LOGINPOV Lanya
La abuela Sonia Elizalde se abalanzó sobre mi hermana como una tormenta desatada.
—¡Escúchame bien, niña! —su voz temblaba, pero no de debilidad, sino de furia contenida—. Te casarás. ¡No olvides que hemos pagado una dote de cinco millones de dólares! Ahora es tu deber quedarte aquí y cuidar a Damiano. Cuando él despierte… entonces podrás disfrutar de tu matrimonio.
La palabra disfrutar sonó cruel en medio la tragedia que se vivía.
Atalya forcejeó, soltándose con brusquedad. Su rostro estaba pálido, pero no por el dolor… sino por la frustración, lo noté en su mirada, además tuvo miedo, la familia Elizade siempre la adoró, ahora su rostro era otro, uno sin piedad.
Corrió hacia mi madre y se refugió en sus brazos como si fuese la víctima.
Todo era ruido, mezclado con reproches y amenazas.
Yo permanecía en un rincón, pequeña e invisible.
El mundo podía desmoronarse alrededor y no me importaría. Solo había un pensamiento en mi mente, repetido como una plegaria desesperada:
Damiano debe despertar. Damiano debe vivir.
Mis lágrimas caían en silencio. Nadie las notaba.
***
Las horas comenzaron a estirarse como si el tiempo disfrutara de nuestra agonía.
Cada segundo era más pesado que el anterior.
Atalya fue la primera en rendirse.
—Me siento muy mal… quiero ir a casa —murmuró, llevándose una mano a la frente con dramatismo.
Mi madre no dudó ni un instante. La rodeó con el brazo y la guio hacia la salida.
—Claro, mi amor, esto es demasiado para ti.
Las vi marcharse, pero yo me quedé.
Sentía que, si abandonaba ese hospital, aunque fuera un segundo, algo terrible ocurriría. Como si mi presencia fuera un hilo invisible que aún lo mantenía unido a este mundo.
Vi a la abuela Sonia sentada sola, rígida como una estatua tallada por el dolor.
Me armé de valor y me acerqué.
—Él va a despertar —dije con voz temblorosa—. Él es fuerte, señora Sonia. Siempre lo ha sido.
La anciana levantó la mirada hacia mí.
Sus ojos, cansados y enrojecidos, se suavizaron de pronto. Algo en su expresión cambió.
Extendió los brazos y, para mi sorpresa, me abrazó.
Su perfume a lavanda me envolvió.
—¡Ay, pequeña Lanya! —susurró con una tristeza infinita—. Ojalá mi nieta política fueras tú…
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Esas palabras eran un sueño imposible, una fantasía que jamás me permití alimentar.
No respondí. No podía.
***
La noche cayó sobre el hospital, silenciosa y fría.
Me quedé allí, aunque no fuese correcto. Aunque nadie me hubiese dado realmente ese derecho.
Para mi sorpresa, mi padre aceptó que permaneciera.
—Es mejor que una Bennister esté aquí —dijo con tono práctico—. No queremos que piensen que somos groseros. Iré a ver cómo está tu hermana. La pobre se veía tan afligida.
Apreté los labios. No discutí.
Lo vi alejarse por el pasillo sin volver la vista.
Cuando todo quedó en calma, cuando las voces se apagaron y el hospital se sumergió en ese silencio que solo se escucha de madrugada, me acerqué al mostrador.
—¿Puedo verlo? —pregunté, temiendo la negativa.
La enfermera me observó unos segundos y asintió.
Mis manos comenzaron a temblar. Nunca había estado realmente cerca de él.
Atalya jamás lo permitió. Siempre fui la sombra, la hermana menor, la que debía mantenerse al margen.
Pero esa noche… nada importaba.
Empujé la puerta con cuidado.
Y lo vi.
Damiano Elizalde, recostado en esa cama blanca, inmóvil, conectado a cables y máquinas, parecía otro hombre.
Ya no era la figura imponente de traje impecable y mirada azul como el cielo despejado. No era el hombre que imponía silencio con solo entrar a una habitación.
Se veía frágil. Demasiado pálido y quieto.
Mi pecho se apretó con una fuerza insoportable.
Daría todo… absolutamente todo… por verlo abrir los ojos.
