LOGINElena sintió que el calor subía por sus mejillas, una mezcla de vergüenza y frustración. Él era demasiado inteligente... y directo para su propio bien, y eso era exactamente lo que ella necesitaba, lo de inteligente, aunque odiara admitirlo.
—No se trata de impresionar —mintió ella, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo que habría deseado —Se trata de... mantener las apariencias para que dejen de preguntar, pusieron muchas expectativas en mi, solo no quiero que me vean como una perdedora, solo sera Por una noche. Julián se puso de pie lentamente, alisándose la camisa con una tranquilidad que a Elena le puso los nervios de punta. Se acercó un paso, reduciendo el espacio entre ellos. Su aroma a café y perfume caro, era un contraste irritante con el perfume barato que ella usaba para sentirse más "sofisticada"— la envolvió por completo. —Mantener las apariencias —repitió él, saboreando las palabras con un tono socarrón —Vaya, ¿Desde cuándo te convertiste en la directora de tu propia obra de teatro? ¿O acaso el guion es tan malo que necesitas a un actor de reparto para que no se caiga el telón? Elena dio un paso atrás, chocando contra el borde de la mesa. —¿Vas a ayudarme o vas a seguir analizando mi vida como si fuera un estudio de mercado? —espetó, recuperando algo de su antigua seguridad —Es solo una noche, Un par de copas, unas cuantas conversaciones triviales sobre lo bien que me va en el sector, y te libero de mi presencia. No te pido que te cases conmigo. Julián inclinó la cabeza, observándola con esos ojos que parecían escanear hasta el último de sus secretos. Por un momento, el sarcasmo desapareció y fue reemplazado por algo mucho más calculador, algo que la dejó helada. —No pides mucho, es cierto —dijo él, bajando la voz —Pero, yo no hago nada sin una razón. Y el servicio de "novio de alquiler para salvar el ego" tiene un precio. Él apoyó una mano en el escritorio de ella, bloqueándole el camino. —¿Qué quieres? —preguntó ella, preparándose para lo peor. Julián sonrió, pero no llegó a sus ojos. Era una sonrisa de negocios. —Mañana, en la reunión de cierre de proyecto, vas a dejar que sea yo quien presente la propuesta final ante el jefe. Y no me vas a interrumpir, aunque creas que tengo un dato mal. Confiarás en mi criterio por completo. ¿Tenemos un trato? Elena abrió los ojos de par en par. Aquello no era solo un favor; era entregarle parte de su orgullo profesional y la oportunidad de un ascenso, Pero no tenía opción. La reunión de exalumnos se cernía sobre ella como una sentencia de muerte social. —Trato hecho —susurró, extendiendo la mano. Julián la tomó, Su agarre fue firme, frío y demasiado profesional para alguien que, técnicamente, acababa de convertirse en su falso novio. —Perfecto —dijo él, soltándola —Nos vemos el viernes a las ocho. Y hazme un favor, cámbia ese tono de voz. Si vas a fingir que eres la reina del mundo, al menos empieza a creértelo. Dicho esto, dio media vuelta y volvió a sentarse, dejándola allí, paralizada, mientras él regresaba a sus documentos como si nada hubiera pasado, mientras ella ardía por dentro.El monitor permaneció negro. Elena seguía inmóvil frente al escritorio. Julián observaba su rostro. —¿Qué decía esa carta? Ella no respondió. —Elena. —No ahora. —Alguien acaba de entrar en tu computadora y mostrarte algo que ocurrió hace un año. —Lo sé. —Entonces necesito saber qué está pasando. Elena cerró los ojos durante unos segundos. Finalmente abrió el cajón de su escritorio. Sacó una pequeña carpeta. La dejó sobre la mesa. —Esta es la carta original. Julián la miró. —¿La conservaste? —Nunca pude deshacerme de ella. Él abrió la carpeta. Leyó las primeras líneas. Su expresión cambió. —¿Esto fue lo que recibiste? —Sí. Julián continuó leyendo. —¿Y por esto te alejaste de mí? Elena bajó la mirada. —No fue solamente por la carta. —Entonces, ¿por qué? —Porque después comenzaron a ocurrir demasiadas cosas. Julián cerró la carpeta. —¿Quién la envió? —Nunca lo supe. En ese momento, el teléfono de Elena vibró. Era el jefe de Sistemas. —Licenciada, encont
