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Capítulo 2

last update publish date: 2022-12-28 23:13:04

Sylvie está inmersa en su estudio, con los audífonos puestos para evitar que cualquier ruido la interrumpa, es por eso por lo que no puede oír el ajetreo en la casa para preparar la cena con los Moreau. Mueve el lápiz al ritmo de aquella canción que le parece casi un himno de vida mientras lee los apuntes de la clase y trata de encajarlos en toda aquella información para el examen, es por eso por lo que no se da cuenta cuando su madre entra, solo se da cuenta de su presencia cuando se para a su lado.

—Madre… —interrumpe su pregunta cuando ve que tiene un funda entre sus mano y una sonrisa que podría derretir cualquier hielo, se quita los audífonos y le pregunta—. ¿Y eso?

—Es tu vestido para esta noche, tu padre quiere que te veas hermosa, porque ha cerrado un trato para comenzar las exportaciones y como futura CEO de la empresa, quiere que des una buena impresión.

—Claro… déjalo sobre la cama —dice ella sin mayor emoción y regresa a sus estudios, pero su madre la detiene.

—¿No quieres verlo?

—Madre, tienes buen gusto y sabes cuáles son los míos, si es de uno de los colores que suelo usar, no tendré problema.

Sylvie tiene ropa de color negr0 en su mayoría, pero también azul marino, marrón, gris y un par de prendas blancas. Odia todo lo que la haga ver como una princesa, así que todos los matices de rosado, colores pasteles, amarillo y morado, están vetados de su guardarropa.

Y por la expresión de su madre, es evidente que el color del vestido es de los rechazados.

—No me digas que es…

—¡Sí, es rosa! —le dice su madre bajando el cierre del vestido.

—Madre, el vestido es hermoso, el corte, la forma, los detalles, realmente elegante… pero lo fulminaste con el color.

—Vamos, Sylvie, solo por esta vez, no te he visto con este color desde que tienes nueve años.

—Sí, porque no me gusta, sabes que no… Madre, ese color no combina en los viñedos, en las bodegas, es sucio, un simple roce con algo y se gana una mancha.

—No puedes vestirte así para toda la vida —la regaña ella, pero Sylvie se ríe.

—Madre, quien tenga que verme tendrá que acostumbrarse y si no lo hace, me da lo mismo. Pero no te afanes por buscar otro, tengo un vestido que puedo usar.

—¿El rojo?

—¡Claro que no! Es un socio, un trato cerrado, será uno gris precioso…

—¡No, será este y no se diga más!

Sylvie cierra los ojos, se gira a su escritorio y se coloca los audífonos a todo volumen. Qué más dice su madre, no tiene idea, pero decide que algo se le ocurrirá para hacerla entender que no lleva rosa por una buena razón.

Mientras, en la mansión de los Moreau, Blanca le ayuda a Ilhan a acomodarse la corbata y el pañuelo. Para el joven es la muerte misma, pero sabe que encontrará la forma de escapar de ese matrimonio arreglado, porque sabe que ninguna de las mujeres de alta sociedad querrá casarse con él por su reputación, peor aún si saben que es dueño de centros nocturnos.

—No veo por qué mi padre quiere deshacerse de mí, a veces pienso que no soy su hijo.

—Pero lo eres, solo quiere lo mejor para ti, mi amor.

—No entiendo nada, tú me apoyas, quieres que sea feliz con lo que hago, en cambio él…

—Creció con una familia estricta y eso es lo que aprendió de ser padre, pero un día tú serás padre y podrás criar a tus hijos como quieras.

Le deja un beso en la mejilla, se para a su lado y miran el espejo, en donde la expresión sombría de Ilhan opaca un poco aquella imagen de magnífico gusto.

Para las seis de la tarde, Blanca vuelve a entrar al cuarto de Sylvie, no puede ocultar su sorpresa cuando ve a su hija ataviada con el vestido que dejó para ella. Sonríe y da pequeños aplausos, mientras Sylvie se mantiene seria frente al espejo.

—No celebres, madre, bien sabes que esto no me gusta para nada.

—Pero lo estás usando y eso para mí es más que suficiente, te ves realmente hermosa, de tu edad, radiante…

—Vendible —gruñe Sylvie y por un segundo logra ver la palidez de su madre, se voltea rápidamente y se pone de pie—. ¡¿Es eso?! ¡¿Vas a venderme?!

—¡No, claro que no! Te dije que es un nuevo socio de tu padre y sabes que a él le gusta cerrar sus tratos de esta manera.

—Sí… —sisea Sylvie, entrecerrando sus ojos—. Pero eso suele hacerlo en un restaurante.

—Pero no se ha sentido bien, no quiso salir de casa.

La chica sabe que su madre le está mintiendo de forma descarada, pero llegado el momento hará saber su opinión, ya no piensa seguir siendo la hija perfecta que dice sí a todo.

A las siete treinta Adrien pasa por su hija, al verla sonríe, a hace girar y ella de mala gana acepta hacerlo, pero termina sonriendo como su padre.

—Solo por esa cara de felicidad me aguantaré este vestido.

—¿No te gusta?

—El color, padre…

—Si no quieres usarlo, no tienes que hacerlo, querida, ¿quieres que te dé unos minutos para que te pongas el que deseas?

—No, los invitados ya están por llegar y no quiero hacerlos esperar, no es correcto.

—Entonces vamos, pero recuerda que en cualquier momento puedes hacerlo, quiero que te sientas cómoda.

