INICIAR SESIÓNAstrid esperou por Joshua a noite toda como costumava fazer. E a primeira coisa que recebeu, em vez de uma saudação fria, foram os papéis do divórcio. - por quê?- foram as suas únicas palavras ao ver o acordo. Joshua, eu olho para ela com indiferença - foi o suficiente, é uma perda de tempo seguir esse casamento, em primeiro lugar, se não fosse pelo meu avô, eu não teria me casado com você!Assine!- grito. Astrid, sob seus olhos lacrimejantes, apressadamente pegou o Acordo de divórcio e colocou-o em sua boca. - Não quero divorciar-me!- gritou Astrid. Joshua não respondeu, apenas olhou para ela e foi embora. Afinal, era difícil entrar no coração de alguém como Josué. Ela se manteve firme em sua decisão, casou-se para cuidar da saúde de sua mãe Hasta até que a perdeu também, não restando mais nada a que se agarrar. –Ele não sente nada por mim – limpo, seus olhos lacrimejantes-no futuro não voltarei a aparecer na frente dele. Ele pegou sua bagagem e, ao lado de uma forte nevasca, desapareceu junto com suas pegadas na neve. Deixando para trás apenas sua assinatura no Acordo de divórcio.
Ver másElyna yacía sentada en la cama del hospital con la espalda rígida, como si cualquier movimiento pudiera desmoronarla.
Sus manos permanecían sobre las sábanas blancas.
Sus ojos seguían vendados, cubiertos por capas de gasa que presionaban su rostro y se sentían como un recordatorio constante de la oscuridad que había gobernado su vida durante los últimos tiempos.
Dos años sin luz. Dos años aprendiendo a existir sin ver.
El olor a desinfectante flotaba en el aire, limpio y penetrante.
A su lado, la enfermera se movía con suavidad, con gestos cuidadosos.
Del otro lado estaba Vera, apretándole la mano con fuerza, como si ese contacto fuera el ancla que impedía que Elyna se perdiera en sus propios miedos.
Vera había estado con ella desde siempre. Desde la infancia, desde antes de la tragedia, desde antes de que el mundo se apagara. Era su voz firme, su sostén silencioso, la única que había visto de cerca cómo Elyna se reconstruía una y otra vez.
El sonido de la puerta al abrirse hizo que Elyna contuviera la respiración. Su corazón dio un salto violento.
—Buenos días, señora Senegal —anunció una voz masculina—. Espero que se sienta tranquila.
Era el doctor Lombardo.
Elyna asintió apenas, aunque la palabra “tranquila” le parecía absurda. Por dentro era un torbellino de expectativas, miedo y esperanza.
La habían operado ayer, y hoy, por fin, sabrían si la operación para recuperar la vista era exitosa o no.
—Doctor… —su voz tembló pese a su intento de control—. Es una pena que mi esposo no haya podido venir.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado, casi hiriente. Elyna frunció ligeramente el ceño.
—¿No ha llamado para preguntar por mí? —añadió, aferrándose a esa pregunta, como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio.
El doctor dudó. No lo vio, pero lo sintió.
La ceguera había afinado sus sentidos de una forma cruel y precisa; sabía reconocer las pausas incómodas, las respiraciones contenidas, las mentiras que aún no se pronunciaban.
—Lo siento —respondió finalmente—. No ha llamado. Intenté comunicarme con él esta mañana, pero no obtuve respuesta.
Algo se quebró dentro de Elyna. No fue un dolor puntual, sino una fisura silenciosa que se abrió en su pecho.
Un presentimiento frío recorrió su espalda. Aun así, respiró hondo. No iba a derrumbarse. No ese día. No después de haber llegado tan lejos.
El doctor comenzó a retirar los vendajes con extremo cuidado.
Elyna no siempre había sido ciega.
Recordaba con absoluta claridad la sonrisa de Esteban cuando aún era su prometido, cuando sus ojos la miraban como si ella fuera el centro de su mundo.
Él era viudo entonces, cargaba un dolor silencioso y un hijo pequeño de ocho años que ella adoraba.
Elyna lo había amado sin reservas, aceptando su pasado, su duelo, su historia incompleta.
Se casaron enamorados. Amó también al pequeño Elías, lo abrazó como propio, lo cuidó como si lo hubiera parido.
Y luego vino aquel día fatídico que seguía grabado en su memoria como una cicatriz viva: la salida nocturna, el intento de secuestro, los gritos, el caos. No pensó. Solo actuó.
