INICIAR SESIÓNSu esposo la vendió a un monstruo para salvar su empresa. Pero en la oscuridad de aquella suite de hotel, ella tomó su propia decisión: huyó y se entregó a un extraño enmascarado que emanaba un peligro letal. El resultado de esa única noche de pasión y desesperación fue un secreto que ahora amenaza con destruirla: está embarazada. Para castigarla y vigilar sus pasos, su esposo contrata a “Dilan”, un guardaespaldas rudo, dominante y que vigila cada uno de sus respiros. Sin embargo, la tensión entre ellos es asfixiante, y pronto ella reconoce una cicatriz en su mano… Es él. El hombre de la máscara. El padre de su hijo. Ella miente diciendo que el bebé es de su marido para protegerse, pero Dilan no es un simple empleado. Detrás de su traje de seguridad se esconde un depredador que parece jugar con la vida de su esposo como si fuera un títere. Cuando él la acorrala en la oscuridad con una mirada intensa y dominante, ella sabe que escapar de su cruel matrimonio solo la ha hecho caer en una trampa mucho más peligrosa. ¿Quién es realmente el hombre que juró protegerla? ¿Y qué hará cuando descubra que ella lleva a su heredero en el vientre?
Ver másEpílogo.El vapor denso y caliente empañaba por completo los inmensos cristales de la ducha.El agua hirviendo caía en cascada, pero no era suficiente para apagar el fuego que consumía a Dante Vontobel.La acorraló contra la pared de mármol negro.El choque de la piedra helada contra la espalda desnuda de Elena la hizo soltar un jadeo agudo, arqueando la columna.Ese contraste brutal entre el frío del muro y el pecho ardiente de su esposo frotándose contra ella, le erizó cada centímetro de piel.Dante no le dio tregua.Atrapó ambas muñecas de su mujer con una sola de sus grandes manos y las fijó por encima de su cabeza, inmovilizándola contra el cristal resbaladizo.Sus ojos oscuros la devoraban bajo el chorro de agua. Era una mirada cargada de una lujuria oscura, hambrienta y completamente desatada.—Eres mi antídoto —ronroneó él contra su cuello mojado, dejando un rastro de besos húmedos que la hacían temblar—. Lo único que me mantiene cuerdo en este jodido mundo.Dante bajó el rost
En el centro del salón principal, rodeado de críticos exigentes y magnates, estaba Gabriel Pierce.Lucía muy diferente. Mucho más maduro, relajado y con una paz que antes no tenía.A su lado, sostenida de su brazo con orgullo, estaba una joven hermosa de cabello castaño y sonrisa dulce que lo miraba con profunda admiración.Dante y Elena se acercaron a ellos a paso lento y seguro, abriendo un camino entre la multitud que los reverenciaba.Gabriel los vio llegar y, por una fracción de segundo, el grupo que lo rodeaba pareció guardar un tenso silencio.Atrás había quedado el tiempo oscuro en que Gabriel Jones intentó jugar con fuego y casi se quema.Él había decidido conservar para siempre el apellido Pierce, renunciando al legado tóxico de los Jones para forjar su propio destino limpio.Dante se detuvo justo frente a él. La antigua tensión y rivalidad de los viejos tiempos ya no existía en absoluto.El magnate le tendió la mano derecha con cortesía.—Felicidades, Pierce. La exposición
Había pasado exactamente un año desde la boda del siglo.La inmensa mansión Vontobel, que alguna vez fue un templo de silencio absoluto y seriedad, ahora era un completo y maravilloso manicomio.—¡Klaus, atrápalo por la izquierda! —gritó el tío Heinrich, riendo a carcajadas desde su inmenso sillón de cuero.Klaus, el elegante hermano menor de Dante, se tiró al suelo sobre la costosa alfombra.Pero llegó una fracción de segundo tarde.Joshua, uno de los gemelos de dos años, pasó corriendo a toda velocidad con sus pasitos torpes y una galleta de chocolate en la mano.—¡Ven aquí, pequeño terremoto! —jadeó Klaus, levantándose con el traje lleno de migajas dulces—. ¡Dante, tus hijos son inalcanzables!Por el otro lado del inmenso salón, la escena de locura familiar no era mucho mejor.Don Leonardo, a pesar de su edad, corría con una energía renovada detrás de Aaron, el otro gemelo.El pequeño Aaron llevaba en la cabeza un costoso y enorme sombrero de diseñador que le tapaba los ojos, solta
El sonido de la cinta adhesiva rasgándose rompió el silencio del pequeño departamento.Charlotte sacó un par de zapatos de una caja de cartón gastada.Eran unos tacones exclusivos de diseñador, con suelas rojas intactas.Los miró por un segundo, sintiendo una mezcla de extrañeza y lejanía, como si pertenecieran a otra vida.Y la verdad es que así era. Pertenecían a una vida que ya no existía.El departamento que ahora alquilaban en las afueras de Múnich era minúsculo comparado con las mansiones a las que estaba acostumbrada.No había techos altos, ni candelabros de cristal, ni un ejército de sirvientes dispuestos a cumplir sus caprichos.Solo estaban ella, su madre y el sonido rítmico del respirador artificial que venía de la habitación aledaña.Su madre, con el cabello recogido de forma descuidada y ojeras profundas, sacó un abrigo de piel blanco de otra de las cajas.—Charlotte, hija... —murmuró la mujer, acariciando la suave tela—. Este abrigo de invierno costó una pequeña fortuna






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