INICIAR SESIÓNLos meses pasaron y la presencia de Dilan se volvió irrespirable, pero extrañamente necesaria. Él no era como los otros empleados de Liam.
No bajaba la mirada, no murmuraba a espaldas de nadie y, sobre todo, no parecía tenerle miedo al temperamento de su jefe. Liam se había vuelto paranoico. No permitía que Elena estuviera sola ni un segundo. Eso incluía los momentos más privados.
Más tarde, Elena decidió tomar un baño para aliviar la tensión de sus hombros. Al entrar al cuarto de baño, se detuvo. Dilan estaba allí, de pie junto a la puerta cerrada, dándole la espalda a la bañera.
—¿Qué haces aquí dentro? —preguntó Elena, cubriéndose el pecho con los brazos a pesar de estar vestida.
—Vigilo, señora —respondió él sin girarse.
—He dicho que me voy a bañar. Sal de aquí ahora mismo.
—El señor Liam fue muy claro. Debo estar en la misma habitación que usted en todo momento.
—Es un baño, Dilan. ¿A dónde voy a ir? ¿Me voy a escapar por el desagüe?
Dante escuchó la amargura en su voz. Se mantuvo firme, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Las órdenes no admiten excepciones. No la miraré, si eso es lo que le preocupa.
Elena soltó un suspiro de frustración. Abrió el grifo y dejó que el agua caliente llenara la tina. Se desvistió rápidamente detrás de la cortina de la ducha, sintiendo que la piel le ardía solo por saber que él estaba a unos metros.
El sonido del agua golpeando el fondo de la bañera era lo único que llenaba el silencio incómodo.
—Esto es humillante —dijo Elena desde detrás de la cortina—. ¿De verdad vas a quedarte ahí?
Dante se tensó. Llevaba meses observándola, estudiando sus gestos y confirmando cada detalle. Sabía que era ella y decidió aprovechar el momento para presionarla.
—¿De qué tienes miedo, Elena? —preguntó él de repente. Su tono ya no era el de un guardaespaldas.
—¿Qué has dicho?
—¿De qué tienes miedo? —repitió Dante, girando un poco la cabeza, aunque sin mirar hacia la ducha—. ¿De que sea como cualquier ligue de una noche?
El silencio que siguió fue absoluto. Elena sintió que el corazón se le detenía. Esa frase creía haberla oído en alguna parte.
—No sé de qué estás hablando —logró decir ella.
—Hablo de esa noche. La noche en que decidiste que cualquier desconocido era mejor que tu marido.
—Te equivocas de persona, Dilan. Te estás pasando de la raya.
—¿Lo hago? ¿O simplemente estoy diciendo la verdad?
Elena no respondió. Cerró el grifo con manos temblorosas y se envolvió en una toalla. Cuando salió de detrás de la cortina, él ya se había marchado, dejando la puerta entornada. Elena se dejó caer en el suelo, llorando en silencio.
***
Semanas después, Liam tuvo que viajar al extranjero por negocios. La casa se sintió más grande y más pesada. Era de madrugada cuando Elena, incapaz de conciliar el sueño, salió al balcón de su habitación.
El aire nocturno le golpeó el rostro. Pensó en su padre, atrapado en una cama de hospital, y en cómo su vida se había convertido en un infierno.
Lloraba en silencio, apoyada en la barandilla de piedra. No escuchó los pasos abajo, pero Dante la estaba viendo. Él patrullaba el jardín, cumpliendo con su fachada de seguridad.
Verla así, tan pequeña y vulnerable en lo alto, hizo que algo en su pecho se apretara. No era la niña rica que él había imaginado al principio.
Sin pensarlo mucho, Dante se acercó a la pared. Usó las salientes de la arquitectura y la enredadera que subía por la columna. En cuestión de segundos, saltó la barandilla del segundo piso y aterrizó con suavidad sobre el balcón.
Elena dio un respingo y se tapó la boca para no gritar.
—¡Me has asustado! —susurró ella, retrocediendo—. ¿Qué haces aquí?
Dante no respondió de inmediato. Metió la mano en su chaqueta y sacó un pañuelo de tela blanca. Se lo tendió con un gesto lento.
—Como guardaespaldas, el mal humor de mi jefa afecta a mi trabajo —dijo con voz baja y suave.
Elena lo miró con desconfianza, pero terminó aceptando el pañuelo. Se limpió las mejillas y el rastro de rímel.
—No deberías estar aquí arriba. Liam tiene cámaras por todas partes.
