Share

El Peso de Abril.

Author: Lorelai
last update publish date: 2025-09-03 11:04:35

El departamento de Isela siempre parecía demasiado grande para una sola persona, especialmente los fines de semana. Las paredes blancas reflejaban la luz de la tarde, y el silencio, aunque pacífico, se hacía pesado. Solo el ronroneo de su gato, un felino perezoso de pelaje gris llamado Rufián, rompía la monotonía. Ella lo miraba con una sonrisa leve, acariciando su lomo mientras se dejaba caer en el sofá.

—A veces siento que eres el único que realmente me entiende —susurró, en voz baja, como si hablara consigo misma más que con el animal.

Rufián levantó la cabeza apenas, como dándole la razón, y se estiró perezosamente antes de acomodarse a su lado. De repente, con un salto inesperado, tiró una almohada al suelo.

— ¿En serio, Rufián? —dijo Isela, levantando una ceja—. ¿Ahora te pones rebelde?

El gato la miró, imperturbable, y volvió a acomodarse sobre el sofá, como si nada hubiera pasado. Isela suspiró, divertida a pesar de sí misma.

De un momento a otro, las palabras se formaron en su mente con tanta fuerza, tan claras que casi parecía que hablaba en voz alta: “Todos en la universidad son tan jóvenes: hablan de fiestas, de lo difícil que fue dejar la secundaria hace un año, de cómo sus papás todavía los despiertan para ir a clases. Y yo pasé por eso años atrás. Mi familia vive lejos, y aunque los quiero, cada vez siento que hay algo que nos separa más que la distancia. Me da miedo despertarme un día y descubrir que no pertenezco a ningún sitio.”

El sonido de un claxon en la calle la sacó de sus pensamientos. Rufián saltó de nuevo y corrió hacia la ventana abierta, olfateando el aire caliente.

—Vamos, pequeño detective —dijo Isela, riendo—, no hay misterio hoy. Solo autos y algún que otro repartidor perdido.

El gato la miró como si la desafiara y luego decidió tumbarse encima de su carpeta de apuntes, obligándola a sacar el brazo de debajo de él.

— ¡Ay, no! —exclamó—. ¿Por qué siempre eliges el lugar más incómodo?

Se levantó con pesadez. Tenía que preparar sus cosas para el día siguiente. Caminó hacia el escritorio y comenzó a revisar apuntes y cuadernos, organizando los que había usado durante la semana. Cada movimiento era mecánico, pero le daba una sensación de control sobre su entorno, un pequeño refugio en medio de la rutina y la confusión que sentía respecto a su lugar en el mundo.

Comenzó a pensar en su familia: en sus hermanos que habían ido por caminos complicados, al menos según su madre; su padre, a quién nunca veía, que parecía más una leyenda urbana que una persona real; y en su madre, una mujer solitaria y triste, pero extremadamente trabajadora. Se limpió las pequeñas lágrimas que se le formaron en los ojos mientras terminaba de guardar sus cosas. Le pesaba mucho estar lejos de casa.

Para distraerse, se agachó a recoger un lápiz que Rufián había robado de su estuche y ahora llevaba como trofeo por el departamento.

—Sí, sí, me rindo —dijo ella, dejando que el gato corriera con su “botín”—. Quédate con él, campeón.

El lunes comenzó con un cielo despejado y un aire húmedo que pegaba la humedad del ambiente a la piel. El campus de Bellanova hervía con el bullicio de cientos de estudiantes. Isela avanzaba con su mochila colgada en un solo hombro, el pelo recogido a medias, y esa mezcla de incomodidad y resignación que le acompañaba en cada jornada universitaria.

Las clases habían empezado en marzo, y ahora, a mediados de abril, la rutina ya estaba instalada. Sus compañeros, la mayoría recién salidos de la secundaria, parecían energéticos, ansiosos, incluso ingenuos. Reían fuerte en los pasillos, hablaban de videojuegos y de fiestas que rozaban lo ilegal.

Ella escuchaba en silencio y participaba lo justo. El peso de la diferencia de edad no era tanto un número como una sensación: ellos estaban empezando, mientras que ella sentía que volvía a empezar de nuevo.

En la biblioteca, buscó un asiento cerca de la ventana, donde la brisa caliente entraba cargada de olor a asfalto. Su nuevo docente apareció unos minutos después, y le habló como si fueran amigos de toda la vida. A diferencia de los demás, él no parecía perdido en una adolescencia tardía. Su edad le daba otra presencia, y aunque hablaba poco, la sola existencia de alguien cercano en edad a ella ya la hacía sentir menos sola.

— ¿Descansaste algo el fin de semana? —preguntó él al sentarse a su lado.

Isela lo miró de reojo, y por un momento pensó en decirle que había pasado todo el domingo escribiendo, leyendo y hablando con su gato como si fuese un humano de carne y hueso.

Pero se encogió de hombros y sonrió apenas.

—Más o menos. ¿Y tú? —respondió, intentando sonar despreocupada.

—Lo mismo —contestó él, acomodando sus carpetas con un movimiento que parecía natural, confiado.

