MasukEsa misma mañana, sin haber dormido bien y con toda la confusión invadiendo su cabeza, Sophie llegó a la gran factoría. Esperó el elevador y, mientras lo hacía, sintió que detrás de ella había una presencia. La fragancia que expedía le hizo recordar que su jefe era el único que portaba ese olor.
«¡No puede ser! Debe ser una jodida broma», pensó Sophie.
Pero no era una broma. El gran CEO de la compañía estaba detrás de ella, reluciente como siempre. Esta mañana no lucía tan pálido, pues había acudido al maquillaje para ocultar un poco la falta de luz en su piel.
—Buenos días, señorita Robinson. Me alegra que haya llegado temprano a su turno de trabajo.
Sophie estaba completamente petrificada. Si había sido un sueño lo que pasó la noche anterior, pues Valentín esa mañana lucía como un ser humano común y corriente. Se veía de lo más normal: sus ojos grises brillaban, su cabello estaba perfectamente arreglado y parecía un empresario como los demás jefes que ella había tenido.
Al llegar el gran elevador, se abrieron las puertas y Valentín ingresó.
—¿No piensa subir, señorita Robinson?
—Señor Von Strudel, buenos días. Sí, claro que tengo que subir. Voy a mi puesto de trabajo, no tengo más opción.
Ella ingresó al elevador. Empezó a sudar frío cuando estuvo tan cerca de él, pues esa sí era la realidad. Se sentía avergonzada por tener al frente al protagonista de sus sueños, que quisiera categorizar como pesadilla, pero eso le era imposible, pues se estaba convirtiendo en su fantasía. En ese momento ella pensaba que era una fantasía inalcanzable.
Cuando iban por el quinto piso, el elevador se detuvo. Sophie sintió pánico y no quería que nuevamente su subconsciente le jugara una mala pasada, así que comenzó a presionar los botones de emergencia con desespero.
—Eso suele pasar en esta compañía. Hemos tratado de arreglar los elevadores, pero hay que traer unos repuestos de la gran ciudad y nadie se atreve a venir a Charleston. Así que debemos esperar la mensajería común; tarda unos veinte días más.
—¿Ah… ah, sí? —preguntó Sophie bien nerviosa.
—Sí, señorita Robinson. Así que estaremos solos por cuestión de unos diez minutos mientras se dan cuenta afuera del bloqueo.
—¿Diez minutos? —Sophie se giró quedando completamente frente a él. Ella palideció al verlo tan perfecto, tan espectacular. Era un hombre demasiado atractivo para ella y pensaba que jamás alguien como él se fijaría en una persona tan común como era Sophie.
—Sí. ¿Le molesta estar conmigo diez minutos, Sophie?
—No, señor, claro que no. Disculpe el atrevimiento por haber preguntado de esa manera. También quería saber si usted había pensado algún correctivo para mí.
—¿Un castigo por hacer mal tu trabajo querrás decir?
—Sí, un castigo, supongo —ella agachó la cabeza y resignada respondió.
—El único castigo que quiero en este momento es tenerte colgada en una cruz, azotando tus deliciosos senos mientras tus ojos están vendados y tu entrepierna pide mi atención —Valentín susurró en voz baja, pero de nuevo dio un chasquido con sus dedos borrando eso de la memoria de Sophie.
—¿Dijo algo, señor?
—No, no hay castigos para usted. Somos una empresa moderna, no una santa inquisición. Por ahora simplemente cumpla con hacer las cosas bien, Sophie Robinson.
De repente el elevador siguió su ruta. Cuando ella llegó a su piso de trabajo, se alistó para bajarse, se miró con Valentín e intercambiaron una sonrisa. Ella en ese momento comprendió que lo único que estaba divisando eran simples visiones, pues su jefe era un CEO de lo más normal, no un acosador empedernido que llegaba en sus sueños y abusaba de ella, haciéndole sentir el más grande de los placeres.
Valentín primero arribó al piso de su secretaria. Necesitaba confirmar primero todas sus tareas del día y advertir que nadie lo iba a interrumpir esa mañana, pues necesitaba descansar y así recuperarse.
—Itzel, ¿qué tenemos para hoy?
