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Ultrajada.

Autor: Alexyta
last update Fecha de publicación: 2023-11-23 22:17:01

—Pagarás por esto. Abre la puerta —dijo el oficial, agarrando a Maite y llevándola a un rincón en un espacio cerrado. Le arrancó el mono de prisionera y, lleno de deseos, Marcos la empujó contra la pared.

—Suéltame —suplicó ella con un dolor infinito en el pecho. No obstante, Marcos parecía no escuchar razones. Estaba cegado por el odio y la ira; deseaba cobrarle a Maite su traición y lo sucedido a su abuela. Que fuera a prisión no era suficiente; él quería verla llorar y suplicar, y aunque ella lo hizo, él no la escuchaba.

Maite se encontraba esposada y utilizó las esposas para golpear el rostro de Marcos, lo cual solo lo enfureció más. Marcos la arrinconó contra la pared y ella se golpeó el rostro.

Maite lloraba desgarradamente al ver lo que Marcos intentaba hacerle.

—No, por favor… no lo hagas —suplicó—. Lo prometiste, prometiste que jamás me lastimarías. Eres un cobarde, olvidaste tu promesa.

Aquellas palabras llegaron al corazón de Marcos, quien inmediatamente se detuvo y la soltó. Maite se dejó caer al suelo, llorando de manera desconsolada. Al verla en ese estado, el corazón de Marcos se estremeció e intentó acercarse a ella para pedirle perdón. Se dio cuenta tarde de la locura que estuvo a punto de cometer y se sentía un completo imbécil al intentar tomarla por la fuerza. Llevó sus manos a la cabeza sin entender por qué había reaccionado así. Él no era así de agresivo con las mujeres, y mucho menos si esa mujer era la que amaba. Luego recordó lo malvada que había sido esa mujer con su abuela, y su corazón se volvió a llenar de odio.

—Maite Ferri, te odio —vociferó, arregló su traje y salió del lugar, echando chispas. Al salir de la pequeña oficina, masculló—: Tú —señaló a una policía—. Ayuda a esa mujer a vestirse. La oficial entró rápidamente y encontró a Maite tendida en el suelo, con su ropa destrozada y cubierta de lágrimas. La mujer sintió lástima por la joven. La ayudó a vestirse, secó sus lágrimas y curó su herida.

—¿Por qué? ¿Por qué nadie hace nada en este país? ¿Por qué tanta injusticia contra mí? ¿No lo han escuchado? Intentó abusar de mí y nadie hizo nada por ayudarme —habló entre sollozos. La oficial desvió la mirada a cualquier lugar que no fuera Maite. Suspiró y dijo:

—Es Marcos Heredia, no podemos hacer nada. —Dicho eso, se levantó y lanzó el algodón en la papelera.

—¿Solo eso? ¿Es Marcos Heredia? ¿Acaso yo también no tengo derechos? El señor Marcos Heredia puede matarme y no habrá justicia. ¿Eso es lo que me quieres decir?

—Señorita, el señor Heredia no es un asesino; es un hombre importante del país y por eso tiene el respeto de todos, incluso el de la justicia.

—Le temes, ¿es eso, verdad? Son tan cobardes como él. Son unos puñeteros que no pueden defender a sus ciudadanos y cuidar de los extranjeros.

La oficial hizo oídos sordos y salió del lugar, dejando a Maite sola. Luego fue trasladada a la cárcel de mujeres.

Horas después de llegar, unas cuantas presas se le acercaron para intimidarla, pero ella se alejó y ellas la siguieron. Comenzaron a jalonearla con intención de pelear, pero ella no sabía cómo. Nunca nadie había querido golpearla. De pronto, una mujer se acercó y dijo:

—Déjenla en paz.

Todas voltearon a ver, incluso Maite. Cuando vio el rostro de aquella mujer, se sintió temerosa. Tenía algunas cicatrices en el rostro y Maite temió que fuera como las prisioneras que había visto en las películas, haciendo la vida imposible a las nuevas. Y así parecía estar sucediendo a ella.

—¿Quieres divertirte, jefa? —preguntó una prisionera.