La conversación se apagó ahí, pero Isela sintió un alivio extraño. A veces no hacía falta hablar demasiado. Ella repasó mentalmente ochenta temas diferentes para continuar la charla, pero simplemente no tenía ganas. Sentía que, a veces, solo estar cerca de alguien sin hablar ya era suficiente.

Al salir de la biblioteca, se encontró con sus amigas, Selena y Livia, quienes la esperaban cerca de la cafetería. Livia era de las más jóvenes del grupo, apenas veinte años, llena de energía y con el cabello teñido de un rojo intenso. Selena, un poco más serena pero igual de risueña, siempre llevaba galletas en la mochila para compartir.

— ¡Isela! —Gritó Selena, agitando la mano—. Ven, vamos al parque, que el calor en los pasillos está insoportable.

El grupo caminó hasta el parque frente al campus, donde los árboles ofrecían algo de sombra. El aire olía a tierra seca y hojas caídas, una mezcla entre el verano que se resistía a irse y el otoño que apenas insinuaba su llegada.

—Dime la verdad —empezó Livia, con una sonrisa traviesa—, ¿qué tanto hablas con Damian en la biblioteca?

Isela se sonrojó sin querer, intentando desviar la mirada.

—No mucho, la verdad es que he tenido conversaciones más interesantes con mi gato —replicó, bromeando para no mostrar lo nerviosa que se sentía.

—Ajá —dijo Selena, riéndose—. Pues yo digo que deberían hablar más. Vaya uno a saber.

Pasaron un rato ahí, entre charlas sin sentido y risas que a veces le parecían demasiado juveniles, pero que también la aliviaban. Livia contaba anécdotas de sus viajes familiares; Selena hablaba de los problemas con un profesor; ambas intentaban arrastrar a Isela a su mundo, aunque a veces ella sentía que no pertenecía del todo.

Cuando regresó a su departamento, el sol ya caía y la ciudad se pintaba de un naranja cálido. Rufián la esperaba en la puerta, como si supiera la hora exacta de su llegada. Al abrir la puerta, el gato corrió hacia su taza de agua, que por alguna razón siempre parecía medio vacía.

— ¡Ya la llené ayer! —Se quejó Isela—. Pero si insistes, te lo vuelvo a cargar.

Lo levantó en brazos y lo abrazó fuerte.

—Hoy fue un día normal, ¿sabes? —le dijo al gato, mientras él ronroneaba—. Pero me alegra volver a casa.

Se dejó caer en el sofá otra vez, con los ojos fijos en el techo. Afuera, las voces de la calle seguían vivas, recordándole que el mundo no se detenía aunque ella se sintiera atrapada en una rutina que aún no entendía.

— ¿Cuánto más durará esta sensación de no encajar? —murmuró, más para sí misma que para Rufián.

Sin darse cuenta, su mente volvió a la imagen de Damian, serio, acomodando sus papeles, sentado junto a ella en la biblioteca. Una chispa diminuta, apenas un respiro distinto en medio del ruido de la universidad. Quizás Selena tenía razón, debería conversar con él.

Aquel pensamiento se sentía cada vez más lejano mientras sus ojos se cerraban a la par que el sol desaparecía, y la noche se adueñaba de la ciudad. Pero antes de rendirse al sueño, juraría haber escuchado su nombre susurrado desde la ventana entreabierta, como si alguien la llamara sin ser visto.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Entre Tu Piel y La Mía.   Epílogo: No Somos Héroes.

    El aire olía distinto. No era frescura ni alivio, era un peso que nadie había puesto, pero que todos sentían.La ciudad reconstruida a medias, calles limpias, luces funcionando, sistemas estables… y, sin embargo, todo estaba incompleto.Todo estaba roto por dentro.Isela caminaba junto a Cayden, no hablaban demasiado.Cada paso resonaba con un eco que ninguna pared podía absorber.Damian no estaba, no volvería.La idea de que él había elegido quedarse, que había muerto sosteniendo un sistema que nadie celebraría, la golpeaba silenciosa, constante, como un latido que no podía apagar.Recordó su último gesto, su último suspiro, esa claridad fría con la que había aceptado su destino.Lo sintió en cada fibra del cuerpo, como si la ausencia hubiera dejado un hueco físico en su pecho.No había palabras que llenaran eso. No había abrazos, ni lágrimas, ni consuelo. Solo la certeza de que había hecho lo que creía correcto, aunque ella no lo entendiera del todo.—¿Sabes algo? —dijo Isela, apena

  • Entre Tu Piel y La Mía.   El Mundo Después.

