LOGINLa sentencia llegó sin espacio para respirar, la habitación del hotel, todavía impregnada del peso del escándalo, parecía haberse convertido en una sala de juicio donde nadie necesitaba escuchar defensas. Bastaba con la imagen de aquella cama revuelta, con la prueba del “honor perdido” expuesta sobre las sábanas, para que el destino de Loren quedara sellado.
Isidora Harts fue la primera en romper el silencio. Su porte era impecable, como el de una reina acostumbrada a decidir el futuro de otros con una sola frase. —Esta noche se llevará a cabo el compromiso. Las palabras cayeron con una solemnidad glacial, no era una sugerencia, no era una conversación. Era una orden. Damian giró el rostro hacia su madre, la furia tensando cada línea de su cuerpo. —No pienso comprometerme con ella. La mirada gris de Isidora se clavó en su hijo con una dureza elegante, afilada como el acero. —No te he preguntado lo que piensas. El silencio posterior fue devastador. Damian conocía ese tono. Era la voz de la mujer que estaba a punto de convertirse en la próxima Primera Ministra de Inglaterra. La voz de alguien que jamás permitía que los sentimientos se interpusieran en el deber. David Harts no añadió una sola palabra, no era necesario. Su sola presencia bastaba para convertir la orden en ley. Loren, todavía envuelta en la manta, sintió que el aire se volvía demasiado pesado para respirar. El compromiso… esa misma noche. Ni siquiera había terminado de comprender cómo había llegado a la cama de Damian, y ya estaban decidiendo casarla con él. Su corazón se contrajo. Pensó en Antonio Climovick. En la cena de esa noche que jamás ocurriría. En la sonrisa que había imaginado. En el futuro sencillo y cálido que había soñado. Todo desaparecía frente a ella como humo. Felix Fabre dio un paso hacia su hija. La furia en su rostro no tenía nada de paternal, era la rabia de un hombre que veía el apellido familiar manchado. —Levántate. La voz fue seca, autoritaria Loren alzó la mirada, aturdida. —Padre, yo… No pudo terminar las palabras. Felix la sujetó con brusquedad del brazo, obligándola a ponerse de pie mientras la manta apenas lograba cubrir su cuerpo tembloroso. —Has ensuciado el honor de esta familia —escupió con desprecio. La vergüenza fue tan intensa que Loren sintió ganas de desaparecer. No solo Damian la despreciaba. Ahora también su propio padre la miraba como si fuera una vergüenza viviente. Vivienne intentó acercarse, pero el gesto severo de Felix la detuvo. —No la defiendas —Cada palabra era un látigo.—La educamos para comportarse con dignidad, y lo primero que hace es meterse en la cama del heredero Harts buscando poder. Loren abrió los ojos, herida. —¡No fue así! Ninguno de ustedes saben lo que realmente ha ocurrido ¿Que se creen ustedes? La protesta salió por fin, desesperada, pero para los presentes su voz no era importante y entonces Felix la arrastró hacia la puerta sin escucharla. —Toda la ciudad lo verá de esa manera. Y eso es lo único que importa. El mundo de Loren se quebró un poco más. Afuera, el pasillo del hotel parecía interminable. Cada paso era una exposición. Cada mirada del personal, una sentencia muda. Los susurros apenas disimulados se clavaban en su espalda como agujas. La hija menor de los Fabre. La muchacha que se metió en la cama del heredero Harts. La oportunista. La ambiciosa. La historia ya estaba escrita antes de que ella pudiera pronunciar una sola verdad. Fue llevada de regreso a la mansión Fabre en un silencio insoportable. Felix no la soltó hasta empujarla dentro de una habitación. La puerta se cerró con un golpe seco detrás de ella. El sonido resonó como el cierre de una celda. Loren permaneció inmóvil unos segundos, abrazándose a sí misma. La casa que siempre había sido su refugio, ahora parecía una prisión decorada con seda y terciopelo, le dejeron una ropa para cambiarse. Su vestido de la noche anterior había sido dejado sobre la solitaria silla, aún rasgado, como una burla cruel de todo lo que había ocurrido. La puerta volvió a abrirse varias horas después. Por un instante creyó que su madre había regresado, pero era Laura. Su hermana entró con pasos apresurados, los ojos llenos de una preocupación dulce, casi perfecta. —Loren… La sola suavidad de su voz fue