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- Jesica, la charlatana

Autor: Neng Alfiani
last update Fecha de publicación: 2026-06-05 20:04:29

El auto avanzaba despacio, sin prisa, cumpliendo la orden de Alan: «No des sacudidas. Acaba de despertar». En el asiento delantero, Marco se limitó a asentir, manteniendo la vista fija en la carretera, que ya empezaba a iluminarse con los primeros rayos del sol matutino.

​En el asiento trasero, Alan estaba sentado al lado de Jesica. La distancia entre ambos apenas equivalía al ancho de un puño, pero la atmósfera en ese espacio se sentía tan inmensa y turbulenta como un océano embravecido.

​Jesi
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Último capítulo

  • LA DULCE PRISIONERA DEL SEÑOR ALAN    13

    El auto de Alan se detuvo justo frente al portón.Alan apagó el motor. El aire dentro del vehículo de repente se volvió pesado, como si un plomo invisible presionara sus pulmones. Afuera, dua hombres armados se acercaron de inmediato, pero se detuvieron en seco al ver quién estaba en el asiento del copiloto.—¡Señorita Jesica! —gritó uno de ellos.La puerta principal de la casa se abrió de par en par.Jonas salió a toda prisa. Tenía el rostro pálido y desencajado, lejos de su impecable aspecto habitual; iba sin saco, vistiendo solo una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos. En sus ojos había algo que rara vez se vislumbraba en él: terror.Jesica abrió la puerta del auto. Alan bajó primero, le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie. Todavía cojeaba, pero ya no tanto como esa mañana. El vendaje blanco destacaba claramente bajo el pantalón, que llevaba ligeramente remangado.—¡Jesica! —gritó Jonas.Corrió hacia ella. No le importó que sus hom

  • LA DULCE PRISIONERA DEL SEÑOR ALAN     Confiar el uno en el otro

    Alan estaba de pie en la terraza de madera de la posada, con una mano todavía aferrada a la de Jesica. La otra la tenía en el bolsillo del pantalón, palpando un pequeño objeto frío: una bala, guardada desde la noche del secuestro, que parecía haber ocurrido hacía una semana, cuando en realidad apenas había pasado un día.Jesica estaba a su lado, ligeramente encorvada porque su pierna aún le dolía. El vendaje blanco de su pantorrilla izquierda comenzaba a mancharse con el polvo del camino, pero no había sangre fresca: señal de que la herida empezaba a cerrarse.Ambos miraron hacia el sendero polvoriento que se extendía desde la puerta de la posada hasta la carretera principal.Y a lo lejos, se levantó una nube de polvo.Un automóvil.No uno solo. Tres puntos negros al final del camino, todavía pequeños, todavía distantes… pero que poco a poco iban creciendo. Sus motores rugían, el sonido característico de vehículos europeos con escapes deportivos preparados para la velocidad.Jesica se

  • LA DULCE PRISIONERA DEL SEÑOR ALAN    Desafiar a la muerte

    —No quiero que regreses —confesó Alan con total honestidad—. Pero necesito que lo hagas. Por tu seguridad. Por la seguridad de mis hombres. Por... por lo poco que aún queda de mí.​Jesica soltó un largo suspiro.​Cerró los ojos por un instante y los volvió a abrir.​—Está bien —cedió finalmente. Su voz era baja, pero firme—. Regresaré a casa. Pero con una condición.​Alan frunció el ceño. —¿Una condición?​—Tú me vas a llevar. No Marco. No tus hombres. Tú solo.​—Jesica, eso es un suicidio...​—Si no me llevas tú, no le diré una sola palabra a mi padre. Me llamaré a un silencio absoluto. Y mi padre seguirá pensando que eres el criminal que me torturó.​Alan abrió la boca, furioso, tapi se contuvo. Esta chica era verdaderamente indomable.​—¿Eres consciente de que tu padre podría dispararme en el instante en que vea mi rostro?​—No lo hará. Porque yo me interpondré entre ustedes.​—Jesica...​—Esa es mi condición, Alan. O me llevas tú mismo, o no regresaré.​Alan la contempló durante u

  • LA DULCE PRISIONERA DEL SEÑOR ALAN    - Obstinado

    Alan permanecía de pie ante la ventana de la habitación del segundo piso.​Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Su mirada se perdía en la distancia, fija en el polvoriento sendero que conectaba aquel hospedaje con la aldea más cercana. Hasta mana mencapai el horizonte, no se divisaba ningún automóvil. Ninguno de los hombres de Jonas. Ningún rastro de persecución.​Sin embargo, Alan sabía que aquella calma no duraría demasiado.​Jonas Ortega no era un hombre que se diera por vencido con facilidad. Mientras más tiempo pasara sin hallar a Jesica, más se expandiría el círculo de búsqueda. Y ese círculo, tarde o temprano, terminaría por alcanzarlos allí.​A sus espaldas, Jesica estaba sentada en el borde de la cama.​Su pierna vendada seguía apoyada sobre el cojín. Su semblante lucía un poco mejor; las mejillas comenzaban a recobrar el color y sus lips ya no se veían tan resecos como esa mañana. Pero sus ojos... sus ojos se mantenían alertas. Como si fuera capaz de leer

  • LA DULCE PRISIONERA DEL SEÑOR ALAN    Jesica, la chica traviesa

    Jonas permanecía de pie ante el gran ventanal de cristal yang miraba hacia el patio trasero.​Tenía las manos entrelazadas detrás de la espalda. Sus dedos se crispaban con fuerza; no sostenían nada, solo apretaban el aire, conteniendo una furia que no había dejado de crecer durante las últimas doce horas.​Afuera, el sol ya estaba alto. Eran las once de la mañana.​Habían pasado seis horas desde que recibió la noticia de que Jesica no había llegado a casa.​Seis horas desde que el automóvil que debía traer a su hija de vuelta desvió su rumbo hacia el norte y se esfumó.​Seis horas desde que Jonas comenzó a perder los estribos.​—El informe —ordenó sin dignarse a voltear.​A sus espaldas, un hombre calvo con camisa negra se mantenía firme. Se trataba de Raul, la mano derecha de Jonas desde hacía veinte años. Su rostro era duro, ajeno al pánico, pero en esta ocasión su voz tembló sutilmente.​—Hemos desplegado equipos hacia el norte, el este y el oeste. Monitoreamos todas las salidas de

  • LA DULCE PRISIONERA DEL SEÑOR ALAN    No deseo regresar a casa

    Alan todavía sostenía la mano de Jesica. No con tanta fuerza como antes; era más bien como si fuera consciente de que aún la estrechaba, pero no tuviera la menor intención de soltarla.​Jesica clavó la mirada en la ventanilla. Sus ojos seguían la hilera de pinos yang pasaban a toda velocidad. De pronto, divisó un gran cartel: SEVILLA 12 KM con una flecha hacia la derecha, y debajo: RESIDENCIA DE JONAS ORTEGA 3 KM con una flecha hacia la izquierda.​El automóvil tomó el desvío a la izquierda.​El corazón de Jesica comenzó a latir a un ritmo frenético.​Inhaló profundamente y luego exhaló.​—Alan.​—Dime.​—Da la vuelta.​Alan volteó a verla, con el desconcierto dibujado en el rostro. —¿Qué?​—Da la vuelta —repitió Jesica, esta vez con mayor firmeza—. No quiero ir a la casa de mi padre.​En el asiento delantero, Marco pisó el freno por puro reflejo. El vehículo dio un ligero tirón. Miró por el espejo retrovisor, aguardando órdenes.​Alan frunció el ceño. —¿No quieres volver a casa? Es t

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