INICIAR SESIÓNLa luz gris del amanecer se filtraba por las rendijas de la habitación, dibujando contornos inciertos en la penumbra. Jade abrió los ojos, su cuerpo dolorido, cada músculo protestando en un eco mudo de la noche que había pasado. Las sábanas de seda, suaves y frías, se sentían extrañas contra su piel. La primera pregunta que asaltó su mente, punzante y desoladora, fue: ¿Así será el resto de mi vida? ¿Fría, solitaria y sin su padre?
El peso de la realidad la aplastó, una losa gélida sobre su pecho. No había despertado en su cama, en su apartamento, con el familiar aroma a café y libros. Estaba en la mansión de Hywell, una jaula de oro y sombras, y la noche anterior… la recordaba con una claridad brutal y vergonzosa. El miedo, la humillación, la frialdad de Hywell, su control absoluto. Como la tocó, la olfateó, la lamió.
Un sollozo mudo se ahogó en su garganta.
Apenas el reloj de una pared invisible dio las ocho, la puerta de la habitación se abrió suavemente. Dos mujeres jóvenes, vestidas con uniformes discretos de color gris perla, entraron en silencio. Sus rostros eran amables, pero sus ojos denotaban una profesionalidad distante. Eran las doncellas de Hywell.
—Buenos días, señorita —dijo una de ellas, su voz suave como una caricia—. El señor Hywell desea que preparemos un baño para usted. Desayunará con él en el comedor principal.
Jade se incorporó, las sábanas resbalando. El rubor le subió al rostro cuando vieron que iba casi desnuda por orden de Hywell.
—¿Ustedes…?
La otra doncella sonrió con delicadeza.
—Sí, señorita. Es nuestra labor. Por favor, acompáñenos al baño. Tenemos ropa limpia preparada —dijo sonriendo—. No se preocupe por su desnudez. Somos cordiales con la mujer del señor.
Jade asintió, sintiéndose como una marioneta.
El baño era un santuario de mármol negro y paredes de cristal esmerilado. Las doncellas la ayudaron con una delicadeza desconcertante. El agua tibia, perfumada con lavanda, se sintió como un bálsamo sobre su piel adolorida, pero no pudo quitar la sensación de suciedad que sentía en lo más profundo de su ser. Lavaron su cabello con un champú de aroma exótico, y luego lo peinaron con paciencia, dejándolo caer en cascada sobre sus hombros. La cuidaron con una atención meticulosa, casi personal. No había un juicio en sus ojos, solo una eficiencia entrenada.
Después del baño, la llevaron de regreso al vestidor. No había lencería esta vez, sino un vestido sencillo de seda gris que caía con fluidez hasta sus rodillas, con un cuello alto y mangas largas. Elegante, sobrio, y totalmente anónimo. No era la ropa que Jade elegiría, pero era la que le habían dado. Se sentía como si le hubieran puesto un uniforme, despojándola de su identidad.
Una vez lista, la condujeron al comedor principal. Era una sala inmensa, con ventanales gigantes que se abrían a un jardín monocromático, bañado por la misma luz gris y prometedora de lluvia. Una mesa de comedor larga y pulida, de ébano macizo, ocupaba el centro de la habitación. Hywell estaba sentado en un extremo, bebiendo café y leyendo un periódico digital. Llevaba un traje oscuro impecable, su cabello y barba canosos le daban un aire de autoridad aún mayor. Parecía completamente imperturbable cuando Jade entró. Hywell bajó el periódico, sus ojos azules se fijaron en ella con una intensidad que la hizo temblar. No había una sonrisa, ni nada que la hiciera sentit algo.
—Buenos días, Jade —dijo, su voz grave, pero sin la aspereza de la noche anterior. Un lugar ya estaba puesto frente a él, con un desayuno completo: fruta fresca, tostadas, huevos, y un tazón humeante de gachas. Era el desayuno favorito del señor.
Jade se sentó, sintiéndose diminuta en la vasta mesa.
—Buenos días, Hywell —respondió, su voz más firme de lo que esperaba. Tomó una taza de café negro y lo bebió lentamente.
—¿Dormiste bien?