Sylvie asiente, se engancha del brazo de su padre y bajan a la sala, en donde esperan a que lleguen los invitados. Blanca tapa en recomendaciones a Sylvie para que se comporte adecuadamente, hasta que anuncian la llegada de los invitados, la mujer se pone de pie de inmediato y se para allí como estatua para dar la bienvenida.

Padre e hija se miran levantando una ceja y contienen la risa, porque no puede ser más obvia en cuanto a las razones para la cena. El primero en saludar es Orson, quien besa la mano de Blanca y luego la de Sylvie, Renée entra con cierta timidez impropia de una mujer de su edad y estatus social, pero saluda con un beso en cada mejilla a las mujeres y luego le extiende la mano a Adrien.

Por último, entra Ilhan, quien saluda a Blanca con un beso en la mano, luego a Adrien y cuando se gira a saludar a Sylvie la mira con expresión neutra, hasta que le sale la voz ronca.

—Buenas noches, señorita Durand.

—Buenas noches, señor Moreau.

No hay beso en la mano ni nada. Solo una leve inclinación de la cabeza y listo.

Decir que hubo chispas, electricidad, magnetismo o algo parecido sería mentira, pero sí un profundo sentimiento de rechazo, en especial porque aquella chiquilla era tal como todas, aparentado ser la princesa vestida de rosa.

—Bienvenidos, ¿les ofrezco algo de beber? —dice Blanca y todos piden algo.

Sylvie se acerca a su padre y le susurra algo en el oído, para luego salir de allí con rapidez dejando a su padre escondiendo su risa divertida tras el vaso con limonada.

Comienzan a hablar la casa, de trabajo y Sylvie llega para cuando están hablando de las carreras de sus hijos. Esta vez Ilhan tiene que hacer un esfuerzo enorme para no caer ante la tentación de dejar caer la baba, porque aquel vestido negro que Sylvie lleva le resalta cada curva.

Blanca la mira con cara de asesina, pero no dice nada para no incomodar a los invitados. Una de las chicas del servicio les dice que está listo y se apresuran a pasar al comedor.

—Mi hija es la mejor de la clase, siempre lo ha sido —dice Blanca con evidente orgullo—. Nuestra Sylvie siempre ha sido un ejemplo que seguir, tal vez por eso no tiene amigas, porque el éxito siempre es motivo de rechazo y envidia.

—Ilhan salió con honores de la escuela, pero no quiso estudiar de inmediato, aunque espero el próximo año pueda hacerlo —dice Orson y eso suena claramente a una amenaza.

—Y usted, señora Moreau, ¿tiene alguna afición?

—De hecho s… —intenta decir ella con una sonrisa, pero Orson la interrumpe.

—No, Renée solo es ama de casa.

—Disculpe, señor Moreau —dice Sylvie, dejando la servilleta con molestia sobre su regazo y sin quitarle la vista a Orson—. Pero su esposa quería decir que sí y yo quiero oírla —Blanca da un respingo, le aprieta la pierna para su hija no se ponga quisquillosa con los invitados, pero ella ni se inmuta.

Orson trata de no hacer una muestra de desprecio, Renée se pone nerviosa, mientas que Ilhan se queda mirando a Sylvie con intensidad, sus ojos se oscurecen y siente que tal vez la primera impresión no era la correcta.

—Señora Moreau, ¿podría contarme?

—Me gusta la jardinería, puede parecer algo sencillo e insignificante, pero… —se calla y Sylvie sonríe.

—La verdad, es una afición magnífica —dice la joven con sinceridad y un brillo en los ojos—. Aunque mi especialidad es un poco diferente, nos parecemos un poco en algo, y es que ambas queremos que nuestras plantas crezcan, se nutran y den lo que tienen para ofrecernos.

La mujer sonríe y siente que por primera vez alguien valora lo que ella hace. Sylvie toma la copa de agua y le dedica una mirada fugaz a Ilhan, quien no deja de mirarla.

Llega la entrada, desviando la conversación a otros asuntos, en los que Orson y Adrien predominan, Sylvie no levanta la mirada de su plato, no quiere hacer contacto visual con nadie, está realmente molesta porque aquel hombre le parece desagradable, con rasgos misóginos y machistas de los que a ella le apestan. Y su hijo, parece que va por el mismo camino.

Hasta que un comentario de Orson la saca de su silencio y levanta la mirada.

—Yo no tengo mujeres en mi empresa, son muy complicadas, sentimentales y en esto debes mantener la cabeza fría, concentrado en lo que haces…

—Gracias a Dios que las mujeres son mejores en la cosecha de la uva, porque son más delicadas en el trato con la fruta —dice Sylvie y bebe un poco de agua—. No quisiera imaginar lo que podría pasar si solo los hombres se hicieran cargo de esa labor.

Tras eso, cambian de tema, pero Adrien no deja de sentirse orgulloso del carácter de su hija. Antes de servir el postre, Adrien mira a Orson y se pone de pie.

—Quisiera hacer un brindis por nuestra sociedad, por la oportunidad que esto traerá a ambas familias a través de sus empresas. Pero también, quiero brindar por la unión de nuestras familias, no solo por ese acuerdo comercial, sino por el matrimonio de nuestros hijos.

—¿Qué? —pregunta Sylvie en un susurro e Ilhan frunce el ceño, mira a Sylvie y los dos se ponen de pie dando un golpe en la mesa, gritando al mismo tiempo a todo pulmón.

—¡Ni en sus sueños!

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Comments (1)
goodnovel comment avatar
Izol Hrndz Padilla
me encanta el caracter de Sylvie..
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