MasukCAPÍTULO 13: Secretos en una caja de cartónLUCAS—¿Por qué volviste realmente, Lucas? —preguntó Germán de la nada, mientras se dejaba caer pesadamente en uno de los sillones sin armar que adornaban la sala de mi nuevo apartamento temporal.Dejé la carpeta de expedientes sobre la mesa ratonera y lo miré con una media sonrisa, intentando esquivar el peso real de su pregunta.—Bueno, ya sabes... Buscaba un cambio de aire —mentí con naturalidad, cruzándome de brazos—. Vivir cinco años saltando de país en país, te agota el alma. Supongo que simplemente estoy cansado de no tener un lugar.Germán me sostuvo la mirada con una mezcla de escepticismo y afecto fraternal. —Dejaste el estudio exitoso de tu padre hace cinco años atrás, de la noche a la mañana, solo para empezar a viajar por el mundo sin rumbo fijo —me recriminó con suavidad, negando con la cabeza—. En realidad, pensándolo bien, lo que no entiendo es por qué te tardaste tanto en regresar, Lucas. Tenías todo aquí: prestigio, dinero
CAPÍTULO 12: La indiferenciaMIGUELDespués de dejar a Isabel en su apartamento y soportar su repertorio de quejas, lágrimas y reproches por casi una hora entera, no tenía la más mínima intención de volver a pisar la oficina. El estrés corporativo me estaba carcomiendo vivo y el problema del bloqueo bancario me nublaba el juicio.Decidí irme directamente a casa. Con toda seguridad, Valentina tendría la comida caliente lista sobre la mesa. Quizás, si jugaba bien mis cartas y adoptaba ese tono de esposo arrepentido pero devoto, lograría que hasta me diera un masaje en las sienes para calmar esta jaqueca insoportable. Al fin y al cabo, se alegraría de verme en casa tan temprano. Durante semanas enteras se la había pasado reclamándome que nunca aparecía a cenar, que me la pasaba metido en reuniones y que el hogar se sentía solitario. Bueno, ahí lo tenía: un marido dispuesto a pasar la tarde con ella.Para mi completa sorpresa, al girar la llave en la cerradura y empujar la puerta principa
CAPÍTULO 11: Radiografía de la estafaVALENTINA—Eso es robar, Valentina —estaba diciéndonos Lucas, con el ceño fruncido y la mirada clavada en los extractos financieros que brillaban sobre la pantalla de su ordenador.—Ya lo sé. Es exactamente lo que es —le respondí con una serenidad gélida, cruzándome de brazos mientras me acomodaba en el sillón de cuero de su despacho—. Es otro motivo fundamental por el cual estoy completamente segura de que no hay vuelta atrás.Estábamos los tres reunidos en la oficina de Lucas. A mi lado, Laura, mi fiel asistente, sostenía una carpeta repleta de documentos impresos que desglosaban mes a mes cada uno de los movimientos turbios de Miguel en los últimos seis meses.Lucas había aceptado el caso de inmediato, y ahora, apenas dos días después de nuestra charla en el restaurante, ya nos encontrábamos diseccionando la anatomía exacta del fraude. Le estamos mostrando los resultados de nuestras investigaciones preliminares, un trabajo de hormiga que Laura
CAPÍTULO 10: Secretos y cicatricesLUCASGermán se fue de la mesa con una excusa improvisada sobre una junta urgente que supuestamente lo esperaba en la corporación, dejándonos a Valentina y a mí completamente solos. Quería decirle que me entristecía que su matrimonio llegara a su fin, pero habría sido la mentira más grande de mi vida. Por dentro, una chispa de esperanza prohibida se encendía con fuerza. Quería consolarla, abrazarla fuerte. Mi nuevo deber profesional para con ella me exigía poner los pies sobre la tierra.Me acomodé en la silla, apoyé los codos sobre la mesa de mármol y la miré a los ojos con absoluta seriedad.—Tengo que hacerte esta pregunta, Valentina, y te pido que me respondas con total honestidad, como tu abogado y como alguien que se preocupa por ti: ¿estás completamente segura de que quieres divorciarte? —le pregunté con voz pausada, midiendo cada palabra—. ¿No hay manera de que puedan arreglar las cosas entre ustedes, o de buscar una tregua antes de desatar
CAPÍTULO 9: El cerco se cierraMIGUEL—Nunca había pasado tal vergüenza, Miguel. ¿Cómo es posible que tu tarjeta no pasara? ¡Quedé como una completa tonta frente a todo el mundo! —exclamó Isabel, con el rostro encendido de ira mientras salíamos a tropezones del establecimiento, dejando atrás el cochecito de bebé que tanto le había costado elegir.—Isabel, amorcito, cálmate por favor —le suplicé, abriendo la puerta del copiloto de mi coche con manos temblorosas y una gota de sudor frío resbalándome por la frente—. Te juro que cuando vaya al banco y solucione este pequeño malentendido, te devolveré cada centavo y te lo compensaré con creces. Te lo prometo.Ella se cruzó de brazos, metiéndose de mala gana en el vehículo y azotando la puerta con una fuerza que me hizo dar un brinco.—¡La vergüenza que me hiciste pasar hoy no se arreglará con una baratija, Miguel, tenlo por seguro! —espetó ella desde el asiento, mirándome con desprecio—. Puede que tu esposa esté acostumbrada a que la trate
CAPÍTULO 8: Las nuevas piezas del tableroVALENTINAMiraba el reloj en mi muñeca y luego la pantalla del celular, que indicaba exactamente la misma hora. Otra vez estaba allí, sentada en el mismo restaurante donde mi vida se había hecho añicos, esperando a la misma persona. Germán nunca podía llegar a tiempo. Si no fuera porque era mi hermano de sangre, hacía rato que me habría levantado de esa mesa.El mesero se acercó por tercera vez a preguntarme si deseaba ordenar.—Aún no, gracias. Sigo esperando a alguien —le respondí con amabilidad contenida.Justo en ese momento, alcé la vista y vi un rostro familiar acercándose a grandes zancadas entre las mesas.—¡Perdón, perdón! Casi pensé en llamarte para cancelarte de nuevo, Valen —dijo Germán, dejándose caer en la silla frente a mí—. Pero sabía que no me lo hubieras perdonado.—No, la verdad es que no te lo hubiera perdonado, Germán Valente —le respondí con una media sonrisa irónica—. Me dejaste plantada ayer y hoy casi haces lo mismo. T