La pregunta de Hywell fue una formalidad, pero sus ojos la escudriñaban, buscando una respuesta que fuera más allá de las palabras, por lo que Jade apretó los labios en una línea firme.
—Tan bien como se puede dormir en una jaula de oro —respondió con una acidez que no pudo ocultar de su señor—. Y sí, me siento… renovada, como si tuviera la vida soñada.
Su mirada era desafiante.
Hywell soltó una risa baja, un sonido sin alegría.
—Siempre tan arisca. Me gusta. El espíritu indomable es un activo. Me aburre la sumisión cuando quien la porta no tiene la acidez que necesito. ¿Te gustó la noche? ¿O la experiencia fue tan desagradable como tu expresión parece indicar?
Su pregunta fue directa, brutal, y a Jade le subió la sangre al rostro. Aun recordaba lo sucedido la noche anterior.
—¿Le gustó? —Jade dejó la taza de café con un golpe apenas audible—. ¿Acaso esperaba fuegos artificiales, Hywell? Fui despojada de mi voluntad, de mi elección, de mi dignidad. ¿Cree usted que la experiencia de ser una posesión es placentera?
Sus palabras eran rápidas, cargadas de la rabia que había contenido toda la noche. Hywell se apoyó en el respaldo de su silla, sus ojos fijos, con una mezcla de curiosidad y admiración.
—La dignidad, Jade, es un concepto que solo tiene valor para quien lo posee. Y la posesión… puede ser liberadora. Te libera de la carga de la elección, de la carga de la responsabilidad. La vida es más simple cuando alguien más decide por ti.
—Simple, quizás, pero vacía —replicó Jade con fervor—. Soy una persona, no un objeto. Tengo mis propias ideas, mis aspiraciones. No quiero una vida simple y vacía donde otros decidan por mí. Quiero libertad, una que usted no me ofrece.
Señaló los ventanales con un gesto de la mano.
—No quiero estar encerrada en esta prisión, por muy hermosa que sea —comentó—. Quiero volver con mi padre. Esta es una….
—Prisión —repitió Hywell, una sonrisa ladeada en sus labios—. Es una perspectiva. Yo lo veo como un refugio. Estarás segura, serás cuidada. Tendrás todo lo que necesites, algo que tu padre, con toda su “libertad” y “dignidad”, no pudo garantizarte.
La mención de su padre la golpeó como un puñetazo.
Jade sintió un ardor en sus ojos.
—Mi padre cometió errores, pero al menos creía en la libertad. Usted solo cree en el control y en la venganza. —Se puso de pie abruptamente, el raspado de la silla contra el mármol rompiendo el silencio—. No puedo sentarme aquí y fingir que esto es normal. No puedo. No lo haré. No quiero fingiendo que siento algo por ti.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar rápidamente hacia la puerta del comedor. No sabía a dónde iba, pero necesitaba escapar de su presencia, de la opresión de esas paredes, pero Hywell fue más rápido. En un instante, estaba fuera de su silla, su figura imponente bloqueando la salida. Su mano, grande y firme, se extendió y se cerró sobre el cabello de Jade, un mechón espeso y oscuro tirando de él con una fuerza que le arrancó un gemido de dolor. La detuvo en seco, estrellándola contra la pared.
—¡Suéltame! —exclamó Jade, su voz ahora un grito de rabia.
Hywell la jaló con un movimiento brusco, estampándola contra la pared de mármol con un impacto que le sacó el aliento. La espalda de Jade golpeó la superficie fría, y un dolor agudo la recorrió. Sus ojos se encontraron con los de él, y en esa cercanía forzada, la atmósfera se electrificó.
El odio era palpable en sus ojos, pero bajo él, una chispa oscura de tensión sexual brotaba de los poros de Hywell, una fuerza tan abrumadora que Jade sintió un calor innegable, avergonzante, extendiéndose por su cuerpo. La cercanía de sus cuerpos, el olor a su colonia y a su piel, era embriagadora y aterradora a la vez.
