LOGINNo hubo palabras. Ni un saludo, ni un gesto de cortesía corporativa. Ciro no era de improvisar; optó por lo único seguro: desvió la mirada y continuó su camino hacia el ascensor privado sin mirar atrás. Su mente era un torbellino de desconcierto; necesitaba desaparecer de ahí antes de que esa variable imprevista terminara de dinamitar sus planes.
A pocos metros, Elif se quedó completamente paralizada. El impacto de tener frente a frente a ese joven de ojos azules —un depredador con una belleza tan oscura como magnética— la dejó sin aliento. El hecho de que él la hubiera ignorado por completo, pasando de largo como si fuera una sombra molesta, lejos de repelerla, encendió una chispa de curiosidad rabiosa y desconcierto. ¿Quién demonios se creía para ignorarla de esa manera? Antes de que pudiera procesar la avalancha de sensaciones, el eco de unos pasos pesados resonando por el pasillo la sacó del trance. Creyendo que se trataba de su padre y temiendo una reprimenda por seguir vagando por la planta ejecutiva, Elif reaccionó por instinto: se escabulló con rapidez hacia el ala lateral de oficinas vacías, ocultándose tras el umbral para no ser vista. Sin embargo, los pasos no eran de Aras. Eran los del anciano Hans, escoltado por la seguridad privada, abandonando el edificio tras la junta. Elif se mantuvo inmóvil, conteniendo la respiración, hasta que el silencio volvió a imperar en el pasillo y escuchó el zumbido lejano del ascensor descendiendo con Ciro a bordo. Salió de su escondite con el pulso martillándole en las sienes. Se llevó una mano al pecho, sintiendo una extraña opresión, como si acabara de infringir una norma invisible. Sacudida y con los pensamientos en un completo caos, apresuró el paso de regreso a la oficina de su madre para refugiarse tras el escritorio, fingiendo que jamás se había movido de ahí. Pasaron los minutos. El silencio en el despacho de Melani era denso, pesado, hasta que la puerta se abrió de golpe. Melani entró con una rigidez impropia de ella. Su expresión estaba teñida de una tensa contrariedad, con el rostro ligeramente enrojecido. La tormenta que se había desatado en la sala de juntas tras la salida de los austriacos había estallado entre ella y Aras. Las palabras insolentes de Ciro al oído —el eco exacto de Diego llamándola Mel— habían encendido la furia posesiva e incontenible de un hombre como Aras, un turco de vieja escuela para quien el honor y la exclusividad de su mujer no admitían sombras, menos aún cuando el fantasma del pasado reencarnaba en un hijo tan perverso como determinado. Al levantar la vista, Melani encontró a su hija sentada en el sillón, con la mirada perdida y las mejillas extrañamente encendidas. —¿Te pasa algo, Elif? —preguntó su madre con voz cortante, intentando recuperar el dominio de su compostura mientras se masajeaba las sienes. Elif parpadeó, sacándose de encima la imagen de los ojos azules de Ciro, y miró a su madre con recelo. —No... nada. Solo esperaba que regresaras. Pero tú... te ves fatal. ¿Estás bien? ¿No pudieron hacer nada? Melani desvió la mirada un instante, conteniendo un suspiro amargo. —No es eso. Todo está bien... solo tuvimos un pequeño percance con la visita —respondió con evasivas, cruzando los brazos—. Pero tú no estás bien. Tienes el rostro encendido. ¿Qué hacías mientras yo no estaba? Elif se quedó en silencio, sintiendo que el aire de la oficina de repente le quedaba corto. No se atrevió a mencionar al joven de los ojos de hielo que la había ignorado. —Te juro que no toqué nada —levantó las manos en señal de inocencia—. Ya me estaba aburriendo. ¿Podemos irnos ya? Melani no quiso darle más importancia; necesitaba liberar el estrés. Aceptó de inmediato y ambas abandonaron la oficina. Por su parte, Aras sentía que la profanación de su estabilidad era insoportable. La aparición de aquel joven no era un hecho aislado; era una provocación absoluta y calculada que no pedía aprobación. —¿Por qué no sabíamos que el heredero de Diego venía a Estambul? —tronó con rabia frente a Yusuf. Su secretario no supo qué responder. Tarde se habían dado cuenta de que el vuelo había sido cambiado para