Masuk40 historias prohibidas. 40 hombres poderosos y despiadados. 40 mujeres inocentes o intactas que nunca volverán a ser las mismas. Esto no es amor dulce. Esto no es romance suave. Esto es corrupción cruda, sucia y que te empapa las bragas. Mira cómo chicas inocentes quedan arruinadas en la polla de su hermanastro, abiertas de piernas en la camilla de su médico, reclamadas por reyes de la mafia, compartidas por tres hombres dominantes, folladas por el padre de su mejor amiga y rotas por hombres que saben exactamente cómo convertir a las chicas buenas en putas chorreantes y suplicantes. Desde la virgen tímida que entra y pillá a su hermanastro masturbándose la polla enorme… hasta la paciente curiosa que deja que su médico le haga un examen muy “exhaustivo”… hasta la chica inocente vendida a un multimillonario que le enseña todos los placeres sucios que ni siquiera sabía que existían. Estos hombres no piden permiso: toman, corrompen, arruinan. ¿Y sus mujeres? Aprenden a amar cada segundo. Advertencia: Extremadamente explícito. Extremadamente adictivo. Te vas a empapar las bragas. Los dedos se te van a ir solos. ¿Estás lista para que te arruinen?
Lihat lebih banyakSolía creer que la forma más alta de lealtad que una mujer podía ofrecer era mantener las piernas cerradas para cualquier hombre que no fuera su marido. Esa era mi línea moral. Sólida. Inquebrantable. La llevaba como una alianza más apretada que la que Lincoln me deslizó en el dedo.Hasta la tarde en que entré en nuestro dormitorio y encontré la prueba de que nunca me había querido en absoluto.No el pintalabios en un cuello. No un mensaje de algún número anónimo. Un vídeo. Reproduciéndose en el portátil que había dejado abierto como si quisiera que lo viera. Lincoln de rodillas, la boca estirada alrededor de la polla de otro hombre, los ojos vidriosos del tipo de hambre que nunca me había mostrado ni una vez. La fecha era tres días después de nuestra boda. Los gemidos eran suyos. Las palabras —«Fóllame la garganta, papi»— eran suyas.No grité. No tiré nada. Solo me senté al borde de la cama que apenas habíamos usado y miré hasta el final, el coño doliéndome de una traición tan honda
La cena de Acción de Gracias fue un tipo especial de tortura.La mesa larga estaba puesta con la vajilla buena que Maria solo usaba dos veces al año. Las velas parpadeaban. El olor de pavo asado y salvia llenaba el comedor. Me senté frente a Sinclair con un vestido negro suave que se paraba a mitad del muslo, sin sujetador, sin bragas, igual que había andado todo el día. Cada vez que me movía, la seda se me pegaba a la parte interna pegajosa de los muslos donde habían estado sus dedos aquella mañana.Maria habló toda la comida. Quejas de que el pavo estaba un poco seco. Comentarios de que seguía viéndome demasiado delgada. Preguntas de si «veía a alguien en serio» o seguía «perdiendo el tiempo con hombres temporales». Respondí en frases cortas y educadas y mantuve los ojos en el plato.Sinclair apenas habló. Trinchó el pavo con manos firmes, pasó platos, rellenó el vino. De vez en cuando la mirada se le alzaba y se cruzaba con la mía al otro lado de la mesa, oscura y paciente, y la pr
La luz de la mañana cortó por las ventanas de la cocina como si tuviera todo el derecho a exponerlo todo.Entré con una camiseta vieja enorme que apenas me cubría la parte de arriba de los muslos y nada debajo. Cada paso hizo que el algodón suave me rozara los pezones todavía tiernos y los labios hinchados y demasiado usados del coño. El semen de Sinclair se me había secado en la parte interna de los muslos durante la noche. No me lo había lavado. Me gustaba la prueba.Maria estaba en la encimera sirviendo café, ya vestida, ya con los ojos afilados. Sinclair se apoyaba en la isla con unos pantalones de chándal negros y una camiseta ajustada, la taza en una mano, viéndose calmado y compuesto y nada parecido al hombre que me había follado hasta que no pude hablar anoche.Mantuve los ojos en el suelo. En los azulejos. En cualquier cosa menos en él. Mirar me haría recordar exactamente cómo me había metido la lengua dentro mientras me atragantaba con su polla. Mirar me haría recordar cómo
Seguía boca abajo en sus sábanas, los muslos pegajosos, el coño latiéndome de las réplicas de lo duro que acababa de follarme, cuando me empujé sobre los codos y lo miré atrás.Sinclair estaba sentado sobre los talones detrás de mí, el pecho subiendo y bajando fuerte, la polla todavía a medio endurecer y brillante de todo lo que habíamos hecho. Su semen se me escapaba en rastros lentos y espesos que me corrían por la parte interna de los muslos y se empapaban en el colchón. Se veía arruinado. Se veía como un hombre que acababa de romper cada regla que se había puesto nunca y ya quería romperlas otra vez.Me di la vuelta, abrí más las piernas para que viera el desastre que había dejado y sonreí.—Me has saboreado —dije, la voz todavía ronca de gritar en la almohada—. Ahora me toca saborearte a ti.Los ojos se le bajaron a la boca. Luego más abajo, a la raja abierta y reluciente de mi coño. Le saltó un músculo en la mandíbula.—Ariana—No lo dejé acabar. Me senté, lo empujé de espaldas












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