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Capítulo 3.

Author: Peachy
—¡Está bien, no me importa dónde estés! —La voz de Bianca se volvió más aguda y estridente—. ¡Muévete y ven al Phantom Lounge ya mismo! ¡Y trae dos botellas de Dom Pérignon! ¡Esta es tu oportunidad de quedar bien con tu futuro jefe!

Solté una pequeña risa.

—¿Quedar bien?

—¡Exacto! —gruñó Marco al otro lado de la línea—. Muchacho, te doy un consejo: le caíste bien a mi prima, y eso es una bendición. Sírvele bien de ahora en adelante y yo me encargaré de que llegues lejos en este club.

—Gracias —respondí con una voz tan fría y monótona como un lago helado—. Ahora vean cómo carajo se las arreglan para volver a su casa.

—¡No te atreverás! —chilló Bianca.

Corté la llamada.

Al instante, el teléfono empezó a vibrar sin parar. En cuestión de segundos, me llegó una lluvia de mensajes:

«¡Estás acabado! ¡Me aseguraré de que te incluyan en la lista negra de todo el bajo mundo de Chicago!».

«¡Prepárate para que te echen del club a patadas!».

«¡Mi primo tiene mil formas de acabar contigo!».

«¡¿Una basura como tú se atreve a rechazarme a mí?!».

Me quedé mirando esas amenazas desesperadas y lo único que sentí fue un profundo cansancio.

¿El Don de la familia Grimaldi, un hombre con más poder y dinero del que ella podría imaginar en toda su vida, amenazado por una simple camarera VIP? Era la broma más absurda de la historia.

Pero no me importaba nada de lo que saliera de la boca de Bianca.

Ella no era nadie. Había empezado hacía apenas un mes y no tenía el peso suficiente como para generar un problema real. Lo que de verdad me preocupaba era otra cosa: que el gerente de un club tuviera semejante audacia. Significaba que la corrupción venía desde más arriba. Marco no actuaba solo; tenía que haber alguien poderoso respaldándolo.

Tomé el teléfono cifrado que estaba sobre la mesa de luz y le escribí a Antonio, mi mano derecha:

«Reunión de familia. Mañana a las 9 en punto. Todos los capos. Asistencia obligatoria».

Tres segundos después, Antonio respondió:

«Recibido, Don».

Miré hacia afuera. El cielo apenas empezaba a teñirse de un tono grisáceo. Una sonrisa fría se dibujó en mis labios.

Hora de hacer limpieza.

A la mañana siguiente, me subí al auto más sencillo que tenía —un Dodge negro— y me dirigí al club. Apenas estacioné en la zona trasera y me encaminaba hacia la entrada de personal, dos figuras me bloquearon el paso.

Ahí estaba Bianca, vestida con ropa de diseñador, de brazos cruzados y con una sonrisa engreída en el rostro. A su lado había un tipo de unos treinta y tantos años. Vestía traje, llevaba el cabello peinado hacia atrás con gel y tenía un aire rastrero. Ese tenía que ser el gerente, Marco.

—¡Es él! —gritó Bianca, señalándome con el dedo mientras se quejaba ante Marco—. ¡Ese es el cantinero que se cree superior a todos! ¡Ayer me cortó la llamada!

Marco me recorrió con la mirada de arriba abajo, lleno de desprecio. Ese día vestía ropa sencilla: una remera negra común y pantalones de jean. A simple vista, parecía uno más entre el personal.

—¿Tú eres Nico? —La voz de Marco desbordaba arrogancia—. Jamás te había visto por aquí. ¿Cómo conseguiste entrar a trabajar en este club?

—Por la puerta de atrás —respondí sin emoción.

No era mentira: había ingresado por la llamada «puerta de atrás», la entrada reservada para los empleados.

Marco soltó una risa burlona.

—¡Ya me lo imaginaba! ¡Otro que entró por recomendación, sin méritos propios!

Empezó a caminar de un lado a otro frente a mí, con la actitud de un juez a punto de pronunciar su fallo.

—Muchacho, ayer hiciste enojar a mi prima. Y eso no podemos dejarlo pasar así como así. Pero yo soy una persona razonable: te voy a dar la oportunidad de arreglar las cosas.

—Te escucho.

Marco se aclaró la garganta y anunció sus «condiciones».

—Primero, vas a transferir cinco mil dólares a mi cuenta personal. Considéralo como el cobro por haber ingresado sin cumplir con los trámites correspondientes.

Sacó su teléfono y me mostró el código de pago directamente delante de mi cara.

—Segundo: de ahora en adelante serás su chofer particular. Tanto de día como de noche. Harás todo lo que ella te pida, sin hacer preguntas. Tercero: tendrás que cubrir los gastos de ayer: mil dólares por el viaje, cuatro mil por las bebidas y diez mil por haber lastimado los sentimientos de mi prima.

Marco parecía encantado al ver mi aparente expresión de sorpresa. Al final, lo resumió todo con claridad:

—Eso da un total de veinte mil dólares. Pagas y nos olvidamos de esto. Si no lo haces… —Sonrió con una mueca fría y desagradable—. Entonces prepárate para que te echen del club a patadas.

Me quedé mirándolo fijamente. Su rostro no era más que una máscara de codicia y vanidad. Y lo único que sentí fue una calma absoluta y helada.

Yo, el Don de la familia Grimaldi, parado en mi propio local, siendo extorsionado por uno de mis empleados.

Por veinte mil míseros dólares.

A plena luz del día y en mi propio territorio.

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