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2: SUEÑOS DESTROZADOS

last update Fecha de publicación: 2026-08-28 21:32:04

—¡No! —grité, sin poder creer lo que estaba viendo.

El gesto de mi padre fue tan rápido que ni siquiera me dio tiempo de reaccionar. Cuando quise darme cuenta, ya había hecho pedazos el documento y los había tirado al suelo.

—¡Mañana mismo vas a buscar un trabajo de verdad, Fabiane! —continuó—. ¡No eres mejor que tus hermanos y nunca lo serás!

Después de decir eso, escupió en el suelo y salió de allí, dirigiéndose hacia la puerta de la calle.

Miré cada pedazo de papel esparcido por el suelo y todo comenzó a verse borroso. Mis ojos se llenaron de lágrimas al sentir que mi sueño de cambiar de vida estaba ahora hecho pedazos en el suelo de la sala.

—Fabi, cálmate.

Mi madre intentaba tranquilizarme mientras yo seguía mirando los pedazos de papel rasgados en el suelo, sin poder creer que todo aquello estuviera sucediendo.

—¿Cómo quieres que me calme si mi padre acaba de destruir mi sueño?

—Él no ha destruido nada, Fabi. Puedes pedirle perfectamente a Talita que imprima otra copia de ese papel.

—¡No, no puedo!

Estaba tan nerviosa que terminé gritándole a mi madre.

—¡Este era un documento único, ¿no lo entiendes?! ¡No puedo imprimir otra copia!

Cuando mi madre comprendió realmente la gravedad de la situación, abrió los ojos de par en par. Aquello me dolió en el alma, pero estaba demasiado nerviosa como para decir algo.

—Puedes explicar lo que pasó, quizá hagan una excepción —sugirió.

—¿De verdad crees que a esas personas les importan los problemas personales de una simple candidata, mamá? —grité—. No quieren saber nada de eso. Lo que va a pasar es muy sencillo: me descartarán y le darán la plaza a otra persona.

Sin decir nada, mi madre se arrodilló y comenzó a recoger los pedazos de papel esparcidos por el suelo. Yo sabía lo que estaba sintiendo. Aunque no tenía ninguna culpa, cargaba sobre sus hombros con la responsabilidad de lo que acababa de ocurrir.

—Perdóname, hija, fue culpa mía.

Por más enfadada que estuviera en aquel momento, sabía que no podía culparla por los errores de mi padre borracho.

—No, no lo fue —dije, sentándome en el suelo a su lado y respirando profundamente—. Tal vez esto solo sea una señal de que no estaba destinado a suceder.

—No digas eso, Fabi.

—Mira —toqué su mano—. Dejemos esto a un lado. Ya no tiene solución, así de simple.

Sin decir nada más, me levanté y fui hacia mi habitación. Sentía una opresión en el pecho y, en aquel momento, lo único que quería era llorar, pero no quería hacerlo delante de mi madre.

Quería pensar en positivo y recordar que podría volver a intentarlo el año siguiente, pero sentía seriamente que la suerte no llamaría a mi puerta por segunda vez.

Aquel era el final… Mi sueño se había hecho pedazos junto con aquel papel.

[…]

Cuando desperté por la mañana, sentí un fuerte olor a perfume en la habitación. Abrí los ojos y vi a mi hermana Viviane acostada en la cama de al lado, con todo su intenso maquillaje corrido. Siempre que la veía en aquella situación, se me encogía el corazón, pero ella era el tipo de persona a la que no le gustaba escuchar consejos. Mi hermana había elegido un camino completamente equivocado, seducida por la promesa de dinero fácil. Sin embargo, con cada día que pasaba, se destruía un poco más.

Sin hacer ruido, salí de la habitación y fui directamente a la cocina. Cuando llegué allí, vi a mi madre concentrada en algo. Me acerqué en silencio para ver de qué se trataba y, cuando vi que estaba pegando con cinta adhesiva, pedazo por pedazo, el papel que mi padre había roto la noche anterior, tragué saliva.

