LOGINCAPÍTULO 69: Algunas mujeres son difíciles de convencerLUCASLa puerta de mi despacho se cerró con un chasquido seco, resonando como un eco hueco en la inmensidad de la habitación. Marcela no me dio tiempo a réplica. Sus tacones se alejaron por el pasillo con esa cadencia militar y precisa que la caracterizaba, dejándome a solas con el peso de sus acusaciones flotando en el aire denso de la tarde.Me recosté lentamente en el respaldo de cuero de mi sillón, exhalando un suspiro que me quemó la garganta. Pasé ambas manos por mi rostro, frotándome los ojos hasta ver destellos de luz.Las palabras de Marcela habían sido certeras. Aún podía visualizar la escena con una claridad pasmosa: nuestro antiguo departamento sumido en el caos de las maletas a medio hacer, sus ojos oscuros inyectados en furia y lágrimas de frustración que se negaba a derramar. Recuerdo perfectamente cómo me señaló con el dedo tembloroso desde el umbral de la puerta y juró, con una voz cargada de un veneno puramente
CAPÍTULO 68: Cuentas pendientesLUCAS—He revisado minuciosamente las declaraciones juradas, los registros de la propiedad, las cuentas bancarias y hasta los bienes a nombre de terceros —comenzó a decir Marcela, con esa voz pausada y analítica que siempre utilizaba para diseccionar un caso—. Y te lo digo con total franqueza, Lucas: este hombre es un fantasma financiero. Miguel Argüello está en la más absoluta y completa bancarrota.Solté un suspiro cansado y me acomodé en el asiento, cruzando los brazos sobre el pecho.—No me sorprende en lo más mínimo —le respondí, recordando la expresión de derrota absoluta en el rostro de Miguel cuando firmó el acuerdo de divorcio—. Intentó vaciar las cuentas de Clean S.A. antes de que Valentina lo descubriera, y cuando ella le cortó el acceso a los fondos del holding Valente, se quedó sin margen de maniobra. Marcela asintió lentamente, pasando una página del expediente con su dedo índice, perfectamente manicurado.—Lo que intento decirte, Lucas,
CAPÍTULO 67: Fotografías cruzadas VALENTINA—¡Hola, aquí! ¡Tierra llamando a Valentina! ¡Hola, aquí!Parpadeé, saliendo bruscamente de mi trance, y enfoqué la vista. Escuché la voz de repente y vi a Laura de pie al otro lado de mi escritorio. Estaba agitando ambas manos frente a mi rostro con un gesto exagerado, sosteniendo una tableta digital bajo el brazo y mirándome con una mezcla de preocupación y exasperación.Me enderecé de golpe en mi sillón ejecutivo, sacudiendo la cabeza para despejar la neblina de mis pensamientos. Sentí que el calor me subía a las mejillas por haber sido atrapada con la guardia baja en medio de mi horario laboral.—Perdón, Laura... te estoy escuchando, dime —murmuré, acomodándome el cuello de la blusa y fingiendo una compostura que estaba muy lejos de sentir.Laura dejó caer los brazos a los costados y soltó un suspiro pesado, clavando sus ojos oscuros en los míos. Negó con la cabeza lentamente, sin comprarme la mentira ni por un segundo.—No, Valentina. D
CAPÍTULO 66: Retratos del pasadoVALENTINAAparqué el auto frente a la entrada principal, le entregué las llaves a uno de los empleados de seguridad y subí la escalinata de mármol. Encontré a mi madre en la sala de estar pequeña, revisando unos catálogos de subastas de arte con sus gafas de lectura en la punta de la nariz. Al verme entrar, se quitó los anteojos y su rostro se iluminó con esa sonrisa elegante y contenida que la caracterizaba.—Valentina, mi amor, qué puntual —me saludó, poniéndose de pie para recibirme con un cálido abrazo—. Te ves radiante. Supongo que la soltería y tu nuevo departamento te están sentando de maravilla.—Hola, mami. La verdad es que sí, no me puedo quejar, al fin siento que respiro tranquila —le respondí, devolviéndole el abrazo y dejándome envolver por su inconfundible perfume a rosas y jazmín. Me separé un poco y miré hacia el pasillo—. ¿Va a venir Germán también? Creí que haríamos una cena familiar completa.El rostro de mi madre cambió sutilmente.
CAPÍTULO 65: Un cierre definitivo y la sombra de un recuerdoVALENTINAHabía terminado una extenuante pero productiva reunión con los antiguos proveedores de la empresa cerca del distrito financiero de la ciudad. Al salir, la brisa fresca de la tarde me golpeó el rostro, llevándose consigo la tensión acumulada del día. Guardé el teléfono móvil en mi bolso y, al levantar la vista, me di cuenta de que me encontraba a escasas dos cuadras del edificio donde se ubicaba el bufete de Lucas.Un hormigueo familiar y repentino se instaló en mi estómago. De repente, la idea de ir a mi casa o de regresar a mi nueva oficina me pareció aburrida. Hoy era el día. Si mis cálculos no fallaban, y conociendo la implacable eficiencia de Lucas, el plazo para que Miguel firmara los documentos definitivos de la compensación económica y la disolución vencí
CAPÍTULO 64: Las consecuenciasMIGUELMe encontraba nuevamente en el despacho de Lucas Santori, firmando el acuerdo de compensación económica que me ofrecía Valentina. Lo hice no por un repentino ataque de dignidad o arrepentimiento, sino porque simplemente no tenía más opciones. Estaba acorralado. El imperio que creía mío se había esfumado, las cuentas que intenté desviar habían quedado en manos de Isabel. No tenía nada. Si no aceptaba esas migajas que mi exesposa me arrojaba desde su trono de superioridad, terminaría durmiendo en la calle.Pero el calvario de la tarde no había terminado con esa firma humillante. Antes de que pudiera salir de esta oficina, otra abogada me condujo a otra oficina.Ahora, seguía los pasos apresurados y firmes de esa nueva abogada, la doctora Fernández. Mi mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, intentando procesar la bomba que acababan de soltarme. Era imposible. Sencillamente imposible. Hice los cálculos una y otra vez mientras caminaba detrás de