—No —escupió la mujer—. Solo dejen a esa chica tranquila. Todas las mujeres se miraron entre sí, sin entender por qué la líder no quería divertirse haciéndole sufrir a Maite. Encogiéndose de hombros, se alejaron del lugar, dejando a Maite sola. Esta última soltó un suspiro cuando las mujeres se alejaron. Solo esperaba que no la molestaran más.

Mientras las demás prisioneras se alejaban, la mujer que la defendió volvió a mirarla y Maite no comprendía por qué la había defendido.

Horas más tarde, cuando ya estaban en la celda, Maite se dio cuenta de que su compañera de celda era la misma mujer que la defendió. Después de varios minutos de silencio, se acercó a la mujer y entabló una conversación agradeciéndole por haberla defendido.

—Tranquila —dijo la mujer—. Es por una buena razón… —se comió las demás letras y terminó diciendo—. Es porque te ves frágil y supuse que no aguantarías los golpes de ellas. Si te hubieran golpeado, seguro ahora estarías muerta. —Dicho eso, la mujer se metió en su cama y Maite se quedó pensando en las palabras de la mujer.

Cuando Marcos salió del juzgado, habló claro y fuerte para hacerse escuchar.

—No quiero volver a saber de esa mujer. Si algún día está herida o muerta, no me informen porque no me interesa saber nada sobre ella. ¿Entendido?

—Sí, señor. —Una vez que llegó a la mansión, se encerró en el despacho a beber sin control. Una vez borracho, Emma entró y le quitó la botella de su mano y lo ayudó a subir a su habitación. Marcos se había pasado de copas; todo a su alrededor era nubloso, el alcohol le hacía ver la visión que su corazón quería, por ello tomó a Emma por la cintura y la llevó hacia él. Al sentir los suaves labios de Marcos recorrer su cuello, se sintió excitada e inmediatamente buscó la boca de Marcos y lo besó con desenfreno.

Esta era la oportunidad que Emma había esperado por muchos años y era lógico que no la dejaría escapar. Mientras se besaban con deseo, fue deslizando su mano hasta tocar la erección de Marcos. Luego lo desnudó y lo lanzó sobre la cama. Ella también se deshizo de sus prendas y se trepó sobre él. Con sus labios recorrió el pecho de Marcos, provocando que este soltara unos gemidos. Marcos llevó sus manos a las nalgas de Emma y presionó, traspasando así su humedad. Emma soltó un grito que retumbó en las cuatro paredes de la habitación. Lo que vino después fue una ardiente noche de placer para Emma.

—Te amo —susurró Marcos. Una ancha sonrisa se dibujó en las comisuras de Emma. Sin embargo, cuando Marcos repitió el "te amo" y pronunció el nombre de Maite, la mencionada detuvo los movimientos circulares que realizaba sobre Marcos y clavó sus uñas en el pecho del hombre, quien gimió de dolor.

En cuanto Emma maldijo en sus adentros, deseó con todas las fuerzas de su alma que Maite muriera en prisión y así Marcos pudiera olvidarse para siempre de ella. Soltando un grueso suspiro, Emma volvió a moverse y soltó unos gritos al alcanzar su orgasmo. Luego cayó sobre el pecho de Marcos, quien ya se encontraba dormido. Después se recostó a un costado, puesto que ya estaba satisfecha. Al fin logró conseguir lo que tanto había soñado: acostarse con Marcos. Solo esperaba que aquello fuera el inicio de lo que un día quería alcanzar: ser la señora de Marcos Heredia.

Al día siguiente, cuando Marcos abrió los ojos, sintió un fuerte dolor de cabeza que lo obligó a llevarse las manos a la cabeza. Hizo presión en ella y se quejó. Luego descubrió su cuerpo y se encontró completamente desnudo. La sangre de Marcos cayó a sus pies. Lentamente se giró y se encontró con Emma, quien dormía plácidamente. Los negros ojos de Marcos se encendieron y la ira lo embargó. Crujiendo los dientes, cuestionó:

—¿Por qué estás aquí? —gruñó, provocando que la mujer dormida abriera los ojos de golpe y se enrollara con las cobijas—. Pregunté qué diablos haces aquí…

—Marcos, anoche… tú y yo… bueno, ya sabes qué hicimos. —Cállate —masculló Marcos al levantarse.