Se interpuso entre Esteban y el arma. El disparo resonó seco, definitivo. No la mató. Pero le arrebató la vista.
Después vinieron las promesas. Los votos cargados de amor y gratitud. Esteban juró cuidarla, ser sus ojos, no abandonarla jamás. Elyna le creyó. Con una fe absoluta.
—Hay muchas probabilidades de éxito —dijo el doctor—, pero debe mantener la calma.
Le pidieron que no abriera los ojos aún. El corazón de Elyna latía con tanta fuerza que le dolía el pecho.
Dos años de oscuridad. Dos años soñando con este momento.
—Ahora —indicó el doctor—. Puede abrirlos.
Lo hizo despacio, con miedo.
Al principio fue solo una claridad difusa, un resplandor que le quemó los ojos. Parpadeó, las lágrimas brotaron solas.
Luego, la luz comenzó a tomar forma. Contornos. Sombras. Rostros.
Fue como si alguien hubiera encendido una bombilla en una habitación oscura durante años.
—Veo… —susurró—. ¡Dios mío… estoy viendo!
La voz se le quebró. Vera la abrazó con fuerza, llorando sin evitarlo.
—Lo lograste. Por fin —repetía.
Elyna reía y lloraba al mismo tiempo. Su pecho estaba lleno de una felicidad tan intensa que casi dolía.
Todo lo que quería era volver a casa, abrazar a Esteban, mirar a Elías a los ojos. Entonces, una idea ingenua, casi infantil, brotó en su mente.
—Doctor… —pidió—, no les diga nada. Quiero sorprenderlos.
El médico sonrió, conmovido por su ilusión.
Cuando el teléfono sonó y el nombre de Esteban apareció en la pantalla, Elyna negó con la cabeza, suplicando silencio.
—Quiero ser yo quien les dé la buena noticia.
El doctor aceptó.
—El último procedimiento no dio resultado —mintió—. Aún no ha recuperado la visión.
—Entiendo —respondió Esteban con frialdad—. Gracias.
Elyna no percibió ese tono. Estaba demasiado feliz.
***
Horas después regresó a casa. Caminó sola, sin bastón. Subió los escalones con seguridad.
Cada paso era una victoria.
Al entrar, el silencio la golpeó con violencia. Se quitó los lentes oscuros… y entonces lo vio.
Un retrato enorme colgaba en la pared principal.
No era la madre difunta de Elías.
Era Esteban, abrazando a una mujer joven, vestida de novia. Hermosa. Radiante. Y junto a ellos, Elías, sonriendo.
El mundo se detuvo.
El miedo le estrujó el alma.
Negó con la cabeza, incapaz de aceptar lo evidente, y subió las escaleras casi corriendo.
Entonces escuchó los sonidos. Jadeos. Gemidos. Risas ahogadas.
La puerta estaba entreabierta.
—¿No temes que tu esposa nos descubra? —preguntó una voz femenina, dulce, aguda y venenosa.
—Elyna es ciega —respondió Esteban—. Aunque entrara, no podría vernos.
La mujer sonrió, sus uñas rojas acariciando el pecho desnudo del hombre.
—Incluso Elías dice que soy su mejor mamá —añadió la mujer—. Divórciate de ella, amor. Envíala a un centro médico lejos de nosotros, mi amor. Sé mío para siempre–
Antes de que terminara de hablar, él la besó con hambre.
El aire le faltó. Elyna retrocedió y cayó al suelo, cubriéndose la boca para no gritar.
Su esposo la engañaba en su propia cama, y el hijo que ella crio con tanto amor... ¡Era su cómplice!
Elyna bajó la escalera con pasos torpes y apresurados, apoyándose apenas en el pasamanos, como si huir fuera la única opción que le quedaba para no derrumbarse allí mismo.
No lo pensó. No se permitió pensar.
Simplemente, se dejó arrastrar por esa urgencia desesperada de alejarse, de escapar del peso insoportable que le oprimía el pecho desde hacía semanas, desde hacía meses… desde el momento exacto en que su vida comenzó a desmoronarse sin que ella pudiera detenerlo.
Sus ojos ardían.
No distinguía ya si lo que los nublaba eran lágrimas de tristeza, de rabia contenida o de puro agotamiento emocional.
Todo se mezclaba en una sensación difusa, espesa, como si el mundo se hubiese vuelto borroso no solo para su vista, sino también para su alma.
Sentía el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, un latido violento, errático, que le hacía temer que en cualquier momento simplemente se rompiera.