—Buenos días, señor Von Strudel. Afortunadamente para usted, no hay nada pendiente, ninguna reunión. En la factoría todo marcha a la perfección —Itzel llevaba años trabajando con los Von Strudel. En ese momento estaba embarazada y unos fuertes dolores la aquejaban.
—Itzel, ¿estás bien?
—No, señor, no lo estoy. Me siento muy mal. Estoy a punto de tener a mi hijo y creo que necesito un médico.
—¿Qué? Pero ¿por qué vino a trabajar así, Itzel? Váyase de inmediato, por favor. Llame a su esposo para que venga por usted.
—Pero, señor, no hemos designado mi reemplazo. Me preocupa que todo no esté en orden. Déjeme trabajar hasta el mediodía y dígale a alguien que venga a reemplazarme.
—Usted por eso no se preocupe. De inmediato llamamos a su esposo.
Ella resignada sonrió, pero ya era hora de que se atendiera su parto. Unos cuantos minutos después, la secretaría del gran jefe estaba vacante. Sin embargo, Valentín no se preocupó por eso en ese instante. Al asegurarse de que Itzel ya estaba segura, decidió apagar por completo las luces de su piso y se colgó al techo para dormir su siesta, algo que era una costumbre muy antigua, pues los vampiros modernos tenían una cama como cualquier otra persona.
Ese día decidió que dejaría en paz la noche de Sophie. Quería poner en orden las cosas en su casa con su familia, disculparse por lo del día anterior. Cuando se llegó el momento de llegar a la gran factoría, había recordado la necesidad que tenía de una nueva asistente. Sin más reparo pensó en Sophie; la quería tener más cerca de lo que ya estaba.
Tomó su gran teléfono y la llamó.
—Buenos días —contestó Sophie desde su sitio de trabajo.
—Señorita Robinson, la necesito en la oficina de mi secretaria en diez minutos. Recuerde que el elevador tarda tres en llegar hasta aquí, así que no tarde —Valentín le colgó. Ella de inmediato refunfuñó y lanzó su bolígrafo con ira sobre su escritorio.
—Sophie, ¿qué pasa?
—Que el gran señor me tiene en la mira. Me llamó a su oficina. Me imagino que es para decirme la sanción que tiene para mí por el error de la vez pasada.
—Corre, amiga. Si te dio diez minutos y no quieres una nueva sanción, corre por ti, por favor.
Sophie pataleó como si fuera una niña pequeña y tomó el elevador. Se acomodó sus vestiduras y siete minutos después estaba en la oficina de la secretaria de Valentín, pero estaba vacía. Ella recordó que en esta parte de la factoría solo trabajaba ella y, un sobrepiso más, quedaba la oficina de Valentín. Aunque no era igual de lúgubre que la oficina de su jefe, el frío que hacía en ese lugar le hacía estremecer los huesos.
—Buena puntualidad, señorita. La he llamado porque necesito de sus servicios en este momento.
—¿De mis servicios? No estoy entendiendo nada —por la cabeza de Sophie se pasaron los peores pensamientos. Cuando él le mencionó la palabra «servicios», se imaginó de rodillas frente a él, satisfaciendo los más oscuros de sus deseos.
—Sí. Mi secretaria acaba de tener un bebé y estará ausente por unos seis meses mientras se cumple su licencia de maternidad. Así que usted va a ocupar su lugar.
—¿Por qué yo, señor Von Strudel? En esta factoría hay cientos de personas que llevan mucho más tiempo aquí y desearían tener este puesto.
—Pensé que estaba interesada. El día que usted iba a recibir su sanción me dijo que estaba atravesando una mala situación económica. En el momento en que se ocupa el reemplazo del puesto de mi secretaria, su sueldo irá en ascenso. No solamente ascenderá de piso. Ahora bien, si no quiere, se lo pediré a su amiga Gloríe.
—¿Usted me está hablando en serio, señor Valentín? —ella recordó que hacía un par de días le habían llamado del asilo de su madre para notificarle que la iban a sacar de allí si no pagaba la mensualidad. Además estaba enferma y debían ponerle más medicinas. Un aumento de sueldo no le caería nada mal.
—No entiendo por qué me está preguntando eso. ¿Me ve que tengo pinta de estar bromeando con usted?
—Oh, señor, claro que no. Es que solo me tomó de sorpresa, pues no consideré que yo fuera la más apta para este cargo. Pero siendo así, con gusto lo acepto encantada. ¿Cuándo empiezo?