—Las cámaras del sector este están en mantenimiento durante los próximos quince minutos —respondió él, apoyándose en la barandilla al lado de ella—. ¿Por qué lloras? Tienes una mansión, joyas y un esposo poderoso. Eso es lo que todas quieren, ¿no?
Elena soltó un bufido lleno de dolor.
—¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Qué soy una interesada?
—Es lo que dice todo el mundo. Que te casaste con Liam por las acciones y la fortuna.
Elena lo miró a los ojos. En la oscuridad, la mirada de Dante era profunda, casi magnética. Ella sintió la necesidad de defenderse.
—Antes, mi padre tenía una gran cantidad de acciones en la empresa de Liam —comenzó ella —. Pero Liam se encargó de hundirlo. Lo arruinó sistemáticamente hasta que mi padre enfermó del corazón por el estrés. Ahora ni siquiera tiene dinero para tratar su enfermedad.
Dante frunció el ceño. Estaba escuchando algo que no aparecía en los informes financieros que su familia había recolectado.
—Todos dicen que me casé con Liam por dinero —continuó Elena, apretando el pañuelo entre sus manos—. Pero en realidad lo hice para que mi padre pudiera seguir con vida. Liam paga el hospital, tenemos un trato. Si me voy, él desconecta a mi padre al día siguiente. No soy su esposa, Dilan. Soy su prisionera.
Dante sintió una oleada de culpa que lo golpeó con fuerza. Había pasado meses juzgándola, pensando que era una mujer superficial que se había vendido al mejor postor.
Ahora comprendía la desesperación que la había llevado a sus brazos aquella noche en el hotel. No era vanidad; era sacrificio.
—No lo sabía —dijo Dante.
—Nadie lo sabe. Liam se encarga de que parezca que me hace un favor al tenerme aquí.
Dante se acercó un poco más. Quiso tocarle el hombro, pero se contuvo. La compasión que sentía se estaba transformando en algo mucho más peligroso: un deseo ferviente de protegerla a toda costa.
—Liam es un cobarde —dijo Dante, y sus ojos brillaron con ira —. Un hombre que usa la enfermedad de un anciano para forzar a una mujer no merece nada de lo que tiene.
Elena lo miró, extrañada por la intensidad de su tono.
—Tú no puedes hacer nada, Dilan. Eres solo un guardaespaldas.
Dante sonrió de una forma que ella no comprendió. Era una sonrisa de poder, de alguien que sabe que tiene el mundo a sus pies.
—A veces, las personas no son lo que parecen, Elena.
Se quedaron en silencio, mirando hacia la oscuridad del jardín. Dante se dio cuenta de que su misión ya no era solo por los negocios de su familia en Suiza.
Ahora era personal. Tenía que destruir a Liam, no solo para cumplir con su investigación, sino para liberar a Elena de sus cadenas.
Epílogo.El vapor denso y caliente empañaba por completo los inmensos cristales de la ducha.El agua hirviendo caía en cascada, pero no era suficiente para apagar el fuego que consumía a Dante Vontobel.La acorraló contra la pared de mármol negro.El choque de la piedra helada contra la espalda desnuda de Elena la hizo soltar un jadeo agudo, arqueando la columna.Ese contraste brutal entre el frío del muro y el pecho ardiente de su esposo frotándose contra ella, le erizó cada centímetro de piel.Dante no le dio tregua.Atrapó ambas muñecas de su mujer con una sola de sus grandes manos y las fijó por encima de su cabeza, inmovilizándola contra el cristal resbaladizo.Sus ojos oscuros la devoraban bajo el chorro de agua. Era una mirada cargada de una lujuria oscura, hambrienta y completamente desatada.—Eres mi antídoto —ronroneó él contra su cuello mojado, dejando un rastro de besos húmedos que la hacían temblar—. Lo único que me mantiene cuerdo en este jodido mundo.Dante bajó el rost
En el centro del salón principal, rodeado de críticos exigentes y magnates, estaba Gabriel Pierce.Lucía muy diferente. Mucho más maduro, relajado y con una paz que antes no tenía.A su lado, sostenida de su brazo con orgullo, estaba una joven hermosa de cabello castaño y sonrisa dulce que lo miraba con profunda admiración.Dante y Elena se acercaron a ellos a paso lento y seguro, abriendo un camino entre la multitud que los reverenciaba.Gabriel los vio llegar y, por una fracción de segundo, el grupo que lo rodeaba pareció guardar un tenso silencio.Atrás había quedado el tiempo oscuro en que Gabriel Jones intentó jugar con fuego y casi se quema.Él había decidido conservar para siempre el apellido Pierce, renunciando al legado tóxico de los Jones para forjar su propio destino limpio.Dante se detuvo justo frente a él. La antigua tensión y rivalidad de los viejos tiempos ya no existía en absoluto.El magnate le tendió la mano derecha con cortesía.—Felicidades, Pierce. La exposición
