LOGINLa conversación en el penthouse llegó a su fin cuando Victoria decidió que era momento de marcharse. Antes de despedirse, Ana Victoria se acercó a su madre con una mezcla de pena y determinación en los ojos. —Mamá... ¿te importaría si me quedo un poco más aquí con Diego? Quiero estar un rato más con él —pidió Ana Victoria con suavidad. Victoria la miró unos segundos, notando el cariño sincero que había entre ellos, y asintió con una ligera sonrisa comprensiva. —Está bien, puedes quedarte un rato más, hija. Pero luego tenemos que hablar tú y yo con calma sobre todo esto —le advirtió Victoria antes de encaminarse hacia la salida. Se despidió de Alejandro, quien aún procesaba el peso de la verdad que acababa de confesar, y salió del penthouse. Tomó el ascensor hasta la planta baja, cruzó el vestíbulo y empujó las puertas de vidrio para salir a la acera y buscar un transporte. Iba caminando unos pasos hacia la esquina cuando, de repente, una mano áspera la sujetó fuertemente d
El silencio en la sala se volvió casi insoportable. Victoria miró a Alejandro sin poder salir de su asombro, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Se llevó la mano a la sien por un segundo y respiró profundo antes de hablar. —¿De qué estás hablando, Alejandro? —preguntó Victoria, con la voz apenas como un hilo, pero sin perder la compostura—. ¿Cómo que Diego no es tu hijo? ¿Cómo guardaste algo así durante todos estos años? Alejandro bajó la cabeza, agobiado por la vergüenza y el peso de su pasado. Caminó un par de pasos hacia el ventanal, asegurándose de que los muchachos siguieran afuera en la terraza, ajenos a la conversación, antes de volver a mirarla. —Cuando su madre estuvo embarazada, las cosas entre nosotros ya estaban destruidas —explicó Alejandro, con tono amargo—. Tiempo después me enteré de la verdad, pero para ese momento Diego ya me miraba a los ojos y me decía «papá». Para mí él siempre ha sido mi hijo, Victoria, con o sin mi sangre. Nunca me importó l
El eco de la risa de Andrea seguía en la cabeza de Alejandro, dejándolo furioso y con los puños apretados. Al otro lado de la línea, la mujer le había colgado sin dejarlo hablar, recordándole el chantaje con el que intentaba destruir el secreto de su familia. Diego era su hijo, pero la verdad sobre su origen era una bomba de tiempo. —Maldita sea... —bufó Alejandro, pasándose las manos por la cara, sabiendo que tenía que actuar rápido. Mientras tanto, en Los Ángeles, el ambiente en la casa era de pura tensión. Tras la llamada en la que Ana Victoria se negó a volver, Victoria guardó el teléfono con un suspiro pesado y se acercó a la ventana. Fernando se levantó del sillón con calma y se acercó a ella, tomándola de las manos. —Iré a preparar tus maletas —le dijo con ternura—. Llama para cambiar el pasaje. Si las cosas se ponen feas allá, me avisas y busco la forma de alcanzarte. Victoria le apretó las manos y asintió, agradeciendo su apoyo. Horas más tarde, el avión despegó
Ana Victoria miró a Diego a los ojos y apretó su mano con fuerza. La decisión ya estaba tomada en su corazón, aunque supiera que le dolería a su madre. —Mamá, lo siento mucho... pero no puedo dejar a Diego solo en este momento —dijo Ana Victoria con firmeza pero con cariño—. Te quiero mucho, pero me voy a quedar. —¡Ana Victoria, no! ¡Espera! —alcanzó a decir Victoria desde el otro lado, pero la joven cortó la llamada y dejó el celular sobre la mesa. Diego la miró, sin poder creer que ella hubiera desafiado a su mamá por él. —Gracias... de verdad gracias —murmuró él, abrazándola muy fuerte. Mientras tanto, en Los Ángeles, Victoria se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de la llamada cortada. Un sudor frío le recorrió el cuerpo y la angustia le oprimió el pecho. Tenía pavor de lo que pudiera pasarle a su hija. Caminó a toda prisa hacia la sala, buscando desesperadamente a Fernando. Al verlo descansando en el sillón, se acercó a él con las manos temblorosas
Diego levantó la vista y fue en ese preciso instante cuando se percató de las dos maletas rígidas que descansaban junto a la puerta principal. El mundo pareció detenerse para él. La sorpresa en su rostro dio paso a un pánico desgarrador al entender lo que significaba esa escena. —¿Te vas...? —preguntó Diego, con la voz ahogada por la angustia, dando un paso apresurado hacia ella—. Ana Victoria, por favor... dime que no te vas. —Mi mamá me llamó desde Los Ángeles, Diego —respondió Ana Victoria con los ojos cristalizados, señalando el equipaje con un gesto impotente—. La situación con Andrea y con Marcos se está volviendo demasiado peligrosa. Mi mamá me ordenó salir de la ciudad de inmediato. Mi vuelo sale en un par de horas. Diego sintió un dolor agudo en el pecho, como si le hubieran arrancado el aire de golpe. Avanzó hasta quedar a solo centímetros de ella y, con las manos temblorosas, le tomó suavemente los rostros entre sus palmas, mirándola con desesperada súplica. —No m
Ana Victoria respiró hondo y dio un paso hacia él, dejando a un lado por un instante las maletas que estaban junto a la puerta. Al ver a Diego tan roto y desesperado, la angustia y la impotencia le oprimieron el pecho. —Diego, cálmate, por favor... no puedes dejarte manipular así —le dijo Ana Victoria, tomándolo suavemente por los brazos para intentar sostenerlo—. Pero dime una cosa... ¿quién es realmente esa mujer? ¿Qué fue lo que te dijo Andrea? Diego la miró a los ojos, con la respiración entrecortada y la voz temblando por el dolor acumulado. —Andrea... mi madre biológica... me dijo que mi papá la dejó, Ana Victoria —confesó Diego con el rostro desencajado—. Me dijo que Alejandro la abandonó en la calle para irse con tu mamá, con Victoria, y que por eso ella no pudo estar conmigo. Ana Victoria lo miró fijamente y negó con la cabeza de inmediato, tajante. —Diego, eso no es cierto —le dijo Ana Victoria con total firmeza—. Acuérdate de cuando tu papá y mi mamá nos contaro