—Ya mismo. Vaya a su escritorio y retire sus cosas. Las claves y funciones de mi secretaria están plasmadas en una agenda que dejó Itzel encima del escritorio. Lo único moderno que manejamos en esta empresa son los computadores; sin embargo, ella tenía un teléfono celular para poder comunicarse conmigo a través de mensajería. ¿Su teléfono sirve para lo mismo?
—No, señor. Mi economía no me ha permitido comprarme un teléfono actualizado. Todo lo que gano es para sobrevivir y mantener a mi madre en el asilo —ella respondió avergonzada.
—No se preocupe. Todos los empleados de la factoría tienen derecho a estar en mejores condiciones. Le daré un cheque; vaya al banco local y canjéelo. Debe ir a la ciudad vecina, queda a unos quince minutos de aquí. Cómprese ropa y un nuevo teléfono; los va a necesitar.
Valentín sacó de su bolsillo una chequera y le entregó un cheque con una buena cantidad de dinero. Cuando Sophie lo vio, se quedó completamente impresionada; jamás había visto un número así en sus manos.
—Señor, yo no puedo aceptar esto. Es demasiado dinero —ella estiró su mano devolviéndole el cheque.
—Es un bono por parte de la empresa, Sophie. Solamente haga lo que le exijo; de lo contrario usted tendrá que despedirse de su contrato en la compañía. Aquí hay reglas y hay que cumplirlas —Valentín se fue de su vista sin ni siquiera dejarle susurrar palabra.
Sophie se mordió el labio inferior y simplemente asintió con la cabeza, confundida por las palabras de su jefe. Abrió la laptop que estaba frente a ella y se dio cuenta de que sus funciones simplemente consistían en ubicar todas las citas de Valentín en la mañana, hacer un informe semanal y recoger sus trajes de la lavandería. Le parecía algo tan estúpido, pero era muy poco lo que tenía que hacer. Ella no era profesional y sentía que eso era un retroceso más para su vida, pero qué más daba si es que le iban a pagar casi el doble de lo que ya estaba recibiendo por hacer el triple de trabajo.
Dos siglos habían transcurrido desde que Valentín y Sophie dejaron atrás Charleston y emprendieron un nuevo camino en busca de aventuras y nuevos horizontes. El mundo había cambiado en innumerables formas, pero su amor y legado perduraban en las memorias de aquellos que alguna vez habitaron la ciudad.En medio de un prado verde y frondoso, Aisha, ahora una mujer adulta y poderosa vampira, exploraba el mundo que se extendía ante ella. Sus ojos centelleaban con una curiosidad inagotable, heredada de sus padres, mientras se adentraba en el bosque que rodeaba aquel lugar.De repente, un susurro se hizo presente en la brisa, como si el viento mismo llevara un mensaje. Aisha detuvo su paso, buscando la fuente de aquel sonido. Entonces, entre los árboles, apareció un joven apuesto y fuerte, con ojos penetrantes y una sonrisa cautivadora.Era Lycan, el hijo de Elian y Mía, un licántropo que había heredado la ferocidad y nobleza de su linaje. Aisha y Lycan se miraron fijamente, como si el tiem
El sol se ponía en el horizonte, bañando el cielo con tonos dorados y rosados. Valentín y Sophie se encontraban en el jardín de su hermosa mansión, rodeados de flores y susurros del viento. Aisha, su hija que, a pesar de tener tan solo dos años, aparentaba tener diez, jugaba despreocupada cerca de ellos, irradiando la misma belleza que su madre.Dos años habían pasado desde la guerra en Charleston. Los escombros habían sido reemplazados por la reconstrucción, y la paz había vuelto a la ciudad. Valentín y Sophie sabían en su corazón que habían cumplido su misión allí, y ahora era el momento de comenzar una nueva etapa en sus vidas.Sophie acariciaba suavemente su vientre abultado. Aunque los vampiros no solían embarazarse, un milagro había ocurrido, y ella estaba esperando otro hijo. Era un recordatorio constante de la magia y el amor que los envolvía.Se miraron el uno al otro, con los ojos llenos de amor y gratitud por todo lo que habían superado juntos. Valentín tomó la mano de Soph