—¿Crees que puedes ignorar las reglas, Jade? —gruñó Hywell, su voz baja y cargada de una furia controlada, pero su mirada la devoraba con una intensidad brutal. Su cuerpo estaba pegado al de ella, inmovilizándola—. ¿Crees que puedes simplemente levantarte y marcharte cuando te plazca? Estás aquí porque lo decidí, y tu vida, a partir de ahora, se rige por mis designios.
Jade lo desafió con la mirada, a pesar del temblor en su cuerpo.
—No soy su juguete. No puede tenerme encerrada para siempre.
Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por el rostro de Hywell. Sus ojos azules brillaron con un deseo crudo. Se inclinó, su boca a centímetros de la de Jade, su aliento cálido rozándola.
—Puedes no ser mi juguete, Jade, pero eres mía, y eso, para mí, es mucho más satisfactorio —gruñó contra sus labios.
Intentó besarla.
Jade reaccionó por puro instinto. Giró la cabeza bruscamente, el beso de Hywell aterrizando en su mejilla, un roce áspero y posesivo. La repulsión le revolvió el estómago, pero también la chispa de resistencia que la mantenía entera.
—¡No! —exclamó, reuniendo toda la fuerza que le quedaba. Con un empuje inesperado, logró separarse de él, apenas un palmo. La sorpresa cruzó por el rostro de Hywell por un instante, el tiempo suficiente para que Jade se liberara.
Sin mirar atrás, corrió. Corrió por el largo pasillo del comedor, sus pasos resonando en el mármol, buscando desesperadamente la familiaridad de su habitación. Sentía la mirada de Hywell en su espalda, una presencia ardiente y peligrosa. No se detuvo hasta que se encerró en su habitación, el seguro de la puerta el único consuelo en la vasta soledad.
Del otro lado, en el comedor, Hywell se quedó de pie, la mano levantada, mirando la puerta por donde Jade había huido. Una mezcla de furia y una excitante satisfacción bailaba en sus ojos azules. La insolencia de ella, su espíritu indomable, solo lo atraía más. Su cuerpo vibraba con la tensión liberada y contenida.
—Jade —murmuró, su voz ronca, la promesa de una posesión aún más intensa—. No sabes con quién te has metido.
Estaba enojado, y terriblemente excitado.
El sol de la tarde, un disco ardiente que se hundía lentamente en el horizonte, pintaba el vasto océano Pacífico con destellos de oro, naranja y púrpura. Cada ola que rompía en la orilla era una pincelada de luz, un lienzo dinámico que reflejaba la inmensidad del tiempo y de todo lo que vivieron. El aire salobre, fresco y familiar, soplaba suavemente desde el mar, trayendo consigo el aroma de la sal y la promesa de la noche, jugando con las canas esparcidas en el cabello antes oscuro de Jade.Cincuenta años habían transcurrido desde la última boda con Hywell, un lapso de tiempo que había esculpido nuevas líneas en su rostro y manos, testimonios silenciosos de una vida plena y vivida con una intensidad que pocos conocían.Sentada en una silla de madera frente al mar, con una manta de lana suave cubriendo sus rodillas, un regalo de Lucy que la protegía de la brisa vespertina, contemplaba las olas que se deshacían en la orilla, cada una trayendo y llevándose consigo los ecos de innumerabl
Jade miró a Hywell, sus ojos brillando con una mezcla de adoración y deseo. La conversación con Liam, las reconciliaciones tácitas y las promesas de un futuro, todo se desvanecía ante la urgencia de su presencia y de esa necesidad de tocarlo y sentirlo.Sus manos se posaron en los hombros anchos de Hywell, sintiendo la solidez de su cuerpo, la familiaridad de su piel bajo la tela del traje. Una corriente eléctrica recorrió su cuerpo, una sensación inconfundible que le indicaba lo mucho que lo deseaba en ese preciso instante, en ese lugar que profanarían.Podía sentir el calor que emanaba de él, la conexión palpable que los unía, y cómo su propio cuerpo respondía a esa cercanía, un deseo húmedo que crecía con cada segundo. Quería estar con él, completamente, sin barreras ni interrupciones.Con una determinación que encendía sus ojos, tiró suavemente de su mano y le sonrió, invitando a Hywell a pecar con ella.—Vamos.Hywell entendió al instante, una sonrisa ladeada, llena de picardía y
