LOGINLa habitación permanecía sumida en una penumbra fría cuando la llave giró en la cerradura. El sonido metálico despertó a Loren Fabre de un sueño ligero y agotado.
Había improvisado un pequeño refugio en el suelo con varios cartones que encontró detrás del biombo y una manta delgada que logró encontrar tras una intensa busqueda en un baúl. El frío del mármol había sido implacable durante la noche, por eso había colocado los cartones bajo su cuerpo para evitar el contacto directo con el suelo helado. Cuando abrió los ojos, una empleada ya se encontraba dentro de la habitación. La mujer, con uniforme negro impecable, llevaba entre las manos una gran caja de terciopelo color marfil. —La señorita debe prepararse —dijo con voz baja, evitando mirarla demasiado—. La señora Isidora Harts ha enviado esto para esta noche. Colocó la caja sobre la silla y dio un paso atrás. Loren se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo entumecido y la dignidad herida. Al abrir la caja, encontró un vestido de seda color champán, largo, elegante, con bordados sutiles en hilo plateado. Era hermoso y cruel. Hermoso porque estaba diseñado para convertirla en la prometida perfecta del heredero Harts. Cruel porque simbolizaba la jaula que la esperaba. Horas después, cuando salió finalmente de la habitación, no llevaba una gota de maquillaje. No lo necesitaba. Su belleza natural era serena y cautivadora. Su cabello liso, rubio dorado, estaba recogido en una coleta alta y pulcra que dejaba al descubierto la elegancia de su cuello. Sus ojos azules, a pesar del cansancio, conservaban un brillo encantador, casi hipnótico, realzado por la palidez de su piel y la delicadeza de sus facciones. Parecía una princesa obligada a caminar hacia su propia condena. Felix Fabre la esperaba al pie de la escalera. Apenas la vio, su rostro se endureció. —Mírate —escupió con desprecio—. Pareces orgullosa después de lo que hiciste. Loren bajó la mirada, intentando reunir fuerzas. —Padre, yo no… La bofetada llegó antes de que pudiera terminar. El golpe resonó en el vestíbulo con una violencia seca. Su rostro giró hacia un lado, y el ardor se extendió por su mejilla en cuestión de segundos. —Eres una mala mujer —dijo Felix, con una furia contenida que resultaba aún más cruel—. Una ofrecida. Te metiste en la cama de ese hombre como si fueras una cualquiera. Loren sintió cómo la humillación le oprimía el pecho. —No fue así… Felix la sujetó con fuerza del brazo, sus dedos hundiéndose en la piel con una brutalidad que no dejaba espacio para resistencia. —No me importa cómo haya sido. A partir de ahora compórtate como alguien que al menos intenta salvar el honor de esta familia. La arrastró prácticamente hasta el vehículo que los esperaba frente a la mansión Fabre. Loren apenas podía seguirle el paso. Durante el trayecto, el silencio dentro del coche fue insoportable. A través de la ventana, las luces de Londres se convertían en líneas borrosas. Pero su mente no estaba allí. Pensaba en Antonio Climovick. ¿Por qué no había ido a buscarla? ¿Por qué no había llamado? ¿Acaso no sabía lo que estaba ocurriendo? Una punzada de angustia atravesó su pecho. Quizá ya lo sabía. Quizá la noticia ya había llegado a él. Quizá, como todos los demás, también creyó que ella se había entregado al heredero Harts por ambición. La idea la dejó helada. Cuando el coche finalmente atravesó los enormes portones de hierro de la mansión Harts, Loren sintió que el corazón se detenía. La entrada estaba abarrotada de periodistas, micrófonos, cámaras. Luces cegadoras. Voces que gritaban preguntas desde todos los ángulos. —¡Señor Fabre! —¡¿Es cierto el compromiso?! —¡¿La boda con el heredero Harts será inmediata?! Loren palideció. Sus dedos temblaron sobre la tela del vestido. Felix, sin embargo, cambió de rostro en un instante. La dureza desapareció, reemplazada por la máscara perfecta de un padre amoroso. Abrió la puerta y la ayudó a bajar con una sonrisa falsa. —Con cuidado, hija. El contraste fue tan repulsivo que Loren sintió náuseas. A la distancia, al pie de la escalinata principal, Damian Harts los observaba. El traje negro perfectamente ajustado resaltaba su porte impecable, pero nada eclipsaba la oscuridad de sus ojos grises. El odio en su mirada era evidente. Frío. Directo. Implacable. Loren sostuvo su mirada apenas un segundo antes de bajar la vista. Los escoltas de la familia Harts abrieron paso entre la multitud de periodistas, guiándolos hacia la entrada principal. Los flashes estallaban a su alrededor como relámpagos. Cada paso era una exposición pública de su vergüenza. La gran puerta de la mansión se cerró detrás de ellos con un sonido profundo y definitivo. Afuera quedaron los periodistas. Adentro, el verdadero juicio. El gran salón principal estaba iluminado por lámparas de cristal y decorado con una opulencia casi intimidante. David Harts permanecía de pie junto a la chimenea. Isidora, sentada en el sofá central, parecía una emperatriz en su trono. No esperó a que nadie hablara. Tomó las riendas de inmediato, como estaba acostumbrada. —El matrimonio se llevará a cabo pronto —La voz de Isidora fue tan elegante como irrefutable.