LOGIN"En la ciudad de Zyanthia, el sol es un mito y las sombras tienen dueño." Elora Vance solo buscaba una oportunidad para sobrevivir, pero terminó en las garras de Alaric Thorne, el hombre más poderoso y temido de la ciudad. Alaric no es solo un magnate; es un soberano implacable que gobierna desde el anonimato, un monarca que no acepta un "no" por respuesta. Desde el momento en que Elora pone un pie en la Torre Thorne, se convierte en el objeto de una fijación peligrosa. Alaric la reclama como suya, envolviéndola en un mundo de lujos, secretos prohibidos y una pasión que quema más que el mismo sol. Pero en Zyanthia, nada es lo que parece. Mientras Elora lucha por no perderse en la oscuridad de Alaric, descubre que ella misma guarda un secreto que podría destruir el imperio del Monarca... o salvarlo. ¿Qué pasa cuando la luz que tanto temes se convierte en la única que puede salvarte? "No me llames salvador, Vance. Los salvadores te dejan ir. Yo... yo te reclamo."
View MoreLa lluvia golpeaba los ventanales del piso 50 de la Torre Thorne con una violencia que parecía querer quebrar el cristal. Pero nada fuera de esa oficina era tan peligroso como lo que había dentro.
Elora Vance apretó la carpeta de cuero contra su pecho. Sus nudillos estaban blancos. Había trabajado para hombres poderosos antes, pero Alaric Thorne era... otra cosa. No era solo el dinero o el hecho de que fuera el CEO más joven y exitoso de la última década. Era esa aura de muerte estática que lo rodeaba. Entró en el despacho sin llamar. Sabía que él odiaba las formalidades innecesarias, o al menos eso se decía a sí misma para ocultar el hecho de que sus manos temblaban. —Son las doce y media de la noche, señor Thorne —dijo Elora, su voz firme a pesar del cansancio—. Aquí están las auditorías de las filiales europeas que exigió "con urgencia". Alaric no se movió. Estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a ella. Vestía un traje negro hecho a medida que resaltaba sus hombros anchos y su postura impecable. La oficina estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor violáceo de los rayos que rasgaban el cielo de la ciudad. —Llegas tres minutos tarde, Elora —su voz era un susurro profundo, frío como el granito. —Hubo un fallo en el ascensor. Tuve que subir los últimos cinco pisos por las escaleras —respondió ella, dejando la carpeta sobre el escritorio de obsidiana con un golpe seco—. Si eso es todo, me retiro. Mi contrato dice claramente ocho horas, no dieciséis. Alaric se giró con una lentitud que hizo que a Elora se le erizara la piel. Su rostro era una obra maestra de ángulos crueles y belleza inhumana. Sus ojos, más oscuros que la noche misma, se clavaron en ella. No parpadeaba. Nunca lo hacía cuando estaban a solas. —Tu contrato dice lo que yo decida que diga —dijo él, dando un paso hacia ella. El aire en la habitación pareció congelarse. Elora sintió ese instinto primario de "correr o morir" gritando en su cabeza, pero se obligó a quedarse quieta. Había algo en Alaric que la repelía y la atraía como un imán roto. —¿Por qué me retiene aquí? —desafió ella, acortando la distancia— No me necesita para leer estos papeles. Odia que esté cerca. Lo veo en la forma en que me mira, como si fuera un insecto que quiere aplastar. ¿Entonces por qué no me despide de una vez? Alaric estuvo frente a ella en un parpadeo. No fue un movimiento humano; fue una mancha de sombra. Antes de que Elora pudiera reaccionar, él la había acorralado contra el borde del escritorio. Sus manos, frías como el hielo, se apoyaron a ambos lados de su cuerpo, atrapándola. —Tienes razón, Elora. Te odio —susurró él, inclinándose hasta que su aliento frío rozó la oreja de ella—. Odio el calor que emana de tu piel. Odio ese perfume dulce que marea mis sentidos. Pero sobre todo... odio el ruido que hace tu corazón. Alaric bajó la mirada hacia el cuello de Elora, donde su pulso latía desbocado, visible bajo la piel fina. Para él, ese latido era como un tambor de guerra, una invitación y un insulto a su naturaleza de depredador. —Es tan ruidoso... tan frágil —continuó él, y por un segundo, Elora juró que vio un destello rojizo en sus pupilas—. Un pequeño apretón y el ruido se detendría. Serías silencio. Serías mía. Elora sintió una oleada de miedo puro, pero también una chispa de rabia. Levantó la mano y empujó el pecho de Alaric. Fue como intentar mover una montaña de piedra. —Entonces hazlo —retó ella, con la respiración entrecortada—. Mátame o déjame ir. Pero deje de jugar con mi paciencia, señor Thorne. No soy su juguete. Alaric soltó una risa seca, carente de humor, y la agarró de la mandíbula con una fuerza que rozaba el dolor, obligándola a mirarlo. Sus dedos eran garras invisibles que marcaban su propiedad. —No eres mi juguete, Vance. Eres mi castigo —la acercó más, hasta que sus labios casi se tocaron—. Mañana a las seis