El sol se filtraba a través de los altos ventanales de la capilla militar, bañando el altar con una luz dorada que realzaba los estandartes y las banderas desplegadas con precisión marcial.La arquitectura sobria del lugar, de piedra clara y líneas limpias, contrastaba con la vibrante anticipación que llenaba el aire. Los bancos de madera oscura estaban ocupados por una mezcla de uniformes impecables, adornados con medallas que brillaban sutilmente, y trajes de gala que iban desde el elegante negro hasta los tonos pastel, planchados e inmaculados.Un murmullo bajo de conversaciones y risas contenidas flotaba en el ambiente, una mezcla única de la disciplina castrense y la tierna expectativa de un compromiso amoroso.Liam, de pie en el altar, se veía imponente. Su uniforme de gala, perfectamente ajustado a su figura atlética, destacaba su postura firme, sus hombros anchos, símbolos de la fortaleza adquirida en años de servicio, pero en sus ojos, más allá de la disciplina, brillaba una
La tenue luz de la lámpara de noche bañaba la habitación de Lucy con un resplandor ámbar. Jade, sentada al borde de la pequeña cama, terminaba de contar el cuento favorito de su hija.Su voz era un arrullo suave, tejiendo palabras de dragones valientes y princesas curiosas. Lucy, con sus ojos verdes brillantes y su cabello negro extendido sobre la almohada, escuchaba con la misma devoción que ponía en recoger flores silvestres.Al llegar al "y vivieron felices para siempre", Jade cerró el libro con una sonrisa y suspiró por lo bonita que era, aunque la leía todas las noches sin falta. Le gustaba, pero a su hija más.—Y así fue como el dragón encontró su verdadero hogar —dijo Jade, inclinándose para darle un tierno beso en la frente a Lucy.Lucy se acurrucó más bajo las sábanas, su voz era un murmullo soñoliento pero lleno de curiosidad infantil.—Mami… ¿ese señor de la cafetería era amigo tuyo?Jade acarició el cabello de su hija, el tacto suave y familiar.—Sí, mi amor. Es un amigo m
El bullicio de la cafetería era un telón de fondo vibrante para el reencuentro de Jade y Liam.Se sentaron en una mesa exterior, la luz del sol de la tarde filtrándose a través de los toldos, proyectando sombras danzantes sobre el pavimento. El aroma a café recién molido y bollería recién horneada flotaba en el aire, mezclándose con las risitas ocasionales de Lucy, que se dedicaba a su helado con la concentración de un pequeño gourmet.La escena, tan sencilla en su superficie, estaba cargada de años de historia, dolor y esperanza.Jade observó a Liam, sus ojos recorriendo los contornos de su rostro, las líneas que el tiempo y las batallas habían grabado. Notó las cicatrices, no solo las visibles en su piel, sino también las invisibles que adivinaba en su mirada.La prótesis, apenas disimulada bajo el pantalón, era un recordatorio constante del sacrificio. Liam había madurado, endurecido por la experiencia, por el fragor de la guerra, pero sus ojos conservaban la misma calidez y sincer
Cinco años después **Cinco años.Cinco amaneceres y atardeceres.Cinco ciclos de la vida. Los días se habían convertido en semanas, las semanas en meses, y los meses en años, tejiendo una nueva realidad alrededor de la herida abierta.En los campos apartados de California, bajo un sol resplandeciente que teñía el cielo de un azul puro, Jade caminaba sobre las flores. El paisaje era un abrazo verde, un lienzo de vida silvestre. La hierba alta se mecía con una brisa suave, susurrando secretos antiguos. Flores silvestres, de pétalos vibrantes en tonos de amarillo, púrpura y rojo, salpicaban el verdor, un tapiz natural que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.De la mano de Jade, una niña saltaba con una ligereza etérea, sus risas claras como cascabeles. La pequeña era un reflejo de su madre, con los ojos verdes de Jade que brillaban con una curiosidad inocente, y un cabello liso, negro como el ébano, que danzaba alrededor de su rostro con cada brinco.Recogía las flores silvestr