—No es necesario que des los detalles; no soy tan estúpido como para no saber lo que pasó. —Furioso, se dirigió al baño y antes de entrar vociferó—. Cuando salga de la ducha no quiero que estés aquí. —Dicho eso, se metió en la ducha. Mientras tanto, Emma se quedó mirando el trasero de Marcos. Luego se levantó de la cama con una sonrisa de victoria. Al salir de la habitación, se encontró con una empleada. Esta última ladeó la cabeza en negación. No podía creer que su jefe se hubiera metido con esa joven. Emma la miró con desprecio. Para ella no era un secreto que la servidumbre de aquella casa no la quería, pero ahora que Elisa no estaba, ella sería la señora de aquella hacienda y debían respetarla.

—¿Qué tanto me ves? —La empleada bajó la mirada y continuó limpiando.

—¿Vas a ignorarme, mugrienta?

—No, señorita, solo seguiré limpiando.

—Entra a esa habitación y ordena. —La empleada ingresó a la habitación y cerró la puerta. Se dirigió a la cama y, al sacar las cobijas, encontró la mancha de sangre en ellas. En ese preciso momento, la puerta del baño se abrió y al escuchar que se cerraba, Marcos decidió salir con una bata de baño, imaginando que Emma finalmente se había ido. Sin embargo, al encontrarse con la empleada, se quedó helado al igual que ella. La mujer formó una “O” con la boca al verlo desnudo, seguido tapó sus ojos y salió corriendo de la habitación.

Marcos Heredia se acercó a la cama para poder contemplar mejor aquella mancha roja que se encontraba en ella. Apretó los dientes y se cubrió la cabeza con las manos, presionando sus ojos con disgusto. Si antes se lamentaba por haberse emborrachado hasta perder la conciencia, ahora se lamentaba aún más, ya que había estado con Emma y ni siquiera recordaba si habían usado protección. Se reprochaba por haber sido tan irresponsable y no haber podido controlarse en ese asunto, especialmente porque esa mujer no solo era la mejor amiga de su ex, sino que tampoco le interesaba en lo más mínimo.

Marcos era un hombre que valoraba mucho a las mujeres puras; por eso nunca le propuso a Maite tener relaciones sexuales sin antes estar seguro de que la quería para toda la vida.

Mientras tanto, Maite se encontraba en el patio cuando Graciela se le acercó.

—¿Y qué haces aquí? —preguntó.

Maite miró a Graciela a los ojos y, desahogándose de todo lo que tenía guardado, le contó lo que estaba sucediendo.

—Me acusan de haber matado a un hombre que supuestamente era mi amante, algo de lo que ni siquiera estaba enterada, ya que hace apenas una semana llegué de París —sonrió con amargura y se secó las lágrimas—. Y también me acusan de haber atacado a la abuela de quien iba a ser mi esposo… Es algo que jamás haría, ya que la quiero como si fuera mi abuela.

—¿Y tú, lo hiciste? —preguntó Graciela.

—¡Claro que no! Al menos no lo recuerdo. Lo único que recuerdo es haber visto a Emma llegar con unos strippers para celebrar mi despedida de soltera… Todo estaba bien cuando ellos se fueron… No sé en qué momento me emborraché si ni siquiera bebí más que una copa que mi amiga me dio… Luego todo se volvió borroso y no recuerdo más. El resto de lo que sucedió lo soñé mientras dormía, al menos eso creía.

Graciela sonrió y replicó:

—Amigas como esa, para qué enemigas, linda.

—No entiendo —respondió Maite confundida.

—¿Acaso no te has dado cuenta, niña? ¿O eres realmente tonta? Es más que obvio que tu mejor amiga puso algo en tu bebida y por eso no recuerdas nada.

—No, Emma no haría eso; ella es mi amiga —defendió Maite.

—Pufs, si eso es amiga, no quiero ni imaginarme cómo son tus enemigos —dijo Graciela. Maite quedó perdida en sus pensamientos, recordando el pasado. Ahora que lo pensaba con claridad, la mujer de cicatrices podría tener razón, ya que Emma le había hablado del hombre del cual estaba enamorada y una vez que terminara la universidad, iría por él. Se le metió en la cabeza que seguro estaba hablando de Marcos.

—No puedo creerlo —murmuró Maite.

—Pues créelo, niña. En esta vida ya no hay amigas.

