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El Comienzo del Final.

Autor: Lorelai
last update Fecha de publicación: 2025-09-03 10:59:08

Mayo 14, 2026.

El aire de la universidad de Bellanova estaba impregnado de esa mezcla inconfundible de fotocopias, café barato y conversaciones que nunca se apagaban del todo. Isela Castaner caminaba por los pasillos con la mochila colgada al hombro, cargando esa sensación familiar de expectación y un leve nerviosismo que siempre la perseguía.

A sus veinticinco años, estaba comenzando su tercera carrera universitaria, buscando su rumbo después de tantos cambios.

De medicina, se trasladó a administración, y de administración se trasladó finalmente a periodismo. Nada parecía satisfacerla del todo, siempre tenía esa sensación de que algo faltaba, como si una pieza importante de su identidad estuviera escondida en algún lugar al que aún no podía acceder.

Ya habían pasado dos meses de clases, pero la ansiedad y la sensación de inquietud no pensaban desaparecer; al contrario, parecían multiplicarse con cada nuevo día.

Al entrar al aula, notó el murmullo inquieto de los estudiantes, y ella no comprendió lo que estaba sucediendo al principio. La coordinación de la universidad había anunciado que habría un reemplazo por la renuncia inesperada del profesor titular de la materia de comunicación oral y escrita. Tomó asiento junto a sus amigas en lo que las cosas se asentaban.

Hablaban de temas triviales mientras esperaban que la clase comenzara. Comentaban sobre la ropa de los compañeros, sobre quién había sido visto en la cafetería el día anterior, sobre los exámenes que se aproximaban y cómo nadie parecía estar preparado. Isela asentía, pero su atención estaba parcialmente en el aula, esperando a que apareciera el nuevo profesor.

Hasta que de un segundo al otro, vio al nuevo docente titular. Entró con paso seguro, con una postura erguida pero relajada, y recorrió el aula con la mirada.

No era guapo de manera convencional, pero había algo en su presencia que hizo que el corazón de Isela se detuviera un instante. Su cabello oscuro estaba impecable, y su mirada profunda recorría el aula como si pudiera leer cada pensamiento, sin enfocarse en nadie en particular. La forma en que acomodaba los apuntes sobre el escritorio, ajustaba la camisa o caminaba entre las mesas parecía calculada, aunque sabía que no lo era.

—Buenos días a todos, mi nombre es Damian Fontanela y seré el docente titular por lo que quede del semestre—Anunció en tono firme y con la voz gruesa, haciendo que todos permanecieran callados—. Revisé la malla curricular así que tengo una idea bastante clara acerca de en dónde estamos parados, y como podremos seguir con la materia.

Isela quedó congelada en su asiento; la presencia de aquel hombre era pesada, pero no de la mala manera, sino que de aquella manera en la que no te queda de otra más que sentarte a escuchar lo que sea que quiera decir.

Livia Estévez, una de sus mejores amigas, se inclinó hacia Isela con una sonrisa cómplice.

— ¿Ya lo viste? —susurró—. Ahora tengo motivación para venir a clases.

Selena Ferranza, sentada al otro lado, soltó una risita baja y juguetona.

—Ni lo disimulas, Isela —dijo—. Deja de ser tan obvia.

Isela rodó los ojos, aunque un rubor subió a sus mejillas, y sentía el rostro caliente. Intentó concentrarse en sus apuntes una vez comenzada la clase, pero cada gesto de Damian parecía tener un significado oculto.

Cada vez que levantaba la vista, sentía que él la observaba, aunque no estaba segura. Esos segundos bastaban para que su corazón latiera más rápido. No se lo veía mayor, máximo alcanzaba los treinta años.

El hombre habló con calma y precisión, sus gestos medidos y seguros. Cada movimiento de sus manos, cada inclinación de cabeza, parecía cargado de una autoridad silenciosa que Isela no podía ignorar. Aunque no dirigía su atención hacia ella, la sensación de ser observada se instaló en su pecho como un pequeño fuego que no podía apagar.

Mientras tomaba apuntes, pudo darse cuenta de que había escrito la misma palabra tres veces de seguido.

Observaba cómo Damian pasaba las páginas de sus apuntes con delicadeza mientras explicaba los puntos claves del día, cómo la luz del sol que entraba por la ventana resaltaba el color oscuro de su cabello, cómo su perfume amaderado parecía flotar a través del salón.