llegar un día antes y en horas de la mañana, cuando siempre se sabía que la élite viajaba de noche. —Un cambio de última hora. No llegaron esta madrugada... llegaron ayer. —¿Qué dices? ¿Von Seidl está en mis narices desde ayer? Yusuf tragó saliva con fuerza, porque todavía no le había dicho todo. —Sí. El ministro de Industria y Tecnología está en la ciudad; fue el primero en recibirlo, por eso no sabíamos nada. —Yusuf —la voz de Aras sonó glacial—. Llevas mucho tiempo conmigo. Tal vez estés cansado y estés fallando. Tómate unos días de descanso y luego vuelve a tu puesto. —Señor —el secretario se apresuró a defenderse—, no estoy cansado, pero usted... —¡No pedí tu opinión! ¡Fuera! —soltó de golpe. A Yusuf no le quedó de otra que dejarlo solo; dio media vuelta y se marchó mascullando por lo bajo: —Qué obstinado... ¡Maldito Ciro! ¿Cómo te atreves a pisotear el orgullo de mi jefe? En el auto, camino al aeropuerto, el viejo Hans no tardó en romper el silencio, con la voz temblorosa de rabia y frustración contenida. —¿Qué crees que estás haciendo, Ciro? ¿Crees que puedes utilizar tu posición para someter a Köksal con jueguitos de alcoba? —¿Eso te pareció? —replicó el joven sin apartar la vista del paisaje urbano de Estambul, con una calma que exasperaba al anciano. —¡Me pareciste un niño inmaduro al intentar seducir a la esposa de tu aliado! —No es mi aliado. Sin su mujer de por medio, Aras jamás habría llegado a donde está. —No subestimes a Köksal, Ciro. Los hombres como él dominan este imperio porque saben exactamente a quién poseer y a quién destruir. Te estás metiendo en un terreno pantanoso. —Ya veremos quién se hunde primero. Tengo muy claros mis objetivos. —De una vez te lo advierto, jovencito: abandona esa obsesión con la mujer de Köksal... o terminarás exactamente igual que tu padre. La mención de Diego no hizo más que avivar la hoguera. Ciro giró el rostro lentamente hacia su abuelo; sus ojos azules brillaron con una oscuridad tan densa que al viejo se le cortó la respiración. En su mente resonó el leve temblor en los hombros de Melani al escuchar el susurro; y supo que apenas era el comienzo. —Te acompañaré hasta la escalerilla del avión —sentenció Ciro con absoluta indiferencia. —¿No vendrás conmigo a Viena? —espetó Hans, sintiendo que perdía el control absoluto sobre su nieto—. Se supone que debías regresar hoy. —Regresaré dentro de unos días. Tengo otros negocios que atender aquí. La furia ciega desbordó al patriarca. Incapaz de soportar la insolencia y sintiendo la humillante impotencia de haber criado a una criatura que ya no obedecía sus órdenes, Hans alzó el bastón y se dispuso a golpearlo en el hombro con toda su fuerza. Pero Ciro fue más rápido. Atrapó el bastón en el aire con una sola mano, deteniéndolo a pocos centímetros de su pecho. La fuerza del impacto apenas sacudió sus dedos. —¿Aún crees que puedes darme órdenes, abuelo? —preguntó Ciro, con una voz tan baja y filosa que el chófer contuvo la respiración —. Todavía no he hecho nada. No te apresures. Con un movimiento seco, le arrebató el bastón de las manos y se lo devolvió con desdén, obligando al anciano a aferrarse a él para no perder la compostura. El mensaje había quedado más que claro: el patriarca de los Von Seidl ya era historia; el nuevo dueño de las reglas del juego estaba sentado a su lado.No hubo palabras. Ni un saludo, ni un gesto de cortesía corporativa. Ciro no era de improvisar; optó por lo único seguro: desvió la mirada y continuó su camino hacia el ascensor privado sin mirar atrás. Su mente era un torbellino de desconcierto; necesitaba desaparecer de ahí antes de que esa variable imprevista terminara de dinamitar sus planes. A pocos metros, Elif se quedó completamente paralizada. El impacto de tener frente a frente a ese joven de ojos azules —un depredador con una belleza tan oscura como magnética— la dejó sin aliento. El hecho de que él la hubiera ignorado por completo, pasando de largo como si fuera una sombra molesta, lejos de repelerla, encendió una chispa de curiosidad rabiosa y desconcierto. ¿Quién demonios se creía para ignorarla de esa manera? Antes de que pudiera procesar la avalancha de sensaciones, el eco de unos pasos pesados resonando por el pasillo la sacó del trance. Creyendo que se trataba de su padre y temiendo una reprimenda por seguir vag
