MasukElena Caldwell bebía a sorbos su vino en el ático tenuemente iluminado, contemplando las luces de la ciudad que centelleaban allá abajo. Rhys se había quedado «trabajando hasta tarde» otra vez. Era la tercera vez en la semana. Ella no era estúpida.Había notado los cambios. La forma en que él llegaba a casa oliendo ligeramente al perfume de otra mujer: algo barato y dulce que definitivamente no era el suyo. Las marcas en el cuello que él intentaba ocultar con el cuello de la camisa. La manera en que su verga permanecía dura más tiempo últimamente, como si estuviera follando a alguien que lo recibía con un hambre desesperada y voraz.*Alguien como mi hermana pequeña.*La sospecha la había estado carcomiendo durante días. Lila también se había comportado de forma extraña: las mejillas sonrojadas cuando iba de visita, evitando el contacto visual, usando faldas más cortas de lo habitual. Al principio, Elena le había restado importancia. *No. Lila no. No con mi marido.*Pero esa noche, la
La semana siguiente, Lila entró en la oficina sintiendo aún ese delicioso dolor entre los muslos tras el polvo implacable que Rhys le había echado en su cama matrimonial. Cada vez que se sentaba, sentía el recuerdo de su verga gruesa dilatándola, y cómo su semen aún se filtraba levemente en sus bragas. *Estoy completamente arruinada para cualquier otro hombre*, pensó con una sonrisa pícara y sucia. *El marido de mi hermana es ahora el dueño de este coño insaciable*.Pero el universo tenía otros planes.Durante la reunión estratégica de la mañana, un rostro nuevo ocupaba un asiento al otro lado de la mesa. **Damien Black**: el vicepresidente de la sucursal de Londres —agudo y ridículamente atractivo— que acababa de ser trasladado. Alto, de complexión atlética y esbelta, con el pelo oscuro revuelto, ojos verdes penetrantes y una sonrisa encantadora que gritaba «problemas». Era más joven que Rhys, quizá de treinta y dos años, y se movía con una seguridad innata.Sus ojos se desviaban con
—Dios mío, Lila —gimió él, palpando sus pechos a través de la fina seda—. ¿Llevas puesto su maldito camisón?—Quería sentir que realmente te estaba robando —susurró ella, con la voz temblorosa de lujuria y vergüenza. *Llevo puesta la lencería de mi hermana mientras me acuesto con su marido. Estoy completamente perdida.*Él la llevó en brazos hasta el dormitorio como si no pesara nada. Ver la cama de Elena perfectamente hecha, percibir el rastro de su perfume en el aire y observar la foto de boda enmarcada sobre la mesita de noche provocó en Lila una nueva oleada de sucia culpa.Rhys la arrojó sobre la cama, justo en medio de las sábanas del matrimonio. Se desnudó rápidamente; su enorme verga golpeaba sus abdominales, ya goteando de deseo por ella.—Mírate —dijo él con voz ronca mientras se colocaba sobre ella—. Abriendo las piernas en la cama de tu hermana, con su ropa, chorreando por la verga que le pertenece a ella. Eres una pequeña rompehogares repugnante, ¿verdad?—Sí —gimió Lila,
Lila apenas logró llegar a casa esa noche. El semen de Rhys seguía escurriéndose de su coño —bien follado— con cada paso, empapando sus bragas y dejando sus muslos resbaladizos. Se quedó tumbada en la cama durante horas, trazando círculos perezosos con los dedos sobre su clítoris hinchado y reviviendo cada embestida brutal, cada palabra obscena. *Dejé que el marido de mi hermana me corriera dentro. Se lo supliqué. Y disfruté cada segundo.* La vergüenza solo hacía que se corriera con más intensidad.Los días siguientes fueron una mezcla de tortura y éxtasis. Rhys era insaciable. Le enviaba mensajes de texto durante las reuniones: mensajes breves y autoritarios que la obligaban a excusarse e ir al baño solo para frotarse el coño, que palpitaba de deseo.*En mi despacho. Diez minutos. Deja las bragas en el cajón.*Ella obedecía siempre.---Una tarde, la tensión volvió a estallar. La oficina estaba llena de gente, pero a Rhys no le importaba. La hizo entrar con la excusa de tomar notas.
Rhys empuñó su enorme miembro y frotó el glande grueso arriba y abajo de la hendidura chorreante de ella, provocando su clítoris en cada pasada. —Suplícamelo —exigió con voz grave y peligrosa—. Suplica por la verga del marido de tu hermana.—Por favor, Rhys —gimió Lila, retorciendo las caderas con desesperación—. Por favor, fóllame. Lo necesito tanto. Necesito que abras y ensanches este coño tan apretado. Por favor, destrózame con esa verga enorme...No esperó a que ella terminara. Con una embestida poderosa, Rhys hundió cada centímetro grueso de su miembro hasta el fondo, llegando a tocarla con los testículos.Lila gritó de placer mientras se le ponían los ojos en blanco. La sensación de estiramiento era intensa, casi dolorosa, pero jodidamente perfecta. Sintió cada vena y cada relieve a medida que él llegaba al tope, con sus pesados testículos presionando contra el clítoris de ella.—Joooder —gruñó Rhys, aferrándose a las caderas de ella con tanta fuerza que dejaría marcas—. Estás j
Lila permaneció allí con las piernas temblorosas; la falda aún estaba ligeramente recogida sobre las caderas, y su coño palpitaba, dejando que los fluidos resbalaran por la cara interna de sus muslos. Los dedos de Rhys aún brillaban con la humedad de su boca mientras él retrocedía, con la mandíbula tensa, como si luchara contra cada instinto de su cuerpo.—Deberías irte a casa —dijo con voz áspera, aunque sus ojos la devoraban: oscuros, salvajes, clavados en la mancha húmeda que oscurecía la parte delantera de sus bragas.A Lila se le cortó la respiración. *¿Irse a casa? ¿Después de que me haya follado así con los dedos? ¿Después de haber lamido mis propios jugos de los dedos del marido de mi hermana?* Su coño se contrajo con fuerza ante el pensamiento, y un nuevo hilo de excitación se deslizó por su pierna. *Estoy jodida. Necesito más. Lo necesito a él por completo.*No se movió. En su lugar, se giró totalmente hacia él y habló en un susurro apenas audible:—¿Y si no quiero irme a ca