Cuando la clase terminó, la mayoría salió con prisa, ansiosos de liberarse de la rutina académica. Isela se quedó unos segundos más, organizando sus apuntes, que eran más garabatos que otra cosa, lentamente, inconscientemente prolongando los momentos en los que todavía podía percibir su presencia. Sus ojos se cruzaron por un instante, breve pero suficiente para que su corazón latiera con fuerza, dejando un recuerdo que se repetía en su mente mientras caminaba hacia la puerta.

Fuera del aula, Livia la esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.

—Te quedaste de más, ¿no? —comentó, leyendo sus gestos como un libro abierto.

—Estaba guardando unas cosas —respondió Isela, aunque la excusa sonó débil.

Selena la tomó del brazo y lanzó una carcajada.

—No tienes que explicarte. Ya vimos cómo lo mirabas, y no estamos en la secundaria, no tiene nada de malo.

Isela suspiró. No era amor ni deseo convencional; era tensión pura, atracción contenida, un juego invisible que solo ella percibía. Cada gesto de Damian parecía tener un significado oculto, aunque seguramente no lo tenía. Hasta llegó a preguntarse si era su mente inventando señales donde no existían, pero eso no hacía que la sensación fuera menos real.

Los días pasaban con prisa, pero Isela no podía sacarse la idea de aquel hombre de su mente, y lentamente iba aburriendo a sus amigas con el tema.

A veces, mientras caminaba por los pasillos, se sorprendía pensando en detalles diminutos: la forma en que sus dedos rozaban el bolígrafo, cómo se inclinaba sobre la pizarra, incluso la manera en que levantaba las cejas al escuchar a un estudiante. Cada gesto se convertía en un mundo de posibilidades, y la ansiedad de esperar algo más la mantenía alerta.

Un miércoles, mientras doblaba la esquina hacia la biblioteca, vio a Damian salir de un aula contigua. Sus miradas se cruzaron de nuevo, y esta vez hubo un instante más largo, cargado de algo que Isela no podía ignorar.

Sintió un temblor recorrer su pecho y supo, con certeza, que algo había empezado. Como un juego silencioso que no tenía reglas claras, pero que prometía cambiar la rutina de su vida, para bien o para mal.

—Te volverás loca —le dijo Selena un día, mientras caminaban por el pasillo—. No puedes pensar en otra cosa.

—No es eso —intentó responder Isela, pero su voz delataba el rubor que subía a sus mejillas.

Selena la observó de manera sarcástica

—Si no haces algo tú, lo hago yo —bromeó Livia.

Selena, más controlada, soltó un comentario que era más verdad que mentira

—Cuidado, Isela. A veces lo que empieza como un juego, termina con una orden de restricción.

Isela asintió, aunque en su interior la advertencia era un combustible más que un freno. Cada instante cerca de él, cada cruce de mirada, se convertía en un descubrimiento silencioso. La obsesión era un camino fácil para Isela, y esta no era la excepción.

Se limitó a sonreír débilmente. Sabía que sus amigas tenían razón, pero también sabía que no podía escapar de la atracción que sentía. Era un descubrimiento silencioso que encendía algo en su interior, un fuego que crecía con cada mirada, cada gesto, cada palabra medida de Damian.

La universidad, que antes parecía un lugar seguro y rutinario, se había transformado en un espacio de expectativas y tensión constante. Cada aula, cada pasillo, cada instante compartido, por mínimo que fuera, estaba impregnado de un magnetismo silencioso que Isela no podía evitar.

Ese primer encuentro, aparentemente común, no estaba marcado por palabras audaces ni gestos dramáticos. Todo sucedió en el silencio de las miradas, en los pequeños detalles que parecían carecer de importancia para cualquier otra persona.

Para ella, era el inicio de todo, un hilo que la unía a Damian sin que él siquiera lo supiera. Y si Isela hubiera sabido lo que vendría después, tal vez habría mirado hacia otro lado. Pero la verdad es que el primer paso hacia Damian también era el primero hacia su propia perdición.

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Último capítulo

  • Entre Tu Piel y La Mía.   Epílogo: No Somos Héroes.

