LOGINEstamos terminando una reunión de coordinación con Agustín y Ángello en las inmediaciones de Cavalcanti Moda, lo cierto es que nuestros números son excelentes y lo que tenemos programado para el futuro es estupendo.
—Lorenzo, en verdad cada vez me sorprendo más —Agustín deja una carpeta en la mesa y sonríe satisfecho—. Cuando dijiste que tú te harías cargo de esta empresa, no creí que duraras tanto ni mucho menos que lo hicieras tan bien.
—Lo más importante es que pides consejo —dice Ángello con una amplia sonrisa.
—Yo no estudié para esto, pero me gusta.
—¿Y tu talento? —me pregunta Ángello preocupado.
—Escondido de momento, en mi departamento, quién sabe si alguna vez haré alguna exposición. Pero no crean que por llevar la empresa no hago lo que me gusta, es una de las exigencias de mi madre.
Los dos se ríen y me dicen que así es ella, preocupada de todos, marcando el orden y alentando a todos a que hagan lo que aman, no lo que piensan es lo mejor para los demás. Es cierto que yo estoy así, pero eso no quiere decir que no lo disfrute.
De pronto, me llega un mensaje de mi padre, lo leo y me pongo de pie.
—¿Pasa algo? —me dice Agustín asustado, poniéndose de pie.
—No… es algo personal, tengo algo importante que hacer, me tengo que ir.
—Espero que eso personal te resulte bien —me dice Ángello sinceramente. Asiento y salgo de allí rápidamente. Cuando estoy en el ascensor llamo a mi padre, que me responde al primer tono.
—Hijo, acabo de oír a Isabella decirle a Helen que Fabio la invitó a salir esta noche, irán a un bar y luego a donde sea que se les ocurra. ¿Qué harás?
—Necesito el nombre del bar y que me avises cuando Isabella salga de la casa.
—Cuenta con ello.
Me voy a mi departamento para darme una ducha y cambiarme de ropa. Al llegar, antes de hacerlo me meto a mi taller para ver el cuadro que estoy pintando de ella, en donde está con ese vestido de lentejuelas diminuto y bailando al ritmo de la música, que está representada con líneas de colores.
—Eres tan hermosa, que ni siquiera a propósito podrías quedarme mal pintada —paso mis dedos por el borde del cuadro y luego me voy de allí para prepararme.
Veo la hora y decido salir con rumbo al bar que mi padre me ha dicho. Espero por allí cerca, en un lugar en donde no vayan a reconocerme, porque sería hombre muerto por esa pequeña mujer. El tráfico a esta hora es un desastre, pero hasta ahora mi padre no me ha llamado, así que supongo que tengo mucha ventaja.
Mi teléfono suena y respondo cuando veo que es mi padre.
—Acaban de salir.
—Gracias.
—Llámame si necesitas algo, estaré pendiente de mi teléfono, suerte hijo.
Mi padre cuelga la llamada y yo sonrío, porque me quedan unas pocas cuadras más para llegar al sitio. Cuando consigo avanzar, hago un recorrido por el lugar y me doy cuenta de que puedo estacionarme cerca de allí, sin ser visto.
Casi media hora después, estoy sentado en una de las mesas fuera de un local de en frente que están cubiertas por unas lindas plantas, los veo entrar riendo al lugar y allí me quedo a esperar que salgan.
—Señor, ¿va a pedir algo? —me pregunta una chica como aburrida, al verla ella abre los ojos y se sonroja.
—Quiero una coca cola, unas papas fritas con pollo a la crema y quiero dejar todo pagado, porque puede ser que me tenga que ir antes de tiempo.
—Claro… lo que usted diga.
La veo irse como si estuviera atendiendo a una celebridad y yo ruedo los ojos, regreso a mirar al local de en frente, afortunadamente tiene una ventana que da a la barra y allí están ellos. La veo reír tan relajada, se ve alegre a pesar de lo que sucedió hace unos días con el inglesito idiota.
—Después de todo, no lo amaba y que bueno.
Llega mi pedido, la chica me cobra y se va. Yo me quedo comiendo mis papas lentamente, porque no sé cuánto se tardarán. Llevan allí una hora e Isabella va por la segunda cerveza, lo que me preocupa porque no conozco su tolerancia al alcohol, desde aquí no distingo cuál es ni tampoco lo que está bebiendo Fabio.
