FAZER LOGINMe hundo bien profundo, provocándole un grito placentero mientras mi semen la llena por completo. La aprieto con fuerza, soltando un gemido de puro placer al derramarme dentro de ella, con una única intención clavada en mi mente.
Mi cuerpo reposa sobre el suyo, ambos agotados, empapados en sudor y jadeando en la oscuridad de la habitación. El sueño nos atrapa sin poder resistir. A la mañana siguiente, despierto temprano. Tengo una reunión importante. Me ducho rápido, me visto con elegancia y preparo el desayuno. Antes de marcharme, dejo una pastilla para la resaca y una nota junto al desayuno. Le explico que tuve que irme temprano por trabajo y que preferí no despertarla porque se veía demasiado cómoda en mi cama. ** Me despierto con una sensación de resaca brutal, mi cabeza late como si me estuvieran golpeando por dentro. Me estiro, disfrutando la suavidad de las sábanas, hasta que la realidad me golpea: no estoy en mi casa. Me siento de golpe y el dolor en mi cabeza se intensifica. Estoy desnuda, envuelta en un aroma masculino que no es familiar. El recuerdo de la noche anterior me invade de repente: su cuerpo, su lengua, sus manos explorándome, su voz grave y el placer que me hizo sentir. Miro a mi lado. No hay nadie. Solo una bandeja con desayuno, una pastilla y una nota. La leo con rapidez. Es de él... Leo. Mi mirada cae sobre las sábanas blancas y veo la mancha de sangre. Me sonrojo de inmediato. Busco desesperadamente sábanas limpias, pero no encuentro nada. Qué vergüenza... ¿Qué habrá pensado al ver esto? Suspiro, tratando de calmarme. Me tomo la pastilla con el jugo, me visto rápido y me lavo la cara. Mi celular vibra. Es mi compañera de trabajo, Liliana. ~Oye, acuérdate que hoy hay una reunión importante. El nuevo director se presentará, así que llega temprano~ ~No creo que llegue a tiempo. Cúbreme~ ~¿Estás loca? ¿Quieres que te despidan?~ ~Invéntate lo que sea, pero cúbreme.~ Le cuelgo sin darle tiempo de insistir. Salgo del penthouse apresurada y tomo un taxi hasta mi departamento. Al llegar, me visto a toda prisa: falda de tubo, botas marrones, una blusa de seda y un blazer negro. Me recojo el cabello, pero al mirarme al espejo noto un enorme chupetón en mi cuello. —¡Mierda!— Intento taparlo con maquillaje, pero es inútil. Resoplo y termino cambiando la blusa por un suéter de cuello alto color caqui. Tomo mi bolso y salgo corriendo, llegando una hora tarde por primera vez en mi vida. Paso por un café en el camino. Justo cuando estoy por entrar a la oficina, una voz profunda me congela. —Señorita Georgina, llega tarde y todavía se da el lujo de pasar por un café antes de entrar a la reunión— Mi cuerpo se tensa. Reconozco esa voz, es uno de mis superiores, un ser humano inhumano. Me giro lentamente y me encuentro con unos ojos que me fulminan con descaro. —L-lo siento... No volverá a pasar— —Eso espero, ya que hoy no era el día que debía elegir para llegar tarde. Vaya a la sala de juntas. El director ya está con los demás empleados— Asiento nerviosa y camino lo más rápido que puedo. Cuando llego a la puerta, respiro profundo antes de entrar. Intento recomponerme, pero en cuanto mis ojos se posan en el nuevo director, el mundo se me viene abajo. Es él. Sandro Volkov. El hombre que anoche me tuvo debajo de él, gimiendo su nombre. Mis manos tiemblan y aprieto el vaso de café con tanta fuerza que termino derramándolo sobre mi piel. —¡Lo sie-nto! —balbuceo, tratando de no hacer más el ridículo. —¿Se encuentra bien, señorita Acosta? —pregunta con un tono descarado. Trago saliva. ¿Así que esto era un maldito juego para él? —Sí... Estoy bien. Buenos días a todos. Tuve un imprevisto y por eso llegué tarde— —No se preocupe. Todos tenemos imprevistos. Aunque, según lo que sé, usted es una persona bastante puntual...