Julián sostuvo su mirada. —Porque mi firma aparece en esas autorizaciones. Elena permaneció en silencio. —Y si alguien está utilizando mi identidad para hacer esto, quiero saber quién. Ella lo observó durante unos segundos. Finalmente tomó su bolso. —Vamos. --- El pasillo de Seguridad se encontraba en el subsuelo del edificio. A diferencia de los pisos ejecutivos, allí no había mármol brillante ni paredes de cristal. Solo puertas metálicas, luces blancas y el zumbido constante de los servidores. El jefe de Seguridad los esperaba frente a una pequeña sala de monitoreo. —Licenciada. —Muéstreme la grabación. El hombre asintió. Entraron. Una pantalla ocupaba casi toda la pared. La grabación comenzó. 02:58. El pasillo estaba vacío. 03:05. Nada. 03:11. Un empleado de limpieza pasó frente a la cámara. 03:14. Volvió a quedar vacío. Elena se acercó a la pantalla. 03:16. Nada. 03:17. Una figura apareció al final del corredor. Vestía
Elena abrió la carpeta. —Encontré una operación vinculada a un cliente que no debería estar relacionado con la sucursal norte. Le mostró el documento. Julián lo leyó. Su rostro perdió color. —Conozco ese nombre. —Yo también. Él levantó la vista. —¿Dónde lo viste? —Anoche. La respuesta fue suficiente. Julián entendió inmediatamente. —En la recepción. Elena asintió. —Estaba en la lista de invitados. —¿Quién es? Elena dudó. Por primera vez desde que habían comenzado aquella conversación, pareció considerar cuidadosamente si debía responder. —Uno de los socios externos que estuvo presente durante la negociación de la nueva expansión. Julián volvió a mirar el documento. —Eso no tiene sentido. —Exactamente. Elena señaló la fecha. —La operación fue aprobada tres días antes de esa negociación. Julián se quedó en silencio. —Entonces alguien ya estaba preparando algo antes de que nosotros supiéramos que esa negociación iba a ocurrir. —Sí. Elena cerró la carpeta. —Y h
Julián permaneció inmóvil frente a la puerta durante varios segundos después de que Elena abandonara la sala. El sonido de sus pasos se perdió poco a poco por el pasillo. Solo entonces volvió a mirar la carpeta azul que había quedado sobre la mesa. No la había tomado. No la necesitaba. Las cifras seguían grabadas en su cabeza. Diecisiete pedidos. Descuentos extraordinarios. Autorizaciones realizadas con su firma digital. Y una sensación que no conseguía quitarse del pecho. Algo no estaba bien. Tomó su teléfono y revisó rápidamente sus correos. Nada. Abrió el sistema interno de autorizaciones. Ingresó sus credenciales. Esperó. La pantalla cargó durante unos segundos. Después apareció el historial de operaciones. Julián comenzó a desplazarse por las fechas. Una. Dos. Tres. Todas aquellas autorizaciones aparecían registradas bajo su usuario. Pero había algo extraño. La mayoría habían sido realizadas entre las dos y las cuatro de la madrug
El silencio que invadió la sala fue casi imperceptible, pero suficiente para que todos dejaran de mirar la pantalla y fijaran la atención en Julián. Él sostuvo la mirada de Elena durante unos segundos antes de ponerse de pie. —Claro, licenciada. ¿Sobre qué punto desea una aclaración? Elena cambió de diapositiva. Un gráfico comparativo apareció en la pantalla junto a varias tablas de gastos. —Durante el último trimestre, la sucursal norte incrementó en un veintinueve por ciento los gastos de representación. En circunstancias normales no sería un indicador preocupante; sin embargo, al revisar los respaldos encontré que una parte importante de esos movimientos carece de documentación suficiente. Julián respiró con calma, eso lo había visto también, y como siempre Elena no pudo esperar. —Muchos corresponden a reuniones con clientes estratégicos. Algunas facturas llegaron fuera de plazo y aún no fueron digitalizadas. —Lo imaginé —respondió Elena con absoluta serenidad —Por eso pedí
La luz de la mañana apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando Elena cruzó las puertas de cristal del edificio. A diferencia de la noche anterior, donde el brillo de los candelabros y las copas de champán disfrazaban las verdaderas intenciones de cada asistente, la empresa amanecía con su rostro más auténtico: teléfonos sonando, empleados caminando con carpetas bajo el brazo y el inconfundible aroma a café recién preparado mezclándose con la tensión de un nuevo día laboral. El sonido de sus tacones resonó con firmeza sobre el mármol del vestíbulo. Los saludos no tardaron en aparecer. —Buenos días, licenciada. —Buen día, gerente. —Felicidades por el ascenso. Ella respondía con una sonrisa cordial y un leve movimiento de cabeza, sin detener el paso. Había aprendido que la autoridad no necesitaba imponerse levantando la voz; bastaba con caminar como si cada decisión estuviera perfectamente calculada. Al llegar al piso ejecutivo, encontró a su asistente esperándola ju