Las papas se me terminan al igual que el refresco, llega la chica como nerviosa, mira hacia dentro y me dice.
—Se-señor, creo que debo pedirle que se retire, porque ya comió y necesitamos la mesa…
—No he terminado, ahora quiero una chorrillana y un jugo de naranja, lo dejaré pagado igual que lo demás, si me lo puede cobrar ahora.
—Claro…
Se mete adentro, luego regresa con la maquinita para hacer el cobro y me quedo allí, sin hambre, pero lo vale para esperar a que estos dos se vayan. Ya casi pasan las dos horas, veo que Fabio paga y luego se ponen de pie.
Salen al frío de la noche, ella se ajusta la chaqueta y Fabio la abraza, siento que me va a dar algo, pero siguen riéndose y caminando al auto de mi hermano. Yo me pongo de pie para seguirlos, quiero saber si se quedarán por el sector o irán a otro lugar.
La chica llega con mi pedido y me mira sorprendida.
—Señor, su orden.
—Déselo a ese grupo de señoritas que está por allá —le dejo una generosa propina sobre la mesa y le sonrío—. Muchas gracias por todo.
Corro a mi auto al ver que no se quedarán por aquí, lo enciendo y salgo de allí tras ellos. Ahora me arrepiento de muchas cosas, una de ellas no haber seguido en contacto con Isabella.
Pero lamentablemente me hice la idea de que había perdido a una amiga. Aunque es mucho menor que yo, los dos compartimos conversaciones muy entretenidas y ayudarla con algunas de sus tareas me hacía sentir como un buen hermano mayor, ese que nunca fui.
Trato de no perderlos de vista, aunque dejando siempre dos o tres vehículos por delante para que no se den cuenta de que los estoy siguiendo. Luego de un rato logro entender a dónde la lleva y me da de todo.
—¡Fabio, te quiero colgar de las bo…! —mi teléfono suena y respondo sin ver.
—Hijo, ¿alguna novedad?
—¡Oh, por supuesto que sí! ¡¡Se la está llevando al mirador!!
—Mierda.
—¡Sí, eso mismo! Yo sé a qué se la lleva para allá y estoy seguro de que no hay ningún hombre en la familia que no lo sepa.
—Mira, quiero que te calmes, piensa las cosas fríamente y si necesitas ayuda, sólo llámame.
—Gracias, aunque dudo que me pueda calmar.
Les doy cierta ventaja para que no me presten atención, afortunadamente hay un auto más allí, por lo que queda entre nosotros. Con la oscuridad, es imposible que puedan creer que soy yo, así que me quedo tranquilo, dentro de lo que siento, mirando atentamente al auto de Fabio, rogando que esa cosa no se mueva.
El otro vehículo se va de allí el tiempo se va pasando, no sé qué está pasando allí, pero ya no aguanto más y se me ocurre, la que creo, es la mejor de las ideas.
Llamo a la policía.
Me quedo allí a esperar a que lleguen los uniformados y se los lleven, echo mi asiento hacia atrás y bajo un poco el vidrio de mi ventana, porque no tengo nada que ocultar.
Unos minutos después, detrás de nosotros veo las luces de la patrulla, se estaciona en medio y se van directo a fiscalizar a mi hermano. Me río de mi travesura, más cuando lo veo bajar colocándose la chaqueta, sé que le corté algo.
Del otro lado se baja Isabella, se ve con mala cara, pero no me importa. Haré lo que sea para que ella no esté con mi hermano, porque ella no es una mujer para un momento, ella es para toda la vida.
De pronto, oigo el grito de ella.
—¡Mira, es el pervertido del restaurante! —veo que me apunta a mí un oficial se acerca a mí. Bajo la ventana por completo esperando a que llegue, logro ver que a Fabio le están haciendo el test de alcohol.
—Señor, necesito que se baje, la señorita está diciendo que usted los ha estado siguiendo durante la noche.
—No…
—Baje.
Hago lo que me piden, mientras del otro lado Fabio me mira con ganas de matarme. Pero la cara de Isabella no es mejor, además de molestia, veo una decepción en sus ojos y sé que no hice bien, pero es que la idea de que Fabio esté jugando con ella no me gusta.
—Señor, abra el maletero.
Lo hago y van a revisar, mientras otro me pide mi identificación. Levanta las cejas, me mira y luego mira a mi hermano.
—Es mi hermano menor, los estaba siguiendo porque ella me gusta y él es un puto —me encojo de hombros y el policía se ríe.