—Esta situación ya ha despertado demasiada atención pública. El compromiso de esta noche debe transformarse en boda cuanto antes. Damian dio un paso al frente. —Madre, esto es absurdo. Isidora levantó la mirada. —No te permitiré protestar —La firmeza en su tono lo inmovilizó.—Tu futuro como heredero de la multinacional y mi posición política no soportarán rumores. La única solución es esta. Felix y Vivienne intercambiaron una mirada satisfecha. Para ellos, Damian respondería. Su hija quedaría “protegida”. El apellido Fabre no sería destruido. Damian apretó los puños. La comprensión cayó sobre él como una prisión cerrándose. Estaba perdido. No importaba lo que dijera. No importaba lo que sintiera. Su destino ya había sido escrito. Entonces levantó la mirada hacia Loren. —Quiero hablar con ella. El silencio se tensó. Isidora asintió con una calma peligrosa. —Cinco minutos. Damian caminó sin esperarla hacia el balcón lateral. Loren lo siguió. La noche londinense era fría, y la ciudad brillaba a lo lejos como un océano de luces indiferentes. Apenas la puerta del balcón se cerró tras ellos, Damian se giró con furia contenida. —Debes estar satisfecha. La voz baja fue más cruel que un grito. Loren frunció el ceño. —¿De qué hablas? Damian soltó una risa amarga. —Tus trucos funcionaron. Unas lágrimas, una cama y ahora tienes a ambas familias forzando este matrimonio. El desprecio en su mirada la atravesó. —No sé qué clase de mujer eres, Loren Fabre, pero usar métodos tan miserables para atraparme… La bofetada lo interrumpió, el sonido seco del golpe se perdió en la noche Damian giró el rostro lentamente, sorprendido. Loren temblaba. No de miedo, de furia. Sus ojos azules ardían con una intensidad nueva. —Yo no busqué esto —Cada palabra salió cargada de dignidad herida.—Ni siquiera te topaba antes de esa noche. Solo sabía que eras el niñito rico consentido. Damian la miró en silencio. Loren dio un paso hacia él, la voz quebrándose por el dolor contenido. —Tengo una relación. Iba a conocer a la familia del hombre que amo al día siguiente. La dureza en los ojos de Damian vaciló apenas un segundo. Pero Loren no se detuvo. La humillación de los últimos días, el encierro, el desprecio, la falsa sonrisa de su padre, todo explotó. —Y si hubiera querido escalar socialmente —dijo con una frialdad devastadora— habría escogido una familia menos miserable qué está, que solo se sostiene por las apariencias. El silencio cayó entre ellos como una sentencia.La mañana había comenzado con una intensa actividad en uno de los principales hoteles de Londres, donde empresarios, inversionistas y figuras pertenecientes a las familias más influyentes de la ciudad se habían reunido para participar en una importante reunión empresarial. El salón estaba decorado con elegancia, las cámaras se movían de un lado a otro y numerosos periodistas esperaban obtener alguna declaración de los invitados más relevantes. Entre ellos se encontraba Damian Harts, impecablemente vestido con un traje oscuro que acentuaba su porte imponente, y a pocos metros estaba Frida Montclair, quien parecía disfrutar particularmente de aquella atención.Frida sonreía ante los fotógrafos con una seguridad cuidadosamente estudiada, acomodándose el cabello mientras las cámaras capturaban cada uno de sus movimientos. Había aceptado participar en aquella sesión porque la revista había decidido colocarlos juntos en la portada de su próxima edición, presentándolos como dos importantes f