Entonces, una voz infantil la detuvo en seco.
—¿Mamita?
Samuel finalmente entendeu que, afinal, ele estava mentindo para si mesmo.Astrid não poderia ser considerada a pessoa que ele mais amava, não importa o que acontecesse.Depois disso, ele também entendeu que o que Joshua poderia dar a Astrid, ele nunca poderia dar.Se Joshua não estivesse presente naquele dia, apenas com ele, não teria conseguido salvar Astrid.Após uma breve conversa com Astrid, ele foi trabalhar em seu restaurante.Depois de uma longa conversa, seu coração doeu.E Joshua também esperava calmamente por Astrid no carro.Ele viu sua querida esposa vindo em sua direção e sorriu ternamente para ela.Desde que Astrid voltou para casa, o sorriso no rosto de Joshua cresceu.Antes ele não gostava de sorrir, depois de ter Astrid, ele adorava rir.Foi o tipo de felicidade que vem do fundo do coração.Uma vez marcado o dia, Joshua mal podia esperar para anunciar seu feliz acontecimento ao mundo inteiro. Seguido pelo momento de sua entrevista, ele então disse estas palavras.—Na
A mulher nem reagiu ao que estava acontecendo por um tempo.Que? Como devo chamá-lo? Embora Joshua realmente gostasse dela, ele já era casado, então isso não era muito legal.André, ao lado, abriu a boca: “Pai, eu realmente não fiz nada. Acabei de chegar na frente da minha mãe e ela disse que eu cortei a saia dela... Andrew terminou de falar e olhou para a Sra. Newt.Sua mãe lhe ensinou que ele não podia apontar para os outros quando falava, era muito rude.A Sra. Newt congelou quando ouviu isso, O quê? Pai? Era difícil acreditar que esse pirralho fosse filho de Joshua. Depois, para a mulher que apenas... Vendo as expressões dos três, a Sra. Newt instantaneamente se sentiu mal.Não deveria ser assim, não é coincidência.Como essas duas pessoas vestidas com roupas tão feias poderiam ser a família de Joshua Steel?Mas se fosse assim mesmo, ele não teria mexido com as pessoas mais influentes? Sua família ainda tinha um projeto de cooperação com a Siderúrgica, caso em que todos estariam a
Andrew franziu a testa e olhou para as roupas que vestia.Embora fosse verdade que ela era muito comum, não havia necessidade de dizer isso assim.Ele estava prestes a abrir a boca para responder, quando viu uma mulher nobremente vestida ao lado dele dizendo – Ah, Liam, como você pode dizer isso das outras crianças? Não é culpa deles não terem dinheiro. Eles provavelmente só virão aqui uma vez na vida, é tão patético— A mulher também olhou para Andrew com uma cara de nojo, seu olhar estava cheio de desprezo e desdém.“Andrew, eu disse para você não correr, por que você veio aqui?” Astrid pegou a passagem e se virou para Andrew. Esse garoto é realmente ...Você acaba de comprar o ingresso para o esforço do seu trabalho. Esse menino correu aqui, tem tanta gente e é ruim se perder.A mulher viu Astrid chegando e olhou para ela novamente com desdém.Ele realmente parecia um pobre delinquente, provavelmente gastando um ano de salário para vir brincar aqui, então virou a cabeça e levou a cr
Depois que Joshua ouviu isso, a força em suas mãos diminuiu ligeiramente, não por causa do que Marilyn disse, mas porque ele sentiu que não poderia matá-la ainda.Marilyn respirou fundo e ofegou pesadamente, olhou para Joshua com superioridade e disse - O quê, você ainda não consegue colocar a mão nesse rosto?O sorriso dela era um tanto desdenhoso e, embora Joshua a agarrasse pelo colarinho, ele ainda tinha uma expressão condescendente no rosto – Por que você está assim? – Joshua não entendeu.A vítima sempre foi Astrid, mas agora Marilyn parecia ter sido injustiçada de mil maneiras.Joshua soltou Marilyn.Ele achava que Marilyn também devia ter consciência de si mesma para saber que não poderia vencê-lo.Além disso, não havia ninguém aqui que pudesse ajudá-lo agora, e mesmo que alguém viesse, os dois não seriam capazes de derrotar Josué.Marilyn esfregou o pescoço avermelhado e falou friamente: “Só porque você a escolheu!” Que tipo de coisa é Astrid? Além de poder chorar é um desper






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