—Así que usted llamó —asiento y niega con la cabeza—. Me temo que tendrá que acompañarnos a la comisaría.
—Yo no he hecho nada.
—Llamó a la policía por un falso procedimiento, su hermano no estaba haciendo nada con la señorita, porque no se tardaron nada en bajar el vidrio, sólo estaban comiendo unas galletas y oyendo música. Tampoco tiene alcohol en la sangre, así que nada justifica que nos llamara.
—Pero…
—Mire, entiendo lo que está pasando, pero las falsas llamadas se castigan.
—¡Yo no sabía que él no había bebido, estuvieron en un bar!
—Como sea, nos tiene que acompañar.
Del otro lado Isabella se sube al auto sin mirarme siquiera. Fabio se ríe de mí y se sube a su auto sin mayores problemas, para luego salir de allí. Mientras que yo me tengo que ir a la comisaría. Uno de los oficiales se sube a mi auto, mientras que yo me tengo que subir en la parte trasera de la patrulla.
No puedo creer que me esté pasando esto, no es justo. Aunque si Isabella no me hubiese delatado, probablemente no me habría pasado nada de esto. Al llegar a la comisaría, llamo a mi padre y me enfrento a un fuerte regaño del capitán de la unidad.
Minutos más tarde, llega mi padre a buscarme, el capitán le dice lo que he hecho y mi padre me mira molesto. Cuando logramos salir de allí creo que mi padre me dará el peor regaño de mi vida, pero sólo se ríe.
—¡Fue la mejor idea! Aunque debiste irte de allí, pero estuvo bien. Al menos sabes que no estaba pasando nada raro entre ellos.
—Sí, pero ahora ni siquiera sé cómo la miraré a la cara, el lunes irá a la empresa para seguir con lo suyo. Y eso, si es que mamá no me mata, porque es obvio que Isabella le contará a la suya.
—De tu mamá me encargo yo, mejor vámonos a casa, ya mañana lo vemos —mi padre da dos pasos y luego se voltea—. ¿Te has dado cuenta de que no tenemos un abogado en la familia? —yo me río de sus ocurrencias y él me apunta con su dedo índice, como advertencia—. Más te vale que la conquistes y que tengan al menos un hijo que quiera estudiar derecho, ¡lo necesitamos urgente!
Esta vez me río más fuerte y cada uno se sube a su auto. Me voy a mi departamento, cansado y sintiéndome extraño, pero al menos sabiendo que por esta noche sería imposible que ellos hagan algo… espero.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —le pregunto a mi hija al llegar con ella al cuarto en donde espera solitaria al momento más importante de su vida. La tradición de la familia esta vez no se cumplió, porque mi pequeña no quiso que ninguna de las mujeres la ayudara a prepararse, puesto que su futuro esposo contrató un equipo profesional para que se encargara del maquillaje, peinado e incluso del vestido. Hasta ahora, todas las bodas se caracterizaban porque los novios llevaban hermosos trajes diseñados por mi madre, aunque ahora es Amanda (la segunda hija de Pía) quien se encarga de confeccionar los diseños junto a mi madre. Mi hija me mira con decisión, sé que está triste por todo lo que ha pasado, desde que Joel Prato llegó a su vida todo se volvió muy diferente. Aquella niña sonriente, traviesa, da a hacernos la vida de cuadritos con sus bromas y preguntas. Esa chica espontánea que se caracterizaba por reírse de todo y de ser tremenda, con un carácter fuerte… De esa
Ocho años después… Miramos nuestra casa con cierta nostalgia por última vez. Todos los grandes muebles se han quedado en sus lugares tapados con enormes telas blancas que los protegerán de la luz y el polvo. Las cosas más pequeñas han quedado dentro de cajas seguras en ciertos espacios de nuestra mansión. Pero todo lo que son los recuerdos y aquellos trabajos hermosos que los niños hicieron mientras estaban en el colegio se van en otras cajas rumbo a Italia. Aunque no fue algo que planeásemos desde hace mucho tiempo, la verdad es que tanto mi mujer como mis hijos han aceptado la idea que nos vayamos a Florencia para reemplazar a José en su estadía en la empresa que mi abuelo heredó. La madre de su mujer ha estado bastante enferma y quiere acompañarla en caso de que algo le suceda. —¿Papá, crees que volvamos alguna vez a Chile? —me pregunta algo emocionado mi pequeño. Flavio. —Creo que sí, hijo, vendremos en las vacaciones y cada vez que podamos. —Yo extrañaré los cumpleaños aqu
