Mi ex me consiguió un esposo

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By:  JensenUpdated just now
Language: Spanish
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La amante apareció embarazada en casa de Luna Lozano y le exigió que le dejara su lugar como esposa. Solo entonces Luna descubrió que su esposo, Jorge Navarro, con quien había crecido y llevaba tres años casada, la había traicionado. Los guardaespaldas la obligaron a arrodillarse frente a él. Él la agarró del cuello y la obligó a firmar el convenio de divorcio. —Solo estaremos divorciados por un tiempo. Mi bebé no puede nacer fuera del matrimonio. Cuando nos volvamos a casar, tú serás su madre. De todos modos, no puedes tener hijos. Mientras estemos divorciados, no voy a tocarte, pero tampoco voy a dejarte sin compañía. Él llevó a más de diez hombres a la villa. —Los elegí pensando en tus gustos. ¡Diviértete! Estaba convencido de que Luna, incapaz de tolerar una traición amorosa, preferiría morir antes que permitir que otro hombre la tocara. Lo que no sabía era que Violeta Solís ya había encendido incienso mezclado con un afrodisíaco e instalado cámaras por toda la casa, mientras los medios de comunicación esperaban afuera. ¡Al día siguiente, los videos ya circulaban por todas las redes! En uno de ellos, Luna aparecía sentada a horcajadas sobre un hombre, jalándolo de la corbata y besándolo con desesperación. *** Después de aquella noche desenfrenada, Luna descubrió que el hombre al que había provocado era nada menos que Pablo Fuentes, el cabeza de la familia Fuentes. Según los rumores, tenía un carácter terrible y no podía tener hijos. Casarse con él sería una condena: ¡tendría que resignarse a vivir sin intimidad conyugal! Luna quiso escapar, pero Pablo se empeñó en mantenerla a su lado y hacer que reconociera públicamente su relación. Todavía le dolía la cintura cuando lo vio desabotonarse la camisa y acercarse de nuevo. Se le puso la piel de gallina. ¿Quién demonios había dicho que él no podía? Tiempo después, Jorge, consumido por el arrepentimiento, se arrodilló ante Luna y le suplicó que volviera con él. —Los dos fuimos infieles. ¡Ya estamos a mano! Voy a cortar toda relación con ella y criar a tu bebé como si fuera mío. Volvamos a casarnos... —¿Quieres quitarme a mi mujer? ¡Ni lo sueñes! Pablo estaba recargado en el marco de la puerta, cuchillo en mano, con una sonrisa que helaba la sangre. Aunque no lo matara, por lo menos lo dejaría hecho pedazos. ¡Si quería casarse con Luna, no iba a dejar que Jorge se la quitara! Luna sonrió y besó a Pablo. —Jorge, yo tengo pésimo gusto para escoger hombres, pero tú sí que tienes buen ojo. ¡Mira nada más! Es guapo, tiene dinero y sabe consentirme de maravilla. Pablo se sintió orgulloso, aunque no lo demostró. ¡Tanto esfuerzo por complacerla día y noche había valido la pena!

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Chapter 1

Capítulo 1

—Solo nos vamos a divorciar por un tiempo. ¡Firma el convenio!

Luna acababa de entrar a la casa cuando escuchó la voz de Jorge.

Volteó hacia él.

Su esposo, que llevaba más de medio año sin volver a casa, estaba recargado en el sofá, abrazando a una mujer embarazada.

Jugueteaba con un cigarro apagado entre los dedos.

La sala estaba llena de guardaespaldas.

Sobre la mesa descansaba el convenio de divorcio que él acababa de arrojar.

—Violeta está embarazada. Mi hijo no puede nacer fuera del matrimonio. Cuando ella dé a luz, volveremos a casarnos.

Luna se quedó en blanco.

Miró a Violeta, sentada junto a él, y luego bajó la mirada hacia su vientre apenas abultado.

¿Jorge quería divorciarse de ella, casarse con Violeta para que el bebé naciera dentro del matrimonio y luego volver a casarse con Luna?

Lo decía como si le estuviera haciendo un gran favor.

Como Luna no decía nada, Jorge se levantó y se acercó a ella con una expresión burlona.

—Cuando volvamos a casarnos, tú serás la madre del niño y te encargarás de criarlo. De todos modos, no puedes tener hijos.

Luna lo miró a los ojos.

La última frase comenzó a repetirse en su cabeza sin que pudiera evitarlo.

Sintió como si le hubieran clavado un cuchillo en el corazón y el dolor se extendió por todo su cuerpo.

No toleraba las traiciones amorosas.

Mucho menos iba a criar al bebé que su esposo esperaba con su amante.

En ese momento, con solo verlo, sentía tanto asco que temblaba.

Pero estaba en deuda con él.

Tres años atrás, Luna y Jorge se habían casado en el Registro Civil el día de su cumpleaños.