— Mis mejillas arden de vergüenza. No puedo mirarlo a la cara. Me siento junto a Liliana, quien me lanza una mirada de advertencia mientras me pasa una servilleta. Él empieza a hablar. —Mi nombre es Sandro Volkov. Nací en Rusia, pero viví en este país hasta los siete años. Luego volví a Rusia, donde completé mis estudios y, con el tiempo, mi padre decidió fundar esta empresa— No puedo concentrarme en sus palabras. Mi mente sigue atrapada en las sábanas de su cama, en su boca devorándome, en la forma en que me miraba mientras su boca y su lengua al conjunto me daban un placer exquisito. —Señorita Georgina ¿se encuentra bien?— las miradas se centran en mí. «¡maldito infeliz!» resuena en mi cabeza. —S-sí, perdón es que no descanse bien— respondo con sarcasmo. —Es válido, usted es una mujer que trabaja mucho. Pediré que la dejen ir más temprano el día de hoy— —Que amable señor, pero no— Lo quería matar. Es un cínico. —Continuamos. Mattresses Sweet Dream nació por una razón muy simple —continúa. —Yo solía tener problemas para dormir. Sentía que ningún colchón era lo suficientemente cómodo, así que mi padre decidió crear uno tan suave que, en cuanto tu espalda lo tocara, el sueño te atrapara. Fue un gran esfuerzo, pero nada es imposible cuando se trabaja duro— Su mirada se clava en la mía con una intensidad peligrosa. La noche pasada no fue un accidente. Él siempre supo quién era yo. Y ahora... ahora estoy atrapada en su juego.Mi hijo Giorgio estaba en brazos de su madre. Amaba verlo sobre ella, amaba verla a ella. Mis padres lloraron al contemplar al bebé. Mi padre, con el corazón conmovido, le pidió disculpas a Georgina por sus modales fuera de lugar. Giorgio era un gordito precioso, con pequeñas manchas rojas en su carita. —Eres la mamá más bella del mundo— susurré antes de besar sus labios. Ella me miró con devoción, sus ojos reflejaban un amor absoluto. —Al fin es mío— murmuró, abrazando a nuestro hijo con ternura. Dos días después, nos dieron el alta y volvimos a casa. Los regalos inundaban cada rincón, al igual que los globos de bienvenida. Mis padres se esmeraron en decorar todo con amor y, al tener a Giorgio en sus brazos, no pudieron contener la emoción. Las fotos profesionales no faltaron. Liliana no dejaba de escribir y llamar, emocionada. Nuestro hijo era un bebé amado por todos. * Las noches fueron agotadoras el primer mes. Tanto Georgina como yo apenas dormíamos; nuestro pequeño pa
Al llegar a la empresa, una gran sorpresa nos esperaba. Leo y Liliana lo habían planeado todo. "Newly married." Sonreí con el corazón latiendo de emoción. En las paredes colgaban fotos de nuestra infancia, pero lo que más me sorprendió fueron aquellas que Leo me había tomado en secreto. Momentos robados en los que mi sonrisa le pertenecía solo a él. Y en el centro de todo, una imagen que me dejó sin aliento: nuestra primera ecografía. Un detalle que lo significaba todo. Mis antiguos compañeros nos rodearon, felicitándonos entre brindis. Yo alcé mi vaso de jugo, mientras ellos celebraban con champán. Fue un momento cálido, especial. Un momento único. Mi jefe era mi esposo. * Días después, Leo insistió en que asistiera a la boda de Ángel. No entendía su insistencia, pero terminé cediendo. Fuimos juntos y, apenas entramos, sentí todas las miradas sobre nosotros. Entre ellas, la de su madre, cuyo desprecio se hacía evidente. —Tu exsuegra está celosa de ti...— susurró Leo en mi o