de la mañana. Y no quiero retrasos. Si vuelves a llegar tarde, te enseñaré lo que pasa cuando pierdo el hambre por la paciencia. La soltó tan bruscamente que ella tuvo que sujetarse del escritorio para no caer. Sin decir una palabra más, Alaric regresó a las sombras del ventanal, dándole la espalda otra vez, descartándola como si no fuera más que una molestia necesaria. Elora salió de la oficina con las piernas temblando y el corazón aún rugiendo en sus oídos. No sabía por qué seguía volviendo a ese edificio, pero mientras bajaba en el ascensor, se tocó el cuello, donde el frío de los dedos de Alaric todavía parecía quemarle la piel. _______________✧_______________ Oooh por los dioses que calor 🔥 Que tal le pareció el capítulo hágamelo saber dejando sus COMENTARIOS. Nos vemos el siguiente capítulo. Besos mis vampíricas 🖤Cinco años habían pasado desde que el hielo del Señor de la Nada se derritiera bajo el poder del eclipse. Zyanthia ya no era la ciudad sombría y temerosa de antes; ahora era un santuario donde la luz y la oscuridad coexistían en un equilibrio vibrante.En el gran jardín de la Torre Thorne, que ahora florecía con rosas negras y lirios dorados, dos niños corrían con una velocidad que desafiaba las leyes humanas. Lucian, con su cabello rubio ceniza y una risa que iluminaba los rincones más oscuros, perseguía a Malakai, quien se movía entre las sombras de los arbustos como si fuera parte de ellas.—¡No vale usar portales, Malakai! —gritó Lucian, lanzando una pequeña esfera de luz para marcar la posición de su hermano.—¡Atrápame si puedes, Solecito! —respondió Malakai con una sonrisa de colmillos afilados, idéntica a la de su padre.Desde el balcón real, Alaric observaba la escena. El tiempo no había disminuido su imponente presencia; al contrario, su aura de Monarca se había vuelto más p
El cielo sobre Zyanthia se fracturó. El "Señor de la Nada" emergió de la muralla de hielo, una entidad de proporciones titánicas hecha de escarcha y olvido. Su mera presencia apagaba las luces de la ciudad y hacía que los corazones de los mortales se detuvieran. Pero Alaric no era un mortal. Alaric se interpuso entre la entidad y Elora, quien protegía a los gemelos con un escudo de luz que se resquebrajaba bajo la presión. El Monarca miró a su esposa por encima del hombro. Sus ojos ya no eran negros; eran orbes de un vacío absoluto, señal de que estaba accediendo a la Técnica del Rey Prohibido, un poder que consume el alma de quien lo invoca. —Alaric, no lo hagas... —suplicó Elora, sintiendo cómo la esencia vital de él se drenaba hacia su espada—. Esa magia te borrará. No quedará nada de ti para nosotros. —Si no lo hago, no habrá un "nosotros", Elora —respondió él, su voz resonando como el choque de placas tectónicas—. Cuida de mis hijos. Y recuérdame no como el hombre que te mint
El silencio en la plaza central de Zyanthia era sepulcral. Elora sostenía el cuerpo de Alaric, sintiendo cómo la esencia del hombre que amaba y odiaba a partes iguales se filtraba entre sus dedos como arena negra. Él estaba muriendo por haber usado el poder prohibido, entregando su alma para que ella y los gemelos pudieran respirar.—No me dejes, Alaric —susurró Elora, y su voz no fue un ruego, sino un comando que hizo vibrar el aire—. Eres el dueño de esta ciudad, y yo soy tu dueña. Te prohíbo marcharte.Elora comprendió lo que debía hacer. No bastaba con su luz; necesitaba el equilibrio que sus hijos habían mostrado. Llamó a Lucian y Malakai, quienes flotaban hacia ella. Tomó una de las dagas de obsidiana de Alaric y, con una determinación feroz, se cortó la palma de la mano. Luego, tomó las manos pequeñas de sus hijos, extrayendo una gota de luz de uno y una gota de sombra del otro.Colocó su mano sangrante sobre el pecho frío de Alaric, justo donde su corazón se había detenido.—P
La explosión de luz que emanó de las manos de Elora no solo agrietó el cristal reforzado de la Torre Thorne, sino que hizo que el Velo de Sombras de Alaric vibrara como una campana herida. Elora ya no era la mujer que buscaba respuestas; era una madre desesperada con el poder de un sol agonizante en sus venas. Alaric se puso en pie en un segundo, su instinto de combate activado incluso antes de estar plenamente despierto. Al ver a Elora junto a la ventana rota, con los gemelos levitando a su lado en un halo de energía dorada y negra, su rostro se contrajo en una mueca de furia y dolor. -¡No des un paso más, Vance! -rugió Alaric, y las sombras de la habitación se materializaron como lanzas apuntando hacia ella-. Si cruzas ese umbral, el Velo te consumirá. No puedes sobrevivir fuera de mi protección. -¡Tu protección es una tumba, Alaric! -respondió ella, y su voz resonó con un eco celestial-. Prefiero arder en el exterior que morir lentamente en tu mentira. Elora extendió sus alas d
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