El nuevo día llegó a la casa Fabre con una quietud engañosa. La luz grisácea de Londres se filtraba por los ventanales del dormitorio de Laura, iluminando apenas los muebles elegantes y las fotografías familiares que decoraban las paredes. Ella permanecía sentada frente al espejo, con una mano apoyada sobre la cabeza y una expresión cuidadosamente construida de dolor.Había pasado la noche pensando en Damian, en sus palabras y, sobre todo, en la manera en que la había mirado antes de marcharse. Aquellos ojos grises no habían mostrado compasión; habían mostrado una advertencia. Por eso, antes de que alguien pudiera preguntarle qué había sucedido, Laura tomó su teléfono y llamó a su padre.—Papá, necesito hablar contigo porque ayer ocurrió algo horrible —murmuró, dejando que su voz temblara mientras bajaba la mirada hacia sus manos— Loren vino a la casa y comenzó a tratarme mal, a insultarme y a decirme cosas que no tenía derecho a decirme. Perdí el control porque ya no podía soportarlo
La Villa Tulipanes permanecía sumida en una calma casi irreal cuando Loren abrió los ojos aquella tarde. Durante unos segundos no supo dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado desde que había cerrado los ojos en aquella habitación de hospital.El techo blanco que había visto horas antes había desaparecido y ahora reconocía el delicado tono marfil de su dormitorio, las cortinas que dejaban entrar una luz tenue y el perfume de las flores que alguien había colocado sobre la mesa junto a la ventana. Intentó incorporarse y una punzada recorrió su cabeza, obligándola a llevarse una mano hasta la zona del golpe.Sus dedos encontraron una pequeña venda y el recuerdo regresó de inmediato: la voz de Laura, sus insultos, aquella discusión que se había transformado en violencia y, después, el suelo acercándose demasiado rápido. Loren cerró los ojos con fuerza, sintiendo que la humillación dolía casi tanto como la herida.Había vuelto a caer en una trampa. Otra vez había confiado en alguien que
Las horas pasan y el cielo de Londres había comenzado a cubrirse de nubes cuando un hombre que caminaba por una calle cercana a la Mansión Fabre distinguió una figura inmóvil junto a la entrada trasera de la propiedad, al principio pensó que podía tratarse de alguien que necesitaba ayuda, pero cuando se acercó unos pasos comprendió que había algo terriblemente extraño en aquella escena.Una joven estaba tendida sobre el suelo frío, con el cabello rubio desordenado y una pequeña cantidad de sangre seca alrededor de la herida de su cabeza, su rostro estaba pálido y sus ojos permanecían cerrados, completamente ajena al mundo que la rodeaba, el hombre se arrodilló inmediatamente a su lado y llamó a emergencias, explicando con voz alterada que había encontrado a una mujer inconsciente que parecía haber sido agredida, mientras esperaba la llegada de la ambulancia, intentó comprobar si respiraba y sintió un alivio enorme al notar que todavía lo hacía Loren no sabía cuánto tiempo había perman
La mañana había transcurrido con una tranquilidad engañosa en la Villa de Tulipanes. Después de la discusión de la noche anterior, Loren había dormido poco y mal, despertándose varias veces con las palabras de Damian repitiéndose dentro de su cabeza como una sentencia que no conseguía silenciar. Nunca voy a desearte. Nunca serás la mujer que yo ame. Jamás serás la madre de un hijo mío. Había intentado convencerse de que no debía permitir que aquellas palabras determinaran su estado de ánimo, pero era imposible fingir que no dolían. Por eso, apenas terminó de arreglarse, se marchó al refugio de animales, buscando en aquel lugar el único espacio donde sentía que podía respirar sin tener que fingir quién era. Allí, entre ladridos, maullidos, recipientes de comida y el movimiento constante de las voluntarias, Loren lograba olvidar durante algunas horas que su vida había cambiado de manera irreversible. Sin embargo, poco antes del mediodía, mientras ayudaba a una de las cuidadoras a organi
La noche había terminado, pero la tensión de la cena parecía haber regresado con ellos dentro del Rolls-Royce. Durante todo el trayecto hacia la Villa de Tulipanes, Loren permaneció junto a la ventanilla, contemplando las luces de Londres deslizándose sobre el cristal mientras intentaba ordenar las emociones que aquella velada había despertado en ella. Había sido extraño tener que fingir delante de todos que eran una pareja normal, mucho más extraño aún sentir las manos de Damian sobre su cintura, soportar la cercanía de su cuerpo y descubrir que, a pesar de todo el odio que existía entre ambos, su propia piel parecía recordar cosas que su mente deseaba olvidar. No quería pensar en aquella noche, pero cada vez le resultaba más difícil impedir que ciertos recuerdos regresaran. Los ojos de Damian, la firmeza de sus manos, la proximidad de su rostro; todo parecía haberse quedado atrapado en algún rincón de su memoria. Y, sin embargo, lo que más la atormentaba era saber que para él todo a







