LOGINTodos pensaban que yo era la inútil y tímida heredera a la que nadie notaría. Cuando la edad de hielo cayó sobre el mundo, mi propio esposo, el arrogante heredero Aurelio Valmont, me arrojó a la ventisca para morir. Creyó que no sobreviviría. Se equivocó. Usando la botánica que todos despreciaban, convertí una vieja estación geotérmica en un invernadero autosuficiente. Creé un oasis de calor y comida en un mundo de muerte blanca. Ahora, los rumores sobre mi refugio han llegado a los desesperados. Y el hombre que firmó mi sentencia de muerte está en mi puerta. Aurelio está congelado, demacrado y suplicante. No viene como mi esposo, sino como un mendigo. Le permitiré entrar, pero con una condición: firmará un contrato que lo convierte en mi sirviente. Hincado de rodillas, aceptará que su vida ahora me pertenece. Pero él me ofrece un secreto a cambio de refugio: el fin del mundo no fue un desastre natural, sino un experimento brutal que su familia ayudó a encubrir... y que costó la vida de mis padres. Ahora, tengo en mis manos al hombre que me traicionó y una oportunidad de oro para vengarme. Pero mientras lucho contra la peligrosa atracción que surge entre nosotros, me doy cuenta de que el verdadero enemigo sigue ahí fuera. Si quiero sobrevivir y cobrar mi venganza, el hombre que me destruyó podría ser el único que puede mantenerme con vida.
View MoreEl viento aullaba como una bestia moribunda, lanzando agujas de hielo contra mi rostro. Cada respiración era un cuchillo en mis pulmones. A mi alrededor, la ventisca borraba el mundo, convirtiendo los árboles en espectros blancos y el camino en una trampa mortal. Detrás de mí, las puertas de la mansión Valmont se habían cerrado con un golpe sordo y definitivo. No hubo despedidas, ni siquiera una palabra de falsa compasión.
"Que Dios se apiade de ti, Valeria", había dicho Aurelio, su voz tan fría como el aire que ahora me mataba. Ni siquiera me miró a los ojos cuando lo dijo. Estaba demasiado ocupado supervisando a los sirvientes que aseguraban las ventanas con tablones. Para él, yo ya era parte del pasado, un problema del que se había deshecho con la misma facilidad con la que se tira la basura. Su madre, la matriarca, fue más directa. "Eres una boca inútil en un mundo que ya no tiene comida para los inútiles. Al menos, sirve para algo y deja de consumir nuestro oxígeno." Me habían despojado de todo. Mi abrigo grueso, mis botas de invierno, incluso la bufanda que mi madre me había tejido antes de morir. Solo me dejaron la ropa que llevaba puesta: un vestido de lana fino, unos zapatos de cuero inútiles y una chaqueta ligera. Un atuendo para una tarde de otoño, no para el infierno helado en el que se había convertido el mundo. Caminé sin rumbo, mis pies se hundían en la nieve que me llegaba a las rodillas. El frío ya no era una sensación, era una presencia. Se arrastraba por mis piernas, entumecía mis dedos y se instalaba en mis huesos. Sabía que no sobreviviría a la noche. La edad de hielo no perdonaba. Había visto a personas fuertes, a hombres robustos, caer presa de la hipotermia en cuestión de horas. Yo, la frágil y tímida Valeria, no tenía ninguna posibilidad. Pero entonces, un pensamiento se abrió paso entre la niebla del dolor y la desesperación. Un recuerdo. Una chispa. La estación de investigación geotérmica. Estaba a unos tres kilómetros al este de la mansión, en lo profundo del bosque. Era un proyecto abandonado de la década de 1980, del que mi padre solía hablar. Un lugar donde la tierra hervía bajo la superficie, donde el calor era gratis. Los Valmont lo consideraban una reliquia inútil de una era de despilfarro. Para mí, era la única oportunidad. Con un último esfuerzo de voluntad, cambié de dirección. Cada paso era una agonía. Mis piernas eran bloques de hielo. Mi vista se nublaba. Empecé a hablar en voz alta, solo para no cerrar los ojos. "No puedes rendirte, Valeria. No puedes darles esa satisfacción. No eres inútil. Sabes cosas. Sabes de plantas. Sabes de calor." Llegué a la estación cuando la luna ya brillaba en un cielo negro y despejado, más frío aún si cabe. El edificio era una ruina, con ventanas rotas y la puerta principal colgando de un solo gozne. Pero al acercarme, sentí algo. Un calor tenue, apenas perceptible, que emanaba del interior. El corazón me dio un vuelco. Entré. El interior era un caos de escombros, pero en el centro del edificio principal había una gran sala con un suelo de rejilla metálica. De las profundidades, ascendía una columna de vapor constante y cálido. La fuente geotérmica seguía activa. Aquel viejo proyecto científico, olvidado por todos, era mi salvación. Usé los restos de un viejo escritorio para bloquear la puerta. Luego, me acurruqué junto a la rejilla, dejando que el calor me devolviera a la vida. Temblaba violentamente, pero era el temblor del cuerpo al recuperar la temperatura, no el de la muerte. Al día siguiente, con las primeras luces grises del amanecer, supe que tenía una misión. Durante las siguientes semanas, trabajé sin descanso. La estación tenía un pequeño invernadero adjunto para experimentos botánicos. Sus cristales estaban rotos, pero la estructura seguía en pie. Con los materiales que encontré, parcheé los agujeros. Recolecté cada semilla que pude encontrar en los cajones de los antiguos científicos, así como raíces y tubérculos silvestres. El calor de la fuente geotérmica fluía a través de tuberías de cobre que aún funcionaban, manteniendo el invernadero a una temperatura constante. Sembré, cultivé y esperé. Mis conocimientos de botánica, antes una