MasukEl beso duró solo unos segundos, pero en medio de todo el desastre fue el único refugio al que ambos pudieron aferrarse. Cuando sus labios finalmente se separaron, Alejandro mantuvo la frente apoyada contra la de Lorena, sintiendo cómo el temblor de su respiración comenzaba a calmarse. Lorena no se alejó; deslizó sus dedos con suavidad por la nuca de él, demostrándole ese apoyo incondicional que siempre le brindaba. En medio de la tormenta que amenazaba con destruirlo todo, la presencia de Lorena era lo único firme a lo que él podía sujetarse. —Gracias por estar aquí... —susurró Alejandro con la voz quebrada. —Sabes que no te voy a dejar solo en esto, Alejandro. Nunca —respondió Lorena con absoluta firmeza, dándole un beso corto y cálido en los labios antes de mirarlo fijamente a los ojos—. Pero hay algo que necesito preguntarte, Alejandro... Algo que me está dando vueltas en la cabeza desde hace días. Alejandro parpadeó, un poco confundido por el cambio en su tono. —¿Qué pasa, L
El viento helado de la noche soplaba con fuerza sobre la avenida principal, golpeando el rostro de Diego mientras bajaba del taxi a dos cuadras del campus universitario. Tenía los ojos inflamados por el llanto y las manos apretadas dentro de los bolsillos de su chaqueta. El eco de la confesión le retumbaba en las sienes, pero la necesidad de respuestas y el despecho ardían con más fuerza que el dolor. A través del ventanal empañado de una pequeña cafetería casi vacía, distinguió la figura de Andrea. La mujer lo esperaba sentada en una mesa del fondo, sosteniendo una taza de café entre sus manos con una calma calculada. Diego empujó la puerta de cristal, haciendo sonar la campanilla del local, y caminó a pasos rápidos hasta plantarse frente a ella. —Llegaste, hijo —dijo Andrea con una voz suave y cargada de una ternura impostada, señalando el asiento vacío a su lado—. Por favor, siéntate. —No vine a hacer vida social —sentenció Diego con la voz quebrada por la furia, apoyando l
Diego bajó en el ascensor sintiendo que las paredes de cristal se le venían encima de manera sofocante. El temblor convulso de sus manos no se detenía y las lágrimas de rabia contenida le nublaban la visión, reflejando las luces parpadeantes del pasillo. Cada segundo que transcurría, las palabras de Alejandro resonaban en su cabeza como un eco ensordecedor y desgarrador: "No soy tu padre biológico". Creció creyendo firmemente en la alcurnia, el honor, la tradición y la impecable historia de la familia Castillo, esforzándose día a día por estar a la altura de las expectativas, para terminar descubriendo de la manera más cruda que toda su existencia había sido cimentada sobre una vil y calculada farsa. Al cruzar el elegante vestíbulo del edificio y salir a la calle helada, la brisa nocturna le golpeó el rostro, pero no logró enfriar el fuego de rabia que le quemaba el pecho. Su respiración era entrecortada y agitada. Sin pensarlo dos veces, sacó el teléfono celular de su bolsillo co
Victoria tomó fuertemente de la mano a Ana Victoria y apuró el paso sin detenerse en la esquina. Un auto negro con chofer las estaba esperando con el motor encendido al borde de la acera. Subieron rápidamente al vehículo y el conductor arrancó de inmediato, dejando atrás la silueta amenazante de Andrea y el bullicio de la calle. El trayecto transcurrió en un silencio tenso. Al llegar al lujoso hotel donde Victoria se estaba hospedando durante su estancia en la ciudad, subieron directamente a la suite. Solo cuando cerró la puerta y sintió la seguridad del lugar, Victoria pudo soltar el aire que tenía atravesado en el pecho. Caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad, sacó el teléfono de su bolso con manos decididas y marcó el número de Alejandro. En el penthouse, el teléfono sonó e inmediatamente él contestó. —Victoria... —dijo Alejandro al responder. —Alejandro, escúchame con mucha atención —interrumpió Victoria con tono firme, sin rodeos—. Acabo de llegar al hotel con Ana Vic
—¡Maldita seas, Victoria! ¡Suéltame, imbécil! —gritó Andrea con desesperación, forcejeando e insultándola con furia mientras intentaba zafarse del agarre que la mantenía contra la pared. Victoria la sostuvo un segundo más, mirándola con profundo desprecio, antes de soltarla de un empujón que hizo que Andrea diera un paso tambaleante hacia atrás, acomodándose el abrigo desgastado con la respiración agitada y una expresión de pura rabia contenida. —Guárdate tus insultos y tus amenazas, Andrea. No te tengo miedo —le advirtió Victoria con voz fría, ajustándose la chaqueta dispuesta a dar media vuelta. Justo en ese momento, las puertas de vidrio del edificio se abrieron con un suave zumbido. Ana Victoria salió a la acera buscando a su madre con la mirada, pero se quedó congelada al ver la tensión en el ambiente y notar la presencia de Andrea a pocos metros. —¿Mamá? ¿Qué pasa aquí? —preguntó Ana Victoria, acercándose con pasos rápidos y desconcertados al ver el rostro desencajado
La conversación en el penthouse llegó a su fin cuando Victoria decidió que era momento de marcharse. Antes de despedirse, Ana Victoria se acercó a su madre con una mezcla de pena y determinación en los ojos. —Mamá... ¿te importaría si me quedo un poco más aquí con Diego? Quiero estar un rato más con él —pidió Ana Victoria con suavidad. Victoria la miró unos segundos, notando el cariño sincero que había entre ellos, y asintió con una ligera sonrisa comprensiva. —Está bien, puedes quedarte un rato más, hija. Pero luego tenemos que hablar tú y yo con calma sobre todo esto —le advirtió Victoria antes de encaminarse hacia la salida. Se despidió de Alejandro, quien aún procesaba el peso de la verdad que acababa de confesar, y salió del penthouse. Tomó el ascensor hasta la planta baja, cruzó el vestíbulo y empujó las puertas de vidrio para salir a la acera y buscar un transporte. Iba caminando unos pasos hacia la esquina cuando, de repente, una mano áspera la sujetó fuertemente d







