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I Exiled Him After He Betrayed Me

I Exiled Him After He Betrayed Me

By:  WillowCompleted
Language: English
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I had been Silas Sterling's mate for seven years. We decided to get tattoos of each other's names. This was a Binding Tattoo that represented eternal love in the Moonstone Wolf pack. It had the power to bind mates eternally. When I got the tattoo, I realized the malicious words 'Public Male Amenity' had been tattooed on my chest. It chilled me to the bone. My adopted sister, Greta Pound, was the one who tattooed me. She covered her mouth as she laughed. "Don't you always enjoy attracting the attention of all the male werewolves by dressing so skimpily in the pack, Freya? I'm just helping you to publicize this." Greta was a female werewolf I had saved. Why was she treating me this way when I treated her like my sister? I grabbed her hair angrily, but Silas pushed me violently to the side as he pulled Greta protectively into his arms. He frowned as he berated me unhappily, "Greta was just joking with you. Why are you so mad about it?" I stared at his bare chest where my name should be tattooed. However, the name 'Greta' was there instead. She looked up at me from Silas' arms and smiled innocently yet tauntingly at me. "Silas said our names rhymed, Freya, so I played a joke by tattooing my name on him. You aren't mad about this, are you?"

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Chapter 1

Chapter 1

~Clara~

La taza de porcelana estaba helada contra mi labio inferior. La mantuve levantada, dejando que el amargo té negro me invadiera la lengua sin tragarlo, utilizando el peso rígido de la cerámica para congelar mi rostro en una máscara sin expresión.

Al otro lado de la mesa de caoba, Julian tamborileaba con los dedos… tap, tap, tap… un ritmo que solía hacerme sentir segura. Ahora, cada golpe de su sello de signet contra la madera sonaba como ruido.

De repente, mi visión se duplicó, borrosa por un dolor agonizante que se encendía detrás de mis costillas. Mis pulmones ardían con la agonía de mi último aliento, ahogándome en mi propia sangre en aquel ático congelado y sin ventanas.

Todavía podía saborear el hierro. Todavía podía sentir la paja húmeda y podrida bajo mis uñas, arañando inútilmente contra las tablas del suelo mientras suplicaba al oscuro silencio un solo sorbo de agua.

Tres años de veneno lento y agonizante. Tres años escuchando los suaves susurros de las faldas de seda de Evelyn fuera de mi puerta cerrada mientras ella lucía los perlas en forma de lágrima de mi madre muerta en la Gala Imperial.

No de nuevo.

Inhalé un aliento agudo y silencioso por la nariz. El aire del estudio era real. Olía a cedro pulido, velas de cera y un sutil, empalagoso aroma a jazmín extranjero que flotaba del ojal de Julian, un aroma que conocía, con una certeza enfermiza, que pertenecía exclusivamente a Evelyn.

—Clara, querida… —la voz de Julian atravesó el recuerdo, dulcísima de forma enfermiza.

Se inclinó sobre la mesa, su sonrisa irradiando la devoción practicada y sin esfuerzo que una vez me hizo rendirme a su mundo. Sus dedos rozaron el borde de mi platillo. —La junta necesita la firma antes de las cinco. Si no consolidamos las acciones a mi nombre hoy, los acreedores de tu difunto tío liquidarán los muelles del Mar del Norte. Confías en que yo pueda manejar este asunto turbio, ¿verdad?

A su lado, Evelyn extendió la mano, sus dedos hundidos en el hombro de mi vestido de terciopelo verde. Apresó solo un poco demasiado fuerte, su aliento cálido en mi cuello mientras se inclinaba cerca.

—Solo firma, cariño —ronroneó Evelyn. Su tono goteaba con esa suave y asfixiante lástima que usaba como una daga. —Mírate; estás tan pálida últimamente, mirando por la ventana horas enteras. Deja que Julian quite este pesado estrés de tus hombros para que puedas descansar. Sabes lo delicada que siempre ha sido tu salud.

Delicada. La palabra rasgaba mis nervios expuestos. Me la habían susurrado al oído hasta que creí que mis propios huesos eran de cristal.

Lentamente y con deliberación, bajé la taza de té. El porcelana se posó contra el platillo con un sonido agudo y resonante que hizo que los dedos de Julian se detuvieran en la mesa.

Lo miré a él. Dejé que mis ojos recorrieran su cabello oscuro, el alfiler de zafiro pulido en su garganta, un regalo mío y el hambre absoluta y voraz enterrada bajo su sonrisa fácil.

Luego miré a Evelyn, sus ojos amplios e inocentes prácticamente vibrando con anticipación codiciosa mientras su mirada se desviaba hacia el pergamino legal que yacía entre nosotros.

