas sobre el suelo frío, temblando bajo su fuerza. Las lágrimas se acumularon en mis ojos. Me estaban descartando.
No solo como heredera. Sino como hija. Como guerrera. Como loba.
Era una ficha de intercambio. Una novia de conveniencia para un rey cuyo rostro nunca había visto.
La multitud se dispersó rápidamente, dejándome sola en la arena.
Las lágrimas cayeron mientras un sollozo me desgarraba el pecho, pero las controlé. Mis garras arañaban el suelo mientras mi corazón sangraba. Mi cuerpo se había rendido, pero mi espíritu no.
—Me niego —dije en voz baja, con una voz como acero envuelto en terciopelo—. No me voy a aparear con un extraño, aunque sea el Rey Alfa.
Transformándome a mi forma humana, me senté lentamente en el suelo frío.
—No serviré como peón para preservar las alianzas de mi padre. Si él no me da el título que me gané… yo me haré uno propio.
Mi mirada se dirigió a un folleto sobre la Academia Lupina que estaba en una columna de la arena.
La Academia Lupina, el campo élite de entrenamiento para herederos Alfa varones.
—Eso… será mi escapatoria —susurré—. Y mi camino al trono.
Si este mundo no tiene un lugar para una Alfa hembra, entonces yo abriría uno con mis propias manos.
Tenía una noche antes de que llegara el Rey Alfa.
Una noche para desaparecer. Una noche para reclamar mi destino.
Tenía una noche para renacer.
Me convertiré en Seth, en lugar de Sera.
**SERAPHINA**El recorrido se extendía ante nosotros como un campo de batalla salido de una pesadilla brutal. Paredes imponentes, fosos dentados, troncos con púas que se balanceaban y lodo espeso como sangre. No parecía una prueba, parecía una sentencia de muerte. El aire apestaba a sudor, tierra y miedo. Los Alfas se alinearon, algunos con sonrisas arrogantes, otros irradiando una preparación contenida.Ajusté las correas de mi uniforme holgado, tomé una respiración profunda y fijé la mirada en el obstáculo que tenía delante.La voz del Alfa Instructor Gideon resonó en el campo como un látigo.—¡Comiencen!Nos lanzamos hacia adelante. El terreno irregular estaba resbaladizo por el lodo, amenazando con hacer que cada paso fallará. La primera pared se alzaba delante, pero mientras la mayoría intentaba trepar con fuerza bruta, yo opté por la velocidad. Corrí hacia ella, usando los bordes dentados como escalera, escalando con rapidez y eficiencia implacable. El lodo se pegaba a mis manos
**SERAPHINA**Salí de la cafetería con un paso calmado y medido, aunque una tormenta de pánico rugía violentamente dentro de mí. ¿Estaría mirando mi espalda?Sin querer, mis dedos rozaron una y otra vez mis caderas, comprobando que la tela colgara lo suficientemente suelta para ocultar mi figura, revisando que nada en mi apariencia invitara al tipo de atención equivocada. Todo parecía en orden. Entonces, ¿por qué sentía como si su mirada ya hubiera arrancado cada capa cuidadosa que había puesto entre yo y el descubrimiento?—Nos nota demasiado —murmuró Phina en el fondo de mi mente, y no pude negarlo.Me mordí con fuerza el interior de la mejilla; el dolor agudo me ayudó a centrarme. ¿Qué demonios le pasa a este Alfa?Mis pensamientos en espiral se interrumpieron cuando una sirena aguda sonó, seguida de un anuncio atronador que ordenaba a todos los trainees reunirse en los terrenos de la Academia en media hora.Los enormes terrenos de entrenamiento al aire libre vibraban de energía mi
**RONAN**Verdugo.Así me llamaban.Un nombre que me gané a los quince años, la noche en que quité mi primera vida. No en un duelo autorizado, sino durante una cacería. Un traidor disfrazado de amigo de la infancia. El traidor. El mentiroso al que odiaba hasta la médula de los huesos.No dudé. No me inmute. Lo enterré yo mismo mientras caminaba con sangre en las manos hacia el trono de mi padre que me esperaba. Pero yo quería construir el mío propio. Y el lugar para hacerlo era la Academia Lupina.En la Academia Lupina, donde el poder lo era todo y la debilidad era una sentencia de muerte, había construido una reputación que nadie se atrevía a desafiar. La dominancia, la ambición y la sed de sangre eran mi segunda naturaleza, pero ninguno se atrevía a cruzarse en mi camino.Ni los hijos de los Alfas regionales, ni los herederos de linajes centenarios. Yo no era solo un Alfa. Yo era *el* Alfa. El Verdugo. Aquel del que susurraban cuando creían que no los escuchaba.Gobernaba esta Acade
**SERAPHINA**Cassius soltó el brazo al instante y, con una disculpa murmurada, salió corriendo con los demás.Lo miré alejarse y luego volví la vista hacia Ronan, inquieta por la repentina agresividad en su postura. ¿Qué demonios había sido eso?—Ronan —llamó alguien desde fuera de la habitación.Ronan se volvió hacia la puerta, donde un Alfa guapo de cabello rubio sucio se apoyaba con naturalidad contra el marco. Un aura poderosa y autoritaria lo rodeaba, del tipo que hacía que hasta el aire se sintiera más pesado.Sin decir una palabra, Ronan le dio un breve asentimiento y, por alguna razón, lanzó una mirada fugaz en mi dirección antes de salir con paso firme.Solté el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Su sola presencia amenazaba algo dentro de mí que no podía nombrar.Pronto los demás estuvieron listos con sus uniformes, mientras yo me ocupaba de desempacar las pocas pertenencias que me quedaban, fingiendo estar ocupada mientras las colocaba ordenadamente en el armario.






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