LOGINLa lista llegó al mediodía siguiente.Damien la dejó sobre la mesa del comedor como quien deposita un arma. No era un documento limpio ni breve. Eran diecisiete páginas con nombres, fechas, empresas absorbidas, litigios enterrados y anotaciones a mano sobre personas que, en algún momento de la última década, habían tenido motivos de sobra para odiar a los Blackwood.Valeria se sentó frente a las hojas sin esperar a que nadie le diera permiso. Alessandro se colocó a su derecha; Lucas, a su izquierda. Rosa se había llevado a los trillizos al piso de arriba después del almuerzo, y la casa, por una vez, parecía contenida en ese silencio de trabajo tenso.—Empiezo por las mujeres —dijo Valeria, pasando la primera página—. Si Serena opera con tanta precisión, no es alguien que apareció ayer. Alguien así arrastra una herida antigua.Damien asintió.—Hay tres perfiles que destacan. Una exdirectora financiera de una filial en Milán que fue apartada tras una fusión agresiva. Una abogada de Gine
Valeria se enteró del auto al amanecer.Alessandro no se lo ocultó. Se sentó en el borde de la cama cuando ella todavía tenía los ojos entrecerrados por el poco sueño y le contó, con voz calmada pero sin suavizar los hechos, que durante la noche un vehículo sin identificación clara se había estacionado dos calles más abajo. Cuarenta minutos. Sin que nadie bajara. Sin fotos detectadas. Solo la presencia.—Nos estaban mirando —concluyó él.Valeria se incorporó despacio. No hubo el golpe de pánico de semanas atrás. Hubo algo más frío. Más denso. Se pasó las manos por el rostro, se levantó y caminó hasta la cuna donde Anastasia dormía con un bracito doblado bajo la mejilla. Liam y Ethan respiraban con esa profundidad pesada de los bebés que por fin han cedido al cansancio.—Quieren que lo sepamos —dijo en voz baja—. Si hubieran querido pasar desapercibidos, no se habrían quedado tanto tiempo.Alessandro se acercó y se detuvo a su lado.—Eso pensamos también. Es una forma de presión. Recor
La pérdida de Camila no se sintió como una derrota inmediata en el piso de San Lorenzo. Se sintió como un silencio incómodo.Serena Varela estaba sentada frente a la mesa, con las manos cruzadas y la mirada fija en un mapa de Roma marcado con puntos que ya no servían. Alexander caminaba detrás de ella como una sombra inquieta, incapaz de quedarse quieto más de diez segundos.—Dijiste que la teníamos —replicó él por tercera vez—. Dijiste que solo necesitaba un empujón más.—Y lo tenía —respondió Serena sin girarse—. Hasta que alguien intervino. Valeria, probablemente. O Damien. O los dos. El caso es que la grieta interna se cerró. Llorar por ella no la vuelve a abrir.Alexander se detuvo y golpeó el respaldo de una silla.—Entonces inventa otra. O dejamos de jugar a la paciencia. Quiero que Valeria sienta que puede perder algo real. No un sonajero. No un mensaje. Algo que la obligue a salir de esa maldita casa.Serena levantó la vista con lentitud. Sus ojos estaban fríos, pero había un
La sala privada del hotel se había convertido en un espacio de confesión tensa.Camila hablaba con la voz entrecortada, sin mirar a nadie a los ojos durante los primeros minutos. Tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre la mesa, como si así pudiera impedir que temblaran. Damien permanecía de pie junto a la ventana, demasiado quieto. Alessandro no se había separado de Valeria ni un centímetro. Y Valeria, por primera vez en semanas, no parecía a punto de romperse. Escuchaba. Evaluaba. Decidía.—Empezó con mensajes anónimos —dijo Camila—. Al principio solo insinuaciones. Que Elena no era quien decía ser. Que había trillizos. Que Alexander Blackwood los buscaba. Yo… yo estaba enfadada. Sentía que me dejaban fuera. Que Damien me protegía tratándome como si no pudiera manejar la verdad. Así que respondí.Damien cerró los ojos un segundo, pero no la interrumpió.—Después me citó. La mujer. Se hizo llamar S. Cabello negro corto, muy controlada. Me dijo que se llamaba Serena, aunque no sé
Damien Cross no había dormido en dos noches.Se miraba en el espejo del baño de su apartamento y apenas se reconocía. Las ojeras eran profundas. La mandíbula permanecía tensa incluso cuando intentaba relajarla. Y en el centro de todo estaba ella: Camila.No era solo una colaboradora. No era solo una mujer brillante y ambiciosa a la que había traído a Roma por su talento. Damien llevaba meses sintiendo algo más. Algo que nunca se había atrevido a nombrar del todo. La forma en que ella discutía los números, la forma en que se negaba a bajar la mirada cuando alguien la desafiaba, la forma en que sonreía cuando creía que nadie la veía… todo eso se le había metido debajo de la piel.Y ahora esa misma mujer estaba convirtiéndose en una grieta. En una posible amenaza. En alguien que pasaba información a la persona que quería destruir a Valeria y a los trillizos.Damien se pasó las manos por el rostro.—Maldita sea, Camila… —susurró al vacío.Había intentado protegerla. La había suspendido pa
Camila no respondió al mensaje de Serena durante todo el día.Se levantó, preparó café que no bebió y caminó de un lado a otro del apartamento como un animal enjaulado. El pedido era simple: un nombre. Solo un nombre del personal de seguridad que rotaba por las mañanas. Nada más. A cambio, Serena le prometía la verdad que Damien nunca le daría.Pero cada vez que tomaba el teléfono, la imagen de los trillizos se le cruzaba en la mente. No los conocía. Nunca los había tenido en brazos. Y sin embargo, la idea de que su información pudiera acercar a Alexander Blackwood a esos niños le provocaba una náusea real.A media tarde escribió el mensaje.Lo borró.Lo volvió a escribir.“No. Ya no quiero saber nada más.”Lo miró durante casi un minuto. Luego lo borró otra vez.Al final, no envió nada. Tampoco bloqueó el número. Se limitó a apagar el teléfono y a dejarlo dentro de un cajón, como si así pudiera apagar también la decisión que no se atrevía a tomar.~~~En la casa de Alessandro, el sil