Me acerqué lentamente y tomé su mano. Estaba tibia, pero inerte.
—Estoy aquí, Damiano… —mi voz se quebró—. Todo va a estar bien. Vas a despertar. Eres fuerte, no lo olvides… yo… yo rezo por ti cada segundo.
Las palabras se acumularon en mi garganta, pesadas, temerosas.
—Te amo, Damiano…
Nunca lo había dicho en voz alta.
En ese instante, una lágrima resbaló por su mejilla. Contuve el aliento.
¿Era un reflejo? ¿Una ilusión mía?
Entonces… sentí algo.
Un leve… casi imperceptible… apretón en mi mano.
Mi corazón se disparó.
—¡Damiano! —susurré, inclinándome hacia él—. ¿Puedes oírme?
Salí corriendo para llamar a una enfermera.
Pero antes de que pudiera avanzar por el pasillo, escuché gritos.
Mi padre estaba frente a la familia Elizalde. El rostro del abuelo Elizalde estaba desencajado por la ira.
—¡Tu malagradecida hija escapó con el dinero de la dote! —rugió—. ¡Cinco millones de dólares! ¿Creyeron que nos quedaríamos callados? ¡Ustedes pagarán por esto! ¡Abandonaron a mi hijo en su estado, son crueles! ¡No tendré piedad! Voy a enviar a los Bennister directo a la ruina.
Las palabras caían como golpes.
De pronto, mi padre giró el rostro hacia mí.
Su mirada fue fría. Calculadora.
—¡Ella! —me señaló con el dedo.
Retrocedí un paso. No entendía.
—Tengo otra hija —continuó con voz firme—. Libero del compromiso a mi pequeña Atalya. ¡Lanya Bennister se casará y asumirá el lugar de esposa de Damiano Elizalde!
El mundo dejó de girar. Sentí que el aire desaparecía.
Todas las miradas se clavaron en mí.
La abuela Sonia, los padres de Damiano.
El abuelo Elizalde con ojos severos, Incluso el silencio parecía observarme.Yo… no podía moverme.
¿Casarme con Damiano?
Convertirme en su esposa.
¿Acaso mi mayor deseo imposible se volvería realidad?
¿O el destino estaba burlándose de mí?
POV AUGUSTOEstaba sentado en uno de los pasillos del hospital, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que sentía los dedos entumecidos.Llevaba horas allí.Quizá demasiadas.Pero no podía irme.No podía alejarme de mi hijo mientras su vida pendía de un hilo.Cada vez que escuchaba pasos acercándose, levantaba la cabeza con desesperación, esperando encontrar al médico que me diera alguna noticia.Hasta ese momento, nadie había podido decirme nada definitivo.El trasplante se había realizado, pero todavía era demasiado pronto para saber si su cuerpo aceptaría el órgano.Y esa espera era una tortura.Mi hijo estaba detrás de una puerta que yo no podía atravesar.No podía verlo.No podía tomar su mano.No podía decirle que todo estaría bien porque, sinceramente, ni siquiera yo sabía si sería así.Cerré los ojos y respiré profundamente.—Vamos, hijo… tienes que luchar.Mi voz salió quebrada.—No puedes dejarme ahora.Había pasado toda mi vida in
Una semana despuésPOV NinaAugusto vino cada día a verme.Todos los días.A veces aparecía por la mañana, otras por la tarde. En ocasiones se quedaba durante horas sentado en el pasillo, esperando que yo aceptara verlo. Otras veces simplemente dejaba flores, comida o alguna nota con Lanya y se marchaba.Pero yo siempre lo rechazaba.No podía verlo.No todavía.No podía mirarlo a los ojos y fingir que todo estaba bien, como si nada hubiera ocurrido. Como si las últimas semanas no hubieran destrozado algo dentro de mí.Augusto me había roto de maneras que jamás imaginé posibles.Y lo peor era que no sabía si algún día podría volver a ser la misma mujer que fui antes de él.Había heridas que podían cerrarse con puntos, medicamentos y tiempo.Pero había otras que no se veían.Heridas que se quedaban escondidas en el pecho, quemando cada vez que uno intentaba respirar.Y las mías todavía estaban abiertas.Cuando finalmente me dieron de alta, Augusto estaba allí.Lo vi desde la puerta del h
