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last update publish date: 2026-09-21 05:20:24

—Asia, cálmate... por favor, no te pasará nada.

Salma aún la sostenía entre sus brazos desde que habían regresado hacía apenas unos minutos. Le acariciaba suavemente la espalda, mientras el cuerpo de Asia temblaba por completo, como si intentara encogerse dentro de sí misma hasta desaparecer por completo. Sus sollozos eran entrecortados y su voz salió rota mientras se aferraba a la ropa de su amiga:

—No lo entiendes... Él no es como nosotros, Salma. Tiene una influencia y un poder enormes. ¿No fueron esas tus palabras antes?

Soltó un sollozo entrecortado y añadió:

—Se llevará a mi hijo... Estoy segura.

Sus últimas palabras temblaron, mientras rodeaba su vientre con ambos brazos temblorosos, ofreciéndole una protección que ella misma necesitaba. Salma suspiró profundamente y se sentó a su lado en el borde de la cama. Luego tomó su mano con firmeza, aunque con delicadeza.

—Escúchame bien, Asia... No podemos afrontar esto de esta manera.

Asia negó rápidamente con la cabeza, interrumpiéndola con desesperación:

—No... No quiero escuchar hablar de él, no quiero verlo ni hablar con él. Ya he tenido suficiente con lo que vi. Es suficiente saber que ahora sabe que existo y que me está buscando.

Salma apretó un poco más su mano, intentando detener el avance de su miedo.

—Y eso es precisamente lo que me preocupa.

Asia levantó los ojos hacia ella, confundida.

—¿Qué quieres decir?

Salma se inclinó ligeramente hacia delante y bajó la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharlas.

—Quiero decir que estás huyendo, Asia, y huir no solucionará nada. Ese hombre, sea como tú lo imaginas o no, ahora forma parte de tu vida... y también de la vida de tu hijo.

Asia soltó un jadeo aún más asustado y apretó con fuerza su vientre.

—No hables de él de esa manera... No quiero que se acerque a nosotros.

Salma cerró los ojos por un instante y luego habló con una calma calculada:

—Escúchame. No te estoy pidiendo que confíes en él ni que te sientas cómoda con él. Solo te pido una cosa... que hables con él.

—No.

La respuesta salió rápida y tajante, como si la palabra hubiera escapado de sus labios antes de que pudiera pensarlo.

Salma guardó silencio durante unos segundos y luego continuó con una voz más suave, aunque más insistente:

—¿Por qué? ¿Qué podría pasar si lo escucharas? ¿Y si la imagen que te has formado de él no está completa? ¿Y si él mismo no sabe nada de lo que ha ocurrido?

La expresión de Asia se alteró y su voz tembló al responder:

—¿Cómo podría no saberlo si vino a buscarme a mi lugar de trabajo?... Además, yo no puedo... No puedo enfrentarlo. No soportaría que me mirara de esa manera. No soportaría ser la causa de que su vida o la mía se destruyeran.

Salma se acercó un poco más y la miró con firmeza.

—¿Y huir no te destruirá a ti primero?

Continuó con un tono más tranquilo, pero decidido:

—Escucha... Este hombre ha pasado años sin poder tener hijos, como me contaste. Y ahora, de repente, ha aparecido esta oportunidad. Desde un punto de vista lógico, ¿realmente crees que rechazará a un niño que ha deseado durante tanto tiempo? ¿O que, al menos, no intentará comprender lo sucedido?

Los labios de Asia temblaron, pero no encontró respuesta.

—Y hay otra cosa...

Vaciló un momento antes de hablar con sinceridad:

—No me siento cómoda con su esposa, Asia.

Asia levantó lentamente la cabeza y la preocupación volvió a apoderarse de sus facciones.

—¿Su esposa?... ¿Qué tiene?

Salma asintió lentamente.

—Sí... Hay algo extraño en todo esto. No sé si ella le ha contado toda la verdad, y tampoco sé por qué tuve la sensación de que te estaba empujando deliberadamente a enfrentarte con él. Pero lo único que sé es que no tienes toda la imagen... Piénsalo. ¿Cómo puede advertirte de su propio marido y decirte que, si descubre la existencia del niño, podría hacerle daño, mientras que, por otro lado, ella misma intenta negociar contigo para llevárselo? ¿Acaso piensa criarlo lejos de él? ¿Y qué ganaría con eso?

Asia tragó saliva con dificultad, mientras sus ojos permanecían clavados en el suelo.

—Aun así, no te pediré más que un solo paso.

—No puedo.

—Solo habla con él, Asia... Espera hasta que tu estado se estabilice y estés más tranquila, y da ese paso. E ignora las llamadas de esa mujer. De verdad, no me inspira confianza.

—Pero ella tenía razón... Le hará daño al niño si descubre que existe.