Estaban esperando a la chica tímida y cariñosa que siempre se rendía. Estaban esperando a que yo tomara la pluma.

—Por supuesto que confío en ti, Julian —dije.

Mi voz no tembló. Salió lisa, pesada y completamente desprovista de la ansiosa urgencia que esperaba.

Extendí la mano y tomé la pesada pluma fuente dorada. El metal pulido estaba cálido por la luz del sol que entraba por las ventanas del suelo al techo.

El aliento de Julian se entrecortó. Un sutil y involuntario flex de su mandíbula delató su excitación. Evelyn se inclinó más, sus dedos anudados apretados en sus faldas rosadas, contando los segundos hasta que el imperio de envíos de mi madre perteneciera a ellos.

Desatorcé la tapa de bronce con un giro lento y deliberado. Mantuve el áfilar pincel empapado en tinta sobre la línea de firma; el punto exacto donde, en mi vida pasada, había firmado mi aliento, mi cordura y mi vida.

Entonces, con cada onza de fuerza que tenía, bajé mi mano.

No presioné el pincel sobre el papel para escribir. Lo conduje como una daga recto al centro del contrato, clavándolo profundo en la mesa de caoba antigua debajo.

El agudo crujido de la madera astillada y el metal rompiéndose rompió el silencio del estudio como un disparo.

La tinta negra estalló sobre el pergamino blanco y crujiente, salpicando en líneas oscuras y dentadas.

Julian se encogió tan violentamente que su pesado sillón de orejas se arañó con un chillido ensordecedor contra el suelo de madera. Evelyn gritó, tapándose la boca con ambas manos, sus ojos desorbitados mientras miraba el documento arruinado y luego a mí.

— ¡Clara! ¿Qué demonios… —aulló Julian, su máscara encantadora rompiéndose por completo para revelar la furia ardiente debajo. —¡Has perdido la cabeza?!

—Mi mano se resbaló —susurré suavemente.

Me incliné sobre la mesa, encontrando sus ojos salvajes y enfurecidos. Permití que una lenta sonrisa delgada como una hoja de afeitar se curvase en mis labios, una sonrisa que no contenía ni calor, ni miedo, ni malicia absoluta e inflexible.

Lentamente, desclasé mi mano de la pluma doblada manchada de tinta que quedó en pie en la madera arruinada. Me puse de pie, alisando el frente de mi falda de terciopelo, sintiendo cómo el frío helado en mi pecho se solidificaba en algo inquebrantable.

—Y pensando mejor… —dije, mi voz resonando en los altos techos, —creo que me encargaré de los muelles del Mar del Norte yo misma. Después de todo, la sangre es más espesa que el agua.

El rostro de Julian se desvaneció de color, volviéndose gris enfermizo y moteado. — ¡No puedes manejar la junta, Clara! No sabes nada de finanzas corporativas, contratos de la guild, ni rutas de envío de alta mar! ¡Arruinarás el apellido familiar en un mes!

—Entonces lo arruinaré yo misma —respondí, dando un paso fuera de detrás de la pesada mesa y cerrando la distancia entre nosotros. —Lo que sigue siendo mucho preferible a ver a un cuerpo externo desangrarnos.

Julian se lanzó adelante, su mano estirándose para agarrar mi muñeca, el mismo fuerte y posesivo agarre que siempre usaba para afirmar control cuando dudaba.

No me estremecí. No me alejé. Simplemente bajé la mirada a su mano, levantando una sola ceja.

Algo en mi mirada hizo que sus dedos se congelaran a centímetros de mi piel. Un shock de miedo instintivo pasó por su rostro, y lentamente retiró su mano, su pecho agitándose con la rabia suprimida.

Caminé pasando él hacia las pesadas puertas dobles de roble. Cuando mi mano tocó el frío mango de bronce pulido, hice una pausa, girando la cabeza solo lo suficiente para mirar atrás a Evelyn.

Mis ojos se clavaron en su garganta. Descansando contra su piel estaba un delicado hilo de perlas iridiscentes blancas, las perlas en forma de lágrima que mi madre me había legado específicamente a mí, ausentes de mi caja de joyas de terciopelo desde temprano esa mañana.

Evelyn captó mi mirada y, instintivamente, se aferró a su garganta, dando un paso frenético y tropezante hacia atrás hacia la estantería de libros.

—Guarda las perlas por ahora, hermana —murmuré, mi voz entrelazada con una promesa silenciosa y mortal. —Vas a necesitar algo para empeñar después.

Abrí las pesadas puertas y salí al gran vestíbulo de baldosas de mármol, cerrándolas de golpe detrás de mí.

Abajo en el patio, el viento de invierno aullaba, pero mientras arrastraba el aire helado profundo en mis pulmones, olía a libertad.

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