LOGIN🔞 CONTENIDO SOLO PARA ADULTOS Siena Rossi vendería su alma con tal de que sus hijos no pasen hambre. Esa noche, solo necesita un hombre dispuesto a pagarle por su cuerpo. No sabe que el desconocido al que intenta seducir es Roman Valmont. Multimillonario. Mafioso. Un monstruo acostumbrado a tomar lo que quiere. Una noche. Dinero. Fin. Pero Roman vuelve buscando más. Siena se niega. Y ese rechazo le abre la puerta a algo mucho peor que el hambre. Roman no acepta un no. No se detiene. No la deja escapar. Lo que empieza como una transacción sucia se convierte en una obsesión enfermiza. Quiere su cuerpo. Su obediencia. Su rendición absoluta. No le basta con poseerla. Quiere consumirla. Y cuando los enemigos de Roman descubren que Siena es la única mujer capaz de hacerle perder el control, ella deja de ser su juguete y se convierte en su punto más débil. Él puede comprarla. Puede protegerla. Puede matar por ella. Lo único que no puede hacer es obligarla a amarlo. Pero Roman Valmont no necesita que ella lo ame. Le basta con que sea suya.
View MoreEl resto del día, Siena lo pasó como ausente de sí misma, la mente atrapada en Mathias, en lo que planeaba hacer. Sabía, con una certeza amarga, que no iba a rendirse tan fácil.Al caer la noche, llegó un mensaje de Roman: estaba en el edificio, que bajara a verlo. Dejó a los niños frente a la televisión y bajó rápido.En la recepción, Roman la esperaba con el semblante serio.—Me avisaron aquí en el edificio —dijo, sin preámbulos—. Alguien vino a buscarte. Un tipo conflictivo.Ella suspiró.—Veo que nada se te escapa.—¿Quién era?—Mathias —confesó—. El padre de los niños.Se negó, incluso en su cabeza, a llamarlo esposo otra vez. Solo pensar la palabra le daba asco.El rostro de Roman se endureció.—¿Qué mierda quería ese bastardo?—Dinero. Vio la foto filtrada, sabe que estoy contigo, y quiere dinero.Roman soltó una risa irónica, pasándose una mano por el cabello, como conteniéndose.—Claro. Qué más iba a querer esa rata.—Tengo miedo de que intente algo.—Como se atreva a poner u
Siena se quedó pálida, casi sin poder pensar.—¿Qué hago, señorita? —preguntó el trabajador—. ¿Lo dejo subir?—No —respondió, rápido, casi sin dejarlo terminar la pregunta—. No lo deje subir bajo ninguna circunstancia.El hombre asintió y se retiró. Siena cerró la puerta y le puso el seguro, aunque sabía que un pestillo no la protegería de lo que de verdad importaba. Si Mathias había vuelto, el pasado había vuelto con él, y de eso no había cerradura que sirviera.Dejó los utensilios de limpieza olvidados en algún rincón de la sala y empezó a caminar de un lado a otro, sin poder quedarse quieta. Miraba hacia la puerta cada pocos segundos, como si pudiera atravesarla con la vista.Tocaron de nuevo. Se sobresaltó.¿Sería él?Se asomó: era el mismo trabajador de antes.—El hombre se marchó —dijo, al abrir—. Costó bastante. Tuvimos que decirle que llamaríamos a la policía. Dijo que le dijéramos a la señorita que iba a regresar. Que no podía esconderse para siempre.Un escalofrío le recorri
—Para —susurró Siena, con los ojos muy abiertos—. Nos van a descubrir.Él no paró. Siguió embistiendo con fuerza, arrancándole gemidos bajos que ella apenas lograba contener.—Responde —le susurró él al oído.¿Responder? Apenas podía ocultar los sonidos que se le escapaban. Iba a delatarse sin remedio.La voz de la mujer insistió al otro lado de la cortina. Siena tragó saliva y habló, con la voz temblando pero controlada.—Estoy bien. Me golpeé la rodilla probándome algo.—Está bien —respondió la empleada—. Estaré cerca por si necesita ayuda.—Gracias —logró decir, con un hilo de voz.Roman no esperó. Le cubrió la boca con una mano, y con la otra le sujetó la cadera, siguiendo con embestidas fuertes. Siena ahogó sus gemidos en la palma de su mano. El sonido de sus caderas chocando era inconfundible. Rezó para que la empleada estuviera lo bastante lejos como para no oírlo.Miró hacia abajo y vio los fluidos cayendo al suelo bajo ella. Estaba tan mojada que literalmente goteaba. Jamás
El día siguiente pasó lento y pesado, con Siena alerta a cada sonido, como si en cualquier momento la policía fuera a tocar la puerta. Molesta, ansiosa, incapaz de concentrarse en nada por más de unos minutos.Cuando cayó la tarde, llegó el mensaje de Roman: la esperaba en la recepción del edificio, y una niñera ya subía en el ascensor para quedarse con los niños.Ella, ya vestida con lo más sencillo que tenía —no le quedaba nada que pudiera llamar bonito—, abrió la puerta a una mujer distinta a la de la vez anterior. Le dio instrucciones detalladas sobre el reposo de Leonardo, los horarios, los números de emergencia, y le pidió que llamara ante cualquier mínima cosa.Bajó. Roman la esperaba afuera, vestido de una forma que ella no le conocía: pantalón de tela negra, camisa blanca de mangas cortas, un suéter azul echado sobre los hombros. Se veía más joven, más relajado, y —como siempre— demasiado guapo.La recibió en un auto deportivo que tampoco le conocía. Le abrió la puerta del co












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