No pudimos casarnos al día siguiente como yo quería; tuvimos que esperar dos días. Las llamadas a su teléfono eran constantes, y muchas veces lo veía enfurecerse por lo que le decían. —Son una balsa de inútiles— rugió, furioso. Me sentía culpable. Por mis caprichos, él estaba pasando un mal rato. —Ven aquí— su voz sonaba áspera, salvaje, como siempre que estaba estresado. Suspiró contra mi cuello, su aliento cálido provocándome cosquillas. —Lo siento... De verdad, te he retrasado demasiado— —No me importa, con tal de que seas mi esposa— Me besó varias veces, y me dejé llevar. Más tarde fuimos de compras. Mientras él esperaba sentado, me aseguré de que no viera el vestido. Justo cuando salía del vestidor, escuché a una mujer coquetearle descaradamente. —Déjame adivinar de qué país eres... ¿Ruso?— —Sí, soy ruso— —Siempre quise un hombre ruso... Sabes, yo no soy celosa. ¿Me das tu número?— —¿Y mi puño en tu cara no quisieras, regalada?—espeté, furiosa Leo se puso de pie de
Cuando vi a Leo en mi habitación, el aire se me atascó en la garganta. Era lo último que esperaba. Lo más lejos que podía imaginar. Me había resignado a que lo nuestro había terminado. Un mes separada de él... convencida de que me había superado. Pero por más que intenté hacerme la dura, su olor corporal me envolvió como un anzuelo invisible. Era intenso, varonil, delicioso. Y ante eso, no tuve voluntad para detenerlo. Su manera de amarme oscilaba entre lo salvaje y lo delicado, una fusión exquisita que me tenía al borde del abismo. Después de la cena volvimos a la cama. Y otra vez, me tomó sin piedad, con hambre, con desesperación. Con cada embestida me dejaba claro que me había extrañado tanto como yo a él. Ahora yacía sobre su pecho, su respiración pausada marcando el ritmo de su sueño. Su mano, cálida y posesiva, descansaba sobre mi vientre. El celular comenzó a vibrar. Extendí la mano y lo tomé. Dayanara. La rabia se encendió en mi pecho al leer su mensaje: "Po
Nuestras respiraciones juegan entre sí, cálidas, entrecortadas. Ella está sobre mí, nuestras frentes se unen mientras sus labios entreabiertos exhalan su placer. Echa la cabeza hacia atrás, sosteniéndose de mi cuello, moviéndose lento, hundiéndose hasta hacerme temblar. El sudor resbala entre sus pechos, sus pezones duros, tentadores. Sus formas son perfectas. Una delicia verla así, desnuda, entregada. Mi lengua recorre su cuello, mis dientes lo atrapan con deseo. Anhelaba sentirla, anhelaba hacerle el amor. —Ah... Georgina... mi amor... —susurro contra su piel. Mi cabello está despeinado, no sé cuántas veces ha tirado de él con desesperación. La intensidad de sus movimientos me sorprende. Su vientre, grande y hermoso, no impide que se mueva sobre mí con la misma destreza. Es la tercera vez que me corro. Georgina, de espaldas, se sostiene del borde de la cama, mientras mis fluidos se deslizan por sus muslos. —Ah... —gime, estremeciéndose. —Cuánto te extrañé... —murmuro antes
Ella intenta salir de la habitación, pero la sostengo del brazo y cierro la puerta con seguro. —Oye, déjame salir. ¿Qué haces aquí?— —Basta de huir de tus problemas, tenemos que hablar— miro su mano, el anillo sigue ahí —Aún lo llevas puesto...— sonrío. —Te hice una pregunta, Sandro. ¿Qué haces aquí?— —Sandro...— murmuro y me arrodillo ante ella. Sus ojos se abren con desconcierto. —¿Qué estás haciendo?— —No sabía lo que estaba pasando... Apenas me enteré de que Dayanara te manipuló para que te alejaras de mí...— Levanto la vista y busco sus ojos —No me di cuenta del daño que mis acciones despreocupadas te causaron, al no alejarla de nuestras vidas, pensando que ella respetaría nuestra relación— —Levántate... no soy nadie para que te arrodilles— —Solo si me prometes escucharme... Por favor— Suspira con fastidio antes de sentarse en el borde de la cama. Me acomodo junto a ella, pero esta vez no puedo mirarla directo a los ojos. Su intensidad me avergüenza. —Georgina... Yo