Había pasado exactamente un año desde la boda del siglo.La inmensa mansión Vontobel, que alguna vez fue un templo de silencio absoluto y seriedad, ahora era un completo y maravilloso manicomio.—¡Klaus, atrápalo por la izquierda! —gritó el tío Heinrich, riendo a carcajadas desde su inmenso sillón de cuero.Klaus, el elegante hermano menor de Dante, se tiró al suelo sobre la costosa alfombra.Pero llegó una fracción de segundo tarde.Joshua, uno de los gemelos de dos años, pasó corriendo a toda velocidad con sus pasitos torpes y una galleta de chocolate en la mano.—¡Ven aquí, pequeño terremoto! —jadeó Klaus, levantándose con el traje lleno de migajas dulces—. ¡Dante, tus hijos son inalcanzables!Por el otro lado del inmenso salón, la escena de locura familiar no era mucho mejor.Don Leonardo, a pesar de su edad, corría con una energía renovada detrás de Aaron, el otro gemelo.El pequeño Aaron llevaba en la cabeza un costoso y enorme sombrero de diseñador que le tapaba los ojos, solta
El sonido de la cinta adhesiva rasgándose rompió el silencio del pequeño departamento.Charlotte sacó un par de zapatos de una caja de cartón gastada.Eran unos tacones exclusivos de diseñador, con suelas rojas intactas.Los miró por un segundo, sintiendo una mezcla de extrañeza y lejanía, como si pertenecieran a otra vida.Y la verdad es que así era. Pertenecían a una vida que ya no existía.El departamento que ahora alquilaban en las afueras de Múnich era minúsculo comparado con las mansiones a las que estaba acostumbrada.No había techos altos, ni candelabros de cristal, ni un ejército de sirvientes dispuestos a cumplir sus caprichos.Solo estaban ella, su madre y el sonido rítmico del respirador artificial que venía de la habitación aledaña.Su madre, con el cabello recogido de forma descuidada y ojeras profundas, sacó un abrigo de piel blanco de otra de las cajas.—Charlotte, hija... —murmuró la mujer, acariciando la suave tela—. Este abrigo de invierno costó una pequeña fortuna
El inmenso recinto de cristal estaba a reventar de invitados.Allí estaban sentados los empresarios más poderosos del planeta.Políticos influyentes, magnates y la verdadera socialité de Europa susurraban con expectación.Todos morían de curiosidad por ver a la mujer que había logrado domar al implacable magnate.Dante estaba de pie en el altar, con las manos entrelazadas a la espalda, proyectando un poder absoluto.Pero por dentro, su corazón latía a mil por hora.La majestuosa música clásica comenzó a resonar en las paredes de cristal.Todos los invitados se pusieron de pie en perfecta sincronía.Las enormes puertas de madera se abrieron de par en par.Los flashes de las cámaras de las revistas más exclusivas estallaron en la entrada.Pero Dante no vio a los fotógrafos. Ni vio a los millonarios, ni el lujo absurdo que los rodeaba.Solo la vio a ella.Elena caminaba del brazo de su padre, avanzando por el pasillo central como una verdadera diosa.Cada paso que daba silenciaba a los p
Afuera de la inmensa propiedad, el ambiente era un caos total.Los paparazzis se empujaban contra las barricadas de seguridad, desesperados por conseguir la foto del siglo.Las luces de los flashes parpadeaban tan rápido que parecían relámpagos iluminando la nieve.Todo el mundo gritaba los nombres de los novios, intentando llamar su atención.Adentro, en un salón privado con vista a los jardines nevados, Dante Vontobel se ajustaba los gemelos de oro de su camisa.El esmoquin negro hecho a la medida lo hacía ver más imponente y hermoso que nunca.A su lado, su tío Heinrich sonreía ampliamente.El anciano lucía completamente recuperado, con un color saludable en las mejillas y lleno de vitalidad.—Quién diría que el gran lobo solitario, el hombre más frío de Suiza, terminaría así —bromeó Heinrich, dándole una palmada en la espalda.Dante sonrió de lado. Fue una sonrisa genuina, sin sombras del pasado.—Solo necesitaba encontrar a mi verdadero amor, tío.La pesada puerta de madera se ab