Berenice, la madre de Jorge, y Macarena, su abuela, habían reservado todo el restaurante de un crucero para celebrarlo.

Lo que debía ser una sorpresa terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Las tres fueron secuestradas.

Berenice y Macarena arriesgaron sus vidas para ayudar a Luna a escapar, pero el crucero explotó y no quedó ni rastro de ellas.

Después de aquello, Luna no supo cómo enfrentar a la familia Navarro, mucho menos a Jorge.

No podía dejarlo ir, pero tampoco tenía el valor de mirarlo a los ojos.

Ezequiel Navarro, el abuelo de Jorge, nunca la culpó.

Siguió tratándola con cariño y comprensión, lo que solo aumentó su culpa.

Por eso había cuidado de Jorge sin escatimar esfuerzos, intentando compensarlo por lo ocurrido.

En la alta sociedad de Nueva Castilla, todos decían que Luna era como una sirvienta leal a Jorge: siempre a su lado, dócil y sin carácter.

Luna apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

El dolor le despejó la mente después de tres años de confusión.

Si él quería buscar su felicidad, ella lo dejaría ir.

Aceptaría divorciarse.

Incluso estaría dispuesta a cuidar de Violeta y ayudarlos con el niño, pero no mientras siguiera casada con Jorge.

Ese era su límite.

—Puedo...

Estaba a punto de aceptar el divorcio y dejar claro que jamás volvería a casarse con él cuando Violeta la interrumpió.

Violeta se arrodilló frente a Luna, se aferró a su falda y comenzó a suplicarle entre lágrimas.

—Luna, no peleen. De verdad no quiero separarlos. Solo quiero que mi bebé nazca dentro del matrimonio. No culpes a Jorge. Desquítate conmigo. Yo fui quien lo sedujo. Te lo ruego, préstamelo por seis meses. Cuando nazca, te prometo que desapareceré de sus vidas para siempre.

Su reacción tomó por sorpresa a los dos.

Jorge se apresuró a levantarla.

—¿Por qué te arrodillas ante ella? ¡No merece eso!

—Los dos le fallamos a Luna. Si así puedo dar a luz a nuestro bebé sin problemas, estoy dispuesta a quedarme de rodillas aunque termine con las piernas destrozadas.

Luna observó a Violeta, acurrucada en los brazos de Jorge, con el rostro lleno de lágrimas y aquella expresión de fragilidad tan bien fingida.

Nunca se había sentido tan miserable.

Cualquiera que los viera tan enamorados pensaría que Luna era la que se había metido en el matrimonio de ellos.

Su voz sonó extrañamente serena.

—No hace falta. Dame una pluma. Voy a firmar el convenio.

Jorge no esperaba que Luna aceptara divorciarse, mucho menos con tanta facilidad.

Por alguna razón, eso le molestó.

¿Por qué no armaba un escándalo? ¿Acaso tenía tantas ganas de dejarlo?

Él soltó a Violeta y volvió a acercarse a Luna.

Apretó el cigarro entre los dedos y luego lo tiró al bote de basura.

Le apretó la barbilla con tanta fuerza que parecía que se la iba a romper.

—¿Ya encontraste a otro hombre? ¿Por eso aceptaste tan rápido?

Luna lo miró y se limitó a repetir:

—Voy a firmar el convenio de divorcio.

Jorge apretó los dientes.

¿Cómo podía decirlo con tanta calma?

—Jorge, nuestro bebé tiene hambre. ¿Podemos comer primero?

Violeta se pegó a él.

Solo entonces Jorge pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Soltó a Luna de golpe, como si hubiera tocado algo sucio.

Su piel era tan blanca que las marcas rojas de los dedos aparecieron de inmediato.

Jorge apartó la mirada.

—Está bien. Primero comamos.

Al dirigirse a Violeta, su voz se suavizó.

Ella se aferró a su brazo y miró a Luna con una sonrisa.

—Jorge siempre dice que no hay nada más importante que comer. Vamos a comer algo y después seguimos hablando.

Sin hacerle más caso a Luna, se fue con Jorge al comedor.

Luna los vio alejarse, pegados el uno al otro, mientras las uñas se le clavaban en las palmas.

Sentía como si le hubieran arrancado un pedazo del corazón.

Por un momento no supo si seguirlos o subir a su habitación.

—Luna, ven con nosotros. Podemos platicar mientras comemos.

Violeta sonreía, pero había algo en su expresión que inquietaba a Luna sin que supiera por qué.

Con la relación que tenían ahora, no tenía sentido sentarse a la misma mesa.

—Voy a subir. Avísenme cuando terminen.

La docilidad de Luna puso de buen humor a Violeta.

Sin embargo, todavía faltaba lo mejor y no pensaba dejarla ir tan fácilmente.

Miró a Jorge con los ojos llorosos y expresión dolida, como si quisiera decir algo, pero no se atreviera.

El rostro de él se ensombreció.

—Te están llamando a comer. ¿No entiendes?

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