—Está bien, estoy contigo. Pero ¿por qué no se deshizo del asunto desde lejos sin manchar su reputación ni aparecer en escena? ¿Por qué vino personalmente a buscarte? ¿Y por qué en tu oficina, en la sede de tu trabajo, delante de los empleados? ¿Por qué no aquí o en la calle?... Hay demasiadas preguntas sin respuesta.

—Tienes razón... pero... pero no lo sé. No entiendo nada y ya no puedo soportarlo...

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Dudó al avanzar hacia el enorme edificio. Daba un paso y retiraba el otro en el mismo instante. Luego giró todo el cuerpo y, con una mirada suplicante, le rogó a Salma, que la esperaba dentro del automóvil y la observaba desde la ventanilla.

Pero Salma no se dejó afectar al verla a punto de perder el conocimiento, ni por la palidez de su rostro. En cambio, levantó la mano para animarla y le indicó que entrara.

Asia cerró los ojos durante unos segundos antes de volver a moverse, esta vez con un poco más de valentía, hasta llegar al primer piso. Como desconocía la ubicación de la oficina de Mazen, preguntó a una recepcionista, quien le indicó el camino.

La oficina estaba en el cuarto piso. Cuando salió del ascensor, se quedó allí de pie, acomodándose los mechones rebeldes que había estado manoseando durante los minutos anteriores debido a los nervios.

El lugar a su alrededor estaba perfectamente ordenado y limpio. Todo estaba organizado con una precisión impecable... pero aquello hizo que se pusiera aún más nerviosa en lugar de tranquilizarla.

La secretaria la recibió con una ligera sonrisa mientras sostenía unos archivos con una mano y mantenía la otra sobre su vientre abultado.

—Yo... quiero ver al señor Mazen.

—¿Tiene una cita previa, señora?

Sus dedos se tensaron alrededor del bolso que llevaba colgado del hombro mientras negaba con la cabeza.

—No... No tengo cita, pero solo dígale que estoy aquí por un asunto urgente.

La secretaria le dedicó un breve asentimiento y se marchó con pasos relativamente lentos.

Asia notó la hinchazón en la parte inferior de sus pies. Comenzó a respirar... inhalando y luego exhalando... y después empezó a contar los números, tal como hacía cuando era pequeña.

—Adelante.

Se obligó a moverse, llamó suavemente a la puerta y dio un paso vacilante. El intenso frío del aire acondicionado dentro de la habitación la hizo estremecerse.

Mazen estaba ocupado con la tableta que tenía delante. Se había remangado, dejando al descubierto sus fuertes antebrazos. Levantó la cabeza y la miró con una expresión neutral, completamente normal.

Ella permaneció frente a él. Cerró los ojos durante un segundo y luego se presentó con una voz que apenas podía escucharse:

—Yo... soy Asia Munther.

Sus dedos se tensaron alrededor del bolígrafo y su expresión cambió, adoptando una hostilidad evidente, lo que aumentó aún más su nerviosismo. Luego ella observó sus facciones mientras estas volvían a adoptar poco a poco su expresión habitual.

Mazen permaneció mirándola atentamente, con la mirada de un hombre que sabía cómo evaluar a quienes lo rodeaban gracias a sus años de experiencia. Dos días antes, una pequeña parte de sus pensamientos había estado ocupada por la imagen de ella.

En su imaginación era diferente... Se había formado la imagen de una mujer oportunista que sabía muy bien cómo aprovecharse de los demás, basándose en la información que había recibido.

Con un breve gesto de la mano, le indicó en silencio que se sentara frente a él.

La mujer sentada frente a él no se parecía en absoluto a ninguna de las imágenes que había formado sobre ella.

Parecía mucho más joven de lo que había imaginado, y también más frágil. Estaba notablemente pálida; sus dedos se aferraban con tensión al bolso, sus hombros estaban rígidos y sus ojos... Esos ojos en particular lo desconcertaron.

No había en ellos el desafío que esperaba.

Ni descaro.

Ni una confianza excesiva.

Sino algo diferente, algo mucho más cercano al miedo verdadero... un miedo que no podía fingirse.

—¿Cuánto quieres?

Como no le gustaba descubrir que se había equivocado al juzgar a alguien, parecía buscar algo que demostrara que aquella mirada nerviosa no era más que una actuación bien elaborada.

Asia parpadeó durante unos segundos, sorprendida. Había esperado su rudeza, pero aquello la tomó por sorpresa.

—¿Perdón?

—Dime la cantidad de dinero por la que has venido.

Ella tartamudeó:

—Yo no... No quiero dinero.

Estaba a punto de decir algo, pero la entrada inesperada de la secretaria lo interrumpió. Entró sin pedir permiso y habló con evidente nerviosismo:

—Señor... El estado de salud de la señora Reem ha empeorado. El médico está de camino hacia ella. La empleada me informó de ello después de no poder comunicarse con usted.

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