En una noche llena de misterio y encanto, Lestat y Lea se encontraron en un antiguo castillo rodeado de ruinas y susurros del pasado. Las sombras danzaban a su alrededor, como si el universo mismo estuviera celebrando su unión.Lestat tomó la mano de Lea y sus ojos se encontraron, irradiando una complicidad única. —Lea, mi amada compañera de eternidad, hemos compartido momentos mágicos y aventuras inolvidables. Cada instante a tu lado ha sido un regalo. Quiero pasar el resto de mi existencia junto a ti.Lea sonrió, sus ojos centelleantes con la promesa de un amor eterno. —Lestat, has iluminado mi vida de maneras que no puedo describir. Tu pasión y valentía me han enseñado a apreciar cada segundo de nuestra existencia inmortal. Estoy lista para sellar nuestro compromiso en esta noche de ensueño.En ese momento, el viento susurró palabras de amor y las estrellas brillaron aún más intensamente. Los dos vampiros se abrazaron, envueltos en un resplandor mágico que parecía fundir sus alma
Sophie y Valentín no pudieron aguantar las ganas de estar a solas, así que, ni siquiera habiendo terminado la reunión, abandonaron a los invitados. En menos de dos segundos ya estaban en su mansión. Por fortuna para ellos, su pequeña hija —que ya no lo era tanto— había hecho amigas humanas y estaba pasando con ellas una noche de pijamas.Valentín comenzó a besar a Sophie con pasión. Ella empezó a gemir sin ningún reproche; llevaba mucho tiempo sin estar a solas completamente con él, así que aprovechó para desahogar todos sus deseos. Ambos se encontraban en su gran habitación de la mansión de los Von Strudel.Sophie se desnudó lentamente frente a los ojos de su amado, quien la miraba con deseo puro. Desde que ella se había convertido en vampiro, sus momentos de intimidad se habían vuelto realmente mágicos, mucho más intensos de lo que eran antes.Cuando la vio completamente desnuda, Valentín también se desnudó con lentitud frente a ella, mostrándole que estaba completamente listo para
Después de la guerra en Charleston, la ciudad y sus habitantes estaban en ruinas. Los edificios estaban destrozados, las calles cubiertas de escombros y la energía del lugar era sombría y desoladora. Sin embargo, en medio de la devastación, la esperanza comenzó a surgir.Gary, el valiente alfa de los lobos, se acercó a los supervivientes que habían decidido irse con él y les ofreció refugio en su territorio. Muchos aceptaron su oferta y, bajo su liderazgo, comenzaron a reconstruir sus vidas y la ciudad que tanto amaban.El trabajo fue arduo y desafiante. Día tras día, los habitantes de Charleston se unieron en una muestra de solidaridad y resiliencia. Juntos, levantaron los escombros, reconstruyeron los edificios y devolvieron el esplendor a cada rincón de la ciudad.Elian, a pesar de ser un licántropo exiliado, había sido un gran aliado en la guerra y se unió a los esfuerzos de reconstrucción. A pesar de su pasado tumultuoso, había encontrado un propósito en ayudar a los demás y enme
Valentín estaba sumido en un llanto profundo, consumido por la tristeza al ver cómo Sophie se desvanecía entre sus brazos. Con delicadeza sacó la daga que tenía clavada en medio del pecho y observó cómo brotaba la sangre oscura de su interior.De repente, a su lado apareció una figura blanca con rostro nostálgico y ojos tristes: una mujer muy parecida a Cleopatra, pero con facciones más marcadas.—Hola, Valentín. Esto ha sido mi culpa.Valentín levantó la cabeza, incrédulo ante la voz que escuchaba. Sus ojos estaban empañados por las lágrimas.—¿Qué haces aquí, Alice?—Intentando devolver a Brenda al mundo donde pertenece. Pero sin un cuerpo físico es imposible. Te ayudaré con Sophie.Alice posó sus manos sobre el pecho de Sophie y comenzó a moverlas sobre la herida. Ella empezó a reaccionar un poco, pero seguía demasiado débil; así no podría seguir enfrentando a Brenda.—Sophie, mi amor… ¿estás bien? —Ella asintió con la cabeza y, con las pocas fuerzas que le quedaban, tomó a Valentí







