LOGINLa tarde había caído sobre la mansión, y el sol se filtraba por los ventanales del salón, tiñendo las paredes de tonos dorados y rosados. Mateo estaba en el suelo, con Leo encima de su espalda, fingiendo ser un caballo desbocado que galopaba por las llanuras de un reino imaginario. Leo reía a carcajadas, con las manos aferradas al cuello de su padre y las piernas alrededor de su cintura.—¡Más rápido, papá! ¡Más rápido! ¡El dragón nos persigue!Mateo aceleró el paso, y Leo soltó un grito de alegría que resonó en toda la casa. Victoria los observaba desde el sofá, con una sonrisa en los labios y una taza de té entre las manos. Álex estaba sentado a su lado, con una expresión de asombro que no podía ocultar.—Es increíble —dijo Álex, con voz suave—. Nunca lo había visto así. Tan... feliz.—Mateo es un buen padre —respondió Victoria, con una sonrisa—. Y Leo lo adora. No hay nada que lo haga más feliz que pasar tiempo con él.—Se nota. Y tú... tú también te ves feliz. Diferente. Más tranq
La mañana amaneció con un cielo despejado y un sol que prometía un día largo. Mateo abrió los ojos lentamente, sintiendo que el sueño se desvanecía como una niebla. Por un momento, no recordó dónde estaba. Solo sentía el calor de unas sábanas limpias, el aroma a café recién hecho y el silencio tranquilo de un apartamento que no era el suyo. Giró la cabeza y vio a Álex, que ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama con una taza de café entre las manos y la mirada perdida en la ventana.—Buenos días —dijo Mateo, con voz ronca.Álex se giró, y una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios.—Buenos días. ¿Dormiste bien?—Mejor que en el hotel. Este apartamento es muy cómodo. —Es gracias a ti. Tú lo elegiste. Tú lo pagaste. Todo es gracias a ti.Mateo se incorporó y se estiró, sintiendo que los músculos le dolían ligeramente por la noche en un colchón distinto. Se levantó, caminó hacia la cocina y se sirvió una taza de café. El apartamento era luminoso y acogedor, con ventanales
La mañana en el hotel amaneció con un cielo gris y una lluvia fina que golpeaba suavemente los ventanales. Mateo se levantó temprano, se duchó con agua fría y se vistió con ropa cómoda, sin traje, sin corbata. No era un día para negocios. Era un día para la familia. Guardó sus cosas en la maleta, tomó el teléfono y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de que pudiera abrirla, escuchó un golpe suave.Se detuvo, y una sombra de fastidio cruzó su rostro. Sabía quién era. Lo sabía antes de abrir. Y cuando la puerta se abrió, allí estaba Angela, con un vestido de viaje impecable y una sonrisa que pretendía ser encantadora.—Buenos días, Mateo —dijo, con voz suave—. ¿Listo para volver a casa?—Buenos días —respondió él, con voz fría—. Sí. Pero no voy a volar aún. Tengo algo pendiente.Angela arqueó una ceja, y en sus ojos verdes brilló una chispa de curiosidad.—¿Algo pendiente? ¿Qué clase de algo pendiente?—Es personal. No te incumbe.—Vamos, Mateo. No seas así. Después de todo lo que he
Angela cerró la puerta de su habitación con un golpe tan fuerte que el eco resonó en todo el pasillo. Su rostro, normalmente calculador y sereno, estaba enrojecido por la rabia. Sus manos temblaban mientras se quitaba el vestido y lo lanzaba contra la pared. Nadie la había rechazado nunca. Nadie había tenido el descaro de mirarla con frialdad y decirle que no. Ni siquiera los hombres más poderosos, los más ricos, los más guapos, se habían resistido a sus encantos. Pero Mateo Beltrán lo había hecho. Y eso, para Angela, era una afrenta imperdonable.—¿Quién se cree que es? —murmuró, caminando de un lado a otro de la habitación—. ¿Quién se cree que es para rechazarme a mí? ¿A mí?Se detuvo frente al espejo y se miró. Su cuerpo era perfecto. Su rostro era hermoso. Su cabello era sedoso. Tenía todo lo que un hombre podía desear. Y sin embargo, Mateo la había mirado como si no valiera nada. Como si no fuera más que un insecto. Como si su belleza no significara nada para él.—Me las va a pag
Al día siguiente, las reuniones comenzaron temprano. La sala de juntas de la empresa extranjera era amplia, con una mesa de caoba que dominaba el centro y ventanales que mostraban la ciudad a sus pies. La luz de la mañana entraba a raudales, y el aroma a café recién hecho flotaba en el aire. Mateo se sentó en un extremo, con su carpeta de documentos y el rostro impasible. Angela se sentó frente a él, con un traje de chaqueta gris que le daba un aire de autoridad, pero con una falda lo suficientemente corta como para dejar ver sus piernas.—Bien —dijo Mateo, abriendo la carpeta—. Revisemos los términos de la implementación. La primera fase de la colaboración debe estar lista en un plazo de tres meses. Necesito saber cuáles son los recursos que su empresa va a aportar.Angela asintió, y por un momento, su rostro se volvió serio, profesional. Se inclinó hacia los documentos y comenzó a hablar de cifras, de plazos, de logística. Hablaron de la construcción de nuevas sucursales, de la cont
Las semanas siguientes transcurrieron en una calma que Victoria no se atrevía a llamar paz. La empresa marchaba viento en popa, los proyectos avanzaban y Leo estaba feliz, correteando por la casa con sus juguetes y sus risas. Mateo iba a la oficina cada mañana y volvía cada tarde con una sonrisa que no podía ocultar, y Victoria, aunque no lo admitía, empezaba a sentirse segura. Casi en casa.Hasta que una mañana, Mateo llegó con una notificación en el teléfono y el ceño ligeramente fruncido. Victoria estaba en la cocina, preparando el desayuno, y al ver su expresión, supo que algo pasaba.—¿Qué ocurre? —preguntó, dejando la espátula a un lado.Mateo se sentó en la mesa y le mostró la pantalla.—La empresa extranjera solicita una visita a sus oficinas centrales. Quie







