FAZER LOGIN—¡Oh, Nicolás! —alcanzó la mujer a su prometido cuando este bajaba las escaleras de la mansión con rumbo a la planta baja—. ¡Mira! ¡Mira! —canturreó como una niña chiquita, emocionada—. Las invitaciones ya están listas —le mostró lo que parecía ser una serie de pergaminos con listones y una brillante tipografía.
Nicolás alzó una ceja sin comprender del todo la razón de tanto entusiasmo de su parte.
—¿No lo ves? —preguntó Alicia al darse cuenta de que su novio no captaba la razón de su alegría—. ¡Nicolás, es justo como siempre lo había soñado! —le sonrió con aquel dulce encanto.
Y así, con mucha paciencia, se dedicó a explicarle a su prometido lo que hacía de estas invitaciones tan especiales.
El día en que se conocieron, después de que ocurriera «eso», Alicia se había conmovido al presenciar la escena de un triste y abandonado Nicolás.
Ella no sabía cómo acercarse, ya que el niño era muy arisco.
Así que se le ocurrió que la mejor manera era regalándole un dibujo, y así lo hizo, uno tras otro, en forma de pergamino.
Al principio esto no surtió efecto en Nicolás, hasta que, en un momento determinado, una sonrisa se dibujó en sus labios. Esa sonrisa alejó la tristeza que lo invadía, aunque fuera por un breve instante.
De vuelta al presente, su prometido le abrazó de aquella forma cálida que siempre le demostraba en momentos como ese.
No tenía dudas de que la quería.
O eso se decía, ya que su relación había tenido que pasar por muchos obstáculos.
Empezando por ese matrimonio…
Ese día su corazón se destruyó al ver cómo se casaba con Regina, pero Nicolás le había prometido que aquello sería temporal, y que lo hacía por el bien de ambos.
Y sí, efectivamente había cumplido con su palabra.
Alicia miró a su alrededor, sintiéndose dichosa de ser ahora la dueña de esa enorme casa.
¡Todo era suyo!
¡Le pertenecía!
—Enviaré las invitaciones de inmediato —le informó a su prometido, pero antes de que pudiera alejarse para cumplir con dicha tarea, alguien tocó a la puerta de la casa.
—¿Esperabas alguna visita? —le preguntó Nicolás con voz seria.
Alicia negó con la cabeza.
El hombre se acercó entonces a la puerta y la abrió, encontrándose con aquel sujeto que tan bien recordaba: el abogado de Regina.
—¿Usted qué hace aquí? —indagó en un tono agrio, que no intentó ni un poco disimular. Nada que proviniera de Regina podía tratarse de buenas noticias y, efectivamente, ese era el caso.
—Disculpe que le incomode tan temprano, señor Davies —dijo el hombre con fingida diplomacia—. Pero he venido para entregarle esta citación —le extendió una hoja, que, Nicolás, no se tomó la molestia en aceptar.
La mano del señor Castro se quedó extendida en alto por largo rato, hasta que finalmente la bajó, comprendiendo que aquel hombre no pensaba aceptar la citación. Aun así, su deber era informarle de qué se trataba todo aquello, así que eso hizo.
—La citación es para que acuda al tribunal en la fecha estipulada. La señora Regina ha decidido entablar una demanda para la nulidad del divorcio —informó.
—¿Qué?
Nicolás empuñó las manos con rabia, al tiempo en que, Alicia ahogaba una exclamación.
—No, Nicolás. Eso que está diciendo este hombre no puede ser cierto. ¡¿Dime que no es verdad?! —exigió con ojos llorosos, al ver sus sueños nuevamente desbaratarse.
—Tranquila, Alicia. Nada de esto va a suceder —aseguró mirando al abogado con rabia.
—Esperamos contar con su presencia, señor Davies —se despidió Castro, imaginando que su presencia en aquellos momentos no era para nada grata.
Antes de irse, Nicolás le arrebató la citación de las manos con sumo hastió, dedicándose a leer cada palabra con el ceño fruncido, como si aquel papel no contuviera otra cosa que su condena de muerte.
—¡Nicolás, ¿y ahora qué haremos?! —sollozó Alicia, sentándose en unos de los muebles, como si todo estuviese perdido.
—Envía esas invitaciones —le dijo su prometido con seriedad—. Nada impedirá que nos casemos.