afición silenciosa, se convirtieron en mi arma de supervivencia. Descubrí que podía cultivar variedades de crecimiento rápido, ricas en nutrientes. Mi invernadero se convirtió en un vergel verde en medio de un mundo de muerte blanca. Yo era la única persona que tenía comida fresca, calor y agua. El recuerdo de Aurelio y su familia se convirtió en un combustible amargo que alimentaba mi deseo de vivir. No lo hacía por mí. Lo hacía para demostrarles que se equivocaron. Que la "inútil" Valeria no solo había sobrevivido, sino que había prosperado. Una noche, mientras revisaba las plantas de tomate, escuché algo que no era el viento. Un crujido. Luego, un golpe débil en la puerta principal. Me quedé paralizada. ¿Un oso? ¿Otro superviviente? Los rumores sobre mi refugio habían empezado a circular entre los pocos grupos de personas que quedaban. Los había oído antes, pero siempre lograba ahuyentarlos con amenazas o simplemente ignorándolos. No tenía nada que compartir. Este mundo no era para los débiles. Me acerqué sigilosamente a la puerta y miré por una grieta. La luz de la luna iluminaba una figura encorvada, temblando en la nieve. La figura levantó la cabeza y, por un instante, lo vi. El rostro demacrado, los labios azules, los ojos hundidos. Aun así, lo reconocí. Los años de matrimonio, aunque fueran falsos, me habían enseñado cada detalle de su rostro. Era Aurelio. El hombre que me había arrojado a morir, el heredero de los Valmont, estaba de rodillas en la nieve, a mi puerta. Suplicaba.Corrimos por el pasillo lateral, dejando atrás los gritos y el caos de la sala de control. Aurelio me guiaba, su mano firme en mi brazo, su respiración agitada pero controlada."¿Qué has hecho?", jadeé, mientras esquivábamos a un guardia que corría en dirección opuesta."Saboteé el sistema de ventilación", dijo, sin soltarme. "Cuando me llevaron a la sala de control, me di cuenta de que el Arquitecto había dejado una puerta trasera en el sistema. Mi madre siempre decía que era un paranoico. No confiaba en sus propios sistemas de seguridad. Así que instaló un acceso manual.""¿Y tú sabías cómo usarlo?""Mi madre me obligó a memorizar los códigos de seguridad de Erebus cuando era niño", dijo, con una sonrisa amarga. "Para el caso de una emergencia. Nunca pensé que los usaría para sabotearlo."Llegamos a una intersección. Aurelio se detuvo, examinando las marcas en la pared. "Por aquí", dijo, señalando un pasillo estrecho. "Esto lleva a los conductos de ventilación. Si podemos llegar a l
Erebus no era un búnker. Era una ciudad subterránea. Los pasillos eran amplios y estaban iluminados por luces LED de un blanco frío e inquietante. Las paredes eran de acero pulido, y el aire tenía un zumbido constante de generadores y sistemas de ventilación. La temperatura era estable, casi agradable. Aquí no había rastro de la edad de hielo.La señora Valmont caminaba frente a nosotros, con la espalda recta y paso firme. Detrás, dos nuevos guardias nos seguían, con sus rifles a punto. Aurelio caminaba a mi lado, su rostro un poema de odio y dolor. No hablaba. No me miraba. Pero podía sentir su tensión, su rabia contenida."El Arquitecto diseñó esto hace décadas", dijo la señora Valmont, con un tono de orgullo maternal. "Un refugio para la élite. Para los que tenían la visión de prepararse para el colapso. Pero él no solo quería sobrevivir. Quería crear un nuevo orden. Un mundo donde los fuertes gobiernan y los débiles sirven.""Un mundo sin libertad", dije, en voz baja."Libertad es
La mujer del abrigo blanco no se movió. Permaneció en la entrada de Erebus, con las manos enguantadas a los costados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Detrás de ella, dos guardias armados con rifles de asalto esperaban, sus rostros ocultos por cascos térmicos.Aurelio se quedó rígido a mi lado. Podía oír su respiración acelerada, el crujido de sus nudillos al apretar los puños. Lo miré de reojo. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos ardían con una furia que nunca le había visto."Mi querido hijo", repitió la mujer, con una voz suave y venenosa. "Pensé que tardarías más en llegar. Veo que la inútil de tu esposa te ha sido de utilidad después de todo."Avancé un paso, interponiéndome entre Aurelio y su madre. No iba a permitir que lo manipulara. "Señora Valmont", dije, con un tono helado. "Qué sorpresa. Los rumores de tu muerte fueron muy prematuros."Ella me miró, y por un instante, su sonrisa se tensó. "Valeria. La pequeña botánica. Debo admitir que subestimé tu ca
Llevábamos dos días de viaje hacia el norte y el paisaje se había vuelto aún más hostil. Los árboles habían desaparecido, dejando paso a un desierto blanco de roca y nieve, azotado por ráfagas de viento que cortaban la piel. Caminábamos en silencio, turnándonos para abrir camino en la nieve profunda. Aurelio seguía mi ritmo, su respiración formando nubes de vapor constantes. Había cambiado en esos días; su paso era más firme, su mirada menos aterrada y más alerta.A medida que nos acercábamos a las montañas, el terreno se volvía más accidentado. Las rocas afiladas sobresalían de la nieve como dientes de una bestia petrificada. El mapa que había memorizado indicaba que estábamos a punto de entrar en un desfiladero, un paso estrecho entre dos picos que nos llevaría directamente a las inmediaciones de Erebus. Era el único camino practicable, pero también el lugar perfecto para una emboscada."Valeria", dijo Aurelio, deteniéndose de repente. Su voz sonó tensa. "Algo no está bien."Me detu












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