Dos años después de que Tamara llegara a crear caos a nuestras vidas, tuvimos a nuestros gemelos, Lorenzo Andrés y Flavio Alonzo los que ahora corren en su cumpleaños número cinco entre las mesas, los invitados que son pura familia y un par de amigos, comiendo, jugando y siendo tan felices como yo lo fui en mi infancia. Si alguien alguna vez alguien les dice que los pecados no se pagan con los hijos… ¡ES MENTIRA! Mis niños son unos caballeros, inteligentes y muy respetuosos, pero Tamara… de mi princesa no puedo decir lo mismo. Con siete años ya he tenido que cambiar el auto dos veces, la primera a sus tres años porque le echó azúcar al tanque y la segunda hace seis meses, cuando creyó que el motor debía lavarse por dentro porque el humo salía muy sucio y le metió lavalozas con agua. Tiene un carácter fuerte, es decidida con las cosas que quiere y no te suelta hasta que haces un compromiso con ella de que harás lo que quiere. Bueno, creo que soy el único con quien lo consigue, porq
La noticia de nuestro primer hijo es motivo de felicidad para todos, ese fin de semana nos asaltaron todos en el departamento y en serio que no teníamos dónde meter tanta gente, hasta que mi madre nos mandó salir a todos e irnos a su casa a celebrar como corresponde. Los días siguieron pasando y el momento de uno de los acontecimientos más importantes de mi vida al fin ha llegado. Isabella no tiene idea de nada, porque no la dejé entrar a mi taller ni una sola vez. Así que vamos de camino a la misma galería donde expuso mi madre hace años atrás, los nervios me invaden, pero sé que podré manejarlo después de todo. —En serio que no te perdono que no me dejaras conocer la primicia —me dice mi esposa cuando la ayudo a bajar del auto. —No importa, mi amor… seguro que cuando la veas te va a encantar y se te pasará el enojo. Hace un gesto con su boca muy parecido a un piquito y me caminamos al interior. Todas las pinturas están cubiertas, la gente espera expectante y una chica nos recib
Luego de una magnífica luna de miel, en donde no me cansé de disfrutar a mi mujer cada día, hemos llegado a la ciudad con varias cosas que hacer, una de ellas visitar a un doctor que le dé un método anticonceptivo para evitar un embarazo por ahora. Aunque no fue sencillo explicarle a Isabella que sólo quiero su bienestar y que cumpla sus metas, lo que no pude hacer fue convencerla de que yo podía usar el método en lugar de ella. Se negó rotundamente y contra eso ya no pude hacer nada. Así que aquí estamos, esperando a que el doctor nos haga pasar y nos diga cuál es el mejor método para ella. —En serio, amor, no tienes que estar aquí —me dice ella con dulzura—. Ni siquiera sabemos si te dejarán entrar. —No importa, aquí estoy y punto —le doy un beso en su mano y seguimos esperando. Varios minutos después la llaman y me pongo de pie con ella, el doctor no me dice que debo quedarme afuera, así que entro. Ella me mira divertida, yo me encojo de hombros y tomamos asiento. —Bien, seño
Estoy en una de las habitaciones de invitados de la casa en la playa rodeado de todos los hombres de la familia. Mi padre me ayuda a colocarme el saco del traje negro que mi madre ha diseñado para mí exclusivamente para esta ocasión, el señor Russo me ayuda con la pajarita mientras me dice. —Hijo, ya la cagaste mucho en tu vida, así que ahora procura no volver a hacerlo. —No le digas hijo, Russo —le advierte mi padre y él sólo se ríe. —Él sabe que es de cariño, al final le pasaron casi las mismas cosas que a mí, sólo que no se ha muerto ni mucho menos ha estado en la cárcel. —Pero estuvo a punto —señala mi tío Luca. —Eso es porque tiene consciencia, eso se lo sacó a su madre —dice mi tío Gabriel. —¡¿Acaso yo no tengo consciencia, tío?! —exclama mi padre y todos nos reímos. —No mucha si te las diste de amante —se ríe el señor Russo, esa parte de sus vidas ahora la cuentan como la mejor de las anécdotas, porque los llevó a las mujeres que en verdad debían estar en sus vidas. —¡T