Hola, queridos lectores. Quisiera invitarlos a dar un vistazo en mi perfil. He publicado una nueva historia que se titula: Atrapando al CEO: ¡Tengo a tus trillizas! Sipnosis: Valeria Muñoz no tenía idea de cómo fue que cayó en las redes de aquel hombre apuesto, mujeriego y, profundamente machista. "Aborta", había sido la brillante solución que le había dado al enterarse de su embarazo. Estaba esperando trillizas de Enzo Dubois, lo cual terminó forzando un matrimonio, haciendo que el hombre la odiara como si fuera su peor enemiga. Ese matrimonio resultó ser una pesadilla plagada de humillaciones, infidelidades y desprecios. Soporto todo por el amor de sus hijas, pero cuando nacieron y vio sus caritas por primera vez, supo que las pequeñas merecían un mejor ejemplo de madre. Así que tomó sus cosas y escapó buscando reconstruir su vida lejos de Enzo. Tres años después, un inesperado encuentro los llevó a estar nuevamente frente a frente, pero lo que no sabía Enzo Dubois
—Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas Liam, que los cumplas feliz. Que los vuelvas a cumplir, que los sigas cumpliendo, hasta el año tres mil —cantaron. Los aplausos no tardaron en resonar en la casa, mientras el pequeño de tan solo cuatro años era abrazado por sus padres. —Vamos, Liam. Sopla las velitas —le acercaron el pastel. Era una deliciosa torta de chocolate preparada por su madre, quien a pesar de no ser la mejor repostera, había puesto todo su empeño en hacerle algo especial. Ismael le untó la nariz al niño con chocolate, mientras este le manchaba la mejilla con la crema. —¡Basta ya! ¡Si siguen así, no quedará pastel para comer! —En lugar de un hijo, Sofía sentía que tenía dos. —Ya oíste a tu madre —le dijo Ismael a Liam, quien lo miró con los ojos entrecerrados, visiblemente ofendido porque había sido él quien empezó con todo. —Y tú también, Ismael, ya me escuchaste —lo apuntó Sofía con la espátula de la cocina. —¡Sí, señora! —se paró firme
Los meses habían pasado trayendo consigo nuevos comienzos. La vida de Sofía ya no se sentía como un campo minado. Aunque seguía sin ser perfecta, pero ahora contaba con la presencia de los que realmente quería y le importaban. Se había alejado de William, de sus padres y de todos aquellos que no le sumaban. Junto a Ismael había creado una nueva rutina, una que consistía en llevar al pequeño Liam a la cama. Así que todas las noches estaban allí, juntos, para verlo dormir. —Dulces sueños, campeón —susurró él, antes de besar la frente del niño. Cuando cerraron la puerta, se fueron a su recámara. Hicieron el amor sin prisa. Con besos húmedos y lentos, con una conexión tan intensa que casi dolía, porque el momento de alejarse siempre era doloroso. Después de que terminaron, se recostó en el pecho de Ismael, con una pierna sobre la suya, escuchando el ritmo de su corazón. —¿Sabes? —dijo él, con voz ronca pero tranquila—. Estoy harto de esta situación. —¿Qué situación? —Levantó la cabe
—¿Qué demonios les pasa? Ismael le arrebató el teléfono a uno de los enfermeros y entonces observó la imagen de William besándose con otro hombre. —Han cambiado a la ex directora por nada menos que un hombre —se burló alguien en medio de una carcajada.—¿Y eso a ti en qué te incumbe? —le preguntó con rabia, lanzándole el teléfono—. ¿Acaso les pagan por estar perdiendo el tiempo en los pasillos o es que quieren que los reporte?—No, Dr. Hill. Por supuesto que no. Pero… ¿No le alegra? —le preguntó como si debiera de alegrarse por alguna extraña razón.—¿Por qué habría de alegrarme?—No es un secreto para nadie lo que pasó entre ustedes —siguió la persona—. Y tampoco es un secreto que te ocultó a tu hijo. ¿No te parece que esta es una buena cuota de karma?—No, no me parece —gruñó exasperado por las idioteces que estaban diciendo—. Y si no quieren perder sus empleos, lo mejor será que regresen a sus labores. El grupo se dispersó rápidamente debido a la amenaza e Ismael aprovechó para e
Sofía entró sola en la sala del juzgado, sin abogado. No lo necesitaba. No para esto, que no era más que una simple firma que acabaría con una historia de más de once años. Una historia de mentira, por cierto.William ya estaba allí, sentado con su abogado. Se puso de pie al verla, como siempre lo hacía, como si aún fingiera que era el caballero perfecto. Sin embargo, no había nada más falso.—Sofía —murmuró—. Gracias por venir puntual.Ella se sentó frente a él sin contestar. No sentía ganas de hablarle. Sentía que era un completo extraño que, justo ahora, anhelaba tener a kilómetros de distancia.El abogado comenzó a hablar, pero no lo escuchaba. Solamente podía pensar en esos once años desperdiciados en una farsa. Tantas cenas, tantas fotos con sonrisas llenas de mentiras.—He pedido que se te otorgue el apartamento de la playa, el coche y parte del fondo común —dijo William, rompiendo el silencio y tratando de encontrar su mirada—. Sé que no es mucho, pero… quiero que tengas una c
La cocina se llenó del aroma cálido del puré de papas con zanahorias y calabacín, acompañado de pequeñas albóndigas de pavo cocidas al vapor, sin sal ni condimentos fuertes, especialmente pensadas para Liam. Sofía observaba a Ismael en silencio. Era increíble la agilidad con la que servía los platos. Parecía que no solamente era bueno con el bisturí, sino también con algo tan mundano como esto.—Para ti, pequeñín —colocó un platito especial para el niño, con pequeñas porciones bien separadas. Luego colocó frente a Sofía su propio plato, más sustancioso. —Gracias.—¿Puedo dárselo yo? —Claro.La mujer le entregó con delicadeza al pequeño Liam, quien miró a su padre con unos ojitos curiosos. Ismael se sentó con él en las piernas y comenzó a darle pequeños bocados, con una ternura que ni él mismo sabía que podía tener. Liam aceptaba la comida sin quejarse, entretenido con los botones de su camisa.Sofía, quien seguía sensible por todos los acontecimientos de los últimos días, se llev