    El aire olía distinto. No era frescura ni alivio, era un peso que nadie había puesto, pero que todos sentían.La ciudad reconstruida a medias, calles limpias, luces funcionando, sistemas estables… y, sin embargo, todo estaba incompleto.Todo estaba roto por dentro.Isela caminaba junto a Cayden, no hablaban demasiado.Cada paso resonaba con un eco que ninguna pared podía absorber.Damian no estaba, no volvería.La idea de que él había elegido quedarse, que había muerto sosteniendo un sistema que nadie celebraría, la golpeaba silenciosa, constante, como un latido que no podía apagar.Recordó su último gesto, su último suspiro, esa claridad fría con la que había aceptado su destino.Lo sintió en cada fibra del cuerpo, como si la ausencia hubiera dejado un hueco físico en su pecho.No había palabras que llenaran eso. No había abrazos, ni lágrimas, ni consuelo. Solo la certeza de que había hecho lo que creía correcto, aunque ella no lo entendiera del todo.—¿Sabes algo? —dijo Isela, apena

  • Entre Tu Piel y La Mía.   El Mundo Después.

    El sistema se estabilizó sin celebraciones.No hubo un anuncio solemne, ni una frase definitiva que marcara el final del caos.La interfaz simplemente dejó de parpadear. Las curvas de expansión se aplanaron, las alarmas, una por una, se apagaron como si nunca hubieran tenido derecho a existir.El punto ciego seguía ahí, pero ya no temblaba.—Estado global: estable —dijo la voz automática, neutra, correcta—. Pérdidas registradas.Isela no reaccionó.Seguía de pie frente al núcleo, con la sensación de que el aire tenía otra densidad, como si el mundo hubiera decidido continuar sin consultarle, como si todo lo que acababa de pasar hubiera sido solo un ajuste de fondo.El médico fue quien lo dijo en voz alta, leyendo la pantalla secundaria, con una frialdad que no era crueldad sino cansancio.—Damian Fontanela —leyó—. Clasificación: pérdida necesaria para estabilización sistémica.Nada más, ni una nota, ni una excepción, ni una línea que explicara quién había sido antes de convertirse en

  • Entre Tu Piel y La Mía.   La Elección Imposible.

    Isela no entendió de inmediato lo que el sistema estaba haciendo, todo sucedía demasiado rápido, sin avisos, sin permisos.Las proyecciones cambiaron de forma sin anunciarse.No hubo alarma alguna, no hubo cuenta regresiva. Solo una redistribución silenciosa de cargas, como si alguien hubiera movido el peso de una mesa sin avisar.—La carga se está dividiendo —dijo el médico, demasiado tarde—. Eso no estaba en el escenario anterior.Isela avanzó un paso.—¿Qué significa eso?El punto ciego respondió antes que él, una nueva variable se fijó.Estabilizador humano externo: activo.Isela giró y pudo darse cuenta de que Damian ya no estaba junto a ella, estaba dentro del campo.No había drama en su gesto, no despedida. Solo una decisión ejecutada con la misma naturalidad con la que siempre había estado ahí, sosteniendo cosas que nadie veía.—Damian —dijo ella, sin levantar la voz. Todavía creyendo que podía llamarlo de vuelta.Él la miró recién entonces y sonrió. No una sonrisa triste, una

  • Entre Tu Piel y La Mía.   Sin Máscaras.

    Viktor no apareció como un hombre, apareció como una certeza.Las pantallas se activaron una tras otra, sin prisa, como si el sistema mismo le cediera el espacio.La iluminación cambió apenas, lo suficiente para volver el ambiente más frío, más clínico. El punto ciego respondió con una vibración baja, constante, como un animal que reconoce a su dueño.Isela sintió el impacto antes de escucharlo.—De verdad creí que durarías más —dijo Viktor, finalmente, su voz modulada con una calma casi amable—. Pero aquí estamos.No había distorsión, no había máscaras digitales, no había artificio.Era él, desnudo de estrategias visibles.—Te escondes detrás de sistemas —respondió Isela—. Eso no es aparecer.Viktor sonrió, no con los labios, sino con el tono.—Eso es sobrevivir.Damian dio un paso adelante antes de que Isela pudiera detenerlo.—No —dijo—. Eso es controlar.Viktor giró la atención hacia él con una lentitud deliberada.—Ah —murmuró—. Tú.El silencio que siguió no fue incómodo. Fue exp

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  • Entre Tu Piel y La Mía.   El Precio de Estabilizar.

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