POV NinaEstaba ahí, en aquella habitación blanca y silenciosa, mirando fijamente el techo mientras intentaba convencerme de que todo aquello era real.Solo quería ver a mi hijo.Eso era lo único que podía pensar.Desde que había despertado, una sensación de vacío me oprimía el pecho. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Las horas parecían confundirse unas con otras, y cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, mi corazón se aceleraba esperando que alguien entrara para decirme que podía verlo.Pero nadie llegaba.Y yo seguía allí.Sola.Me sentía tan frágil, tan vulnerable, que apenas podía reconocerme.Toda mi vida había intentado ser una mujer fuerte. Había soportado decepciones, discusiones, traiciones y momentos en los que pensé que ya no podría continuar.Pero nada se comparaba con el miedo de no saber dónde estaba mi hijo.Cerré los ojos.—Agustín...Pronunciar su nombre me hizo sentir un nudo en la garganta.Solo quería abrazarlo.Quería comprobar con mis propios ojos que estab
POV AUGUSTO No podía ver a mi hijo.Los médicos me habían explicado que todavía estaba convaleciente y que, por el momento, necesitaba permanecer bajo observación. Aquella noticia me había dejado con una angustia difícil de describir, pero intentaba mantener la calma.Después de todo, él estaba vivo.Eso era lo único que importaba.Sin embargo, también necesitaba saber cómo estaba Nina.Me dijeron que ella ya se encontraba fuera de peligro. Seguía débil y tendría que permanecer hospitalizada, pero su vida ya no corría riesgo.Cuando escuché aquello, sentí un pequeño alivio.Quería verla.Necesitaba verla.Aunque una parte de mí tenía miedo de enfrentarme a sus ojos.Porque sabía que, cuando Nina despertara completamente, tendría que responder por todo lo ocurrido.Mis manos temblaban mientras caminaba por el pasillo del hospital.Cada paso hacia su habitación parecía más pesado que el anterior.Pensaba en ella.En mi esposa.En todo lo que habíamos vivido.En las veces que había prome
POV AugustoLas horas en aquel hospital parecían no tener fin.Cada minuto se arrastraba con una lentitud insoportable, como si el tiempo se hubiera detenido únicamente para torturarme. Caminaba de un lado a otro por el pasillo, me sentaba, volvía a levantarme y miraba constantemente hacia las puertas de las habitaciones.No podía dejar de pensar en mis hijos.En Alexander.En Agustín.Y, sobre todo, en Nina.Cerré los ojos y respiré profundamente.Había pasado tantas cosas en tan poco tiempo que mi cabeza apenas podía procesarlas. El miedo, la culpa, la angustia… todo se mezclaba dentro de mí.Por lo menos, después de unas horas, un médico se acercó para decirme que Agustín estaba bien.Había despertado después de la anestesia.Sentí que por fin podía respirar.—Puede verlo unos minutos, señor.No esperé a que terminara la frase.Entré rápidamente.Cuando vi a mi hijo acostado en aquella cama, tan pequeño, con el rostro todavía pálido y los ojos cansados, sentí que algo dentro de mí s
POV AugustoMe quedé completamente inmóvil.—¿Qué?—Tenemos un donador compatible con su hijo.Mis ojos se llenaron de lágrimas.—¿Está seguro?—Sí, señor. Las pruebas confirman que es compatible.Durante unos segundos no pude responder.Sentí como si alguien hubiera abierto una ventana en medio de una habitación sin aire.Esperanza.Después de tantas horas de miedo, por primera vez alguien me estaba diciendo que todavía había una posibilidad.—¿Dónde está?—El donador está disponible. Necesitamos que traiga al niño al hospital inmediatamente.—Sí.Mi voz temblaba.—Sí, iremos ahora mismo.La llamada terminó.Me quedé mirando el teléfono.Damiano se acercó.—¿Qué ocurrió?Levanté la mirada.Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas, pero por primera vez no eran solamente de dolor.—Tenemos un donador.Damiano abrió los ojos.—¿Qué?—Es compatible con Alexander.Sentí que apenas podía pronunciar las palabras.—Tenemos una oportunidad.Damiano sonrió con alivio.—Entonces vámonos.