—La junta solo estará para aprobar mi decisión. No permitiré objeciones de minoría. —Muy bien. Tienes mi respaldo. Pero no olvides que se debe caminar antes de correr —aconsejó el anciano. —No sé lo que es eso. ¿Alguna vez me lo permitiste, abuelo? El silencio del estudio llenó el ambiente de forma incómoda. El patriarca carraspeó ignorando la pregunta, se levantó con dificultad y abandonó la habitación. Ciro lo siguió con la mirada. ¿Por qué sigues esperando lo que no hay? se preguntó apretando el puño. Ni una palabra de cariño había recibido de parte de él a lo largo de los veinte años, solo un asentimiento de aprobación por superar cada reto enmascarado como educación. Un hombre con muchos vacíos difícilmente podría ser bueno. Y como bien dijo, en las reuniones posteriores nadie le contradijo; todos se sometieron a él, incluso sus consejeros, quienes descubrieron que el joven jamás se había confiado plenamente de ellos. Mientras muchos jóvenes de su edad disfruta
De regreso en Schloss Hallstatt, el peso de su nueva realidad se abatió sobre él como una losa de plomo. El viejo Hans había dejado algo muy claro antes de enviarlo de vuelta: la seguridad del chico era absoluta. Nadie en el internado podía tocarlo, ni levantarle la mano, ni cruzar una línea física sin atenerse a las catastróficas consecuencias de desafiar a los Von Seidl. El apellido funcionaba como un campo de fuerza invisible. Pero esa protección blindada solo empeoró las cosas. Al saber que Diego Von Seidl, el implacable “tiburón” que había dominado y aplastado a la competencia había muerto, dejando a su único y polémico hijo completamente solo, los demás herederos y vástagos de la alta sociedad europea vieron en Ciro una pieza codiciada y a la vez un blanco perfecto. Nadie se atrevía a empujarlo en los pasillos o a buscarle una pelea física que atrajera la furia del viejo Hans; en su lugar, la guerra se volvió cien veces más cruel: psicológica. Las mesas del comedor se a
El niño dio dos pasos al frente y se detuvo al pie de la cama. Quería correr hacia él, hundir el rostro en su pecho y suplicarle que no lo dejara solo en aquel mundo hostil, pero la coraza helada que había construido en el internado se cerró a su alrededor como una armadura de hierro. Mantuvo los brazos rígidos a los costados, con una dureza en la mirada que quebró el alma de Diego. Su hijo se negaba a llorar frente a él. —Ven aquí, hijo —repitió Diego con voz quebrada, cargada de un dolor que iba mucho más allá de la enfermedad al ver que su propia sangre lo miraba como a un extraño blindado. Ciro se acercó lo suficiente para permitir el contacto, pero su cuerpo no cedió; se mantuvo tenso, insensible, un niño de nueve años obligado a ser una estatua de piedra. Diego lo rodeó con lo poco que le quedaba de fuerza, sabiendo que el tiempo se escurría entre los dedos. —Sé que te envié lejos… No fue porque no te quisiera —susurró Diego contra su cabello, con la respiración pesada
Invierno / Febrero 2016 Región de Salzkammergut / Schloss Hallstatt El picadero cubierto olía a cuero húmedo, viruta de pino y al frío metálico que se filtraba a través de los altos ventanales góticos. A sus nueve años, Ciro Von Seidl no montaba por pasatiempo; lo hacía con la rigidez y el control milimétrico de quien entendía que cualquier descuido era una debilidad inaceptable. Su postura sobre el caballo era perfecta, casi antinatural para su edad. —Von Seidl. La voz del director resonó seca, cortando el eco de los cascos sobre la arena. Ciro detuvo al animal con un leve movimiento de riendas, sin brusquedades. Al pie de la barrera de madera no estaba el preceptor habitual, sino dos hombres con trajes oscuros y abrigos largos que desentonaban por completo con la atmósfera académica del internado. Detrás de ellos, con el rostro surcado por una tristeza contenida que apenas lograba disimular bajo su habitual porte severo, aguardaba Siegmund. Ciro los observó desde la al







