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Capítulo 41: Decidida

last update Fecha de publicación: 2026-06-17 07:52:14

El amanecer del día siguiente llegó con una neblina densa que cubría los campos del pueblo, como si la naturaleza misma se uniera al ambiente de tristeza que rodeaba la casa de Canela. Eran las cinco y media de la mañana. El motor de un automóvil de alquiler roncaba suavemente frente a la entrada principal, rompiendo el silencio de la madrugada.

​En la cocina, Sol servía café caliente en unas tazas de porcelana, mientras Patrick terminaba de amarrar la maleta grande en el maletero del auto. E
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    Se abrazaron con una desesperación desesperada, como dos náufragos que logran aferrarse a la balsa de salvación en medio de la peor de las tormentas oceánicas. Canela apoyaba la cabeza en el hombro empapado de David, sollozando sin control, liberando a través de sus lágrimas todos los días de agonía, las noches de insomnio, la humillación de la huida y el vacío insoportable que la ausencia de él había dejado en su vida. ​David la sostenía con fuerza, hundiendo el rostro en el cabello suelto de la joven, inhalando el aroma familiar a vainilla que la tormenta no había logrado borrar. Sentía que el corazón, que creía marchito y seco, volvía a latir con una fuerza inmensa, llenándole las venas de un calor vivificante que desafiaba el frío invernal de la ciudad. ​—Peróname, David... por favor, perdóname por ser tan tonta, por no escucharte esa mañana, por haber ido a la casa de esa infeliz a dejar que se burlara de nosotros —decía Canela entre sollozos, apretándose más contra su pecho—

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    El reloj de la terminal de autobuses del pueblo marcaba las cuatro y cuarto de la mañana cuando David compró su boleto con destino a la capital. La terminal era un lugar desolado a esa hora; solo unos pocos comerciantes abrían sus puestos de café y pan, y el aire olía a humo de diésel y a tierra mojada. David subió al viejo autobús de pasajeros, acomodándose en un asiento junto a la ventana en la parte media del vehículo. Sostenía la mochila contra su pecho, como si dentro de ella llevara el talismán que le devolvería la vida. ​El motor del autobús arrancó con un rugido ensordecedor que hizo vibrar toda la estructura de metal. El vehículo comenzó a avanzar lentamente saliendo del pueblo, adentrándose en la autopista oscura que serpenteaba entre las montañas. David apoyó la cabeza contra el vidrio frío, mirando el paisaje exterior que apenas comenzaba a vislumbrarse con los primeros tonos grises del amanecer. ​No había podido dormir en toda la noche, pero no sentía cansancio. Su me

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    La llegada de Canela a la ciudad fue un choque cultural y emocional absoluto. El apartamento de la tía Elena estaba ubicado en un tercer piso de un edificio antiguo en un barrio residencial de clase media alta, rodeado de grandes avenidas, edificios de oficinas y un tráfico incesante que no se detenía ni un segundo. Para una joven acostumbrada al silencio del campo y al ritmo pausado del pueblo, el ruido de las bocinas, el murmullo constante de las multitudes y la velocidad con la que se movía la gente resultaban abrumadores. ​Elena, la hermana menor de Sol, era una mujer soltera, jefa de enfermeras en un hospital público importante. Era una persona pragmática, activa, pero dotada de una gran sensibilidad. Recibió a Canela con un enorme plato de sopa caliente y un abrazo sincero que reconfortó un poco el espíritu de la joven. ​—Sé que las circunstancias por las que vienes no son las mejores, mi niña —le dijo Elena esa primera noche, mientras compartían la cena—. Tu madre me contó

  • Kevin Collins: Historia de un amor    Capítulo 41: Decidida

    El amanecer del día siguiente llegó con una neblina densa que cubría los campos del pueblo, como si la naturaleza misma se uniera al ambiente de tristeza que rodeaba la casa de Canela. Eran las cinco y media de la mañana. El motor de un automóvil de alquiler roncaba suavemente frente a la entrada principal, rompiendo el silencio de la madrugada. ​En la cocina, Sol servía café caliente en unas tazas de porcelana, mientras Patrick terminaba de amarrar la maleta grande en el maletero del auto. El rostro del hombre reflejaba el cansancio de una noche de insomnio; las ojeras marcaban su semblante, y su actitud, usualmente enérgica, se notaba apagada. ​Canela bajó las escaleras lentamente. Vestía unos pantalones de mezclilla cómodos, una sudadera holgada y llevaba el cabello recogido en una coleta sencilla. No llevaba maquillaje; su rostro lucía lavado, pálido, y sus ojos reflejaban una madurez amarga que no correspondía a sus pocos años. Sostenía una pequeña mochila con sus pertenencia

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    En el otro extremo del pueblo, en una pequeña casa de paredes blancas y tejas de barro, David se encontraba encerrado en su habitación. El cuarto estaba en penumbras; las cortinas permanecían cerradas, impidiendo el paso de la luz del sol. David estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la base de su cama y las rodillas pegadas al pecho. Tenía la misma ropa de la noche anterior, arrugada y con el olor del sudor de la fiesta y de la desesperación. ​Su mente era un caos de imágenes que se repetían en un bucle tortuoso. Recordaba el momento exacto en que salió del baño, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo por tener a Canela como novia. Recordaba la aparición repentina de Caterine, sus palabras venenosas, su mirada fría y calculadora. Y luego, el movimiento rápido y felino con el que ella lo había empujado contra la pared del pasillo. David había intentado zafarse, pero Caterine se había aferrado a su camisa con una fuerza sorprendente, estampando sus labios c

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    El silencio en la habitación de Canela se sentía denso, casi sólido. Las paredes, que alguna vez habían sido testigos de sus risas, de sus tardes de música y de las largas llamadas telefónicas con David, ahora parecían cerrarse sobre ella como un recordatorio constante de su desgracia. Sobre la cama matrimonial de sábanas gastadas descansaba una vieja maleta de lona azul, abierta de par en par, esperando ser llenada con los restos de una vida que Canela deseaba desesperadamente dejar atrás. ​Con las manos temblorosas, la joven doblaba una blusa blanca. Sus ojos, hinchados y enrojecidos por las horas de llanto ininterrumpido, fijos en la nada. Cada prenda que guardaba se sentía como un clavo más en el ataúd de sus ilusiones. Recordaba el vestido azul de la fiesta, aquel que se había puesto con tanta emoción, pensando que esa noche sería mágica. Ahora, ese vestido estaba arrugado en el fondo del armario, una reliquia maldita de la noche en que su corazón se partió en mil pedazos. ​—

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