MasukCuando mi hermana menor se fue al extranjero, terminé casándome con el Don de la mafia en su lugar. Cinco años después, no éramos más que dos extraños que se odiaban a muerte. Él me despreciaba, de verdad. Estaba convencido de que había echado a mi hermana para quedarme con su puesto, armando todo un plan. Por mi parte, lo odiaba, porque siempre me trató como si fuera un simple reemplazo, negándome un lugar en el mundo. Mi falta de lugar en esa casa avergonzó tanto a mis padres, que el amor que me tenían se pudrió hasta volverse odio. Al final, mientras ellos celebraban la Navidad con mi hermana, él y mis padres me dejaron tirada en esa montaña nevada. Bajo ese frío que calaba los huesos, di mi último aliento junto al hijo que nunca pude cargar en mis brazos. Mientras yo me consumía en el frío, ella era el centro de atención, disfrutando de todo el cariño en la mejor Navidad de su vida. Pero al abrir los ojos de nuevo, estaba de vuelta en el día que ella regresó. Esta vez, no pienso mendigarles ni un poco de amor ni a Gideon ni a mis padres.
Lihat lebih banyakEl día que expulsaron a Gideon de la familia, lo dejé en libertad. Antes de irse, me clavó esa mirada profunda.—Evelyn, sigues teniendo el corazón demasiado blando —dijo—. Me perdonaste, y al hacerlo, me diste la oportunidad de volver a levantarme.Me dio una risa seca por dentro, pero no hice ni un gesto. Zerrick, en cambio, no se guardó nada. El rostro se le ensombreció al instante.—No vas a tener ninguna oportunidad —sentenció.Mientras hablaba, sacó su pistola y apuntó directo a Gideon. Fue un reflejo exacto de cuando Gideon lo había apuntado a él tiempo atrás. Sin embargo, no apretó el gatillo para matarlo. En su lugar, se escucharon dos disparos secos: uno le dio en el brazo izquierdo y el otro en el derecho. La sangre brotó de inmediato y él cayó de rodillas, retorciéndose de dolor.—Ella se contuvo porque es una buena mujer. Pero yo no lo soy —soltó Zerrick con frialdad—. Y yo siempre cobro lo que me deben.Más tarde, los guardias contaron que Gideon regresó tambaleándose a
Al tercer día de su encierro, Gideon seguía negándose a probar bocado.Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: se la estaba jugando, apostando a que yo no tendría el corazón para dejarlo morir. Y tenía razón. No quería que se muriera. No porque todavía sintiera algo por él, sino porque yo sí valoraba la vida, algo que él nunca supo hacer. Además, su absurda venganza ya se había cobrado demasiadas vidas inocentes.Así que preparé algo de comer y fui a verlo yo misma. Estaba demacrado, era la sombra de lo que alguna vez fue, y eso que apenas habían pasado unos días. Por un momento estuve a punto de soltar una carcajada amarga. Hace tan solo unos meses, la situación era exactamente al revés. Solo que ahora él estaba tras las rejas y la que estaba afuera era yo.—Cómetelo —le dije, dejando caer el recipiente de la comida frente a él.Él apenas le echó un vistazo y giró la cara, dejando claro que no pensaba tocar nada. Suspiré, recogí el tenedor que se había caído y lo apunté direct
—¡Suéltame! ¡Tengo que sacarlo de ahí!Randel me sujetó con todas sus fuerzas, impidiéndome dar un paso más. —Señora, ya es muy tarde. Si entra ahí, solo va a encontrar la muerte.Grité y lloré hasta que la voz no me dio para más. De pronto, el dolor me atravesó. Me llevé las manos al vientre y me doblé por completo, acurrucándome en el suelo. Randel me cargó y me subió al coche a toda prisa, pero el fuego se propagaba con una velocidad aterradora.—¡Maldita sea! —exclamó él, frenando en seco a la orilla de la carretera.El dolor era tan fuerte que no me dejaba ni respirar. Con un hilo de voz, alcancé a decir: —Vete... Déjame aquí.Pero antes de que pudiera decir nada, alguien lo quitó del camino de un empujón. —Vete tú primero. Yo me encargo de protegerla.Era Gideon. Tenía la camisa blanca quemada y hecha jirones. El rostro lo tenía cubierto de sangre y hollín.—Pero... Jefe... —¡Dije que te vayas!Randel nos lanzó una mirada cargada de significado, pero no tuvo de otra: dio med
Zerrick y yo finalmente formalizamos lo nuestro.La noticia corrió como pólvora por todo el campamento. Incluso los niños del puesto de auxilio sonreían al verlo y lo llamaban "el novio de la doctora Quinn". A él parecía encantarle el apodo. Se le inflaba el pecho de orgullo cada vez que lo escuchaba. La vida, por fin, volvía a su cauce.En cuanto a Gideon, no se había vuelto a saber nada de él desde aquel día. Pensé que después de enterarse de lo del bebé por fin me dejaría en paz, pero para mi sorpresa, ahora le dio por recordar nuestra absurda boda. Me contactó a través de su abogado, y yo, sin dudarlo, le entregué los papeles del divorcio.Según el abogado, Gideon se puso como loco cuando recibió los documentos. Juraba y perjuraba que los papeles eran falsos y que él jamás había firmado algo así. Incluso contrató a un perito caligráfico, pero los resultados no dejaron lugar a dudas: era su firma. Así, nuestro matrimonio llegó a su fin de manera oficial.Zerrick y yo empezamos a






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