—Necesito un teléfono —dijo Maite mientras se levantaba e intentaba acercarse a las guardias. Sin embargo, ninguna de ellas le hizo caso.

—Hey —dijo Graciela—. Yo tengo un celular por si quieres llamar.

Maite tomó el celular y marcó el número de Emma. Al ver un número desconocido, Emma decidió no contestar la llamada. La llamada volvió a ingresar y Emma observó el móvil hasta que finalmente decidió contestar.

—Hola —dijo Emma del otro lado del teléfono.

—Soy Maite —dijo Maite—. Quiero verte, ¿puedes visitarme ahora?

—¡No! —exclamó Emma en el otro extremo del teléfono.

—Entonces enviaré todas las pruebas que mi padre tiene guardadas sobre los desfalcos que tu padre hizo a las empresas de Marcos.

—¿De qué estupidez estás hablando? —preguntó Emma furiosa.

—De lo que escuchaste —respondió Maite. Emma sonrió y replicó:

—Haz lo que quieras. —Luego colgó enfadada, dejando a Maite con disgusto.

—No vendrá, ¿verdad? Es tan cobarde que no se atreverá a enfrentarme —dijo Maite mientras se sentaba en la vereda.

—¿Y cuántos años te dieron? —preguntó Graciela.

—Sesenta —contestó Maite con tristeza.

—Uuf, tienes toda una vida en prisión —dijo Graciela. Maite suspiró.

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Último capítulo

  • Esposa de un hombre cruel   EPÍLOGO.

    La vida de Maite y Marcos como padres era cada día más difícil, puesto que no sabían cómo ser padres. Se habían convertido en demasiados protectores con su pequeño Albert. Se les hizo más fácil cuando la adopción de aquel pequeño que acompañaba a Albert el día en que Marcos lo encontró llegó. Ahora tenían dos hijos, a los cuales les darían el amor que habían perdido cuando la mujer que cuidaba de ellos murió. Aquellos niños que habían carecido de amor ahora tenían de sobra. Albert se sentía feliz y contento viviendo con sus nuevos padres y visitando cada cierto tiempo a su tío, prima y abuela en Estados Unidos. Marcos se encontraba en la oficina cuando le anunciaron a una persona. —Déjelo pasar. Tenía muchos años que no lo veía, para ser exactos desde el día que le confesó por qué había ayudado a Emma cuando le pidió que intercambiara las pruebas. El día que le hizo saber que el hijo que Emma perdió en realidad era suyo. Ese día, Marcos lo golpeó hasta cansarse; si no hubiera sido

  • Esposa de un hombre cruel   FIN.

    La policía llegó, apuntó a Emma y solicitó que bajara el arma, pero ella quería llevarse a Maite por delante. Intentó disparar nuevamente a una Maite que estaba en shock, observando a su esposo en el suelo, con una bala tras su espalda. Al intentar matar a Maite, la policía disparó, derribando así a Emma. Elisa salió del coche; al ver a Marcos en el suelo, cubrió su pecho, sus rodillas se doblaron y Santiago evitó que cayera al suelo. —¡Tú no, Marcos! ¡Tú no puedes dejarme! —ya había enterrado a su esposo, hijo y ahora nieto. Dicho eso, se desmayó. Maite, por su parte, dejó al niño en el suelo. Sus rodillas se estamparon contra la tierra, sus manos temblorosas la llevaron al rostro de su amado. Soltando un grito impotente, lo abrazó, hundió el rostro en el cuello y sintió lo bajo del pulso. Inmediatamente la apartaron, lo encasillaron y subieron a la ambulancia. Maite se abrazó de nuevo a su hijo; no quería soltarlo, pero tampoco quería dejar solo a su esposo. Pero ahora, él la ne

  • Esposa de un hombre cruel   RESCATE.