suficiente para romper la poca compostura que le quedaba. —Laura, no sé qué pasó —susurró Loren, con lágrimas al borde de los ojos—. Recuerdo que estaba contigo… el agua, luego el pasillo… Laura corrió hacia ella y tomó sus manos. —Lo sé, lo sé… tranquila. Su tono era cálido, protector. Demasiado perfecto. —Intentaré hablar con padre. No dejaré que te traten así. Loren sintió una punzada de alivio. La única persona que parecía seguir de su lado era su hermana. Pero en ese momento la puerta volvió a abrirse. Felix apareció en el umbral, imponente y severo. Sus ojos se clavaron en Laura. —No intervengas. Este asunto no tiene nada que ver contigo Laura. La orden fue tajante. Laura se puso de pie de inmediato. —Padre, Loren no está bien. Esto ha sido demasiado para ella. —Precisamente por eso no necesito que alimentes sus delirios. La frase cayó con una frialdad brutal. Felix señaló la puerta. —Sal. Laura dudó un instante, mirando a Loren con una mezcla de impotencia y dolor que parecía genuina. Finalmente obedeció. Cuando la puerta volvió a cerrarse. — Maldita bastarda, eres una estúpida y una mujer sin dignidad, te odio — Felix salió y Loren comprendió que estaba completamente sola. Las horas hasta la noche avanzaron lentas, crueles. Nadie más fue a verla. Ni su madre. Ni Laura. Ni una criada. Solo el silencio, el peso del desprecio. La certeza de que, al otro lado de aquella puerta, todos estaban preparando el compromiso que la encadenaría para siempre a un hombre que la odiaba. Damian Harts. El solo pensamiento en sus ojos grises llenos de desprecio le hizo apretar los puños. Él estaba convencido de que ella había planeado todo. Que se había metido en su cama para conseguir fama. Poder. El apellido Harts. La posición de futura esposa del heredero. Y lo peor era que el mundo entero pensaría exactamente lo mismo. Loren cerró los ojos. La desesperación amenazó con tragársela. Pero entonces, en medio del caos, un recuerdo cruzó su mente como un relámpago. El agua. El leve sabor amargo. La mirada dulce de Laura. El mareo casi inmediato, su respiración se detuvo. Después, otra imagen. El pasillo. La puerta entreabierta. La sensación de que alguien había guiado sus pasos. No había sido casualidad. No podía haberlo sido. Algo más se ocultaba detrás de aquella noche. Algo más profundo que la simple crueldad de Damian o la imposición de sus padres. Una trampa. Una cuidadosamente diseñada. Loren se quedó allí en silencio, analizando y pensando que exactamente es lo que ha ocurrido.La mañana había comenzado con una intensa actividad en uno de los principales hoteles de Londres, donde empresarios, inversionistas y figuras pertenecientes a las familias más influyentes de la ciudad se habían reunido para participar en una importante reunión empresarial. El salón estaba decorado con elegancia, las cámaras se movían de un lado a otro y numerosos periodistas esperaban obtener alguna declaración de los invitados más relevantes. Entre ellos se encontraba Damian Harts, impecablemente vestido con un traje oscuro que acentuaba su porte imponente, y a pocos metros estaba Frida Montclair, quien parecía disfrutar particularmente de aquella atención.Frida sonreía ante los fotógrafos con una seguridad cuidadosamente estudiada, acomodándose el cabello mientras las cámaras capturaban cada uno de sus movimientos. Había aceptado participar en aquella sesión porque la revista había decidido colocarlos juntos en la portada de su próxima edición, presentándolos como dos importantes f
El nuevo día llegó a la casa Fabre con una quietud engañosa. La luz grisácea de Londres se filtraba por los ventanales del dormitorio de Laura, iluminando apenas los muebles elegantes y las fotografías familiares que decoraban las paredes. Ella permanecía sentada frente al espejo, con una mano apoyada sobre la cabeza y una expresión cuidadosamente construida de dolor.Había pasado la noche pensando en Damian, en sus palabras y, sobre todo, en la manera en que la había mirado antes de marcharse. Aquellos ojos grises no habían mostrado compasión; habían mostrado una advertencia. Por eso, antes de que alguien pudiera preguntarle qué había sucedido, Laura tomó su teléfono y llamó a su padre.—Papá, necesito hablar contigo porque ayer ocurrió algo horrible —murmuró, dejando que su voz temblara mientras bajaba la mirada hacia sus manos— Loren vino a la casa y comenzó a tratarme mal, a insultarme y a decirme cosas que no tenía derecho a decirme. Perdí el control porque ya no podía soportarlo
