เข้าสู่ระบบMarcos lo miró fijamente y soltó una carcajada áspera, llena de rencor. Volvió a dar un trago largo a su botella y se limpió la boca con el lomo de la mano, sin dejar de encararlo. —Alejandro Del Castillo... —dijo Marcos con la voz arrastrada—. El gran hombre de negocios. El hombre que me robó a... ¡MI HIJO! Lorena ahogó un grito de sorpresa y miró a Alejandro, completamente helada. El impacto en el rostro de Alejandro era total, pero no dio un solo paso atrás. —Increíble que estemos frente a frente otra vez —continuó Marcos con una sonrisa torcida, tambaleándose un poco—. Hace años que también vivo en Nueva York. Claro... de una manera muy diferente a la tuya, como puedes ver. Alejandro respiró hondo, tratando de asimilar la impresión. Al ver el estado lamentable en el que se encontraba el hombre, el enojo dio paso a una profunda lástima. —Marcos, te ves muy mal —dijo Alejandro en voz baja, con preocupación sincera—. Déjame ayudarte. Debes ir a un centro de rehabilitación, esto
Lorena abrió despacio la puerta del despacho sosteniendo unos documentos que necesitaba que Alejandro firmara. Sin embargo, al dar un par de pasos adentro, se detuvo de golpe. Alejandro estaba parado junto a la ventana, de espaldas a la entrada, con las manos apoyadas en el marco de madera y la mirada perdida en el vacío. Tenía los hombros tensos y respiraba con dificultad. —¿Alejandro...? —preguntó Lorena con voz suave, dejando los papeles sobre la mesa—. ¿Pasó algo en la comida de negocios? Te ves muy alterado. Alejandro dio un brinco sutil, como si la voz de Lorena lo hubiera traído de vuelta de un lugar muy lejano. Se giró despacio y pasó una mano por su rostro, intentando disimular la tormenta de pensamientos que le pesaba en la cabeza. —Lorena... no te escuché entrar —respondió él con la voz áspera—. No, la reunión estuvo bien, cerramos el contrato... pero me enteré de algo que me dejó bastante desencajado. Lorena caminó hacia él sin dudarlo. El recuerdo del beso que s
El sol del mediodía iluminaba los jardines de la universidad. Tras un par de clases pesadas, Ana Victoria caminaba hacia las bancas cercanas a la biblioteca cuando escuchó que alguien la llamaba. Al girar la cabeza, vio a Diego acercarse con dos vasos de café y unas galletas en las manos. —Te prometí que te buscaba hoy —dijo Diego con una sonrisa cálida, entregándole uno de los vasos—. Supuse que necesitabas café para aguantar la tarde. —Eres un salvavidas —sonrió ella, tomando la taza y respirando el olor caliente del café—. No pude dormir mucho anoche desempacando y poniéndome al día con los trabajos que debía. Ambos se sentaron juntos en la banca de madera. El aire fresco de Nueva York corría suavemente, pero entre ellos se sentía una calidez muy distinta a la de sus primeros días. —¿Cómo sigue tu papá hoy? —preguntó Diego con sincero interés, mirándola de frente. —Hablé con mi mamá temprano —contó Ana Victoria, mirando hacia el jardín—. Dijo que durmió bien y que los doc
El avión de Ana Victoria aterrizó en Nueva York casi a la medianoche. Tras recoger su maleta, caminó hacia la salida de la terminal con el cansancio reflejado en el rostro, pero con la mente mucho más tranquila tras dejar a su padre en buenas manos. Al cruzar las puertas de la sala de espera, lo vio. Diego estaba apoyado cerca de una columna, con las manos en los bolsillos de su chamarra. En cuanto cruzó la mirada con ella, una sonrisa se le dibujó en el rostro y caminó rápido a su encuentro. —Llegaste —dijo Diego al detenerse frente a ella. —Te dije que no era necesario que vinieras tan tarde, Diego —respondió Ana Victoria, aunque no pudo ocultar la alegría de verlo. —Soy muy terco, deberás aprender a conocerme —sonrió él, tomándole la maleta con naturalidad—. ¿Cómo estuvo el viaje? —Tranquilo. Me vine más aliviada porque mi papá reaccionó muy bien al primer ciclo del tratamiento. Diego la miró fijamente. Notó que se veía agotada, pero la angustia que tenía días atrás hab
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba por las ventanas del departamento en Nueva York. Diego estaba sentado en la cocina con una taza de café en la mano, pensativo y con ojeras. Alejandro salió de su habitación listo para ir a trabajar. Al ver a su hijo tan cansado, sirvió un poco de café y se le acercó. —Buenos días —dijo Alejandro—. Te ves muy cansado, Diego. ¿No pudiste dormir? —La verdad no, papá —contestó Diego—. Me quedé pensando en muchas cosas. Alejandro lo miró en silencio unos segundos, recordando lo que habían hablado antes. —¿Hablaste con la muchacha? —preguntó de manera tranquila. Diego levantó la mirada, un poco apenado. —Sí... Le conseguí el número con un compañero de la escuela y la llamé anoche para saber cómo estaba —admitió Diego—. Su papá está asustado por la enfermedad, pero al menos aceptó empezar el tratamiento. Alejandro asintió despacio. Ver a su hijo tan cambiado por esa joven le daba mucha curiosidad. —Diego, jamás te había visto bu
Las puertas de la habitación del hospital se abrieron suavemente. Ana Victoria se detuvo un segundo en el umbral, conteniendo el aliento. Al ver a su padre recostado contra las almohadas, cansado, pálido y con la mirada fija en el vacío de la ventana, el corazón se le oprimió con una fuerza destructiva. Fernando escuchó los pasos y volvió la cara despacio. Al reconocer a su hija, la sorpresa le borró por un instante la mueca de amargura que llevaba horas dibujada en el rostro. —¿Ana Victoria...? —murmuró él con la voz quebrada—. ¿Qué... qué haces aquí, mi vida? La joven no respondió con palabras. Cruzó la habitación a paso firme, dejando caer su bolso al suelo, y se lanzó hacia la cama para envolver a su padre en un abrazo firme, lleno de un amor desesperado. Se aferró a sus hombros cuidando de no lastimarlo, dejando que un par de lágrimas silenciosas humedecieran la bata del hospital. Fernando se congeló unos segundos antes de corresponder el abrazo, apretando los ojos con pe







