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En las garras del juez
En las garras del juez
Author: Célia Oliveira

1: CONTANDO CON LA SUERTE

last update publish date: 2026-08-28 21:31:39

Fabiane Alvarez

Me dolían los dedos hasta el punto de ponerse morados de tanto mantenerlos entrelazados sobre el mostrador de atención del juzgado. Apenas parpadeaba mientras veía a la empleada imprimir el papel que cambiaría mi vida.

Había conseguido entrar en la lista de aprobados para hacer prácticas en el despacho de un juez.

Cuando terminó de autenticar la emisión de la carta de convocatoria, la empleada volvió a mirar el papel y comentó:

—Dios mío. Vas a hacer prácticas en el despacho del juez Dante Alencar —arqueó las cejas, con una expresión de sorpresa—. Vas a necesitar suerte.

Su comentario me pareció extraño.

—¿Cómo que voy a necesitar suerte?

—El magistrado es conocido por ser muy exigente con su equipo, que es bastante profesional. Me imagino cómo te tratará siendo apenas una pasante sin experiencia.

De repente, sentí un vuelco en el estómago y las manos comenzaron a sudarme.

—Tranquila, Fabi. Te va a ir muy bien, porque eres buenísima aprendiendo las cosas con facilidad. —La voz de mi mejor amiga, Talita, sonó detrás de mí, intentando tranquilizarme.

Me había acompañado hasta allí porque se dio cuenta de que estaba demasiado nerviosa como para estar sola en un momento tan importante como aquel. Pero no sirvió de nada. La verdad es que ni siquiera volví el rostro. Los nervios ya se habían apoderado de mí por dentro, porque sabía que no podía equivocarme.

No quería terminar como mi familia, sin ninguna perspectiva de futuro. Mi padre era alcohólico y llegaba a casa rompiéndolo todo. Mi hermano menor era adicto a las drogas y le debía dinero a todo el barrio, y mi hermana mayor, además de criar a un hijo sin saber quién era el padre, también era bailarina en un club nocturno.

Con semejante historial familiar, casi resultaba sorprendente que todavía quisiera algo decente para mi vida. ¡Pero lo quería! Lo quería con una fuerza que a veces hasta me asustaba. Creo que había salido a mi madre, quien, a pesar de toda la dureza de la vida, jamás había perdido su dignidad.

Quería romper el ciclo de mi familia y sabía que el primer paso era conseguir aquellas prácticas.

—Aquí está.

La empleada extendió el papel para que lo tomara, pero antes de que mi mano alcanzara el documento, volvió a retirarlo.

—Antes de entregarte esto, necesito que sepas una cosa.

La mujer dejó el papel sobre el mostrador y comenzó a hablar:

—Este es un documento único y autenticado. Si lo pierdes, pierdes automáticamente la plaza.

—¿No puedo hacer una copia? —pregunté, angustiada.

Negó con la cabeza.

—No. Solo aceptan el documento original, así que, jovencita, cuida este papel como si fuera tu propia vida.

La forma en que me llamó «jovencita» me hizo notar cierto desdén en su voz, como si me estuviera subestimando. Sin embargo, lo ignoré y asentí mientras tomaba el documento.

—No se preocupe, lo cuidaré muy bien. ¡Gracias!

Guardé el papel en el bolso y salí de allí con Talita.

—¿Quieres ir a mi casa? Daniela hizo una tarta para el postre —comentó Talita.

Quería negarme y decirle que no, pero había algo que separaba mi mundo del de Talita. Ella era hija de una médica y de un delegado de la Policía Federal. Había crecido con su propia habitación, viajes durante las vacaciones, empleados y la tranquila certeza de que tenía el futuro asegurado.

Cuando me invitaba a su casa, siempre había comida en abundancia, algo que escaseaba bastante en la mía. Por eso siempre iba. Comía y disfrutaba un poco de la paz que había allí, ya que sabía que, cuando llegara a casa, mi realidad sería muy diferente a la suya.

—Sabes que no puedo resistirme a la comida que prepara tu empleada.

Salimos de allí en dirección a su coche, un regalo de sus padres cuando cumplió dieciocho años.

Cuando llegué a su casa, su padre estaba allí. Era muy educado y me trataba muy bien. En el fondo, sentía un poco de envidia de Talita. No una envidia maliciosa, sino esa admiración que nacía al darme cuenta de que parecía tenerlo todo: padres cariñosos, una familia estable, una casa cómoda en un barrio acomodado…

Mientras que yo…

Yo no tenía casi nada.

Me quedé allí hasta la noche. Cuando me fui, le aseguré que tomaría un taxi en la parada que quedaba una calle más allá de su casa. Insistió en acompañarme, pero puse como excusa que ya era demasiado tarde para que después regresara sola. Me alegré de que no insistiera. La verdad era que iba a volver a casa caminando, porque no tenía ni un centavo para pagar un taxi.

Cuando llegué a casa, era casi medianoche.

Entré intentando no hacer ningún ruido, pero encontré a mi madre en la sala, sentada en el viejo sofá con la cabeza gacha.

—Mamá, ¿ha pasado algo?

Levantó la mirada y me observó aliviada.

—Qué bueno que llegaste, Fabi. Estaba preocupada por ti.

—Estaba en casa de Talita.

—¿Hasta esta hora?

—Es que me invitó a cenar —expliqué, sentándome a su lado.

—Y entonces, ¿cómo te fue en el juzgado? ¿Salió todo bien, hija?

Sin decir nada, simplemente abrí el bolso y le entregué el papel para que lo leyera.

Vi cómo los ojos de mi madre se iluminaban al descubrir que me habían aceptado.

—Lo conseguiste, hija.

—Sí, mamá. Pero ahora estoy nerviosa —confesé—. No tengo ni idea de cómo va a ser.

—Todo va a salir bien, Fabi. Eres muy inteligente.

—¿Qué es eso?

La voz ebria de mi padre inundó la sala. Apareció en la puerta de la habitación que daba a la sala y nos miró fijamente.

Mi madre se encogió un poco, pero respondió:

—Nuestra hija va a hacer unas prácticas en el juzgado, Inácio.

—¿Unas prácticas? —Se acercó, mirando el papel que ella tenía entre las manos—. ¿Y eso va a traer algo de dinero a nuestra casa? —preguntó con brusquedad.

—Si me va bien, podrían contratarme, papá…

—Cuánta palabrería —me interrumpió—. ¡Todos se parten el lomo para traer dinero a esta casa y tú eres la única que no se esfuerza! —gritó—. Te crees mejor que tus hermanos solo porque vas a la universidad, ¿verdad? —Se acercó aún más y me señaló con el dedo a pocos centímetros de la cara—. ¡Pero para mí se acabó! ¡Vas a dejar esa tontería de las prácticas y vas a buscarte un trabajo de verdad!

Sin decir nada más, mi padre le arrebató el papel de las manos a mi madre y lo rompió justo delante de mí.

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