La Villa Tulipanes permanecía sumida en una calma casi irreal cuando Loren abrió los ojos aquella tarde. Durante unos segundos no supo dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado desde que había cerrado los ojos en aquella habitación de hospital.El techo blanco que había visto horas antes había desaparecido y ahora reconocía el delicado tono marfil de su dormitorio, las cortinas que dejaban entrar una luz tenue y el perfume de las flores que alguien había colocado sobre la mesa junto a la ventana. Intentó incorporarse y una punzada recorrió su cabeza, obligándola a llevarse una mano hasta la zona del golpe.Sus dedos encontraron una pequeña venda y el recuerdo regresó de inmediato: la voz de Laura, sus insultos, aquella discusión que se había transformado en violencia y, después, el suelo acercándose demasiado rápido. Loren cerró los ojos con fuerza, sintiendo que la humillación dolía casi tanto como la herida.Había vuelto a caer en una trampa. Otra vez había confiado en alguien que
Las horas pasan y el cielo de Londres había comenzado a cubrirse de nubes cuando un hombre que caminaba por una calle cercana a la Mansión Fabre distinguió una figura inmóvil junto a la entrada trasera de la propiedad, al principio pensó que podía tratarse de alguien que necesitaba ayuda, pero cuando se acercó unos pasos comprendió que había algo terriblemente extraño en aquella escena.Una joven estaba tendida sobre el suelo frío, con el cabello rubio desordenado y una pequeña cantidad de sangre seca alrededor de la herida de su cabeza, su rostro estaba pálido y sus ojos permanecían cerrados, completamente ajena al mundo que la rodeaba, el hombre se arrodilló inmediatamente a su lado y llamó a emergencias, explicando con voz alterada que había encontrado a una mujer inconsciente que parecía haber sido agredida, mientras esperaba la llegada de la ambulancia, intentó comprobar si respiraba y sintió un alivio enorme al notar que todavía lo hacía Loren no sabía cuánto tiempo había perman
La mañana había transcurrido con una tranquilidad engañosa en la Villa de Tulipanes. Después de la discusión de la noche anterior, Loren había dormido poco y mal, despertándose varias veces con las palabras de Damian repitiéndose dentro de su cabeza como una sentencia que no conseguía silenciar. Nunca voy a desearte. Nunca serás la mujer que yo ame. Jamás serás la madre de un hijo mío. Había intentado convencerse de que no debía permitir que aquellas palabras determinaran su estado de ánimo, pero era imposible fingir que no dolían. Por eso, apenas terminó de arreglarse, se marchó al refugio de animales, buscando en aquel lugar el único espacio donde sentía que podía respirar sin tener que fingir quién era. Allí, entre ladridos, maullidos, recipientes de comida y el movimiento constante de las voluntarias, Loren lograba olvidar durante algunas horas que su vida había cambiado de manera irreversible. Sin embargo, poco antes del mediodía, mientras ayudaba a una de las cuidadoras a organi
La noche había terminado, pero la tensión de la cena parecía haber regresado con ellos dentro del Rolls-Royce. Durante todo el trayecto hacia la Villa de Tulipanes, Loren permaneció junto a la ventanilla, contemplando las luces de Londres deslizándose sobre el cristal mientras intentaba ordenar las emociones que aquella velada había despertado en ella. Había sido extraño tener que fingir delante de todos que eran una pareja normal, mucho más extraño aún sentir las manos de Damian sobre su cintura, soportar la cercanía de su cuerpo y descubrir que, a pesar de todo el odio que existía entre ambos, su propia piel parecía recordar cosas que su mente deseaba olvidar. No quería pensar en aquella noche, pero cada vez le resultaba más difícil impedir que ciertos recuerdos regresaran. Los ojos de Damian, la firmeza de sus manos, la proximidad de su rostro; todo parecía haberse quedado atrapado en algún rincón de su memoria. Y, sin embargo, lo que más la atormentaba era saber que para él todo a







