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Capítulo 2.

Autor: Emily Rose
last update Fecha de publicación: 2026-02-02 04:22:54

Apenas había dormido un par de horas después de regresar del hotel. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el aliento áspero del hombre de la máscara en su oído y el roce de sus manos firmes.

Se sentía sucia, pero al mismo tiempo, una parte de ella sabía que esa era la única decisión que había tomado por voluntad propia en años, aunque fuera fruto de la desesperación.

Su teléfono sonó sobre la mesa de noche. Era una enfermera del hospital.

—Señora Elena, lamento informarle que hemos recibido una orden de la administración. El pago de la cirugía no se ha procesado y, por instrucciones de su esposo, se ha suspendido el suministro de los medicamentos de mantenimiento de su padre por veinticuatro horas.

Elena se incorporó de golpe, sintiendo un mareo violento.

—¿Qué? No pueden hacer eso. ¡Se va a morir!

—Lo siento, señora. Son órdenes directas del señor Liam Jones. Dicen que hay un problema con las acciones que sirven de garantía. Si no se soluciona hoy, mañana lo desconectarán.

Elena tiró el teléfono sobre la cama y se vistió como pudo. Corrió hacia el despacho de Liam en la planta baja de la mansión. Entró sin llamar, con los ojos rojos y el rostro pálido.

—¡Eres un monstruo! —gritó Elena nada más verlo—. Has cortado las medicinas de mi padre. ¡Cumplí con lo que querías! Fui a esa maldita suite anoche.

Liam levantó la vista de su computadora. Su expresión no era de victoria, sino de furia que hacía que sus rasgos se vieran deformados. Se puso de pie con lentitud y caminó hacia ella.

—¿Cumpliste? —preguntó con voz baja y peligrosa—. El señor Hamilton me llamó a la una de la mañana, furioso porque lo dejaste plantado. Dijo que te esperó dos horas y que nunca apareciste. ¿Dónde diablos estuviste, Elena? ¿Con quién te revolcaste para hacerme perder ese contrato?

Él la agarró del mentón con fuerza, obligándola a mirarlo. Elena temblaba, pero no bajó la vista.

—No iba a dejar que me vendieras como a una perra —escupió ella.

Liam la soltó de un empujón, haciéndola tambalear.

—Como no puedo confiar en que te quedes donde te pongo, he decidido que necesitas supervisión las veinticuatro horas. No vas a volver a dar un paso fuera de esta casa, ni ir al hospital, ni ir al baño sin que alguien te vigile. He contratado a la mejor empresa de seguridad del país. Me ha costado una fortuna, pero vale la pena para asegurarme de que esas acciones no se muevan de donde están.

Liam caminó hacia la puerta del despacho y la abrió de par en par.

—¡Entra! —ordenó.

Un hombre entró en la habitación. Era alto, de hombros anchos y vestía un traje negro impecable que no lograba ocultar una musculatura poderosa. Su presencia llenó el lugar de inmediato, haciendo que Liam pareciera pequeño a su lado.

Tenía el cabello oscuro y una mandíbula cuadrada, pero lo que más impactó a Elena fue su mirada: unos ojos oscuros, profundos y serenos que parecían ver a través de ella.

—Elena, este es Dilan —dijo Liam con arrogancia—. Es el mejor de su unidad. A partir de ahora, será tu guardaespaldas personal. Dormirá en la habitación de al lado y te seguirá a todas partes. Si intentas escapar o hablar con alguien que yo no autorice, tu padre morirá antes de que puedas decir una palabra.

Dante Vontobel, bajo la identidad de Dilan, mantuvo el rostro inmutable. Nadie en esa habitación, y mucho menos Liam, sabía que él era el heredero de la fortuna más grande de Suiza, ni que estaba allí para desmantelar el imperio de fraudes de Liam desde adentro.

Pero lo que Liam tampoco sabía era que Dante reconoció a la mujer frente a él en un segundo. Era ella. La mujer que había llorado en sus brazos la noche anterior, la que se había entregado a él con una desesperación que todavía le quemaba la piel.

La veía allí, demacrada, con ojeras profundas y los labios trémulos, y sintió una punzada de algo que no lograba identificar.

Dante dio un paso al frente y se colocó en silencio detrás de Elena, asumiendo su papel de guardaespaldas.

—Dilan —dijo Liam, señalando a su esposa—, asegúrate de que aprenda a obedecer.

Dante no respondió a Liam. En su lugar, extendió una mano hacia Elena en un gesto formal de presentación.

—Es un placer, señora —dijo con voz grave.

Elena sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Esa voz... sintió que era la misma voz que le había susurrado al oído que ella lo había provocado. Con la mano temblando visiblemente, ella alargó la suya para cerrar el trato.

En cuanto sus dedos rozaron la palma de él, Elena sintió una descarga eléctrica que la hizo palidecer aún más. Sus dedos se deslizaron hacia abajo y rozaron la base del pulgar de la mano derecha del guardaespaldas.

Allí estaba. Una cicatriz áspera, endurecida por el tiempo, justo en el mismo lugar que recordaba de la noche anterior.

Elena levantó la cabeza de golpe, con los ojos abiertos de par en par, buscando una respuesta en el rostro de él.

El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. Estaba tocando al hombre con el que había pasado la noche.

El hombre que la había visto quebrarse. Y ahora, ese mismo hombre era el que Liam había contratado para vigilarla.

Dante no se impresionó. Mantuvo una expresión serena, aunque en el fondo de sus ojos oscuros había un destello de reconocimiento.

—¿Ocurre algo, señora? —preguntó él, manteniendo el agarre de su mano solo un segundo más de lo necesario.

Elena no podía articular palabra. Miró a Liam, que observaba la escena con aburrimiento, sin sospechar que acababa de meter al lobo en su propia casa.

—No... nada —logró decir Elena, retirando su mano como si se hubiera quemado—. Solo... tengo frío.

—Dilan, llévala a su habitación —ordenó Liam, volviendo a sus papeles—. Y asegúrate de que no use el teléfono.

Dante hizo una leve inclinación de cabeza.

—Entendido, señor.

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