Sabía que se sentía culpable por lo sucedido, pero no imaginaba que haría todo aquello para intentar reparar un error que no era suyo.

Cuando notó mi presencia, dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y me miró con una sonrisa cansada en el rostro.

—Buenos días, Fabi.

—¿Qué estás haciendo, mamá?

—Estoy arreglando esto —dijo, levantando el papel—. No puedes perder esta oportunidad.

—Mamá… —Intenté argumentar y decirle que no tenía solución, pero no me dejó.

—Al menos vas a intentarlo, ¿me oyes? —dijo con seriedad—. Ve a arreglarte para la entrevista. No puedes permitir que un papel roto te defina. Demuéstrales lo capaz y preparada que eres para el puesto.

Quería decirle que no, pero había un brillo tan intenso en los ojos de mi madre que fui incapaz de cuestionarla. Sabía que no me aceptarían con aquel papel rasgado, pero aun así, al menos debía intentarlo por todo el esfuerzo que ella había hecho.

—Está bien —sonreí un poco incómoda.

Volví a la habitación, tomé la ropa más arreglada que tenía y fui al baño. Me di una ducha rápida, me vestí y me arreglé el cabello. Para alguien con mi realidad, estaba bastante bien arreglada. Aun así, era plenamente consciente de que seguía siendo demasiado sencilla para el lugar donde iba a hacer las prácticas.

Estaba corriendo contra el tiempo. Al darse cuenta de mi desesperación, mi madre consiguió dinero para un taxi, decidida a hacer que llegara al juzgado antes de que fuera demasiado tarde. Salí de casa dando gracias a Dios por no cruzarme con mi padre, porque sabía que encontraría alguna manera de arruinarme el día.

Cuando llegué al lugar indicado, ya había varias personas esperando. Por lo visto, eran los demás aprobados. En cuanto me acerqué, sentí varias miradas clavarse en mí. Me examinaron de pies a cabeza sin el menor disimulo, y no fue difícil imaginar lo que estaban pensando. Mi ropa sencilla hacía que destacara entre ellos, y tenía la sensación de que muchos ya habían decidido que yo no pertenecía a aquel lugar incluso antes de conocerme.

Ignorando aquel pensamiento, me senté y esperé pacientemente. Los candidatos fueron llamados uno por uno para entrar en una sala. Cada vez que se abría una puerta, mi nerviosismo aumentaba un poco más.

Cuando finalmente llegó mi turno, me acerqué a la mesa y me recibió una mujer con expresión seria. En cuanto me vio, me examinó de pies a cabeza. Su mirada recorrió mi ropa, mi cabello e incluso mis zapatos. Después, negó discretamente con la cabeza en señal de desaprobación. Fue un gesto pequeño, pero suficiente para afectarme.

Aun así, permanecí en silencio.

—Sus documentos.

Le entregué todo lo que me pidió. Sin embargo, en el instante en que sus ojos se encontraron con la carta de convocatoria remendada con cinta adhesiva, su expresión cambió por completo.

—¿Qué es esto? —Su voz resonó en la sala.

—Hubo un pequeño incidente —respondí, incómoda.

—¿Un pequeño incidente? —repitió, mirando el papel y después a mí—. ¿Qué clase de persona es usted?

Sentí que el rostro me ardía.

—Por favor… necesito mucho esta oportunidad.

—Si realmente la necesitara, habría cuidado mejor un documento tan importante.

Sus palabras me golpearon de lleno, porque en el fondo sentía que tenía razón.

—Si tuviera un poco de sentido común, ni siquiera habría venido hasta aquí —puso los ojos en blanco—. Pero… no soy yo quien decide quién se queda o quién se va. Quien decidirá eso será el juez Dante Alencar.

Un pequeño alivio recorrió mi pecho.

—Gracias.

—No me dé las gracias. No le estoy haciendo ningún favor. —Me devolvió los documentos—. Por lo que conozco al magistrado, saldrá de esa sala humillada más rápido de lo que entró —dijo, esbozando una sonrisa sarcástica.

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