    Ya tenía todo arreglado; el maletín se encontraba por sus pies. Al salir Maite del baño y encontrarlo así, le preocupó. —¿Qué sucede? —Quieren que lleves el dinero. Se quedó un momento en silencio. —Lo llevaré —agarró el maletín para irse. —No, no puedo permitirlo. Soy yo quien debe llevarlo… Se levantó y la detuvo. —Si pidieron que sea yo, lo haremos como dicen. No pondré en riesgo la vida de mi hijo —acarició el rostro de su hombre, acercó los labios y lo besó—. Si queremos de regreso a nuestro hijo, hay que hacerlo como piden. Supongo que amenazaron con hacerle algo si no acatábamos su orden, ¿cierto? ¿quieres eso? ¿quieres que lastimen a nuestro bebé? —Marcos negó. —Entonces, amor. Déjame ir. —¡No lo permitiré! Primero muerto antes que dejarte ir sola. No importa las amenazas que hagan; yo sé que no le harán daño mientras no obtengan el dinero. Si tú lo llevas, podrían lastimarlo a los dos. —¿¡No confías en que sea capaz!? —sonrió acariciando esa carita delicada. —No es

  • Esposa de un hombre cruel   SACANDOLE LA VERDAD.

    —¿Y tú? ¿Quién te crees para entrar así a mi casa? —replicó Ángel. Marcos miró con altivez todo a su alrededor y, con arrogancia, respondió: —¿Estás seguro de que es tu casa? Si bien era cierto que el abogado tenía su casa, pero ahora mismo se encontraba en la mansión de su abuelo, el lugar donde vivía su madre y en el que vivió desde la niñez. Y esa casa también era parte de la herencia que su abuelo le dejó a Marcos. Por petición de Elisa, este aceptó no desalojar a la madre de Ángel. Sin embargo, después de todo lo que habían hecho los hijos de esa mujer, no dudaría en echarlos a la calle. Caminó alrededor de la sala, pisando con fuerzas el suelo y haciendo sonar la suela de sus caros zapatos. —¡Estás en mi territorio, y puedo aplastarte cuando me dé la gana! —lanzó al suelo el maletín de Ángel y se acomodó en los muebles como todo un rey. Desde ahí, miró fijamente a Izan. —¡Así que querías destruirme jugando tan sucio! —se levantó y se paró al frente. Apretó con fuerzas la ma

  • Esposa de un hombre cruel   EN LIBERTAD.

    La visita de Isabela a Marcos fue un punto a favor de este. Su abogado hizo uso de ese error para reabrir el caso. No era posible que la mujer que decía haber sido violada visitara a su violador cuando este le había hecho demasiado daño. —Elisa, Marcos fue herido en prisión —la anciana tocó su pecho. Si Gonzáles no le aclaraba de inmediato que se encontraba fuera de peligro, ella habría muerto del dolor. —Está bien, puedes irlo a visitar. —Tienes que sacar a mi nieto de ese lugar, me lo van a matar. —Lo sacaremos de ahí, Elisa. Ya verás que lo sacaremos. Confiando en que Marisa sacaría a Marcos de prisión, Elisa salió de la villa rumbo a la clínica. Por otro lado, Ramón se sentía furioso por el plan fracasado, más cuando supo que Isabela visitó a Marcos y eso les dio opción a los abogados de Marcos para abrir el caso. Si esto sucedía, si se reabría el caso de Marcos Heredia, Sara tenía que volver a declarar, y resultaba que esa mujer estaba muerta. Eso era otro problema más. —¿

  • Esposa de un hombre cruel   NECESITO ESCAPAR.

    Estaba planeado clavar la navaja las tantas veces que fueran necesarias, hasta el punto de hacer cernidero el abdomen de Marcos y destrozar todos sus intestinos y órganos. No obstante, otro grupo ingresó trayendo consigo a los guardias y evitando que eso sucediera. Marcos cayó al suelo y observó al hombre parado delante de él. —¡Guido! —curvó las comisuras al ver el rostro de su antiguo compañero de colegio. —El mismo. No reconociste mi voz. Creí que después de darte la navaja me seguirías y buscarías, pero sigues tan creído y arrogante como siempre, Marcos Heredia. Marcos sonrió y una línea de sangre se escapó por sus comisuras. —Aún no es tiempo, Marcos —lo sacudió Guido. Rápidamente lo sacaron de la celda y lo llevaron a la enfermería de prisión. Al ver la navaja clavada en el abdomen del prisionero, el doctor solicitó que fuera llevado a un hospital. De camino a este, se les informó a los familiares. El abogado se dirigió de inmediato al hospital, ocultando lo sucedido a Eli

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