    El sistema se estabilizó sin celebraciones.No hubo un anuncio solemne, ni una frase definitiva que marcara el final del caos.La interfaz simplemente dejó de parpadear. Las curvas de expansión se aplanaron, las alarmas, una por una, se apagaron como si nunca hubieran tenido derecho a existir.El punto ciego seguía ahí, pero ya no temblaba.—Estado global: estable —dijo la voz automática, neutra, correcta—. Pérdidas registradas.Isela no reaccionó.Seguía de pie frente al núcleo, con la sensación de que el aire tenía otra densidad, como si el mundo hubiera decidido continuar sin consultarle, como si todo lo que acababa de pasar hubiera sido solo un ajuste de fondo.El médico fue quien lo dijo en voz alta, leyendo la pantalla secundaria, con una frialdad que no era crueldad sino cansancio.—Damian Fontanela —leyó—. Clasificación: pérdida necesaria para estabilización sistémica.Nada más, ni una nota, ni una excepción, ni una línea que explicara quién había sido antes de convertirse en

  • Entre Tu Piel y La Mía.   La Elección Imposible.

    Isela no entendió de inmediato lo que el sistema estaba haciendo, todo sucedía demasiado rápido, sin avisos, sin permisos.Las proyecciones cambiaron de forma sin anunciarse.No hubo alarma alguna, no hubo cuenta regresiva. Solo una redistribución silenciosa de cargas, como si alguien hubiera movido el peso de una mesa sin avisar.—La carga se está dividiendo —dijo el médico, demasiado tarde—. Eso no estaba en el escenario anterior.Isela avanzó un paso.—¿Qué significa eso?El punto ciego respondió antes que él, una nueva variable se fijó.Estabilizador humano externo: activo.Isela giró y pudo darse cuenta de que Damian ya no estaba junto a ella, estaba dentro del campo.No había drama en su gesto, no despedida. Solo una decisión ejecutada con la misma naturalidad con la que siempre había estado ahí, sosteniendo cosas que nadie veía.—Damian —dijo ella, sin levantar la voz. Todavía creyendo que podía llamarlo de vuelta.Él la miró recién entonces y sonrió. No una sonrisa triste, una

  • Entre Tu Piel y La Mía.   Sin Máscaras.

    Viktor no apareció como un hombre, apareció como una certeza.Las pantallas se activaron una tras otra, sin prisa, como si el sistema mismo le cediera el espacio.La iluminación cambió apenas, lo suficiente para volver el ambiente más frío, más clínico. El punto ciego respondió con una vibración baja, constante, como un animal que reconoce a su dueño.Isela sintió el impacto antes de escucharlo.—De verdad creí que durarías más —dijo Viktor, finalmente, su voz modulada con una calma casi amable—. Pero aquí estamos.No había distorsión, no había máscaras digitales, no había artificio.Era él, desnudo de estrategias visibles.—Te escondes detrás de sistemas —respondió Isela—. Eso no es aparecer.Viktor sonrió, no con los labios, sino con el tono.—Eso es sobrevivir.Damian dio un paso adelante antes de que Isela pudiera detenerlo.—No —dijo—. Eso es controlar.Viktor giró la atención hacia él con una lentitud deliberada.—Ah —murmuró—. Tú.El silencio que siguió no fue incómodo. Fue exp

  • Entre Tu Piel y La Mía.   Hermanos.

    La noche no cayó de golpe. Se deslizó sobre el lugar como una decisión postergada, lenta, inevitable.El espacio donde se habían refugiado quedó envuelto en una penumbra irregular, rota solo por las luces frías de los monitores y el pulso constante del punto ciego, que ya no parecía un fenómeno distante sino una presencia viva, expectante.Cayden se había apartado. No por rechazo, sino por necesidad. Isela lo vio alejarse unos metros, sentarse solo, con la espalda recta y la mirada perdida en algo que solo él podía ver. No lloraba, no temblaba, eso era lo que más la aterraba.Damian seguía allí, siempre seguía allí.Isela no supo cuándo empezó a temblar.No fue un colapso visible; fue algo más pequeño, más íntimo. Un cansancio que por primera vez no estaba dispuesto a obedecerle.Se apoyó contra la pared, cerró los ojos, y dejó escapar un suspiro que parecía venir de años atrás.Damian se acercó sin hacer ruido, no dijo su nombre, no le preguntó si estaba bien.Simplemente se colocó f

  • Entre Tu Piel y La Mía.   El Precio de Estabilizar.

    El sistema no preguntó si estaban listos.Simplemente abrió el abanico de posibilidades y dejó que la verdad cayera como cae siempre lo inevitable: sin cuidado, sin compasión.Isela sintió el cambio en el aire antes de verlo en las pantallas. El punto ciego dejó de reaccionar de forma errática y comenzó a ordenar información con una precisión inquietante. No era calma, era cálculo.—Está evaluando —dijo el médico, con la voz tensa—. Buscando un ancla.Damian se irguió de inmediato.—¿Un ancla para qué?—Para estabilizar la expansión —respondió—. No detenerla, solo evitar que destruya todo en el proceso.Isela tragó saliva.—¿Qué requiere?El médico dudó una fracción de segundo, lo suficiente para que ella lo notara.—Un nodo consciente —dijo al fin—. Alguien capaz de sostener múltiples estados posibles sin colapsar. Alguien… entrenado para perder.El silencio fue absoluto.Isela sintió un frío profundo recorrerle la espalda, no necesitaba que dijeran nombres, sabía que todos estaban p

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status